Memorias de un inquilino  o Historia de un vecindario o Quién es quién en el vecindario (Nagaya shinshiroku, Yasujiro Ozu, 1947)

Esta película profunda y sencilla como una piedra limpia fue, como dice Ozu, lo primero que le invitaron a rodar al volver de la guerra. Como fue escrita en solo unos días exuda una sencillez casi obscena. En algún sentido es la última de las películas de los 30 que hizo Ozu aunque ya se asomasen los años 50 en el calendario y aunque el gobierno norteamericano imperante en Tokio tuviera  bajo su peculiar yugo  a un Japón humillado y ruinoso que poco tenía que ver con el pseudo imperio idiotizado de una década atrás, cuando movilizaron a nuestro director para dirigir el tráfico en Shangai. La ocupación estadounidense de las islas tuvo como es sabido una importante influencia en la cultura de masas. Todas las películas, por supuesto, debían pasar censura y concebirse bajo un extraño equilibrio, pues por una parte no estaba permitida la exaltación patriótica de ninguna clase, pero por otra tampoco se permitía dar cuenta precisa de la humillación a la que el país había sido sometido en la guerra, y por lo tanto insistir en las consecuencias de ella.

Es por esto que Nagaya Shinshiroku es una película que se podría adscribir a ese peculiar micro género en el que algún día me gustaría profundizar más, el llamado cine de escombros (Trümmerfilme cuando, en puridad, se aplica solo a películas alemanas) si bien en el caso de Japón sucede que escombros la verdad es que se muestran pocos. En primer lugar porque muchas barriadas populares arrasadas por las bombas incendiarias eran de casas de madera y papel de arroz, con lo que poca ruina sólida  quedó, pero sobre todo había que evitar mostrar la devastación por mandato de la autoridad competente. A falta de cascotes buenos son niños, así que se prodigaron algunos films centrados en la situación desesperada de los miles de críos que quedaron vagando por las calles. Nuestro querido Hiroshi Shimizu estaba especializado en estas películas en las que hordas de pipiolos piojosos y pilluelos iban de acá para allá buscándose la vida.

Ozu, con su modestia habitual, optó por el contrario por contar la historia de un solo niño limitando al máximo los medios y recursos, tanto materiales como artísticos, de tal forma que lo que queda es una pequeña obra maestra breve y mínima que sin embargo consigue que, para el que la conoce, casi cada uno de sus escasos 70 minutos se nos aloje en el corazoncito. Antes de nada, aclaro el triple título: a veces se la presenta como Historia de un vecindario y otras como Memorias de un inquilino, pero como bien explica Antonio Santos, realmente la traducción del título sería algo así como “Quién es quién (shinshi roku) en el vecindario o patio de vecinos (nagaya). Me quedaré con Historia de un vecindario, que es la más usada y queda bonita.

Un vecino aficionado a la adivinación (Chisu Ryu) encuentra en la calle a Kohei, un niño mustio y solitario. Dice haber perdido a su padre y no tiene donde quedarse. Finalmente se hace cargo de él Otane, que interpreta la gran Choko Iida en su último papel con Ozu, a regañadientes y obligada un poco por su doble condición de mujer y viuda sin hijos. De hecho, es como si le debiera a la sociedad la crianza de uno, eso parece inferirse de sus conversaciones con los vecinos. Esta poca disposición de ella coincide con la obstinada hosquedad del niño, que no muestra agradecimiento alguno a pesar de que casi puede decirse que les debe la vida a esta gente. Es curiosa la personalidad que ha decidido Ozu para este muchacho. A diferencia de otros niños de su cine, que suelen ser muy “infantiles”, en el sentido de que por ejemplo hacen lo que quieren, juegan, lloriquean, dicen siempre la verdad, etc, este niño por el contrario es un ser apagado, serio, silencioso y casi antipático, al menos en principio. Con el paso del tiempo, como es esperable, la relación entre él y su madre/abuela postiza se irá suavizando, pasará de la aspereza a la complicidad, y cuando llegue el final nos emocionarán.

La sencillez y pobreza de la producción, como decía antes, Ozu como gran maestro que es sabe transfigurarla en un tipo de película que él ya había hecho en los años 30, por ejemplo con Un albergue en Tokio, pero es capaz de estilizarla aún más para volverla casi el esquema de una película, y no solo por su brevedad o por sus pocos escenarios y personajes, sino porque hasta las conversaciones son telegráficas y certeras, y el argumento se desenvuelve con una naturalidad y una calma llenas pese a todo de dinamismo y significado.

Por ser tan escueta y merecer tanto la pena, acaso decir mucho más de ella  es manosearla en algún sentido. Mejor me limito a reseñar sus dos momentos más recordados; uno está casi al principio y el otro casi al final. El primero más que la anécdota en sí es la imagen más recordada y debatida de Historia de un vecindario. Como todos estos niños de la guerra, Kohei tiene incontinencia urinaria provocada por el estrés postraumático. Esto fue un problema nacional en Japón, como en todos los países donde se bombardea a la población civil. Shimizu mismo tiene cantidad de escenas en su filmografía dedicadas a este síndrome cuya solución según el arisco director de tantas películas infantiles, como ya dijimos alguna vez, pero repetimos el consejo, es dar a comer a los niños tres gramos de sal disueltos en algo antes de que se acuesten. Les dejo por cierto un interesantísimo diálogo sobre Shimizu y la infancia de un canal de youtube que acabo de descubrir repleto de buen cine, divulgación erudita y algún que otro genio del mal.

Este truco de la sal no lo sabía nuestra viuda, así que el niño se le mea la primera noche, y para que aprenda la lección le hace tender y secar el futón húmedo a él mismo. Y ese futón meado por un niño de la guerra se ha vuelto la imagen icónica de esta película.

Ese colchón sucio y pobre recuerda tan poderosamente a la bandera de EEUU que hace hasta dudar de que no solo Ozu, sino todo el equipo de rodaje primero y postproducción después se hayan atrevido a hacer una burla tan soez del constituyente invasor. Si la cosa fue aposta o no nadie ha podido confirmarlo, pero yo pienso que es una de esas ideas tan buenas y valientes que hay que darlas por reales, imprimir la leyenda.

La otra escena recordada de esta pequeña gema es la visita al fotógrafo que hacen Chiko Iida y el niño cuando ya, tras varios reencuentros y desencuentros, han aprendido a quererse. Además de por su sencillo lirismo y por lo simpática que es, la escena desde el punto de vista histórico-crítico tiene un momento muy especial, una pequeña excursión por la tangente del efectismo, que Ozu no recorría desde sus años mozos y sus películas de estudiantes y gánsteres. Se trata del retrato que se hacen, que Ozu capta desde el interior de la cámara. Al colocarnos justo detrás del objetivo, dentro de esa reducida cámara que da nombre a la máquina de retratar, el maestro consigue sacarnos a los espectadores, y a los personajes, del mundo gris y derruido que queda fuera. Ahí dentro de la cámara, donde las figuras se manifiestan volteadas y las conversaciones se convierten en ecos indiferentes, por fin Kohei y Otane son una familia. Del revés, puede ser, pero han salido guapos y ahora, retratados, perdurarán.

Esta entrada forma parte del Especial kanreki de Yasujiro Ozu

Todas las citas literales de Ozu, salvo que se indique lo contrario, están extraídas de La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine de Yasujiro Ozu, traducido por Amelia Pérez de Villar y editado en Gallo Nero. o bien de Antología de los diarios de Yasujiro Ozu, Edición a cargo de Nuria Pujol y Antonio Santamarina. Filmoteca de la Generalitat Valenciana.

Si menciono a Antonio Santos suelo referirme a lo leído en su monografía sobre Yasujiro Ozu editada por Cátedra.

Se pueden consultar la ficha de cada película y otros análisis en IMDB, Filmaffinity y Letterboxd.

En inglés se puede leer el análisis técnico de David Bordwell de cada película legal y gratuitamente de su libro Ozu and the poetics of cinema en este enlace.

En Internet Archive hay algunas películas de Ozu que no se pueden encontrar en las plataformas habituales.

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Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España.

5 comentarios sobre “Memorias de un inquilino  o Historia de un vecindario o Quién es quién en el vecindario (Nagaya shinshiroku, Yasujiro Ozu, 1947)

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  1. Hola tocayo
    Es curioso con que facilidad se representa una nueva etapa social con un niño -casi siempre huérfano y a menudo hambriento- incluso en nuestra transición tuvimos nuestro «héroe bajito», Lolo García.
    También tiene su «aquel» que, hablando de Choko Lida digas «a regañadientes y obligada»; queda como en el aire si es aceptar «el regalo» o hacer, precisamente, ese último papel.
    Un saludo, Manuel.

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    1. Hola tocayo,
      tengo pendiente remirar La guerra de papá, que la vi creo que de adolescente, lo que pasa es que revisar cosas de Mercero… Tiene su peligro. Pero que sepas que te hago caso, que tengo vistas tus últimas recomendaciones como La pastelería en Tokyo, ayer mismo, que me pareció muy bonita y la disfruté a ritmo de sakura. Y también Quiero la cabeza de Alfredo García, que me fue ganando poco a poco y debo reconocer que al final se me cayó el sombrero si es que no me lo quité, lo que hablando de Peckinpah, que lo llevo regular, es meritorio por su parte de director y la tuya de recomendador.

      Sobre Choko Lida, te pido perdón por llevarte al error, ya que es Choko Iida, (iida) aunque yo mismo lo he escrito mal muchas veces, pero creo que ya lo he corregido. Quizá no tengas que volver a escribir su nombre porque ya no saldrá más en pelis de Ozu, pero anoto mi errata.

      Un saludo iido

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  2. Una absoluta maravilla. Una de mis favoritas de Ozu, con el balance perfecto entre drama y humor (a veces además muy negro), tierna pero sin ser sentimental. No tengo mucho que añadir a su excelente reseña, solo añadiré un pequeño detalle personal. Adiviné adonde me acerqué cuando estuve en Tokio hace ya (snif) medio año:

    https://ibb.co/HBYyScD

    Un saludo.

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    1. Vaya vaya Doctor, así que eran ciertos los rumores de su presencia por las islas del Sol Naciente… Me habían llegado informes de inteligencia con imágenes satelitales que le descubrían conduciendo un autobús con ありがとう! escrito en el techo por las carreteras sinuosas de la península de Izu, lleno de refugiados coreanos y niños de la guerra que probablemente llevara a algún cuartel secreto en el que se dispondrá a formarlos como agentes del mal con ojos achinados.

      Me muestra usted que anduvo por el parque Ueno, en la estatua de Saigo, el buen Samurai, y su fiel perrito, que hice mal en no nombrar en mi reseña. Pues bien, esto y lo anterior me confirma que una fotografía que he encontrado en la deep web en la que se le ve visitando la tumba de Ozu en Kamakura puede que no sea un viejo fotomontaje de la Stasi, sino una imagen real que quizá use para ilustrar alguna de estas parrafadas… Avisado queda.

      Saludos cordiales

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      1. Rayos, qué tiempos estos en que un genio del mal no puede hacer tranquilamente un inocente viaje por Japón sin ningún propósito especial más allá de disfrutar del país, rendir un sentido homenaje a uno de los mejores directores de la historia y formar un grupo paramilitar secreto para posibles incursiones diabólicas por el norte de Asia. Al final todo se acaba sabiendo por las redes sociales, supongo que es el precio de la fama.
        Espero que usted pueda ir en algún futuro y disfrutar de todos estos placeres.
        Un saludo.

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