Repique de campanas: Sayon no Kane (Hiroshi Shimizu, 1943) y Breaking the Waves (Lars von trier, 1996)

Sayon no Kane, La campana de Sayon, es otra de esas películas japonesas que se conservan en un estado lamentable y de cuya existencia el universo entero parece estar arrepentido. Inspirada en supuestos -y patrióticos- hechos reales acaecidos en la ocupación de Manchuria en 1937, nos habla de Sayon, interpretada por Shirley/Yoshiko Otaka/Yamaguchi, o Ri Kou-ran, como se la llama en los créditos, actriz y cantante de vida ajetreada, extranjera en todas partes

Sayon es una adolescente Taiwanesa. Como todo su pueblo, desde hace tiempo vive bajo la “protección” de las fuerzas de ocupación japonesas, cuya apología es uno de los obvios objetivos del filme. Todo el mundo en el poblado colabora en el esfuerzo de guerra. Todo el mundo trabaja en los arrozales excepto viejos y niños, y de vez en cuando llega un oficial y se lleva a algunos heroicos voluntarios que están como locos por dejar su familia y su terruño y marchar, con su nuevo nombre japonés impuesto, a luchar en primera línea. Son los llamados voluntarios takasago, a los que el filme rinde un moderado homenaje. El caso es que la tarea de Sayon es alimentar a los bebés y los animales de la aldea, en un plano por cierto de llamativa equivalencia asistencial, y de paso entretener y reforzar el japonés de los niños semovientes que la acompañan de acá para allá por caminos, lagos y montañas charlando con ella, que no necesita más para ser feliz que esa pequeña horda de pipiolos y que le críen bien los animales (cerdos, cabras y ocas) De hecho buena parte de la película consiste en eso, en imágenes exteriores rodadas en plena naturaleza en las que Sayon va arriba y abajo con sus niños y sus bichos. Y es que Sayon no Kane está repleta de esos larguísimos travelling/secuencia que le encantan a Shimizu en los que a lo largo del camino mientras andan los caminantes van desgranando la trama, y aquí incluso Yamaguchi se marca dos o tres canciones, amén de un himno del ejército de la Taiwan ocupada, que ríase usted del God Save the Queen. 

Por lo demás, las fuerzas de ocupación son  policías sonrientes que enseñan, curan y organizan al farruco pueblo takasago, que a pesar de sus lucidos trajes típicos y sus pimpantes danzas rituales viven un poco en la edad de piedra. El primer nativo que vuelve al pueblo después de educarse en “el continente” (no sé si se refieren a Japón o a alguna parte de la China ocupada) es Saburo, noviete de Sayon. Su llegada pone en marcha la maquinaria narrativa y da lugar a un par de malentendidos y anécdotas, pero Shimizu pasa tan por encima de ellos, les da tan poca importancia, que cuando el final extrañamente trágico se precipita sobre el último rollo se siente uno desnortado. 

Y es que da la impresión de que Shimizu ha hecho un poco lo que le ha dado la gana. Una vez descrita la cultura ocupada y a las fuerzas de ocupación al principio, en un arranque prácticamente documental y silente, parece que no ha querido más que disfrutar de ver a Sayon persiguiendo animales y a niños persiguiendo a Sayon. Todo lo demás parece sobrarle. Es que incluso una parte perdida del filme (unos minutos de metraje desaparecido en los que se busca a un niño perdido a su vez) parece como si no le faltase a la película, porque todo lo dramático que aparece más tarde quedará falso, impostado, y sucede muy rápido. Shimizu no quiere detenerse en ello y los dos o tres conflictos que hay apenas ocupan unos minutos. Es muy llamativa la torpeza del director en estas partes dialogadas o de interiores. Incluso el momento culminante -un accidente al final- está muy mal rodado, de forma confusa. Yo apostaría a que Shimizu ha delegado en sus ayudantes todo lo que no fuera pasear por el campo con Sayon y los niños que, por cierto, como siempre es un placer ver naturalidad de éstos y sus movimientos de enjambre, si bien no aportan nada a la narración.

En definitiva La campana de Sayón no es una de las mejores obras de Shimizu, que claramente aprovechó el encargo propagandístico para hacer lo que le apeteció, pero el resultado final no es malo, a pesar de todos sus deméritos y del penoso estado en que se puede ver hoy en día. Por el contrario, su atmósfera bucólica y sus artificiosos exotismos combinan bien con el lenguaje visual del director, apegado a la naturaleza y los grandes espacios. Además este filme viene a mostrar de nuevo que Shimizu parece encontrarse más cómodo cuando representa pequeñas civilizaciones paralelas, quizá inexistentes pero especialmente vivaces, sean los pasajeros de un autobús en SR. Gracias, Los chicos recogidos en La Torre de la introspección o la vida semisalvaje de los niños de la guerra que van y vienen por el país destrozado tras la IIGM. Aquí sucede lo mismo con los takasago: dignos, alegres, sumisos y trágicos. Un mundo aparte.

El penúltimo trabajo de Hiroshi Shimizu para Shochiku fue esta película de “formación nacional”. El siguiente y último trabajo fue su breve colaboración en el filme de episodios Canto de la Victoria, del que ya hablamos, y después dejaría de trabajar para unos estudios en los que se le estimaba poco. Sus películas eran más caras de lo habitual por su costumbre de irse a rodar en exteriores y además tenía un carácter complicado. Con su equipo mantenía un comportamiento autoritario que sin embargo no se correspondía -aparentemente- con su peculiar actitud en rodaje, y es que cuando dirigía parecía no atender a lo que ocurría, no daba instrucciones a nadie, se saltaba el guión y volvía loco al equipo con sus constantes ocurrencias… Era un hombre difícil. Leí por ahí una entrevista, creo que de uno de sus niños actores, que también había trabajado con Ozu en He nacido pero…, que decía algo así: Shimizu murió tranquilamente, mientras dormía, sin enterarse ni sufrimiento alguno. Ozu pasó una agonía terrible que duró meses y murió en medio de dolores insoportables. A Ozu todo el mundo le quería por su carácter afable y su profesionalidad, a Shimizu todo el mundo le detestaba. La muerte no es justa.

El carácter de Shimizu recuerda al que se suele atribuir a Lars Von Trier. Creadores tocados por una aparente misantropía que les sirve de coraza para proteger por un lado sus demonios personales, de los que no hablaré aquí, y por otro su trabajo cinematográfico que ambos saben, cada uno en su contexto, que solo funciona cuando es distinto  y choca con las expectativas de la industria, público, crítica, etc.

Esta aparente concomitancia no es algo en lo yo hubiera caído si no fuera por el tolón tolón que en mi cabeza hizo el final de La campana de Sayon. Y es que -desvelo el final, pido disculpas- en los últimos instantes del filme resulta que el sacrificio de una joven hermosa e ingenua se transustancia en unas campanas que suenan en el cielo con las que termina la historia. Igual que en Rompiendo las Olas. Es imposible, si se tiene en la cabeza -y muy en el alma en mi caso, pero eso ya es personal- no rememorar de inmediato la película del danés. Las campanas son como un nudo que ata a las dos historias como si fueran dos cuerdas que sin embargo, por sus distintos grosores y materiales, no pueden llegar a trenzarse. 

Creo que soy justo y razonable cuando digo que Rompiendo las olas es la película de Lars von Trier que más de acuerdo pone a la gente sobre su genio. Me refiero a que, aparte de gustos y criterios personales, se puede decir de esta epopeya de la carne y del espíritu es quizá su película más universalmente disfrutable. Como es sabido, es una versión muy personal del Ordet de Dreyer rodada cámara en mano. La acción se sitúa en Escocia, en 1970, cuando Bess McNeill, una chica con aparentes problemas mentales o intelectuales, se enamora de Jan, trabajador extranjero en una plataforma petrolífera. 

Todo lo que yo diga sobre Rompiendo las Olas debe ser puesto entre paréntesis, porque es un filme que me impactó tanto cuando lo vi que la huella que me dejó en el espíritu seguro que emborrona lo que escriba, aunque ahora ya lo contemple con esa maldita objetividad que da la experiencia, que emborrona también las cosas buenas que creíamos las mejores. En cualquier caso nadie negará que está lleno de virtudes. Por ejemplo, y con esta basta: su profundidad. 

Con una actriz prodigiosamente pasada de rosca, con el abuso de la trampa del primer plano, con un timing portentoso que von Trier supo puntuar, que no complicar, con esas -entonces novedosas y llamativas- microelipsis y  aparentes pérdidas de continuidad. Con unos paisajes que son la encarnación del espíritu de Bess. Con un precedente, Dreyer, al que se respeta de la mejor forma, que es trayéndolo de vuelta sin imitarlo. Con esa música, la mejor posible. Con ese final. Todo esto que digo lo tiene la película y, si nos fijamos, son defectos y bisoñeces que von Trier sabe convertir en arte puro. Lo que yo no sé es si en el conjunto de su obra se puede decir que lo hace cuando puede o cuando quiere, pero en esta película le salió muy bien, hizo una obra maestra y aquí lo dejo, volvemos al cielo.

Si el cine es un arte mayor como la pintura o la música y no un pasatiempo generacional como la fantasmagoría o las carreras de chapas es entre otras cosas porque hay unos límites de lo que se puede pensar y sentir durante la estancia de cada humano en la Tierra que ha sabido traspasar con dignidad y grandeza. Que uno pueda emocionarse y no solo eso, sino plantearse qué pinta en la vida viendo una resurrección lagrimosa y carnal en Ordet, es un hito del cine. Que suenen unas campanas al final de una película japonesa que nadie ha visto y que nadie verá es también un hito del cine si se corresponde con alguna conexión que tenemos con la trascendencia, esta vez no religiosa sino vaga y forzosamente mitológica. Que suenen las campanas al final de Rompiendo las olas, y que la veamos, no es ya un hito del cine. Es un lugar no muy común, pero transitado, en el que espíritus preparados con Ordetes y Sayones saben que se puede estar. Incluso pueden no haber conocido Ordet ni a Sayón, pero forman parte de un magma, la cinematografía, que quizá ellos mismos desconozcan, pero que está dispuestos a tragarlos y decirles: tú formas parte de esta manera de estar en el mundo hoy y aquí, tienes derecho a emocionarte y a pensar que los milagros existen sin que Dios los provea. Basta una pantalla y unos ojos dispuestos.

Algo así se me dijo a los 18 años de edad, en noviembre de 1996, en un cine del centro de Madrid con una pantalla enana, que me tomó el alma hasta hoy. 

P. S. : Después de redactar esta entrada he descubierto Cielo Negro (Manuel Mur Oti, 1951) y me he quedado ojiplático, viendo en lo que resulta el repique de campanas que, al final del filme, despierta la conciencia o el pensamiento de la españolísima protagonista. No voy a desvelar lo que ocurre, porque es una buena peli que creo bueno empezar a ver, pero su final, tras las campanas, es tan alucinantemente absurdo, tan primorosamente estúpido, tan grandiosamente apañado, que se queda uno pensando en qué pinta España en la historia del cine, y en cómo este final surrealista de Cielo Negro, tan potente desde el punto de vista técnico como risible desde el punto de vista narrativo, es una suerte de folleto explicativo de lo que somos los españoles o, mejor, los españoles dispuestos a pagar por rodar: Idiotas.

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5 comentarios sobre “Repique de campanas: Sayon no Kane (Hiroshi Shimizu, 1943) y Breaking the Waves (Lars von trier, 1996)

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  1. Hola tocayo:
    Pues bien se podría decir que te ha quedado una entradaaa… !de campanillas¡
    Sayon es adolescente, rodeada de niños, animales, hay campanas y termina en sacrificio. Mi mente en blancoynegro -y mi, lejana, educación- me llevan a un extraño concepto: Santa.
    Esa pantalla pequeña, como tentación de monja, ¿No estaría por Martín de los Heros? No creía que aguantase mucho tiempo con ese tamaño, confieso que me daba un poco de vergüenza cada vez que elegía esa sala, unos años antes.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Esa era la pantalla, tocayo, esa era. Sentía (o siente, no sé si sigue funcionando) una mezcla de corte por haber pagado por ella y de agradecimiento a los que ponen cine rarito, aunque sea en pequeña superficie.

    Santos ellos.
    Un abrazo

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  3. … películas que dialogan entre sí a través de las campanas…
    Me gustan mucho esos hilos que genera la historia del cine.
    Aquí en un artículo unes a base de campanadas a un director japonés, a otro danés y a un español: Shimizu, von Trier y Mur Oti. Y además los dos primeros también por caracteres de sus directores.
    Bien, pues otro disfrute de texto, donde me descubres una peli, me haces recordar cuando vi por primera vez Rompiendo las olas en un cine de verano programada junto a ¡El paciente inglés!, ¡pensé que nunca iba a salir del recinto! Y me apetece regresar a Cielo negro, y me recuerdas las difíciles relaciones que he tenido a lo largo de los años con nuestro cine, pero cómo me ha ido atrapando también. Una lectura reveladora para mí hace unos años fue “El cine español. Una historia cultural” (2012) de Vicente J. Benet.

    Beso enorme
    Hildy

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    1. Me apunto el libro Hildy, seguro que me interesa.

      Creo que ver El paciente inglés en el cine fue de las peores experiencias que he tenido como espectador. A veces pienso en ella… ¿Es tan odiosamente insoportable como la recuerdo? Me gustó tan tan poco que jamás he querido volver a ver ni un fotograma de ella, pero también es cierto que en aquel momento iba de listillo y exigente, y que lo mismo es de justicia gastar tres horas en pos de la objetividad.

      Un abrazo fuerte

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  4. Muy interesante tus dos últimos textos sobre Shimizu. No conocía detalles sobre su forma de rodar, ¿los has sacado de algún libro o de internet? Me resulta llamativo que fuera tan autoritario un director que hacía películas con un tono tan espontáneo y que, en cambio, Ozu, que parece tener un estilo mucho más cerrado supiera ganarse mejor el favor de sus colaboradores. Una muestra de lo engañoso que es juzgar a un artista por su obra.
    Las películas menores/de encargo de los grandes cineasta suelen dar más pereza de ver pero tienen el aliciente de ver cómo se apañan en esas situaciones e incluso notar, como bien remarcas aquí, en qué momentos parece perder el interés por lo que está haciendo.
    Un saludo.

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