Doble y nada, Schrader y Bresson (segunda parte)

El contador de cartas (The Card Counter, 2021) me encantó. Salí del cine con esa emoción justa que no impide la reflexión que dejan las buenas películas. Una vez más en Schrader, una historia de redención. Este Guillermo Tell (así se hace llamar el protagonista, Will Tell, hablarás) es un hombre atormentado que se enfrenta a un hoy que el ayer ha ensuciado. El hoy que habita transcurre en casinos y consiste en el trato con gentes de paso, es un poco el presente que cualquier persona vulgar podría vivir, pero su ayer era el de casi nadie, un pasado enfangado en el fondo del pozo más oscuro de la humanidad. Tell hoy es un eficiente jugador profesional de cartas que sobrevive a un ayer como torturador en la prisión de Abu Ghraib y a varios años de cárcel. En la cárcel ha aprendido que le viene bien estar encerrado, que la rutina y los límites físicos ponen un orden en su mente y la ocupan. De esta forma se libra de los remordimientos y de las tremebundas pesadillas en las que renueva cada noche aquel tiempo en el que fue un monstruo consciente y culpable de su maldad. 

En Pickpocket (1959) Bresson nos cuenta la historia de Michel, un joven carterista que no sabemos de dónde ha salido -se menciona que es o ha sido estudiante y poco más- pero que se ha propuesto aprender a robar con todo el esmero y el arrojo que sea posible. Ante un policía con el que coincide en los bares esboza una teoría levemente nietzscheana que viene a defender que aquellos que incumplen la ley con especial habilidad e inteligencia no deberían ser perseguidos por la autoridad, pues son seres superiores. Esta idea vaga y apenas esbozada y argumentada es lo único que tenemos para comprender la necesidad de Michel de robar, pues sufre enormemente por el riesgo de ser atrapado, no se gasta el dinero que birla y sigue viviendo a pesar de lo ganado en un cuartucho infecto que no tiene ni un mísero pestillo que cierre la puerta. Es un nihilista convencido de que ha de hacer algo para demostrarse que su existencia tiene algún valor o sentido: en este caso ser un eficaz carterista. 

En la primera parte de este texto comentaba, al comparar El reverendo con Diario de un cura Rural, que Schrader ha cambiado la individual pasión religiosa mal digerida que conducía todo el filme francés por otro conflicto exterior: la falta de futuro para la humanidad que llegue al cochambroso planeta que estamos dejando. Es decir, Schrader tiene un enfoque más social, menos individualista, cosa que personalmente me gusta, pues quizá lo que peor llevo del cine de Bresson es esa especie de sublime egolatría que desprenden sus personajes, que me resulta muy antipática. En El contador de cartas nos encontramos todo lo contrario: a un hombre que quiere salir de sí, olvidar eso que le distingue de las demás personas, que es la horrible virtud de saber torturar. Antes de que aparezca la trama principal que se va a desenredar y que detona la aparición de un chaval, hijo de un compañero suyo de fechorías en Irak, lo que tenemos es un protagonista (preciso Oscar Isaac) que al abandonar la cárcel ha decidido ingresar en otra: los casinos. En efecto, y esto es lo que más me gusta de esta película por lo bien que lo cuenta Schrader, Tell ha encontrado otro mundo dentro del mundo con unas reglas tan estrictas y una naturaleza tan artificiosa que le puede proveer de la misma paz consoladora que había en su celda y sus rutinas carcelarias. Conoce perfectamente las reglas de todos los juegos y sus probabilidades matemáticas porque necesita usarlas para seguir yendo de casino en casino con la tranquilidad de que si no peca de hybris, si no aspira a lo que no merece, puede seguir viviendo de ello. Es una vida huera, plasticosa, repetitiva y plana. Su belleza consiste en lucecitas y su música celestial es el fondo sonoro de las tragaperras. Para quien no haya visto (y oído) aún El contador de cartas, le recomiendo que ponga la oreja en las conversaciones dentro de los casinos. El encargado del sonido ha creado un fondo que, en contra de la irritante algarabía que conocemos de otras películas -es que yo en mi vida he entrado en un casino, no sé hasta qué punto es molesto ese soniquete en la vida real- suena bonito, tiene una especie de textura melodiosa que lo hace agradable a los oídos. En vez de representarlos como el hortera mercado de la trampa y la debilidad humana que son esos antros, Schrader los transfigura en lugares acogedores, receptivos, manejables y entre los que no hay distancia ni separación geográfica. Tell y su socia La Linda (extraña Tiffany Haddish) se encuentran y desencuentran con una separación de semanas y cientos de millas que sin embargo percibimos como un simple cambio de escenario. De hecho La Linda da la sensación de ser una parte más de cada casino, otro juego con el que probar suerte y de hecho, cuando llega el beso, se debe a una apuesta que ha hecho Tell con su joven protegido, que cree que ha ganado. 

El azar que rige el mundo del juego Will Tell ha sabido trastocarlo en seguridad. El mundo es mejor con él ahí encerrado y él es mejor con el mundo real fuera de su vida. Porque en El contador de cartas no existe el mundo real, no vemos ni una sola casa habitada en su estado habitual, no vemos a ninguna familia, a ningún niño, ni una oficina ni a nadie trabajando en algo provechoso, solo una empleada de un casino que llora en la barra del bar y no sabemos por qué, y da igual. Este mundo tiene también su propio Jefe de Estado (un ucraniano disfrazado de USAno que es tan lamentable como invencible al póker), sus reglas escritas, sus normas implícitas y sus figuras legendarias, por ejemplo hay un gordo de Minnesota (me encantó el homenaje a mi secundario favorito de la historia del cine) aunque, como pasa con todos los mitos, nadie en esa sociedad de jugadores parece saber de dónde proviene su apodo.

La representación minuciosa de ese azar y ese ambiente se corresponde con la minuciosa representación que Bresson hace de los robos que Michel lleva a cabo en Pickpocket. Ese rigor es necesario porque eso es lo que realmente importa contar: mostrarnos, para que lo entendamos, en qué consiste ese refugio del alma, cómo funciona ese otro mundo, el del juego en la americana, los descuideros de la vía pública y el metro en la francesa y sobre todo cómo y de qué manera estos dos protagonistas pulcros y obsesivos llevan a cabo sus actos de redención (Schrader) o autoconocimiento (Bresson)

En su libro sobre el estilo trascendental, del que hablé en la primera parte, Schrader hizo una enumeración de tópicos o temas comunes en las películas de Bresson que él analiza, que son las que pertenecen al llamado ciclo de la prisión: El diario de un cura rural (1950), Un condenado a muerte se ha escapado (1956), Pickpocket (1959) y El proceso de Juana de Arco (1962). He estado tentado de analizar El contador de cartas usando algunos de los criterios y estilemas que Schrader desmenuza, y ver qué reflejo tienen en esta obra suya lo mismo que en otras muchas anteriores. No lo he hecho por no gastar más tiempo mío y de quien me lea en algo que posiblemente no merece tanta atención, pero dejo ahí la recomendación lectora y el juego de las semejanzas abierto para quien quiera profundizar en él. El párrafo que viene casi desvela el final, así que quien no haya visto estas películas mejor que lo deje aquí.

Exactamente igual que hace Bresson en Pickpocket, Schrader termina su historia con un plano de ella y él reencontrándose, listos para comenzar una travesía por el desierto de la purificación. Curiosamente es un final que ya usó el director americano en otras cintas anteriores, American Gigolo (1980) y Posibilidad de escape (Light Sleeper, 1992), que he vuelto a ver y he caído en la cuenta de que son una especie de primer intento o versión de este Contador de cartas. Centrándome en Posibilidad de escape, aquel camello interpretado por Willem Dafoe, perpetuamente sonriente, era incapaz de sobreponer su buen corazón y sus deseos de hacer el bien al destino que aguarda a quienes le rodean por andar metidos en la droga. Ese camello angélico es una primera versión de este Guillermo Tell, ya menos ingenuo y sonriente, como corresponde igualmente a lo que han vivido por épocas que antecedieron a sus respectivos dramas, uno los fatuos 80 del fenómeno yuppie, otro el mierdoso s XXI del conflicto y las crisis. Pero serán igualmente redimidos por el Amor que todo lo cura y que es el mejor final que existe, lo que compensa por cierto que sea, el Amor, el más incierto de todos los comienzos.

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5 comentarios sobre “Doble y nada, Schrader y Bresson (segunda parte)

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  1. ¡He parado la lectura en el último párrafo! Jajajajaja. ¡Te he hecho caso! Pero hasta ahora lo leído me ha hecho pensar: madre mía, qué ganas de ver esta película.
    De pronto, me ha surgido otra reflexión y es a través de su protagonista: Oscar Isaac. Su filmografía se sustenta en algunas películas sobre las que se pueden realizar reflexiones morales y filosóficas de lo más interesantes, convirtiéndolo en un héroe filosófico sobre asuntos del siglo XXI. Solo echar un vistazo a unos cuantos títulos que cuentan con su presencia: A propósito de Llewyn Davis, El año más violento, Ex Machina, El contador de cartas… Ahí lo dejo.

    Beso
    Hildy

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  2. Pues tienes razón, que Isaac representa un poco lo que dices. Me apunto por cierto El año más violento, que nada sabía de ella, y añado una serie , Show Me a Hero, que aunque la recuerdo poco me parece que también cabe en esta lista.
    No es que yo sea un gran fan suyo, pero la verdad es que en El contador de cartas es exactamente como debe ser, por eso digo que es preciso. Leí en algún sitio que para El reverendo dudó entre él y Hawke y que se quedó con el otro por su edad. Me alegro de que eligiera a Hawke, porque es un actor capaz de salir de su gesto -a estas alturas de la vida- e Isaac creo que aún no ha llegado a ese momento que le vendrá con las arrugas.

    Un besazo

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  3. Hola tocayo
    Como la has descrito tan bien y te ha gustado tanto -y no la he visto- me permito transitar por carreteras secundarias.
    ¿Sabrán las nuevas generaciones quién era Guillermo Tell? No tengo ni idea de con que ovejas mecánicas dormirán a los robotitos de hoy pero, si aún hay que hacerse un carnet para acceder a la zona crematistica de los casinos, cuando digas que tu nombre es Wilhelm Tell un «ojo del cielo» seguirá tus pasos.
    Un paso más allá. ¿Sabrán las nuevas generaciones quién era el Gordo de Minnesota? Durante algún tiempo mi secundario favorito de la «historia» lo interpretó Carl Anderson (Ahí dejo ese guante)
    Un saludo, Manuel.

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    1. ¡Ay tocayo, la que has liado!

      ¡Resulta que tu secundario favorito también podría serlo mío si me hubiera acordado de él!

      A lo mejor no lo tengo en consideración como secundario porque a mí me parece el auténtico protagonista… ¡Un judas negro vestido de rojo! Yo creo que a jesusito lo pusieron bizco para que no le hiciera mucha sombra. Menos mal que Camilo vino después. Es curioso cuantísimo pierde la versión española por culpa de Teddy-aguardentoso-Bautista, que claro, con este judas de referencia….

      Jesucristo Superstar es el ejemplo más acabado y potente de esas pelis que la gente dice «ha envejecido muy mal» y a mí me sale urticaria. Es que esa música me agarra de no sé donde y ese ballet del más allá se me lleva del más acá…

      ¡Crucifícame!

      Me gusta

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