Amor de madre (Bojô, Hiroshi Shimizu, 1950)

En un intercambio de comentarios con mi querido Dr. Mabuse hablamos hace poco sobre cuál será el misterio que encierra el cine de Shimizu. Qué tendrá que a pesar de su aparente falta de excelencia y del aspecto desaliñado o incluso improvisado que tienen no solo sus películas, sino las mismas historias que estas cuentan, uno se queda hechizado con ellas y además nota como que tiene que contarlo, que hay que hablar de ello, intentar compartir lo que se siente -más que lo que se piensa- durante el pequeño acontecimiento que es su contemplación. A esto se suma otra sensación, –que también compartimos el Dr. y servidor-, no sé hasta qué punto aneja a ella, de que estas cintas parecen no ya de otro tiempo y cultura, sino de otra dimensión. Que vienen de un sitio donde lo humano y el arte funcionan con otros códigos y emiten en una frecuencia fuera del rango habitual con la que es estupendo sintonizar. Esta sensación se acrecienta, y mucho, cuando la copia de la que disponemos -como en este caso- es lamentable. Que yo sepa no hay más versiones de Amor de madre que este vídeo que parece grabado directamente de un monitor en el que se reproduce una copia en paupérrimo estado. Al menos está en youtube y es fácilmente accesible.

Tengo que reconocer que en algunos momentos me costó seguir la historia y no confundir a unos personajes con otros. Es tan deplorable su calidad que parece imposible que sea de 1950. Si no hablaran de la pasada guerra y la protagonista no fuera vestida con ropas occidentales de la época parecería que se trata de una de esas primeras películas sonoras niponas de alrededor de 1935 rodadas con unos sistemas de sonido de pésima calidad y conservadas de milagro tras sobrevivir a varios terremotos y un par de bombardeos y que nadie se ha molestado en restaurar. Sin embargo, el paupérrimo estado audiovisual de Amor de madre creo que en este caso casi la adorna. Las extrañas luces, baja resolución, manchurrones, arañazos y el sonido casi inaudible congenian con ese aire hipnótico, como de vaivén, -no se me ocurre mejor expresión para describirlo- que tienen las películas de Shimizu.  Además, su lamentable estado evoca y refuerza su aspecto de pecio sacado de las aguas, de cosa enterrada en vida y felizmente rescatada antes de la última paletada, si bien irremediablemente herida por la experiencia.

Bojô cuenta la historia de Toshiko, madre de tres niños, cada uno de un padre distinto, que en los duros años de la posguerra decide volver a su tierra natal y dejárselos a algún pariente para volver ella a Tokyo y abrir un bar con una amiga. A pesar de lo que opinan las escasísimas reseñas de la película que he podido encontrar, que afean su actitud, realmente yo me adhiero a la habitual postura de Shimizu, que me encanta, y que consiste en no juzgar a sus personajes. Lo habitual en su cine es que sean las acciones y los hechos, más que las actitudes y las palabras, lo que podemos valorar los espectadores. De ese modo se genera una atmósfera de amoralidad un tanto extraña -también presente en las obras de su íntimo amigo Ozu- que nos deja ver la película suspendiendo el juicio, permitiéndonos controlar en cada momento el grado de implicación moral que queremos tener. El resultado de esta forma de afrontar las historias puede por momentos generar un tono de frialdad y distancia que afecta a este filme más que a otros de Shimizu algo más intensos desde el punto de vista emocional, pero personalmente no me incomoda, y hace que el sabor dulce de su amable final sea mucho más agradable.

Siguiendo con la sinopsis, Toshiko no es capaz de lograr que nadie se quede con los tres niños. Sí consigue dejar a uno con su hermano y a otro con un viejo tío suyo, pero nadie parece querer a Fusao, el tercero,  aparte de por el coste que supone otra boca que alimentar en esos tiempos de penuria, porque moja la cama por las noches, y hasta aquí quiero contar.

A pesar de que la narración es muy lineal -lo que ayuda a seguir los hechos, porque además de la mala calidad audiovisual faltan trozos de metraje, hasta 8 minutos según los datos oficiales- como suele suceder en Shimizu ciertos personajes secundarios roban el protagonismo a Toshiko y sus hijos en muchas escenas. Uno de ellos es por ejemplo un joven dibujante, el único que parece hacer caso a Fusao y que se convierte en una temporal figura paternal, aparece y desaparece de la historia en un par de ocasiones y la enriquece mucho con sus comentarios, acciones y intenciones (¿Le gusta Toshiko?) que no tenemos muy claras.

Al ser en parte una road movie Shimizu tiene la oportunidad de montar varios travellings de esos carreteriles tan suyos con los que mostrar los caminos y montañas de la península de Izu, a la que tanto le gustaba ir a rodar y de la que, dicen quienes le trataron, conocía cada uno de sus rincones, a los que sabía sacar todo el provecho escénico. Sin embargo me parece interesante en esta ocasión hablar de las escenas interiores, pues más que en ninguna otra de sus cintas que he visto hasta ahora parece imitar el estilo de Ozu de una forma casi descarada. No solo suele colocar la cámara bastante baja, sino que incluso en algunas conversaciones opta por la frontalidad antinatural característica de su amigo y compañero de oficio. Hay que tener siempre muy presente que Shimizu fue todo un funcionario de la claqueta, que rodó unas 160 películas sobre cualquier tema o género que se le ofreciera dentro siempre del gendai-geki (películas no de época). El año anterior Yasujiro Ozu había obtenido el primer premio de la revista Kinema Junpo, el más prestigioso del país, y una magnífica taquilla con Primavera Tardía, y quizá podemos especular con que Shimizu, por pura inercia, emulara a su amigo improvisadamente, eso sí, sin trabajar la composición tanto como el gran maestro junto a quien empezó en el oficio en los años 20. En cualquier caso, a pesar de sus logros y peculiaridades, salta a la vista que esta historia no entusiasmaba a Shimizu. Se nota en la misma forma de andar los niños por la pantalla, más mustia y convencional que en sus más conocidas “epopeyasinfantiles, como Los niños de la colmena o La Torre de la Introspección. Amor de madre es una más de las decenas de películas que se realizaron en estos años del subgénero hahamono (historias de madres) al socaire del éxito que tenían las producciones de la Daiei de este jaez protagonizadas por Mimasu Aiko, según leo por ahí.

Para terminar, unas palabras sobre el pis nocturno. En no pocas películas de Shimizu y de Ozu de estos años de posguerra está presente el tema de las micciones incontroladas. No recuerdo ahora exactamente si en La Torre de la Introspección o en La escuela de Shinomi, otras obras de Shimizu, se habla de esta problemática incluso con datos concretos del número de casos de pis nocturno habidos en el último año. Lo que a nosotros puede parecernos gracioso tenemos que entender que en aquellos momentos debía ser un verdadero problema extendido entre niños y niñas, causado por el estrés postraumático y demás desórdenes psíquicos derivados de la guerra y de la miseria que la acompaña y la sigue. Cómo olvidar aquella sábana meada con la forma de la bandera de los EEUU que sibilinamente supo colgar y mostrar el pillín de Ozu en Historia de un vecindario (o Memorias de un inquilino) en plena ocupación yanqui.

Tengo por aquí en casa un texto curioso en el que Shimizu cuenta su experiencia con los verdaderos niños de la colmena. Eran 8 niños -que también actúan en la película homónima- que vivían con él y a los que había ido rescatando de orfanatos o de la calle. En este artículo de 1948, supongo que para promoción de su filme, habla sobre su convivencia con ellos y menciona el problema de estas micciones nocturnas, para las que da un remedio que, dice él, resultó infalible después de probar con todos los métodos habidos y por haber. Hay que tomarse 3 gramos de sal antes de irse a la piltra. Es desagradable para un niño, dice Shimizu, pero se puede disimular por ejemplo en una patata asada o un cuenco de arroz. En el futuro espero poder dedicar más tiempo a hablar de Shimizu y su peculiar relación con estos niños de la colmena. Hoy con el salado consejo creo que ya he cumplido.

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8 comentarios sobre “Amor de madre (Bojô, Hiroshi Shimizu, 1950)

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  1. Hola tocayo
    Cine japonés, mala copia e incompleta. Tamaño cúmulo de hándicaps bien merece poner a cero su casillero de puntos negativos (ejem, ejem… prohibido ponerse digno y decir que busco desesperadamente disculpa).
    El argumento me parece original y moderno -colocar a la prole para abrir un bar, digno del subgenero Ayu-So (historias de alcaldesas)- pero, dado que tampoco diferencio muy bien entre orientales, me vale tu opinión.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Tranquilo tocayo que se entienden las reticencias. Hablo de estas películas porque me veo en una especie de obligación, para que quede algo de ellas en ningún sitio, pero entiendo que son muy zombies, no solo por la calidad audiovisual, y que como van despacio es fácil y comprensible huir de ellas.

    Pero también te digo que esto es todo entrenarlo, como el deporte…

    Un saludo!

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  3. Tengo que ponerme en serio con el Shimizu posterior a la guerra, del que solo he visto Los niños de la colmena, pero es que estoy tan pillado por el cine japonés de los años 30 y primera mitad de los 40 que siempre acabo viendo otra suya de esos años. Muy interesante cómo mezclas el análisis de la película con la experiencia que supone como espectador ver estas copias en tan mal estado (yo tengo algunas de Shimizu o Naruse en esas condiciones) y cómo aunque eso afecta al visionado también hace que las valoremos más, porque como dices se nota que son filmes que han llegado hasta nosotros por puro milagro.
    Me imagino que es un Shimizu menor, pero mi idea es con el tiempo ir viendo todos sus filmes que circulen por la red, así que algún día caerá. Y por cierto, menudo cineasta, no solo hacía un cine sensacional sino que tenía remedios contra las micciones nocturnas.

    Un saludo!

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  4. En mi caso, hace meses que no me ponía una de Shimizu… El problema es que cada vez que las veo me dan ganas de escribir sobre ella como decía arriba, y no me da el ocio para tanto. Tengo algo por ahí un apunte escrito sobre “Tokyo profile”, que ya lo publicaré, que no es una gran peli pero es curiosa, y me gustó mucho y te recomiendo “La escuela de Shinomi”. No sé si he visto alguna otra de las tardías.
    Un abrazo

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  5. No he visto ninguna posterior a Los niños de la colmena, pero tengo algunas descargadas, entre ellas La escuela de Shinomi, así que tarde o temprano caerán.
    Un saludo.

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    1. … recuerdo que la primera vez que escribí al doctor Mabuse fue por una película de Shimizu.
      Me encanta descubrir directores y películas a través de los blog que leo y quiero.
      Así que un placer descubrir a Shimizu a través de vuestros textos.
      Beso
      Hildy

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      1. Pues no te faltarán oportunidades en el futuro, querida Hildy. Más descubro yo con vosotros y que dure y me descubro por cierto ante todo el conocimiento que atesoráis.

        Un beso fuerte. En un rato por cierto se pasará por aquí tu querida Loretta.

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