Primavera precoz (Soshun, Yasujiro Ozu, 1956)

Yasujiro Ozu, en ocasiones, hilaba fino. La última frase de Primavera precoz dice algo así como tres años pasan rápidamente, y curiosamente eran ya tres años los que Ozu llevaba sin dirigir desde que hiciera Cuentos de Tokio. Ya hablamos sobre este tema cuando hablamos de La luna se levanta, el guion que en el ínterin Ozu no pudo dirigir y entregó a su amiga Kinuyo Tanaka para que lo realizara ella en otra productora, y así de paso le metía un poco el dedo en el ojo a la Shochiku, que no le estaba tratando como merecía. Así, se rompió una racha y una costumbre de estrenar al menos una película al año desde el final de la guerra. 

Además de los desencuentros laborales con la empresa, lo cierto es que el panorama cinematográfico estaba cambiando en aquellos años. Ahora acudían más jóvenes a las salas y la audiencia iba virando hacia géneros más escapistas y temas más inmediatos que los tradicionales de Ozu. Tópicos relacionados con lo alienante que es la vida moderna, y enredos amorosos y trágicos ahora vendían más entradas que los conflictos generacionales y los dramas a media voz. 

Por este motivo nuestro director tuvo que claudicar y girar el volante creativo en sus dos siguientes películas, la presente y la siguiente, Crepúsculo en Tokio, de la que por cierto ya hablamos hace tiempo, cuando me confundí afirmando que era la película más larga de Ozu porque no, lo es esta, que le gana por 4 minutos yéndose a los 144. Ambas tienen en común que Ozu vuelve un poco a sus primeros films protagonizados por jóvenes arrollados por la vida que descubren tras mucho estudio y esfuerzo que la rutina del empleado es penosa y monótona. Quizá estemos ante el más puro ejemplo del subgénero sochimingeki (de empleados de oficina) del maestro, si bien es una temática que aparece en buena parte de su cine. El otro núcleo dramático de Soshun es el triángulo que forman el matrimonio protagonista y la vivaracha Pez rojo o Pez de colores, (Keiko Kishi) compañera de oficina con la que Shoji Sujiyama, (Ryô Ikebe) el sosísimo marido, tiene un lío. Su esposa es Chikage Awashima. La vimos por última vez en El sabor del té verde con arroz, donde era por segunda vez Aya, la amiga moderna de Noriko. Para ella también han pasado los años y ahora esta bella y serena actriz interpreta a una mujer tradicional en la que el tiempo empieza a hacer mella porque ya ha vivido incluso el dolor de perder a un hijo.

Es la historia, pues, de un matrimonio convencional -que se casó por amor, no por acuerdo- que vive con lo justo con el sueldo de oficinista de él, que trabaja para una empresa que fabrica ladrillos refractarios. Ozu baja un par de escalones en la escala social. Los Sujiyama viven en una casa muy humilde situada junto a las vías del tren, en un lejano extrarradio. Aunque la película es larga la trama es sencilla, pero prefiero no detallarla. Como dije él tiene un desliz con una joven compañera de trabajo y esto supone el disgusto de su mujer y las maledicencias de los compañeros de oficina. Finalmente le ofrecen un traslado a Mitsuishi, donde está la fábrica de ladrillos, y tendrá que pasar al menos esos tres años, que decía al principio que decía al final, quizá pasen rápido.

En un comienzo magistral que nos recuerda lo grande que es Ozu narrando en fotogramas, y que remite a la imaginería y los usos del cine mudo, nos presenta la situación de esta clase trabajadora que, como las hormigas al hormiguero, se dirigen en oleadas de camisas blancas por las calles del barrio hacia la estación, primero, donde tomarán el tren que les llevará, como sardinas en lata, hasta su oficina que, a la vez, es un edificio inmenso, impersonal, del que todos entra y salen a a vez. De hecho en el primer acto de la película, en el que en el tiempo del descanso el grupo de oficinistas decide organizar una excursión dominguera hasta la playa, cuesta distinguir a los personajes, además de por sus comunes rasgos orientales, por la similitud de edad, vestimenta y estado físico. En mi caso personal, que tengo cierta dificultad para retener los rostros en general, y no les digo ya de intérpretes japoneses que desconozco, sigo despistándome a pesar de que es la tercera vez que veo la película. Afortunadamente tanto Pez rojo, por sus ojos más redondeados que le valen el mote, como Shoji, el marido, que es más corpulento y guapo que los demás hombres, son fácilmente reconocibles. Ellos protagonizarán otro de los momentos más inauditos teniendo en cuenta que hablamos de Ozu, que es un beso apasionado de los que hay muy pocos en su filmografía.

Ese beso no es un signo de amor tal y como se nos muestra, sino más bien el inicio impetuoso e irreflexivo de una breve relación que el maestro quiere que nos resulte antipática. Claramente Ozu, conservador, está del lado de la esposa y junto a ella nos coloca a los espectadores. Los amantes, además, son personajes algo antipáticos. Ella, Pez rojo, parece una casquivana, y además es infantil y caprichosa, no sabe contener sus emociones, y en eso contrasta poderosamente con la abnegada esposa, capaz de mantener la cabeza fría y la dignidad incólume incluso cuando la otra se presenta en casa a buscar a su marido. Este, Shoji Sujiyama, el verdadero protagonista de la película, es un tipo gris, anodino, sin iniciativa. Su única virtud es ser guapo -”parece un actor de cine” dice alguien en algún momento- pero su mediocridad e indecisión hacen que al fin sea víctima de las propias inercias que genera su indolencia. En esto de mostrar a un cónyuge especialmente antipático o torpe en sus decisiones, así como en muchos otros aspectos, Soshun recuerda poderosamente a El sabor del té verde con arroz, si bien allí la equivocada, el personaje torpe que tendrá que transformarse al final, era ella. Igual que en aquella historia la cena final funcionaba a modo de último acto-epílogo, en esta es el traslado de él a la lejana Mitsuishi, y lo que allí ocurre, lo que marca la resolución de los conflictos y su aparente toma de conciencia de los errores cometidos.

Según declaró Ozu a él lo que le interesaba era sobre todo retratar la penosa existencia de estos empleados urbanos. Posiblemente por esto el personaje protagonista es un hombre tan gris. Aunque hoy lo percibamos con antipatía, es posible que esta fuera consecuencia, y no causa, del verdadero drama que Ozu y Kogo Noda quisieron detallar, que es el de ver pasar la vida asomado a unas teclas muchas horas y a unas fichas de mahjong, o bolitas de pachinko o cuenquitos de sake otras pocas horas antes de llegar a casa sin fuerzas para amar y respetar a quien nos ama y respeta. Por esto, quizá, hay una transformación final algo brusca de este hombre, pero que Ozu cree conveniente para cerrar la historia, en la que de pronto, tras un sinfín de escenarios oscuros y deprimentes (oficinas, tugurios, hogares pobres, ese pasillo comunal con un triciclo aparcado que nos suena de películas anteriores) surge una bellísima escena que protagonizan Shoji y Onodera (Chisu Ryu) bajo un puente, junto a un alegórico río por el que pasan unos alegóricos remeros.

Onodera es uno de los personajes que proporcionan la reflexión y la profundidad de la que carece Shoji, y son ellos los que, desde la distancia y sin implicarse apenas en la trama, pues solo aparecen una o dos veces, parece que propician que, quizá, lejos de Tokio el guapo sosainas protagonista aprenda a apreciar mejor la vida. Onodera ha pasado por lo que él va a pasar. Ya está exiliado desde hace tiempo y solo ha vuelto de visita a ver a sus compañeros de empresa. Miura es un joven oficinista enfermo desde hace meses, quizá nunca se recupere. Aparece dos veces en la historia, aunque en una no le vemos. Los compañeros van a visitarlo y Shoji aprovecha esa visita de los demás para mentir a su mujer y encontrarse con Pez Rojo. Es una de esas acciones que, sin ser graves, repugnan profundamente desde un punto de vista moral. 

Miura volverá a aparecer cuando Shoji le visita en solitario, quizá para lavar su conciencia, y el compañero enfermo le dice lo mucho que extraña la vida de oficinista, coger el tren atestado, compartir horas de papeleos con sus iguales. Este joven moribundo al que ya no queda nada le dice a nuestro protagonista, guapo como un actor de cine, que lo tiene todo aunque no lo sabe, o que si cree saber lo que tiene, en el fondo no vale nada.

Esta entrada forma parte del Especial kanreki de Yasujiro Ozu

Todas las citas literales de Ozu, salvo que se indique lo contrario, están extraídas de La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine de Yasujiro Ozu, traducido por Amelia Pérez de Villar y editado en Gallo Nero. o bien de Antología de los diarios de Yasujiro Ozu, Edición a cargo de Nuria Pujol y Antonio Santamarina. Filmoteca de la Generalitat Valenciana.

Si menciono a Antonio Santos suelo referirme a lo leído en su monografía sobre Yasujiro Ozu editada por Cátedra.

Se pueden consultar la ficha de cada película y otros análisis en IMDB, Filmaffinity y Letterboxd.

En inglés se puede leer el análisis técnico de David Bordwell de cada película legal y gratuitamente de su libro Ozu and the poetics of cinema en este enlace.

En Internet Archive hay algunas películas de Ozu que no se pueden encontrar en las plataformas habituales.

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3 comentarios sobre “Primavera precoz (Soshun, Yasujiro Ozu, 1956)

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  1. Hola tocayo
    Muchas historias cruzadas y mucho diálogo… y, seguro, la peli de Ozu con más bares o lugares de reunión social.
    Muy curioso el beso «apasionado» porque, de forma sorprendente, nos desvía la atención hacía un ventilador -aunque se llama «Primavera Precoz» es, sin dudas, la peli más caliente- y el beso termina por la presencia de la camarera. Resulta que al chico se le hacía largo y fue él quien utilizó el pulsador. Después ante la insistencia de la esposa en sus sospechas intenta pararla con un beso. El beso del culpable. Luego ella confesara a la viuda -no hay buen Ozu sin su turrón delaViuda- que su plan desde el principio fue volverlo loco. Él es un simple y ella no es tan inocente. Al final se redimen entre humo de hornos.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Hola tocayo
    Muchas historias cruzadas y mucho diálogo… y, seguro, la peli de Ozu con más bares o lugares de reunión social.
    Muy curioso el beso «apasionado» porque, de forma sorprendente, nos desvía la atención hacía un ventilador -aunque se llama «Primavera Precoz» es, sin dudas, la peli más caliente- y el beso termina por la presencia de la camarera. Resulta que al chico se le hacía largo y fue él quien utilizó el pulsador. Después ante la insistencia de la esposa en sus sospechas intenta pararla con un beso. El beso del culpable. Luego ella confesara a la viuda -no hay buen Ozu sin su turrón delaViuda- que su plan desde el principio fue volverlo loco. Él es un simple y ella no es tan inocente. Al final se redimen entre humo de hornos.
    Un saludo, Manuel.

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    1. Vaya tocayo, qué capacidad de síntesis. Si lo sé antes te contrato para las sinopsis.
      El plano del ventilador -que corra el aire- es bastante comentado, como aquel de la no-conversación de Noriko con la vasija, pero lo pase por alto. Él es un simple, sí, pero con ella no te metas, que a mí me cae muy bien. Viuda estaría más guapa.
      Un saludo autoventilado

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