Eras como un crisantemo silvestre (Nogiku no gotoki kimi nariki, Keisuke Kinoshita, 1955)

Me pregunto por qué una película tan lineal, tan transparente, tan simple y clara en su planteamiento, que no es más que el desarrollo de una drama tópico y recurrente -el amor imposible entre dos adolescentes- contada de la forma más sencilla, con un solo artificio visual casi infantil que luego comentaré, puede haberme hecho pasar por tantas emociones y pensamientos tan variados. Curiosidad, simpatía, displicencia, agobio, ternura, desgarro, impotencia y compresiva incomprensión son solo algunos de ellos.

El viejo Masao (Chishû Ryû, el hombre sin edad) ha cumplido ya 73 años y antes de morir regresa al pueblo donde nació y trabajó hasta marchar a sus estudios. Quiere ver por última vez el lugar donde, según confiesa su voz en off, vivió lo único que ha merecido la pena en su vida: conocer a Tamiko. Masao comenta con el barquero que con mucho trabajo y lentitud le conduce río arriba hasta el pueblo a qué familia pertenece, una adinerada, que poseía la casa más grande, en la que el mismo Masao nació y que ahora está abandonada y es el hogar de los fantasmas. Las lágrimas anegan el rostro de Masao al acercarse a la orilla de su pasado, y entonces volvemos 60 años atrás, a conocer su historia.

Kinoshita no me parece un director arriesgado en su puesta en escena. Casi se le podría acusar de lo contrario, pues su mayor defecto quizá sea el poco brío visual que tiene su narrativa, pero aquí ha tomado una decisión extraña y absorbente que inmediatamente hace que esta película sea memorable y reconocible, y es que todo lo que sucede en el pasado, a finales del siglo XIX, la historia de Masao y Tomiko, está circundado por un iris como aquellos del mudo. Esto representa como el 90% del metraje, es decir, que hay que acostumbrarse a él y supongo que, aunque eso no se plantearía en el momento del rodaje, habrá hecho esta película intelevisable hasta el siglo XXI y sus muchas pulgadas. Ese iris tiene doble función: por un lado representa, como es obvio, los recuerdos de Masao que él mismo dice que pueden no ser fiables y por el otro enmarca una película que está llena de paisajes, metáforas visuales, versos salteados supongo que provenientes de la novela original (escritos en pantalla y leídos en off por Ryû) imágenes evocadoras y una historia tan tan simple, con tan escasos vericuetos argumentales, que lo mejor es verla, verla con la mirada entreverada, incluso sin pensar, dejarse llevar como cuando vamos de pasajeros y miramos por la ventanilla, mirando sin ver o lo contrario. 

Este marco ovalado, que por cierto tengo la costumbre de poner en las últimas imágenes de mis apuntes, quizá animado por algo parecido a lo que llevó a Kinoshita a usarlo, marca a la película de una forma tan fuerte que contribuirá seguro a la división que habría en un posible público actual: quienes la adoren y quienes la detesten. Porque es un filme almibarado, folletinesco, un dramón salteado de versos, lamentos y golpes trágicos del destino. Su música por cierto es de inspiración española aunque de compositor japonés (Tadashi Kinoshita, hermano del director), todo son piezas de guitarra clásica que contribuyen a esa atmósfera entre lo naif y lo onírico que alienta la peli. En mi caso he de confesar que, llegado al final, me sentiría muy mal si no dijera que me ha encantado y no la recomendara a pesar de los pesares.

La historia, como decía, es sencilla: Masao, de 15 años, vive con su madre y una prima a la que  ha adoptado o algo así Tamiko, a la que quiere y trata como a su propia hija. Masao y Tamiko pasan por lo tanto el día juntos compartiendo tareas del hogar y del campo junto a otros familiares y criados. Entre ellos hay una complicidad creciente que, en paralelo a las habladurías de los demás, va transformándose en amor. Pero la madre de Masao no puede consentir que pretenda a Tamiko, porque ella es ¡dos años mayor que él! En fin, ese es el planteamiento y lo demás ya se puede ver venir.

En esta película no hay un solo beso. Creo que los “amantes” no llegan a rozarse siquiera en todo el metraje. Su amor va brotando entre ellos porque la misma naturaleza parece exigírselo. Se lo exige su edad, claro, pero también la otra naturaleza, la verde. Lo más hermoso de la película, sin duda alguna, son las escenas en las que ambos van por el campo, en especial una en la que van a recoger algodón, y los pinos, los arrozales, los cardos y las flores parecen saludarles al pasar. Es como si se mecieran movidos por una corriente poderosa que emanase del cariño que se tienen, y no a causa del viento que se llevará consigo a Masao lejos de allí en pocos días. 

Igual que ocurría en su más conocida Balada de Narayama, aunque yendo por otros derroteros, en el trasfondo de Eras como un crisantemo salvaje hay un difuso -no confuso- diálogo entre naturaleza y cultura. La primera anima y da fuerzas al amor entre Masao y Tamiko, como decía, y además lo acompaña y lo reconoce. Ellos en la naturaleza son parte de la vida, un elemento más. Por eso cada uno reconoce al otro en una planta. Ella es un crisantemo silvestre para él, él para ella una campanilla.

Sin embargo, las tradiciones y costumbres humanas se ciernen sobre ellos de una manera sorda, invisible, calmada y no obstante terrible e inevitable. La personificación de esta cultura asfixiante es la madre de Masao interpretada por Haruko Sugimura, actriz especializada en estos papeles de “madre aguafiestas” a la que conocemos en especial por los clásicos de Ozu, por ejemplo Cuentos de Tokio. Aquí interpreta el complejo papel de una madre obligada por esas fuerzas misteriosas de la tradición a condenar a la infelicidad a las dos personas que más y mejor quiere.

Comprender los actos de esta mujer es comprenderlo todo, deplorarlos también.

Hay un momento que creo que es mi preferido de la película. Cuando Masao marcha a la ciudad y mira a lo lejos la ventana de la casa donde sabe que Tamiko está y luego vemos a Tamiko bajo la ventana, que no sabe que Masao la mira. Quién no ha mirado una ventana vacía con la esperanza de que tras ella una Tamiko, un Masao, suspire pensando en nosotros.

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5 comentarios sobre “Eras como un crisantemo silvestre (Nogiku no gotoki kimi nariki, Keisuke Kinoshita, 1955)

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  1. Hola tocayo
    Dices que no se besan y, posible, no llegan a tocarse; cuando veo películas de otras culturas, a veces entro en bucle, no sé si es una característica de esta pareja y por eso nos lo cuentan… o es lo más normal en sus usos. Otra señal de esto es las flores que les representan: para nosotros un crisantemo está asociado al camposanto (no me imagino a Chanorris musitando a Shelley “eres mi crisantemo”; en cambio si veo a Winters decirle “menudo campanilla estás tú hecho”).
    En cuanto a la visión ojo de buey -o catalejo- creo que, como recurso para representar recuerdos, vale, pero su uso continúo es un poco excesivo. Hace la peli vieja desde su estreno. Vieja que no marchita.
    Un saludo… y un ramito de violetas. Manuel.

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  2. Ser marchito y no viejo es como ser crisantemo y no flor de cementerio.

    Cumpliendo con lo que te dije, ayer me puse Delta Force, y la pobre Shelley Winters hace de crisantemo de cementerio. Qué vergüenza y qué pena.

    La próxima vez que revise toda la filmografía de Ozu apuntaré cuántos besos bilabiales incluye. Quizá haya alguno en sus pelis mudas de género de los 30, no recuerdo. No te creas que no me duele pensar en los besos que todo estos japoneses revenidos han dejado de darse por cumplir con los cumplidos. Son gente muy limpia y muy educada, pero les falta un hervor de sangre. Las cosas como son.

    Un saludo tocayo

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  3. Qué casualidad, yo la descubrí hace un par de meses, y no es que me gustara, es que directamente la considero mi mayor descubrimiento cinéfilo del año. Y tampoco sabría desgranar el por qué, es algo que ya comentamos sobre Shimizu, pero en el cine japonés a veces las películas hacen gala de una sensibilidad muy especial para explicar historias que en el fondo no tienen nada de particular. Con Shimizu aún teníamos el comodín de que es un grandísimo director con un estilo propio muy marcado, pero Kinoshita, sin querer infravalorarlo (24 ojos es de mis películas favoritas del cine japonés clásico) no es un grande, o al menos yo no lo considero así.
    ¿Qué es lo que hace que esta historia sensiblera resulte tan conmovedora? Obviamente no el truco del iris, que es llamativo y muy arriesgado pero no creo que sea la causa principal. Creo que tú lo has desgranado muy bien, de hecho yo no me atreví a escribir sobre ella pese a lo mucho que me gustó porque no me veía capaz de hacerle justicia o de saber explicar por qué me había encantado.

    Un saludo.

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  4. A mí la película me emocionó de una forma tan extraña y etérea como ella misma es. Me hubiera apostado unas palomitas a que a ti te pasaría algo parecido, pero entiendo que a la mayoría de la gente le puede resultar no ya aburrida, sino alienígena…

    Lo cierto es que apenas he visto cosas de este director pero sí es verdad lo que dices, que obviamente no está tocado por la varita mágica de la genialidad. Pero mira por dónde, ayer casi casualmente me topé de nuevo con ese blog monumental que es japanonfilm, que había dejado de leer los últimos meses por falta de tiempo, y resulta que hace apenas 10 días dedicó una jugosa entrada a Kinoshita y sus veleidades experimentales muy interesante:

    https://japanonfilm.wordpress.com/2021/06/09/a-note-on-kinoshita/

    Sobre 24 ojos, en otra entrada el Sr de Japanonfilm la pone a parir por usar musiquillas de su infancia norteamericana, jeje.

    Un abrazo

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