Los invasores (49th Parallel, Michael Powell, 1941)

A contratiempo

(Artículo aparecido en el número 292 de mayo de 2020 de la revista Versión Original, monográfico dedicado a los Gilipollas)

El momento histórico de su producción condiciona a veces las películas hasta hundirlas en el olvido. Ese es el caso de Los invasores (49th Parallel, Michael Powell, 1941), film de propaganda puesto en pie por The Archers, la pareja creativa que formaran los británicos Michael Powell y Emeric Pressburguer. En el mismo contexto de la II Guerra Mundial realizaron por ejemplo la muy conocida Vida y muerte del Coronel Blimp (The Life and Death of Colonel Blimp, 1943), que sí ha pasado a los anales de la memoria cinéfila, al contrario que la cinta que nos ocupa.

Todo el cartel es mentira

Los invasores es una película muy meritoria. Aparte de por sus valores cinematográficos muy estimables, si bien no excelsos, lo es porque tiene un planteamiento prácticamente inédito en la historia del cine: los protagonistas son los malos; pero es que además son malos de la peor calidad, no son antihéroes azotados por el destino como Joker (Todd Phillips, 2019) o malos de profunda condición inhumana, como aquel Jaibo de Los Olvidados (Luis Buñuel, 1950) que yo creo que es el más malo de todos los malos. Aquí los malos son una patrulla formada por seis marineros nazis. Son malos de medio pelo, malos porque son nazis y tienen lavado el cerebro. Son esquemáticos, arquetípicos y muy poco enigmáticos.

Los invasores nos cuenta la desesperada epopeya de una patrulla que abandona en las costas Canadienses el submarino U-37, a cuya tripulación pertenecen, para ir a por víveres a la costa, con la mala suerte de que en el ínterin su nave es descubierta y bombardeada por la aviación canadiense, quedando ellos a merced de los elementos en un inmenso país enemigo y con el único pertrecho de sus impolutos uniformes de la Kriegsmarine y un ejemplar de “Mein Kampf”. En estas circunstancias no les queda más remedio a esta panda de zangolotinos que procurar pasar desapercibidos y recorrer Canadá entera para llegar a Estados Unidos,  país aún neutral en el momento de rodaje. La película consiste en una sucesión de escenas en las que los soldados van encontrándose con personajes y escenarios que sirven para que contrastemos su cerrazón totalitaria con la visión del mundo y de la vida de las democracias liberales.

El primer encuentro será con un grupo de esquimales en un puesto comercial por el que anda Laurence Olivier interpretando a un desopilante trampero francófono, en una de las decisiones de casting menos creíbles de la historia del cine. La cosa acabará mal aquí, incluyendo un tiroteo a mujeres y niños esquimales por la espalda por parte de nuestros Kameraden, que finalmente logran mercar una avioneta con la que, oh sorpresa, acaban estrellándose por no haber mirado si llevaban suficiente combustible. Desarmados y mermados en número, llegan a una colonia huterita -una comunidad cristiana del estilo de los Amish-, en la que resultan ser de origen alemán la mayoría de sus integrantes. Aquí se produce un clímax dialéctico cuando el Teniente Hirth, líder de los marineros, se viene arriba e intenta enardecer a los ojipláticos huteritas hablando de la superioridad de la raza germánica y de la próxima conquista de Canadá gritando y gesticulando en el mejor estilo Führer. El discurso de respuesta del mesurado líder religioso deja claro que este no es lugar para submarineros, así que, tras liquidar en sumarísimo juicio al único camarada que ha dado muestras de humanidad -haciendo pan para sus anfitriones y protegiendo la integridad de una muchacha-, siguen con su periplo.

Improbable trampero

De entre los demás episodios vamos a destacar tan solo otro, esta vez con un -esta vez sí- creíble Leslie Howard, que interpreta a un antropólogo diletante que investiga en las Montañas Rocosas a una tribu, los “pies negros”, cuyos ritos curiosamente se parecen mucho a los modos marciales y doctrinarios del nazismo. Esto irrita sobremanera al Teniente Hirth y a su soldadesca, que decide escapar de allí no sin antes haber destruido un Picasso y un Matisse que el “demócrata decadente”, como el mismo antropólogo se describe a sí mismo,  conserva en su tipi (!¡) 

El final de las aventuras de esta gente tiene también su gracia, pero no queremos destripar más, porque es una película que merece ser vista y disfrutada, pues tiene mucha miga. Posee una estructura narrativa peculiar en la que merece la pena envolverse para analizarla, pues el protagonismo no es de los verdaderos protagonistas por presencia en pantalla (y que por cierto ni aparecen en los carteles de la época) sino de estos personajes secundarios interpretados por estrellas del momento que van dando la réplica a estos zoquetes. Es un planteamiento muy arriesgado, porque realmente no hay forma de empatizar con los soldados alemanes y en especial con su teniente y líder, que tiene el carisma y la profundidad emocional de un palito de merluza. Solamente cabe acercarse a ellos con una especie de “simpatía por penilla” que nos provocan sus ridículos comportamientos cuarteleros, sus Heil Hitler! fuera de lugar y momento y, en fin, su penoso empeño en doblegar de alguna forma y tratar con condescendencia a un país hecho y derecho del que pretenden escapar con engañifas pueriles y métodos del tebeo.

49th Parallel,  además de arriesgar con el planteamiento, se la jugó con su propio momento histórico. Vista hoy en día resulta inaudito asistir a las aventuras de unos soldados alemanes que en plena II Guerra Mundial están locos por pedir refugio en los Estados Unidos, pero es que esta película se estrenó el 24 de noviembre de 1941, 13 días antes del ataque a Pearl Harbour que detonara la entrada del país norteamericano en el conflicto. En dos semanas el mensaje propagandístico, que era precisamente animar a la intervención a EEUU, había “caducado”. Eso le ocurre al cine que, como decíamos al principio, quiere atarse mucho al presente, siempre escurridizo y traidor.

Incluso los discursos mesurados y democráticos de los personajes canadienses suenan, después de 80 años, inquietantemente trasnochados, porque abogan por ejemplo por la integración y la convivencia entre los distintos y por alentar la migración y el refugio para los desahuciados de la historia. A los que huyen hoy en día de las guerras de Oriente Medio y se les impide llegar a cualquier sitio civilizado y proseguir con sus vidas podría hervirles la sangre de rabia al escucharlos. La inmensidad de Canadá, acaso verdadera protagonista del film, desborda inabarcable e inmensa cualquier hazaña humana, y podemos quedarnos con la idea de que ella es lo único intemporal de esta película.

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4 comentarios sobre “Los invasores (49th Parallel, Michael Powell, 1941)

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  1. Hola tocayo
    Hoy toca una de aventuras y el argumento es bien original. Seis peligrosos de negro, seis, de la famosa ganadería Cruzrara sueltos por el ruedo Canadiense van encontrándose con distintos matadores.
    Leslie Howard es parte de los famosos que han muerto en suelo patrio -en su caso en aire- y con aspectos parecidos a los de este filme. No, nada que ver con tener un Picasso en el tipi.
    El cartel me parece bien curioso. Con el titulo de los invasores y esas sombras bien pudiera ser ciencia-ficción de la época, el hombre puede ser Olivier -o Gable con el bigote más fino-, puede ser una peli romantica… vamos, el colmo de la sugerencia. Si hay que apostar yo lo haría a que el dibujante no vio la película.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Lo de Leslie Howard yo no lo sabía cuando hace ya muchos años turisteaba por San Andrés de Teixido y se me quedaron los ojos del revés viendo el pequeño monumento que tiene allí su recuerdo.
    La gente que desaparece en accidentes aéreos deja una pena y un recuerdo peculiar, como más sentido que quien muere en tierra firme.
    Y si no que se lo pregunten al bueno de Wellman, que como comentaré en su momento no podía recordar a Carole Lombard sin emocionarse.

    La peli, por otra parte, es un puntazo. Recomendable y, por cierto, todo un éxito de taquilla, en contra de lo que pueda parecer leyéndome.

    Un saludo, tocayo.

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  3. ¿Te he contado alguna vez que siento pasión por Michael Powell y Emeric Pressburguer? Pero alguna peli me queda ver de su filmografía como esta sobre la que escribes. Y es que siempre llaman la atención por cómo cuentan sus historias y qué es lo que cuentan. Y esta en concreto me resulta curiosísima.
    Yo los amé sin remedio hace años y años cuando descubrí Las zapatillas rojas, una de las pelis de mi vida. Pero también flipo con Narciso negro o A vida o muerte. ¡No sé con cuál de sus películas me quedaría! Qué comedia romántica maravillosa es Sé a dónde voy…

    Beso
    Hildy

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  4. Yo también lo paso bomba con ellos. Mi corazón se inclina por el Coronel Blimp, aunque las que nombras también me encantan. Sé a dónde voy no la he visto… Melapunto.

    Esta de la que hablo es muy distinta en algún sentido a tus favoritas, pero conserva ese toque exótico lleno de ideas inesperadas que hacen sus pelis tan especiales.

    Un beso muy fuerte

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