Japón del derecho y del revés: «Kodakara Sodo» y «La hija del samurai»

La hija del samurai (Atarashiki tsuchi o Die Tochter des Samurai, Arnold Fanck y/o Mansaku Itami, 1937) es una película que merece mucho comentario y adecuada contextualización al margen de su valor cinematográfico que, la verdad, es el justito. No la incluyo en la categoría de bodrios del ayer porque, viéndola con un poco de comprensión y perspectiva histórica, justo es reconocer que era difícil obtener mejor resultado, teniendo en cuenta las premisas bajo las que se rodó. Su año de estreno y su doble nomenclatura germano-nipona ya dan pistas de que estamos ante un producto nada convencional sobre el que pesa la historia como un panzer pesa sobre el dedo chico del pie. Sobre su gestación y trasfondo histórico ya hay un muy buen artículo en cinedivergente. En él Eduardo Grañana ha recopilado y expuesto lo poco que se puede averiguar de esta película, lo cual me libra -y se lo agradezco- de tener que explayarme yo en historias y curiosidades. Les aviso eso sí que encontrarán en ese enlace una fotografía de Setsuko Hara junto a Joseph Goebbels que no me atrevo a reproducir aquí para no provocar en mi escasa pero querida audiencia un sopapo emocional como el que yo he recibido al encontrármela hace unas horas. Pobrecita mi Setsuko, lo que tuvo que pasar.

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Resumiendo no obstante su origen, diré que La hija del Samurai fue un engendro fílmico que las autoridades alemanas se animaron a llevar a cabo con el fin de acercar al público la cultura japonesa tras la firma del Pacto Antikomintern en 1936. Hacia el país nipón marchó Arnold Fanck, conocido por ser su exitoso trabajo en ese género tan alemán como los bastones de senderismo que es el bergfilm, o cine de alpinismo y durante meses estuvo preparando esta historia en colaboración con el japonés Mansaku Itami. No obstante, una vez comenzado el rodaje según cuenta Donald Richie ambos directores empezaron a mostrar diferencias de criterio insalvables, por lo que se decidió que muchas de las escenas se rodarían a la alemana durante el día y por la noche a la japonesa, minando esta doble jornada de trabajo la salud y el aguante de actores y equipo técnico. Esto lo he leído después de ver la película, y créanme si les digo que algo así intuía en el gesto especialmente mustio y cansino de Hara y otros actores, como Sessue Hayakawa, que interpreta a su padre. En cualquier caso se hicieron dos versiones. A Europa llegó la alemana y en Japón se estrenaron ambas con unas semanas de diferencia. Yo he podido ver la europea, que por cierto está aquí para quien quiera echarle un ojo.

La estrategia propagandística que parió esta película parece seguir la premisa, desde el lado germano, de acercar la cultura japonesa, o una forma ridículamente típica e idealizada de ella, al público alemán. Además de estos tópicos de postal, me parece interesante resaltar el mucho interés puesto en mostrar el poderío industrial nipón y el valor añadido de sus productos, con minutos enteros dedicados a trucajes y sobreimpresiones de etiquetas made in japan. Es evidente el interés del lado alemán de normalizar la imagen del desarrollo del país oriental, al que acaso el europeo medio de entonces consideraba mucho más atrasado y rural de lo que realmente era. Por otro lado, hay un esfuerzo evidente en presentar la cultura y la actitud de los japoneses como un modo de estar en el mundo decididamente distinto al europeo. Frente al individualismo resuelto de los occidentales, los amigos del extremo oriente viven para la comunidad y el respeto a la tradición, valores con los que el nazismo parece no tener inconveniente en convivir, dejando clara, eso sí, la diferencia entre ambas sociedades. Esto de que no hay que mezclar las cosas lo ejemplifica muy bien en el filme la “retirada respetuosa” in media res del único personaje alemán, una periodista interpretada por la imponente y malograda Ruth Eweler que, oh casualidad, le saca dos cuartas de altura a todos los demás protagonistas orientales. Por lo que respecta al lado japonés, la intención -más tenuemente presentada- es en primer lugar mostrar que Alemania puede ser una gran aliada en el plano industrial y tecnológico y, sobre todo, que comparte con Japón su necesidad de espacio vital. El Lebensraum nipón se abre por Manchuria, claro, tierra de promisión donde el viejo pueblo del Sol Naciente encontrará por fin el terreno para extenderse y alimentarse en un futuro de promisión en el que, se supone porque no se los menciona, los chinos se han vaporizado.

Toda esta propaganda va mezclada con la guía visual completa de todas las japonesadas de souvenir que quepa concebir. No faltan ni la ceremonia del té, ni el teatro Kabuki, ni el teatro No, ni los kimonos elegantes, ni las artes marciales -ojito a Setsuko Hara manejando el sable- ni el Buda de Kamakura, ni el Monte Fuji (¡faltaría más, con Fanck al aparato!) ni las barquitas en el río, ni los cerezos en flor, ni el sake a tutiplén, ni sus trenecitos puntuales ni… En fin, mejor no sigo. Además Fanck por supuesto aprovecha cada segundo disponible entre la narración y las postales para colar imágenes de acantilados, montañas, volcanes y fauna japonesa. Aunque resulte pesado lo cierto es que se agradece esa atención a unos elementos que otros directores no habrían tenido en cuenta y que, realmente, son mucho más trascendentes para la historia de Japón y sus gentes que los kimonos y el ikebana. La obligada convivencia con una naturaleza feroz y siempre a la contra quizá sea lo que más haya marcado el devenir y la personalidad de un pueblo constreñido geográficamente por su tamaño, clima y orografía, que ha aprendido a soportar las constantes sacudidas de la tierra y del agua y a resignarse a, periódicamente, sufrir tragedias devastadoras. No sé si fue Fanck quien decidió hacerse cargo de la película o si se la adjudicaron, pero lo cierto es que, a pesar del desigual resultado, me parece que la elección fue más que adecuada, y que dota de cierta prestancia intelectual a una historia amorosa floja como pocas inserta en un producto condicionado hasta lo ridículo por su contenido ideológico-folclórico.

Es este carácter algo frankensténico de la película lo que la estropea y la vuelve un poco indigerible. Querer meter tanta promoción del país y tanta postal animada -por cierto todas ellas rodadas con criterio y buen ojo, se nota que hay excelentes operadores y técnicos en cualquiera de las dos industrias- entre medias de una típica historia de amor y bodas de conveniencia no deseadas mediatizada por las diferencias culturales que apenas está hilvanada con cuatro puntadas difusas y además, de paso y como el que no quiere la cosa, mostrar la rugiente naturaleza nipona en todo su terrible esplendor, lastra irremediablemente un metraje que aburrió a Goebbels en su estreno y probablemente a los 6 millones de alemanes que, tras la posterior marea de críticas oportunamente positivas, mordieron el anzuelo y fueron a verla. No obstante creo que merece la pena verla. Al fin y al cabo es muy atractiva visualmente, su ritmo si bien irregular no es lento y la curiosidad histórica misma, así como la contemplación de los inicios de Setsuko Hara, a quien creo que muchos tenemos en un altar inmaterial e idolatramos con una sonrisa que quisiera ser la suya, son ingredientes que aliñan una historia floja que, como en el fondo es intrascendente, nos permite desconectar y pensar en lo que vemos, y pasar un buen rato del que aprender.

A lo peor se ha olvidado el quizá ya aburrido lector de que esta entrada propone una sesión doble en su título. Y es que se me ocurrió que no hay mejor forma de completar lo que se puede decir de la gran mentira que es La hija del Samurai, que traer aquí otro Japón que en ella ni se menciona ni se muestra. El país que no termina de salir de la Gran Depresión. El Tokio de los extrarradios miserables. Una sociedad pujante y hacendosa, es cierto, pero también constreñida por el clasismo y la desigualdad casi genéticamente insertas en su espíritu. El Japón Imperial de los años 30 se parecía muy poco a lo que vemos en La hija del samurai, y quizá sea más como lo que refleja Kodakara Sodo (Torairo Saito, 1935), o Kid Commotion, que es como se la nombra normalmente, con todo su esperpento y su estrambote. Esta, sí, hay que verla. Una pequeña obra maestra que dura 33 minutos. Los 33 minutos mejor invertidos. Aquí está, narrada además por una simpática señora japonesa que hace las veces de benshi. Todas estas películas deberían presentarse así, contadas por un actor de voz para vivirlas como las vivieron los japoneses de entonces. Esta peliculita es la leche.

Sakiko, embarazadísima y Fukuda, vaguísimo, tienen seis hijos. Justo el día que Sakiko se va a poner de parto les cortan por impago agua, luz y gas. Pero la naturaleza no entiende de letras y recibos y Sakiko rompe aguas. Mientras sus otros hijos la atienden, su marido, Fukuda, sale en busca de una matrona. Esta matrona no le ayuda porque, entre otras cosas, no ha cobrado el servicio de los seis primeros hijos y además tiene que irse a atender un alumbramiento en casa de un importante potentado. Fukuda la sigue y asiste al parto… Que es de una cerda, no de un ser humano. Hermosa cerdita atendida como su séptimo vástago no puede ni soñar. Hasta aquí cuento.

Kodakara Sodo es el mejor ejemplo que yo he encontrado del género nansensu, que viene a ser la versión japonesa y tardía del slapstick. Estas películas, cuya representante más conocida es la excelsa -pero muy seria, casi podría quitársele la etiqueta- He nacido pero… de Ozu, imitaban los filmes americanos de humor físico hasta el punto de la copia física. De ahí el bigote charlotesco de Fukuda. Los gags y absurdos se amontonan en este mediometraje a un ritmo portentoso y sin que perdamos ni un solo segundo la noción de lo que está ocurriendo. Y ocurren tantas cosas… Un incendio, otro parto, un intento de robo, un brazo roto, persecución del cerdo, inundaciones, el parto… Todo eso y mucho más. Diversión a raudales.

Y a pesar de su humor de brocha gorda y de su argumento surrealista es una película que retrata y denuncia. Más allá incluso de lo que quizá pretendió Saito, (amigo y compañero de Ozu por cierto en la escritura y dirección de sus primeros proyectos en Sochiku) resulta desgarradora en su mensaje, implacable en la literalidad de su trama. Entre el pobre Fukuda-Charlot, que no encuentra asistencia para su mujer de parto, y el señor todopoderoso dueño al parecer del barrio entero y sus destinos, el término medio es una cerdita. Una cerdita boba y escurridiza, como todas, cuya captura sin embargo será la puerta a la vida digna y el nacimiento de otros humanos, y japoneses, que llegan al mundo quién sabe si para servirse a sí mismos o a otras cerditas futuras. 

La hija del samurai es un error: una mezcolanza mal dispuesta, un tema fantasioso que no terminó de interesar a nadie, una realización pretenciosa y arriesgada en todos los sentidos -nada hemos dicho de llevar a Setsuko Hara en el borde de un volcán en erupción a sus 16 añitos- para representar un país de cartón piedra, de ridícula conveniencia propagandística. Con la justa inteligencia y preconcepciones de morondanga se ha construido en este filme un mundo que no es de este mundo y por eso no interesó a nadie. 

Kodakara Sodo es un acierto: sin más pretensión que llegar a un público sencillo y festivo, con inteligencia y humildad, se construye una historia enrevesada pero al alcance de todos, con los medios justos y sin reclamar atención sobre lo que se ha logrado, sin embargo: mostrar el rostro no sé si completo, pero desde luego certero y veraz, de un país que a pesar de sus ínfulas imperiales quizá se sabía, aunque no se atreviera él mismo a decírselo, incapaz de ir más allá de sus costas furiosas, más arriba de su divino Fujiyama y más adentro del alma que lo que una comedia tontorrona, de señor con bigote y niños atolondrados, puede decir. Que es muchísimo.

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4 comentarios sobre “Japón del derecho y del revés: «Kodakara Sodo» y «La hija del samurai»

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  1. Hola tocayo
    Siempre me ha llamado la atención la existencia de «peliculas dobles»… y nunca he tenido suerte con «nuestro monstruo del lago Ness»: esas copias «para la exportación» que, cuentan, se hacían en el cine español entre los sesenta y los setenta.
    Eres generoso poniendo ese bigotito en el lado chaplín de la vida y no enmarcarlo en el eje nipón-germano. Otro caso de «pelicula doble», ese famoso bigotito.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Hola tocayo!
    precisamente anoche me distraje viendo un documental muy simpático sobre la industria española de cine de explotación o cutre o como se le quiera llamar y ahí, se hablaba de esas curiosas versiones dobles con y sin tetas al aire de las que se ponían ejemplos ilustrativos.
    Ese bigotito claro que quiere recordar a Chaplin, Era habitual en ese género que el protagonista remedara a los ases de la comedia, aunque el tipo más imitado era Harold Lloyd porque solo había que buscar unas gafas redondas.
    Un saludo!

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  3. Vaya, ¡por fin te lanzaste a por La hija del samurai!
    Tu comentario me anima a verla porque lo que siempre me echa atrás de estos filmes menores es que me resulten aburridos o poco interesantes, pero como sospechaba no es el caso, pasa que me faltaba un empujón final para ello. Y además ver a Setsuko con la espada es un aliciente importante.

    El otro filme que mencionas lo vi hace muchos en la Filmoteca de Cataluña con acompañamiento de un benshi. No recuerdo mucho más salvo el bigote del protagonista y la persecución tras la cerdita. Me ha gustado el contraste entre títulos, jamás se me habría ocurrido.

    Un abrazo.

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  4. Jaja, pobrecita Setsuko. No le exijas mucho que el sable se le da igual que el tango. Le gusta lo mismo que hablar alemán. La peli merece un rato porque aburrida tampoco es, y visualmente tienen mucho atractivo, como digo en el texto se nota que no son mancos los que la rodaron.

    Ay que envidia me dais los de ciudad grande, que os llevan Benshis y todo… Eso si, aunque mi filmoteca extremeña sea un pelín low cost, cuando paseo en bici por mis alrededores veo muchos cerditos ibéricos más bonitos que esa nipona hozando felices en la dehesa. Cada uno con sus suertes.

    Un abrazo

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