Notas de una artista errante (Utajo oboegaki, Hiroshi Shimizu, 1941)

En la filmografía de Hiroshi Shimizu de 1941 podemos encontrar nada más y nada menos que dos joyas como La torre de la introspección y La horquilla, además de otro título (Joi no kiroku) que creo que no se conserva. Cuatro películas en total, una por trimestre, y en el caso de La torre de la introspección, además, se trata de una película de cierta complejidad, rodada casi por completo en exteriores y con mucho niño por ahí corriendo, como le gustaba al maestro.

Quizá sea por que el argumento se aleja de los tópicos en los que Shimizu se encontraba más cómodo por esta época, es decir, las historias de fondo social con niños o personajes marginales como protagonistas rodadas en exteriores, por lo que Notas de una artista errante (también podríamos traducir Recuerdos de Uta, o algo así) salta a la vista que es una obra menos personal, o al menos menos asimilable al estilo y la temática conocida del Shimizu que nos ha llegado. Tengamos presente que dirigió más de 160 películas, de las que conservamos -lo digo de memoria- apenas 30 o 40.

Copio la sinopsis de filmaffinity:

La película está ambientada en la era Meiji (1868-1912). Uta, un artista errante itinerante, conoce a Hiramatsu, un mayorista de té de Hamamatsu, en una posada de Shinshu (Nagano), y se une a su casa. La muerte repentina de Hiramatsu hace que el negocio se colapse y Shotaro, el hijo de Hiramatsu, que había estado asistiendo a la universidad en Tokio, vuelve para hacerse cargo de sus hermanos. Sin embargo, Uta se ofrece para cuidar de ellos en su lugar, e insta a Shotaro a permanecer en la universidad.

Otro film de mujeres que salen adelante por sí solas. En este caso se trata además de una actriz itinerante (es decir, el penúltimo escalón de la sociedad) que sin estar debidamente casada y sin preparación alguna es capaz de hacerse cargo de los negocios y la educación de su señor protector cuando este muere. Lo hace conminada por Shotaro, el hijo estudiante, que prefiere terminar sus estudios en Tokyo y liberarse de la carga que le supondría hacerse cargo de la familia, bajo la promesa de desposar a Uta a su vuelta. 

Se cruzan pues dos tópicos del cine japonés clásico en esta, por cierto, tópica historia del cine clásico japonés. Por un lado está el protagonismo de la mujer que es capaz de sobreponerse a las pruebas que el destino le depara en una sociedad patriarcal y machista, con el añadido en este caso de que Uta es cómica de la legua, y por ello objeto de todo tipo de habladurías y desconfianzas. Hay un cierto debate entre los aficionados y estudiosos del cine nipón sobre la verdadera naturaleza de este “empoderamiento” de sus protagonistas femeninas. En ese tiempo son ellas y los estudiantes quienes más acudían a las salas, por lo que es natural que las historias quieran reflejar los sinsabores y la capacidad de superación de las mujeres. También hay quien opina que realmente este rol que mezcla heroicidad, sufrimiento y en ocasiones entrega y rendición de sufridas mujeres -que en el caso de Mizoguchi alcanza sus cotas mayores por ejemplo en Oharu- es una emanación cinematográfica del machismo de esta sociedad y de sus creadores, que de alguna forma reafirman con la “anomalía” que representan estos caracteres femeninos la normalidad de conformidad y sometimiento que ha de perpetuarse en la vida real. Es un debate interesante pero quizá algo estéril.

El otro tema recurrente que aparece, si bien con menor intensidad, es el de la importancia del conocimiento y los estudios en el Japón de la Era Meiji. En esta época (la acción se fecha en 1900) como es sabido el nuevo régimen quiso dar un impulso hacia adelante al viejo Imperio del sol naciente, por lo que entre otras cosas se crearon muchas universidades que se llenaron de expertos extranjeros y de jóvenes convencidos de que es por el conocimiento y la educación por donde se llegará al desarrollo tecnológico y económico del país, como efectivamente sucedió en parte. Shotaro refleja bien  la juventud de este tiempo, que siente que es más importante formarse y adquirir conocimientos que dejarse llevar por la inercia de la tradición comercial. Quizá contextualizar esto nos ayude a entender la decisión, extraña a los ojos de hoy, de obviar toda responsabilidad familiar sobre sus hermanos y su negocio de hojas de té, y dejarlo todo en manos de una desconocida de origen incierto.

Aparte del histórico y cultural, la película tiene cierto interés estilístico. Es una película “de mínimos”, es decir, que se ha querido hacer en el mínimo tiempo posible y quizá con unos medios muy ajustados. No quiero decir que sea una producción cutre, sino que el ahorro se percibe en las decisiones de puesta en escena. La película está hecha con el menor número de planos posibles; no me refiero a que está construida con unos cuantos planos secuencia muy elaborados, sino que son planos funcionales, breves, pero estudiados para no necesitar contraplanos ni generar discurso visual, es decir, para ser rodados muy rápido. Esto hace que Shimizu -quien por otra parte se encuentra mucho más cómodo planificando en exteriores, y aquí no tiene oportunidad de hacerlo- da lugar a una puesta en escena muy curiosa, porque en buena parte de las secuencias la cámara está situada excesivamente lejos del foco de atención. Es un poco como hacemos todos instintivamente cuando se nos ha pedido grabar algo en vídeo, ponernos “donde se vea todo”; pero como Shimizu tiene ese ojo mágico de todos los grandes directores para la composición del plano lo que él genera son imágenes elegantes y muy funcionales si bien alejadas del intenso esteticismo que parece natural en el arte compositivo de los grandes maestros japoneses. Shimizu claramente ha sacado adelante esta historia lo más rápido y eficientemente que ha podido, e incluso los intertítulos que completan la historia eliden partes tan fundamentales de ella que ya duda uno de si no pudieron rodarlas o se habían perdido por algún motivo para el momento de montar la película.

La sobriedad compositiva, el exotismo propio del este cine y la paupérrima calidad de la copia de la que yo al menos he podido disponer (un piratero de antigua emisión televisiva sobre una copia destrozada) en algunos instantes me ha hecho entrar en una especie de extraño trance cinéfilo. Me refiero a la sensación de que el estado calamitoso de la copia se funde con el desapasionamiento que desprende la película pero, como al fin y al cabo todo lo que veo es irremediablemente bello, es como si se creara por un instante otra cosa distinta, que no es esta peli olvidada, sino una puerta a otra realidad que se abre unos instantes, y que me asomo, y que se cierra.

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