«Novedades Shimizu», segunda parte: El retrato de una madre (Haha no omokage, 1959)

Hiroshi Shimizu murió de un infarto en 1966 mientras leía un artículo sobre un apicultor y sus aventuras trasladando colmenas. Es una de esas anécdotas lúgubremente simpáticas si tenemos en cuenta que la colmena es como él apodaba a la colonia de niños huérfanos de guerra que tenía acogidos en su casa. Por lo que puedo ver mal traducido en la wikipedia japonesa, sus problemas cardíacos provocaron que decidiera retirarse de la dirección y llevar una vida más tranquila después de completar su último largometraje, El retrato de una madre, en 1959. 

Como tantas otras de sus historias esta última también trata de la infancia, pero esta vez no desde una perspectiva social o incluso institucional, como en casos anteriores, sino que es un drama individual. De hecho es un dramón con el argumento más tópico, trasnochado y ocasionalmente lacrimógeno que quepa concebir. Es tan sencillo como que un viudo con un hijo y una viuda con una hija se casan por omiai, esto es, por el apaño de un pariente. Los cuatro son encantadores, bellísimas personas que se caen en gracia -de hecho la primera media hora uno se pregunta dónde está el drama de este melodrama- pero, ay, al chaval, Michio (Michihiro Môri, brutal actor infantil que no volvió a actuar nada según IMDB) le conminan a retirar el retrato de su madre muerta hace solo seis meses de la vista. Lo hace su tía la simpática con la mejor intención, pero para Michio es imposible aceptar a la nueva madre -ya hay que estar mal para no aceptar en tu vida a Chikage Awashima con la barra de cariño a full- y llamarla como tal, Madre, en japonés okachan (okasan), lo cuál desgarra a esta tanto como a él, pues se desvive por ganarse su afecto.

En fin, estamos ante un melodrama de lo más folletinesco, máxime visto ahora que las madres jóvenes tienden a no morirse y aquí, que a las madrastras y padrastros se les llama por su nombre de pila sin más. Un argumento tan manido, apenas desarrollado además más allá de su mismo planteamiento y en el que el conflicto parece no aflorar por ninguna parte, porque todo el mundo trata bien a los demás y dirigido además por Shimizu, que ya sabemos que en ocasiones se deja llevar y que ya no tiene nada que demostrar… Parecen los ingredientes de un guiso tibio y sin sustancia en forma de película olvidable sobre niño llorón pero una vez más, la última ya, nuestro orondo director encuentra el aliño adecuado para dejar un plato sabroso y contundente que pagamos con gusto –ejem– y por el que volvemos a la vida más que satisfechos y agradecidos a este melero de las almas que tan bien supo mover de aquí para allá las colmenas del sentimiento y extraer dulce y cera de las cuitas de la infancia.

Hay dos cualidades de El retrato de una madre que la llevan más allá del tópico y de ser un producto rutinario. Una es formal, su puesta en escena, y la otra es el perfecto uso que hace Shimizu de la psicología infantil tanto en el plano narrativo como en el dramático.

Por primera y última vez Shimizu se enfrenta al formato panorámico, si no me fallan los datos. Odoriko, la última de sus películas conservadas hasta hoy, del 57, era aún cuadrada y de la que hizo en el 58, otra hahamono titulada El viaje de la madre (Haha no tabiji) no encuentro ni fotogramas por la red. El caso es que nuestro director en vez de aplicar las fórmulas habituales de sus compañeros de aquel tiempo que se encontraron con el marrón anamórfico, esto es: meter mucho plano general, crear líneas diagonales en profundidad con cualquier elemento espacial, poner a la gente a hablar a dos metros el uno del otro, etc, al bueno de Shimizu lo que se le ocurre es currarse una planificación -aparentemente- similar a la del Mizoguchi más radical y llenar el metraje de larguísimos travellings laterales que recorren metros y metros de decorado sin generar por lo demás una particular sensación de artificio. Aunque la función y el acabado de estas tomas nada tiene que ver con los complejos y pictóricos planos secuencia del director de La historia del último crisantemo ,son sorprendentemente vistosos y convenientes y enriquecen el acabado visual de la película, pues tienen además la ominosa tarea de contrastar con los muchos e inevitables primeros planos de madrasta y niños sufriendo a lágrima viva. 

El otro especial mérito de El retrato de una madre es, como decía, el manejo magistral de la psicología infantil que hace Shimizu sobre todo a la hora de preparar los diálogos y administrar la información que vamos teniendo sobre los pensamientos de Michio. Estos siempre son evidentes -que no puede dejar atrás el recuerdo de su madre biológica- pero la manera en la que Shimizu dosifica su manifestación explícita, y los medios por los que esto sucede -silencios forzados, miradas evadidas, una redacción en clase, el amor por su paloma, violencia explícita…- se administra en un grado tal de perfección que cuando llega como un martillo pilón el clímax dramático en el tercer acto, es imposible no emocionarse y no haber aprendido que en Japón los niños a las madres las llaman okachan. Otra prueba indeleble, la final ya, de que Hiroshi Shimizu merece estar en el panteón de los cineastas que más y mejor han entendido, tratado y usado a los niños es la actuación portentosa que extrae no solo del protagonista, que ya debe rondar los 12 años, sino también de la niña que rondará los 6 o 7. Se me ocurre que, al contrario de lo que pasa con todos estos japoneses en blanco y negro que me alegran la vida, es más que posible que ambos sigan entre nosotros y con una salud estupenda además. Cómo disfrutaría escuchar de sus bocas ya arrugadas el relato deformado quizá, pero genuinamente puro, de aquellos días de rodaje. Puede ser que oyeran a alguien comentar por lo bajini que el rollo de la paloma es muy bonito pero recuerda demasiado a La ley del silencio. Quizá vieron a Shimizu dormitar entre plano y plano, quizá Chikage Awashima era en realidad tan cariñosa y gentil como su personaje -mis fuentes dicen que sí- y se los comía a besos entre toma y toma. 

6 comentarios sobre “«Novedades Shimizu», segunda parte: El retrato de una madre (Haha no omokage, 1959)

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  1. Hola tocayo

    Antes de empezar: cuando me encuentro «peli con niño» me saltan todas las alarmas y cuando, como en este caso, el prota es el niño y no queda nada claro si es «para niños» o «para-otra-cosa» ya se me llevan los diablos. Con esta no he podido dejar de recordar a nuestros Pablito «Marcelino-panyvino» Calvo y Joselito «ruiseñor». El mismo tipo de querubín huérfano en busca de inundar corazones. Apunte al margen: alguna niña se salvó de la quema, pero todos los «tiernos infantes» del cine acabaron como carne para la picadora de celuloide.

    Punto y aparte para cuando el niño pierde el oremus; supongo que un empujón a la nena sería suficiente para el desarrollo argumental. Llevándolo al terreno patológico deja a la madre, a cualquier madre, con solo una posible solución (ya, de por sí, no está nada claro que gana la madre con la unión).

    Un saludo palomero, Manuel.

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    1. Hola Tocayo,

      sobre lo de las pelis con niño quizá me pase lo mismo que a ti, no lo tengo claro. Pero en el caso de las pelis japonesas sí me atrae fijarme en los pipiolos, pero más que en o que ellos hacen, en el trato que se les dispensa. No deja de sorprenderme como una sociedad tan estricta y opresiva en las demás etapas de la vida sea tan consentidora con los niños. Ahora que me lo mencionas, no sé si he visto entera Marcelino pan y vino. De niño supongo que sí, pero… A ver si le echo un ojo.

      Saludos apalominados

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  2. Ay, queridísimo Manuel, qué alegría volver a leerte en este tren de sombras y con estos tres artículos sobre el cine de Hiroshi Shimizu… ¡¡¡Eres una maravillosa puerta de entrada al cine japonés, querido mío!!! Sobre todo para esta cinéfila que no ha abarcado todavía en toda su riqueza dicha cinematografía, sino que ha probado tan solo miguitas del cine japonés. Tus análisis y tu disfrute se plasma en cada uno de tus textos. Para colmo, y ya me lo has advertido en ocasiones, no tengo perdón de no haberme perdido todavía en los fotogramas de Shimizu cuando uno de sus grandes temas es sin duda la infancia.

    Beso

    Hildy

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    1. Queridísima Hildy…

      Una de las principales causas de desazón cinéfila es el constatar una y otra vez las grandes lagunas y pequeños charcos en los que no tenemos tiempo o ganas u ocasión de zambulliros o meter la patita, así que estás más que perdonada por no haber visto cualquier cosa. Eso sí, te digo con un beso que el día que veas Los niños del paraíso (o Los niños de la colmena, que es lo que significa el título) te vas a arrepentir muy mucho de cada día que has pasado sin verla. La tienes en youtube mismo

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  3. Querido Manuel,

    He evitado expresamente leer sus reseñas de estos nuevos Shimizu-descubrimientos porque las películas que para mí son una apuesta segura prefiero verlas sabiendo lo mínimo posible de ellas.

    Primero de todo, si me permite le contaré una pequeña batallita personal sin mucha importancia. Como quizá recuerde, hace años me compré un proyector para ver películas y decidí inaugurarlo con un filme especial. El escogido fue, por algún motivo, El sabor del sake de Ozu, que aún recuerdo revisionarla en verano inaugurando ese proyector que tantas alegrías me ha dado. Esta semana me toca mudarme de guarida, y en mi nuevo escondite inauguraré un nuevo proyector que será más potente y de más calidad. No obstante, si elegí un filme especial para inaugurar mi primer proyector, también me apetecía despedirme de este compañero de aventuras cinéfilas con otra película que fuera especial. Y se me ocurrió que si lo inauguré con el último filme de Ozu, sería una idea interesante despedirme de él con el último de Shimizu.

    Y aquí estoy. La película me debe haber pillado con la guardia baja porque me ha emocionado muchísimo aun siendo una historia tópica y de final previsible. Hay algo en la forma que tienen estos directores japoneses de narrar hechos cotidianos que me atrapa y me fascina. No me refiero necesariamente al conflicto principal, sino también a toda la parte inicial con la cita y el tío haciendo de Tinder-antes-de-Tinder. Los actores infantiles están increíbles, no sé sinceramente cómo extraía Shimizu interpretaciones así de niños que ni siquiera eran profesionales. En fin, diría muchas cosas pero le he dedicado un texto que ya sacaré a la luz después de Navidades y bastante me he enrollado aquí. Simplemente constatar qué cineasta tan maravilloso era Shimizu y qué bendición que un invento como internet nos haya permitido llegar hasta él.

    Un saludo.

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  4. Hola Doctor!

    Espero que no se le esté haciendo a usted muy pesada la mudanza aunque claro, cambiarse de palacete contando con todo un ejército de secuaces controlados telepáticamente supongo que convierte la experiencia en solo un simpático paréntesis en sus actividades delictivas que agradecerán las fuerzas del orden.

    Me alegra mucho pero no me sorprende nada que haya usted disfrutado de esta historia de madres de repuesto. Es una película muy tópica pero muy especial a la vez. Sobre el tema de los concertadores de matrimonios o celestinos precisamente el día antes de comentarme esto usted había visto de nuevo Secreto de esposa, de Naruse, donde también creo que era la suegra de Hideko Takamine quien se vanagloriaba de que solo le habían salido ranas uno o dos de los 30 matrimonios concertados por ella. Exactamente lo mismo comentaba Chishu Ryu en Este arcoiris del cielo (Kono ten no niji, 1958), de Keisuke Kinoshita,. que vi hace unas semanas y, en fin, aunque no recuerdo ahora más títulos concretos es casi un tópico, el del casamentero que se diploma de alguna forma con los 30 matrimonios. Le decía que me preguntaba, porque no lo sé, qué recompensa obtenían por ello. Dinero contante y sonante no, seguro, pero no sé si recibían regalos de la familia de los novios o se hacía constar su nombre en el registro familiar como una especie de mérito. Quizá solo era una suerte de hobbie con su punto competitivo… Es algo que me gustaría conocer con más detalle.

    No castigue usted mucho el lomo de sus secuaces que han de cargar con sus señoriales muebles de roble, Doctor, y de los sillones reclinables de cuero para su nueva sala de proyección. Disfrútela mucho.

    Un abrazo

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