Sesión doble atropellada: “Naruse’s Fast & Furious”

Las dos últimas obras del genial Mikio Naruse giran en torno a sendos atropellos, coincidencia que me sirve de excusa para hablar de ambas y compararlas entre sí. Me refiero a Hikinige, aka Hit and Run o Delito de fuga, de 1966, y su última película, que suele además listarse entre sus obras maestras, Nubes dispersas (Midaregumo) de 1967.

Hikinige es una película oscura, bordeando el cine negro, que cuenta cómo una madre pobre, Kuniko (Hideko Takamime) intenta vengar la muerte de su hijo, atropellado por Kinuko (Yôko Tsukasa), la mujer de un rico industrial que escapó del accidente por estar en ese momento con su joven amante. Por cierto que, no sé si deliberadamente o no, en un primer momento ofrecen a un pobre criado fiel declararse culpable del atropello, subtrama igual a “La propuesta”, uno de los famosísimos Relatos salvajes de Daniel Szifron, aunque no tengo ni idea de si es por casualidad o no.

Nubes dispersas, por el contrario, es un melodrama en toda regla en el que los elementos sórdidos o violentos quedan totalmente en off. Se trata de la historia de Yumiko (Yôko Tsukasa, la culpable del atropello en Hikinige), que está a punto de trasladarse a Washington con su esposo para iniciar una ilusionante y acomodada vida en común cuando este es atropellado involuntariamente por Shiro Mishima debido a un pinchazo y a que al parecer el marido de Yumiko paseaba estando bebido. El caso es que Mishima, destrozado por la culpa, intenta hacer todo lo posible por compensar a Yumiko por su pérdida. Ambos se van de Tokio a Aomori, él en una especie de destierro empresarial y ella porque es de allí y quiere alejarse de la capital y de sus gastos, que ya no puede asumir. En esta ciudad lejana e inhóspita (¡tiene parques naturales pero no geishas!, dice un personaje) terminarán conociéndose y enamorándose.

Es curioso como dos películas del mismo director, rodadas consecutivamente y construidas a partir de una anécdota casi idéntica, pueden ser tan distintas entre sí. Hikinige está rodada en blanco y negro con una fotografía dura y bien trabajada -aunque la copia que he visto es penosa, con formato contraído a 3/4, y poco se podía apreciar esto- que no renuncia a los viejos recursos visuales del cine más creativo y experimental de los años 20 y 30: hay tomas “cámara en mano”, planos holandeses, escenas oníricas casi veladas en blanco…

… Dentro por supuesto de una mesura a la que Naruse es siempre fiel. Es un film que por momentos recuerda a El infierno del odio (1963) aunque por supuesto se trata de una producción humilde que ni posee ni necesita el despliegue de medios de la fábula de Kurosawa. Hikinige es una historia sinuosa y desgarrada: todos los personajes sin excepción son azotados por unas circunstancias que no permiten que el camino de la vida pueda seguir su curso natural. La tragedia lo circunda todo. Incluso hay un personaje ¿inanimado?, que es una moto deportiva que va a ser la sensación de la compañía que dirige el marido de Kinuko, que a pesar de aparentemente ser lo único que sigue su marcha rígida y ciega hacia delante, resulta que es denunciada por plagio industrial. Nada se salva en esta película en la que, repito que desde el equilibrio y la mesura, los instintos profundos se enfrentan entre sí, como cuando la madre vengadora se da cuenta de que al tiempo quiere matar al hijo de Kinuko en retribución de su pérdida, pero por otro lado siente que le quiere y sabe que no es culpable de nada. 

Niño ensoñado tirado por el viaducto

Nubes dispersas se asemeja mucho más al “canon narusiano”, por decirlo en cursi. Se trata de un melodrama clásico en color, ese color a la vez pasteloso y realista que tan bien trabajaban en Japón. El protagonismo es del amor. La relación que mantienen entre sí Mishima y Yumiko va desde el odio irrefrenable de ella hacia él al principio, como es comprensible porque ha causado su completa desgracia, hasta el amor pleno. Hay un trasvase de sentimientos: el rechazo de los primeros meses, cuando él le manda dinero para ayudarla y acallar su propia conciencia, se nutre principalmente del amor que ella sigue teniendo por su marido y el recuerdo que ha dejado. El proceso de duelo y distanciamiento  de la pérdida coincidirá con la apertura a nuevos sentimientos -nada fáciles- primero de comprensión, luego de conmiseración y finalmente de pasión por Mishima, que paralelamente a este proceso se va transformando desde ser un hombre acabado incapaz de apreciarse ni tomar nada en serio aparte de la compensación de su culpa, hasta el final, donde es un hombre nuevo, preparado para un futuro que, si bien promete peores circunstancias que el presente (un futuro traslado a Pakistán, que se opone por cierto al futuro traslado a Washington D.C. con el que se abre la película) será menos malo, ahora que parece haber reconducido su vida. 

Hay que tener presente lo irreal y fantasioso del argumento, que una mujer se líe con el que mató a su marido,  para darse cuenta de la grandeza de Naruse. Ese proceso desde el odio hasta el amor, del desconcierto a la plenitud (y ojo para quien no la haya visto, que el final no es lo que parece que va a ser leyendo estas líneas) y del desgarro a la empatía se nos cuenta con fluidez, naturalidad, y sin más deus ex machina que el traslado de ambos a Aomori. Solo eso es forzado, su coincidencia en el espacio. Por el contrario sus acercamientos entre sí y las leves subtramas que circundan sus encuentros y desencuentros están marcados por la humanidad más natural y comprensible de ambos. La embriaguez, el afán de cuidar al enfermo, el deseo de cercanía y la búsqueda del perdón son los mecanismos que Naruse articula con su proverbial transparencia estilística y sin más ruido que el de una tormenta que llega y pasa, dejando -supongo que de ahí viene el título- nubes negras que descargan el agua que a su vez limpia el pasado y a la hermosa naturaleza que disfrutar a la luz del sol, una vez que se dispersen. 

Cuando veo estas películas siento siempre cierta forma de lástima, porque tengo la impresión de que, siendo absolutamente intemporales y correctas, están ahora en un mundo que parece no necesitarlas y son por ello caducas y por lo tanto van a desaparecer de la faz de la tierra y de la memoria humana. Si hablamos de los grandes maestros clásicos japoneses, evidentemente es Naruse el más proclive a esfumarse por esta ola de olvido que me temo que se los va a llevar a todos, porque su transparencia y su equilibrio dificultan crear etiquetas que colgarle, y nuestro mundo de relatos ya se transforma en mundo de etiquetas, queda poco para que digamos adiós a las historias y sus formas de siempre. En fin, que me disperso yo también, como las nubes. 

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