Sobreviviendo: Nomadland (Chloé Zhao, 2020) y El camino de la esperanza (Pietro Germi, 1950)

70 años separan estas dos películas. Dos generaciones y una distancia histórica -y geográfica- cuyas huellas quedan en lo que cuentan y en cómo están concebidas y rodadas. Soy consciente de que Nomadland no tiene su mejor reflejo en el film de Pietro Germi. Sus temas no son exactamente los mismos ni por supuesto sus intenciones, pero no pretendo, al hacer esta “doble sesión”,  describir las dos caras de una misma moneda, o lo mismo sí, pero procurando hacerla caer de canto. Para quien no las haya visto y quiera seguir leyendo -no haré destripes de importancia- sintetizo muy brevemente: Nomadland (Chloé Zhao, 2020) nos cuenta la vida que lleva Fern (Frances McDormand) viviendo en su furgoneta camperizada y migrando de un lugar a otro aprovechando campañas laborales diversas. Hay poco más hilo argumental que sus recuerdos de la vida anterior junto a su marido ya muerto en un pueblo que ya no existe y los encuentros que tiene con otros nómadas como ella que viven en campos de caravanas. El camino de la esperanza (Pietro Germi 1950) cuenta las peripecias de un grupo de trabajadores sicilianos que, al cerrar la mina que les daba sustento, parten hacia Francia engañados por un estafador que se aprovecha de su inocencia. Entre ellos Saro (Raf Valone) viudo y con tres hijos que le acompañan, se erige en modesto líder de una expedición que hace frente a las miserias de la postguerra, los prejuicios xenófobos y ciertos conflictos laborales en los que se ven envueltos. 

Mientras veía Nomadland pensaba en si en las promociones y comentarios críticos de la prensa -me da pereza revisarlos- se mencionaría mucho al neorrealismo como influencia directa, y es que los rasgos estilísticos “oficiales” del  movimiento italiano están ahí y es imposible saltárselos: actores -excepto una o dos- no profesionales, localizaciones exteriores con luz natural a tutiplén, mensaje social y denuncia de condiciones de vida y trabajo precarias, etcétera. Tengo la impresión de que, como a lo mejor me va a pasar a mí en este apunte, los comentarios profesionales insistirán más en la interioridad de los personajes que nomadean por su propio mundo interior, en el significado de los paisajes desolados y yermos que recorren y en la apabullante actuación de Mcdormand que doy por hecho que será oscarizada. También es verdad que adscribir El camino de la esperanza al neorrealismo oficial es opinable porque, a excepción de su época y su temática, los rasgos formales ya la alejan de ese movimiento histórico del cine italiano que acabó volviéndose un poco contra sí mismo. Me refiero a que, llegados ya los 50, ser neorrealista se convirtió en una etiqueta con el pegamento gastado, conveniente y a la vez cargante, de forma que casi todos los directores del momento que tuvieron sus primeros grandes éxitos bajo sus principios fueron tomando en esos 50s otros caminos en la producción y puesta en escena, pero sin bajarse del todo del tren neorrealista.  Tengo también que decir que mi primera intención fue hacer esta doble sesión emparejando Nomadland con La Strada de Fellini. Sigo pensando que hubiera quedado un apunte mucho más jugoso, pero también me ha parecido que de alguna forma no sería honrado al hacerlo por variados motivos que mejor no cuento para no hacerme pesado.

El camino de la esperanza comienza, al igual que Nomadland, con el cierre de una mina. Mientras que en la cinta norteamericana el asunto se despacha con un rótulo inicial, un par de menciones y una visita evocadora y distante, en el caso de la  italiana se nos cuenta el cómo y el porqué en una inolvidable, impresionante escena inicial que es puro Dovzhenko. Ahí están las mujeres que esperan fuera como estatuas de sal, dispuestas en el plano con artificio formalista, cierto, pero generando sin embargo una imagen potentísima y memorable. Además vemos a los mineros en su encierro, en su sudor y su asfixia, y la mina es la boca de un infierno que se niegan a abandonar y así podremos compararlo luego mejor con lo que tienen que penar en su periplo hacia Francia y comprender tanto a los que siguen como a los que deciden volverse a Sicilia al complicarse el viaje. Y es que entonces la lucha obrera debía ser descrita, explicada, justificada o aclarada. En nuestro presente sin embargo (en 2012 se ambienta Nomadland)  la derrota se da por hecha. Ya sabemos que las minas cierran y que la crisis se ha llevado muchas cosas por delante, pero las razones no importan y la lucha, si la hubo, fue inútil y terminó en derrota. Interesa la desolación económica y humana que deja la crisis y la depauperización de lo que fue una digna clase trabajadora, ahora avejentada y perdida en un mundo precario al que creían que nunca iban a pertenecer. Sin embargo en la película italiana, aun rondados por una miseria mucho más desesperada e incómoda, una vez explicada su causa no hay apenas quejas ni lamentos, solo decisiones -seguir o no seguir, esperar o no esperar, acompañar o no acompañar- que se toman con la vista puesta en el futuro. Es un film que mira al mañana porque el mundo del que realmente está hablando es el mundo futuro – la Europa de los 60, de la reconstrucción y el baby boom, pero eso aún no lo sabían- y las muchas miserias pasadas y presentes son solo prolegómenos de esa posibilidad histórica que personas jóvenes y fuertes intuitivamente perciben que pueden construir, a poco que se eliminen fronteras y se apliquen leyes justas. Por el contrario en Nomadland todo es viejo y moribundo. Sus personajes añoran el pasado que los ha puesto en la carretera, viven un presente confuso que camuflan como anomalía exótica y autoimpuesta -la de vivir al aire libre- y esperan un futuro que se resume en ese see you down the road con el que se despiden y que incluye la posibilidad tanto de volver a verse como la del adiós definitivo. Lo mismo da. Este pesimismo latente de Nomadland, sin embargo, quizá no sea el plano de la realidad que su directora ha querido traer a primer término. Porque la moraleja de la peli parece ser que la vida enfurgonetada es posible, incluso deseable, y que el espíritu de la individualidad altiva y desafiante en comunión con la naturaleza no está mal que triunfe, aunque sea en precaria soledad. Mientras escribo esto me vuelve a la boca el saborcillo paradójico que deja Hacia rutas salvajes (Sean Penn 2007) o, mejor, el libro original de Jon Krakauer, al santificar de alguna forma esa libertad atolondrada del que cree poder hacerse con o fundirse en lo salvaje. Herzog en sus muchos documentales sobre esto mismo ha sabido afrontarlo con más coherencia, sin abandonar por ello la admiración y el respeto por quienes se aprestan a vivir en la naturaleza acatando sus reglas. En El camino de la esperanza el paisaje es por el contrario un espacio que hay que superar: está la Roma urbana y furiosa que engulle a estos pobres pueblerinos, y que hay que abandonar cuanto antes. Están los campos de paso, en los que se busca uno el pan trabajando, y están los Alpes nevados, que hay que cruzar sin mirar atrás. Si en Nomadland el paisaje hipnotiza a las personas (es que realmente no son personajes excepto Fern) y parece ser un escaparate de motivos para justificar seguir viviendo en la carretera, aquí, en la Italia arruinada de la posguerra, tenemos por el contrario a un grupo de personas que quieren vivir en sociedad, formar parte de una comunidad, aportar con su trabajo y dejarse ayudar por otros.

El trabajo de puesta en escena de Chloé Zhao me parece atractivo y personal, una forma adecuada al fondo que, por otra parte, es poco sorprendente: steadycam y grandes angulares, compensaciones de contraluz  imposibles antaño con luz natural que la tecnología de hoy permite. Todo esto hace posible que el espacio fílmico esté permanentemente compartido por McDormand y un cielo habitualmente crepuscular. Solo el aspecto desaliñado de los campos de caravanas y sus habitantes sin fotogenia profesional -no son actores ni son jóvenes y guapos- compensa un poco este furor por la golden hour fotográfica que enlaza el cine reciente con los mediocres instagramers y su afición por retratarse con un salvapantallas al fondo. En fin, es un formato si no muy original sí que adecuado al caso, bien atemperado además por un montaje calmado y muy elíptico que nos invita a pensar el tiempo como un ciclo continuo, repetitivo y sin embargo confortable. Me gusta mucho más el estilo cinematográfico, intenso y rico, de Germi. Me gusta que no sea una postal de dos horas, sino un constructo complejo de imágenes planificadas y vigorosas. Es de hecho, como insinuaba antes, menos “realista” que Nomadland. Sus composiciones visuales no son realistas, los personajes no son todos realistas -en especial los muy fotogénicos Ralf Valone y Elena Varzi- los sucedidos no son realistas y, en fin, es una obra de ficción que usa -y un poco abusa- de variados recursos dramáticos y lacrimógenos que mejor no detallo. Es pues menos “realista”, pero a mí me parece más real, y de alguna forma más necesaria e imperecedera. 

Esto que digo es subjetivo y opinable, pero me cuesta no mirar Nomadland sin un cierto recelo. Me pareció más coherente, lírica y auténtica The rider (2017), la peli anterior de su directora, quizá porque no contiene sapos que tragar, como la indisimulada y agradecida loa a Amazon y su salvífica planta contratadora de pobres (good money, creo recordar que dice Fern) por más que la crítica oficial y oficiosa nos diga lo contrario. Curiosamente El camino de la esperanza sufrió problemas con el gobierno italiano, que inicialmente le retiró las subvenciones pertinentes por la mala imagen que daba del país, -y ojo que estamos a solo dos años de El ladrón de bicicletas– en una decisión totalmente absurda que afortunadamente fue reconsiderada a tiempo. Hacer la pelota a una megaempresa que seguramente ha puesto pasta y ha supervisado la imagen que de ella se da en la película es lo que le queda al buen cine de hoy para sobrevivir. Topar con el gobierno por mostrar las cosas tal y como son le ocurría al buen cine de ayer y sobrevivió. Siempre sobreviviendo. 

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2 comentarios sobre “Sobreviviendo: Nomadland (Chloé Zhao, 2020) y El camino de la esperanza (Pietro Germi, 1950)

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  1. ¡¡¡Cómo he disfrutado leyéndote!!! Me ha parecido muy bueno el análisis y las versiones que viertes sobre las dos películas de esta jugosa sesión doble. Muero de ganas por ver la peli de Germi, de la que tanto he leído. Y es que Pietro ya me enamoró con El ferroviario y El hombre de paja. Y sé que veré Nomadland.
    Cómo has construido este breve ensayo oponiendo una película de cine de ayer a otra de hoy y las conclusiones a las que llegas hace que me quite el sombrero.
    Es curioso cómo las últimas interpretaciones de Frances McDorman, hablo de su anterior película Tres anuncios en las afueras y esta, generan debates muy interesantes sobre “las maneras” de reflejar la realidad.
    En fin, que ha sido un placer leerte.

    Beso
    Hildy

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  2. Muchas gracias Hildy por tus palabras.

    Aunque no soy muy seriéfilo, porque prefiero vivir pelis viejas a dejarme enganchar y gastar horas y horas en cosas que una plataforma me recomienda, hay una miniserie o película larga partida en trozos que hizo McDormand hace pocos años,, Olive Kitteridge y que seguro que has visto o te suena, que en algún momento tendré que repasar y escribir algo sobre ella. Muy personalmente es lo que más me ha emocionado de lo que he visto en los últimos quizá 15 años, incluyendo cine. Y es que esta mujer tiene una rara cualidad: tiene un gesto desabrido, irónico y en cierta forma distante. Pero, curiosamente, eso más su físico o su aspecto desaliñado generan mucha empatía, porque de ahí aflora una humanidad que se sobrepone a toda ese aire borde o amargado. En fin, que me lío.

    Un beso fuerte

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