Poco hay que decir de The Purchase Price al margen de su impredecible argumento. Es otra de las películas que Wellman produjo para la Warner en esos años como el que produce patadas voladoras: unas te derriban, otras solo marcan el golpe y otras fallan y es el karateka el que pierde el equilibrio. Si esta peli fuera patada, estaría entre las que rozan y las que pasan de largo. Realmente no es una mala película, pero como en otros casos hay pocos momentos memorables o soluciones artísticas reseñables. Poco aporta más que la oportunidad de ver a la genial Barbara Stanwyck de nuevo mutando de caracteres -de cantante licenciosa a granjera bombera pasando por esposa por correspondencia- e incluso cantando sin mucho arte, la verdad, y actuando con Wellman, que la adoraba, por última vez hasta 10 años más tarde. El tráiler -poca atención les dedico- es curioso.
Lo mejor y lo peor de esta película es su disparatado argumento, lleno de sopetones e incongruencias. Cierto es que esto era muy propio de la época, especialmente en estas cintas brevísimas de apenas una hora. En el cine norteamericano de los 20 y 30 suele ocurrir que la duración de la película es inversamente proporcional a la cantidad de sucedidos que contiene. Fíjense en ello. En fin, que como lo más interesante de The Purchase Price es su estrafalaria continuidad narrativa, permítanme que me circunscriba a ella en lo que resta, y me limite a contar la peli.

Pues la hermosa Joan Gordon (Stanwyck) es una cantante con derecho a roce en un club neoyorquino. En concreto se rozaba hasta la fecha con un mafiosillo llamado Eddie (Lyle Talbot) que le daba a cambio joyas baratas y algún estipendio no explicitado. Sin embargo Joan le deja y le devuelve los abalorios y las llaves del nidito de amor porque ha encontrado un novio que la sacará de pobre. Es un panoli hijo de un potentado. Queda Joan con el panoli y, horror, su padre le ha puesto detectives y sabe que es mujer de mal vivir y, en fin, que la deja por miedo a ser desheredado o algo así.
¿Qué hará Joan? Ante todo, informarse. Coge un periódico que hay por ahí y lo primero que lee es un anuncio turístico: Visite Montreal y… ¿Qué creen que decide? ¡Pues irse a Montreal!
En la ciudad canadiense se cambia el nombre por el muy sexy Francine la Rue y retoma su carrera artística. Pero un buen día resulta que dan con ella unos secuaces de su chulo, que por lo visto andan buscándola por todo el subcontinente norteamericano. Esto es raro, porque cuando le dejó por el panoli al principio de la peli Eddie apenas opuso resistencia. Pero bueno, si te deja la Stanwyck comprendo que quieras que te desdeje. Y aquí viene el giro inesperado. La chica que limpia el hotel donde se aloja Joan/Francine/Stanwyck es una pobre catetilla que dice que mañana se va a un pueblo de Dakota del Norte (miren en un mapa la distancia a la que queda de Montreal) a casarse con un granjero que ha conocido por correspondencia. Claro que anda agobiada, porque como ella no es muy agraciada (tampoco fea, a mí me recuerda a la simpatiquísima Marta Fernández Muro) le ha mandado una foto de Joan/Francine/Stanwyck. Él por cierto en la foto que le ha remitido a ella se tapa la cara con el sombrero, así es que ni pa ti ni pa mí. Como quiera que los secuaces del mafiosillo han dado con Joan/Francine/Stanwyck y esta lo sabe, le ofrece 100 dólares a la criada… ¡Para irse a Dakota a casarse con el cenutrio!

¿Se podría haber gastado ese dinero en un billete de tren a cualquier sitio? ¿Por qué es mejor huir al culo del mundo a casarte con un gañán que hacer cualquier otra cosa? Eso solo Dios y algún guionista alcohólico de a centavo la línea, probablemente, lo saben.
El caso es que coge el tren y marcha a Dakota. En el vagón la acompañan otras damas casaderas que van a lo mismo, y es que esa parte del país está visto que necesitaba entonces, no sé hoy, un esfuerzo de repoblación importante. La USA vaciada es, de hecho uno de los problemas sociales latentes que asoman por debajo de toda la trama en una película que, mirada achinando los ojos, podría considerarse La Tierra (Земля) de Aleksandr Dovzhenko (Олександр Довженко) en versión Warner con prisas.
En el vagón las simpáticas casaderas intercambian picantes conversaciones pre-code que, junto a algún otro momento y camisón de la heroína, nos hacen recordar por qué maravillosa época de la historia del cine estamos pasando.


Cuando llega al pueblo le espera su prometido que resulta que es el grandísimo George Brent frunciendo el ceño para pasar por granjero asilvestrado -no se lo cree nadie- y de inmediato la conduce al juez de paz, que les casa en la más triste de las bodas, pues tiene de testigos a una señora removiendo la masa del bizcocho y a un tonto del pueblo baboso que se distrae mirando a unos perros por la ventana. Después llegan a la hacienda y resulta que es un antro infecto con solo una habitación y un camastro. Brent, que es muy bruto, intenta forzar a la Stanwyck, que es muy digna y se resiste.

Este momento es fundamental, pues en adelante el resto de la película será ELLA la que tenga que hacerse perdonar por él por haberle rechazado. Y en esto que llegan chorrocientos vecinos cargados con garrafas de garrafón a celebrar el matrimonio. Varios de ellos le tiran los tejos a Joan/Francine/Stanwyck, pobrecita.
El matrimonio parece no cuajar porque él se siente ofendido y no quiere ni mirarla. Además la granja es una ruina, va a ser embargada y se la quiere comprar un vecino de los que le tiró los tejos a ella en la fiesta aquélla. Un personaje curioso por mal construído, porque un minuto parece bueno y gentil y al siguiente un bicho malo.

Una vecina pare y la hermana pequeña (o hija mayor, no recuerdo) de la parturienta es medio lela y el padre de la criatura no sé si se ha muerto de tifus o se lo llevó una riada, pero el caso es que la pobre madre da a luz desatendida, sin ni siquiera comida en casa, pero ahí aparece Joan/Francine/Stanwyck a cuidar de madre y neonato, y enseña a la niña lela a ordeñar vacas y hacer pan. Esta escena no se sabe muy bien a qué viene, ni de dónde ha sacado la cantante neoyorquina esas mañas matriarcales, pero bien está lo que bien acaba.

Volvemos a la granja. Aparece por el pueblo el pesao del mafiosillo del principio, y Joan/Francine/Stanwyck le pide prestados por favor, y sin favores a cambio, los 800 pavos de la hipoteca de la granja. Eddie se los entrega como si nada y poco después el marido Brent da con él y le pega una paliza guapa guapa que le invita a pirarse. Joan/Francine/Stanwyck se ve obligada a confesarle su pasado al marido que se hace el ofendido pero, una vez recuperada la finca gracias al dinero del mafiosillo, aunque Joan/Francine/Stanwyck le oculta este origen, se disponen a cultivar el mejor trigo del universo. Es que no lo hemos dicho, pero Brent aparte de un campesino analfabeto es -en una breve secuencia- un lúcido agrónomo experto en semillas que lleva cruzando trigos distintos entre sí 11 años, que ríase usted de Monsanto, y ahora por fin los planta, cultiva y cosecha con la sola ayuda de su amada Joan/Francine/Stanwyck y una curiosa cosechadora de tracción animal como las que creo que salían en La Tierra (Земля) de Aleksandr Dovzhenko (Олександр Довженко) hasta que llegaba el tractor al final.

Aquí no llega el tractor, sino el cabrito del vecino que le quería levantar la finca y la mujer a Brent, que intenta quemar la cosecha, pero en mitad de la noche marido y mujer salen con unas mantas y apagan el fuego. Ella se desmaya por el humo y cuando recupera el aliento se besa por fin con él que, por lo visto, después de conseguir el dinero para recuperar la finca, adecentar la casa que es una cochambre, ayudar a parir a la vecina aún no sabemos con qué función narrativa, matarse a sembrar, arar y cosechar y apagar el fuego que dice Wellman que lo hizo la misma Stanwyck rechazando dobles, y que se quemó de verdad las pantorrillas, por fin, ÉL, le perdona a ella que le rechazase la noche de bodas y se besan y fin.

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Hola tocayo
Te parecerá una tontería pero yo veo este «precio de la compra» («the price you pay» que cantará «Sprinter» unas décadas más tarde) navegando en el filo entre el arquetipo y lo visionario. Por cada cantante-novia de mafiosillo había un ricachón con heredero aficionado al trueque. Cada problema neoyorkino acababa en la «cálida» Canadá (recuérdese WoodyAllen entre otros). Luego tenemos la sirena de Mississippi-NorthDakota y su cuota de caravana/vagón de mujeres. La recién llegada esposa-no-consumada que transforma el infierno en el paraíso con el trapo de quitar el polvo ha sido la factoría de muchas grandes estrellas-pequeñas comedias. Y luego está «sin aliento» que es como acabas cuando intentas resumir.
Otra argumento es que, por una chica tan barbara, yo sería granjero en NorthDakota, cantante arrastrao en Harlem… y marta «sibilina» en Montreal.
Un saludo, Manuel.
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Entre el arquetipo y lo visionario, bien visto, es cierto que navega este precio de compra. De hecho es una cualidad que comparten muchas películas de los primeros 30, que uno tiene la sensación de que está viendo el producto de una fórmula que, por otra parte, podría estar formulándose ahí mismo. En este caso todo como bien evocas recuerda a cosas por venir, pero por otra parte a la película le falta la garra que por ejemplo tiene El enemigo público, que sin ser la primera de gansters sí constituye un arquetipo.
Un saludo con poca garra…
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Ay, Manuel, lo que me he reído leyendo este argumento… Una de las cosas que me ha llamado la atención es lo bien que se la da a Barbara Stanwyck esos papeles en los que cambia de vida radicalmente cada dos por tres. De chica de la noche u otros menesteres o labores a mujer granjera, empresaria, cuidadora o lo que se la ponga por delante. De chica fuerte y fría a sensibilidad y corazón de oro. De la risa más estruendosa al llanto…
La peli no la he visto y pese al descabellado argumento y un Wellman de estudio, intuyo alguna secuencia sorprendente que muestre su buen manejo del lenguaje cinematográfico o ¿me cuelo del todo? Lo digo porque has descrito situaciones en las que me he dicho: cómo lo habrá rodado Wellman.
No sé, me pongo a analizar de la época Baby face o Enfermeras de noche (enfermera de día, cuidadora de noche y con líos de todo tipo de por medio) también de Wellman con argumentos intensos y locos. O las más sofisticadas y maravillosas Stella Dallas, Bola de fuego, Recuerdo de una noche o Bola de fuego… y menuda década de los 30 y principios de los cuarenta nos regaló esta actriz cambiando de vida cada dos por tres en dichas películas.
Jo, y esas joyas (por motivos varios) de tráileres de cine clásico. Tienes razón, algunos son para no perdérselos o para analizarlos despacio.
Disfrutándote en tus textos.
Beso
Hildy
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En efecto, esa es una de las grandes cualidades de Barbara, que, no sé si por casualidad o no, tuvo que poner en práctica en multitud de ocasiones.
En el aspecto visual y de la dirección, claro que hay momentos bien resueltos. Vamos, toda la peli está bien dirigida, el problema es lo desastrado del guion, pero también te digo que no hay ningún momento que se quede grabado ni ninguna idea genial de dirección que recuerde (la vi y escribí esto hace un par de meses). Es que si haces en un año 7 películas en alguna tendrás que dejar descansar el genio…
Un abrazo, queridísima, y gracias por tus amables palabras. Tú sí que eres Bárbara.
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