El ángel borracho (Yoidore tenshi , Akira Kurosawa, 1948)

El Doctor Sanada (Takashi Shimura) quiere curar a los demás porque para sí mismo ya no ve remedio; motivo clásico de Kurosawa que empieza aquí y culmina en Barbarroja. Su oficio, más allá de la ciencia y el deber social, quiere resolver las cosas del alma. Una noche aparece un alma sucísima, la del yakuza Matsunaga (Toshiro Mifune) cuyo cuerpo también corrupto tiene la mano herida, y como castigo el doctor le extrae la bala sin anestesia y de paso comprueba que sus pulmones están mal, posiblemente tuberculosos, y se empeña en diagnosticarle. Matsunaga, chulesco, se resiste y se marcha. 

La idea original de Kurosawa era que el Dr. Sanada fuera un hombre ejemplar que ha renunciado al éxito personal por ayudar a los pobres del Tokyo suburbial de posguerra. Un rastro de esta idea es el ambiente neorrealista que impregna toda la película. Sin embargo, cuenta el maestro que un encuentro que tuvo tras una noche de farra con un médico sin licencia tan hábil como maleducado, le convenció de que el Doctor debería ser defectuoso y desabrido. Por ejemplo: un alcohólico sin remedio que trastoca su rendición a la bebida en entrega a los demás. Un hombre hosco y fracasado que Takashi Shimura borda como siempre, y que debía ser el núcleo en torno al cual giraran los demás personajes. Sin embargo, apareció Toshiro Mifune para la primera de sus colaboraciones con Kurosawa, en lo que sería el principio de una de las combinaciones más impagables e irrepetibles de la historia del cine y claro, ante el ímpetu emocional que imprimía Mifune a su papel, dice el maestro, la historia tuvo que ser retocada sobre la marcha. El protagonismo, pues, termina siendo compartido entre Sanada y Matsunaga, pues la personalidad de Mifune ante la cámara pedía a gritos minutos y lugar en la trama, que finalmente gira en torno suyo, mientras que del protagonismo original, que era para el médico, queda la huella en el título.

El ángel borracho se sitúa en ese ambiente extrañísimo que es el Japón de finales de los 40. Es un país que parece sufrir algún tupo de trastorno de la personalidad y que se debatía entre los estertores finales del imperialismo anterior a la guerra, el respeto a una tradición secular que parece haber servido de poco ante la humillación sufrida ante occidente, la miseria y la destrucción en que en especial las ciudades han quedado tras los bombardeos yanquis y, como colofón, el mandato imperioso de acoger con una sonrisa al enemigo y permitir su colonización política, económica, cultural e incluso, todavía en 1948, su censura artística. La barriada en la que sucede la película es un reflejo de todo esto y más. En ella se juntan miseria, juerga y negocios honrados que, en tiempos de desgobierno, deben protección a la yakuza. Son estas circunstancias las que provocan -esto es todo un tópico del cine suburbial japonés- que nadie pueda comportarse con rectitud todo el tiempo. Las condiciones externas condicionan a los personajes, que son como emanaciones de ella. Por este motivo el Dr. Sanada no puede ser amable y simpático ni siquera con su joven paciente perfecta y cumplidora, por eso su ayudante-enfermera no puede confiar en un futuro en paz, porque el dolor volverá con el marido que la maltrató y que está en la cárcel, y por eso la curación moral de Matsunaga se demora y complica tanto como la física.

Una ciénaga infecta, como un agujero negro, atrae a los habitantes del barrio para enfermarlos o ahogarlos es la metáfora de esa fuerza imparable que en una sociedad en descomposición anula a cada persona en lo que es y, peor aún, en lo que querría o podría ser en el futuro. La transformación de la propia personalidad, la redención y el ejercicio de la voluntad quedan supeditadas a una circunstancia  que todo lo engulle y todo lo pudre.

Se reconoce en general que esta película es la primera gran obra de Kurosawa, después de unas primeras tentativas que se acomodaron a los géneros y modas exigidos por el férreo sistema de estudios japonés. Tras el final de unas feroces huelgas de sus trabajadores, y gracias a contar con plena libertad por primera vez según declaró el mismo director, El ángel borracho destaca porque, sin ser perfecta en mi opinión, contiene ya muchos rasgos de estilo e ideas que configuran, definidamente, al gran Emperador. Podemos mencionar, aparte del tema del médico (o por extensión, el “salvador”) incapaz de salvarse a sí mismo, también un esfuerzo serio por alejarse de lo convencional, introduciendo varias escenas muy europeizantes, por decirlo de alguna forma, como la del sueño de Mifune con su misma muerte y también en general todas las que desembocan en la ciénaga.

Asímismo está ya presente el uso de la música como un componente narrativo más, en este caso en forma de canción que tañe y canta el hombre que vuelve de la cárcel para estropearlo todo, y por último mencionaré los dos elementos que a mí me parecen más característicos del cine de Kurosawa si se deja aparte lo visual: primero: la insoportable carga ética de sus argumentos y personajes, cuyo desarrollo se plantea como una acumulación sin tregua de dilemas y problemas morales, decisiones terminales, sufrientos sobrevenidos… Y esto nos lleva a la segunda característica, y es que el arco de personalidad de los protagonistas sea tan radical en el cine de Kurosawa. En sus películas la transformación debe ser completa, no se pueden vivir sus historias sin volverse otro, usualmente otro mejor desde le punto de vista humano, pero más infeliz desde le punto de vista individual. Los personajes de Kurosawa se transforman en buenos perdedores.

Quizá sea esto último que comento lo que hace que El ángel borracho no termine de ser una obra redonda. En mi opinión el hecho de tener dos personajes protagónicos hace que la atención espiritual o moral que requieren de nosotros, al ser tan fuerte, termina difuminándose de alguna forma. Es al menos lo que yo he sentido. Si quieres que dos protagonistas tengan un desarrollo tan profundo y radical debes tener un guión absolutamente eficaz y completo, y quizá sea esto lo que le falta a este film. Puede que tenga algo que ver el que se fuera reelaborando sobre la marcha para centrarse más en Mifune, lo que por cierto se nota muchísimo. En todo caso es una película tocada con la varita del genio, y se disfruta mucho y no se olvida. Cuenta  además con una de las muertes mejor rodadas y concebidas de la historia del cine, imitada por cierto en algunos de sus elementos escenográficos hasta la saciedad. 

Si yo fuera director, también le imitaría, como no lo soy, miro fascinado.

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2 comentarios sobre “El ángel borracho (Yoidore tenshi , Akira Kurosawa, 1948)

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  1. Hola tocayo:
    Después de leer tu análisis he llegado a una conclusión: no importa cuánto tiempo hace que no ves una de Kurosawa; ese tiempo siempre es demasiado.
    Cuando veía estas “viejas glorias orientales” casi siempre llegaba a la misma estación metafórica: hacen estas películas reflejando a tipos especiales, son ellos distintos… o los raros somos nosotros.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Hola tocayo!
    Sobre el primer párrafo: cierto es.
    Sobre el segundo párrafo: necesitaría mucho rollo para explicarte lo que opino y seguro que a fin de cuentas no tendría razón, pero básicamente creo que es la capa cultural la que nos emborrona un poco la mirada. Si haces la prueba de ver en muy poco tiempo muchas pelis japonesas verás que entras en una especie de estado de comprensión en el que dejan de extrañar las extrañezas de personajes, ritos y formatos fílmicos.
    Es quizá lo que más me gusta del cine en este momento de mi vida, que me devuelve no solo disfrute y reflexión sino la posibilidad de salir de este mundo absorbente, cansino y empeñado en decirme quién tengo que ser y catar otras formas de vida, ya extintas incluso. Y si lo que revivo es un error o una recreación forzada… pues sea.
    Un abrazo tocayo

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