Flores de equinoccio (Higanbana, Yasujiro Ozu, 1958)

Esas flores son las jóvenes en edad de casarse de las que Ozu, una vez más, quiere hablarnos. Son las flores del cerezo, es el sakura, es ese momento de máxima belleza que dura lo justo para que vayamos a verlas y nos fotografiemos con ellas si son flores. Si son mujeres en el Japón del desarrollismo hablamos de chicas de veintipoco, profesionales, formadas, astutas y modernas que deben enfrentarse, así es su mundo, a una sociedad patriarcal en los esquemas, matriarcal en la sustancia, que se opone a sus impulsos y querencias. Ozu, conservador pero viejo sin familia, sabe de esto y de que los tiempos cambian. El matrimonio y sus mil variantes ha sido el tema principal de sus últimas películas pero en esta es como que se rinde, como que dice “pues es verdad, estábamos equivocados”.

Flores de equinoccio es una comedia ligera. Después del paréntesis melodramático, semi impuesto y finalmente poco reconocido en taquilla, que supusieron Primavera precoz y Crepúsculo en Tokio -de la que tocaría hablar siguiendo la línea temporal de la filmografía, pero ya la comentamos hace un tiempo– a Ozu como que le dan por imposible y le dejan que haga lo que quiera. En Shochiku tan solo le obligan al color -bendita imposición- y él, relajado, vuelve a lo que mejor sabe hacer, una película familiar con dramones los justos. Puede ser que a modo de burla o agradecimiento sea por lo que, en el prólogo que sucede en la boda de la hija de un conocido, Ozu haga desfilar a invitados de ida y vuelta frente a un cuadro que representa el Fujiyama, emblema también de la productora, de la vida al banquete, del banquete a la vida.

Nuestro entrañable protagonista, el patriarca Hirayama (Shin Saburi) da un discursito en esa boda de la hija de un amigo -luego Ozu eludirá mostrar la boda de su propia hija, telos de la trama- en el que dice alegrarse de que los novios se hayan enamorado y no sean, como le pasó a él con su mujer (Kinuyo Tanaka) una pareja impuesta o acordada. Todos le aplauden porque el signo de los tiempos modernos va en esa dirección. Poco después este mismo patriarca tendrá que consolar a su sobrina de Kioto porque la maruja de su madre quiere casarla a toda costa con cualquier pretendiente. Y sin embargo, poco después de esto perderá la confianza de su hija al prohibirle el matrimonio con un joven empleado que, de súbito, se ha presentado en su despacho de aburrido jefazo -imposible reconocer su empresa si no leemos japonés- para pedirle la mano. No desentraño mucho la historia, solo diré que, como se veía venir, el criterio del patriarca no triunfa. Es la madre la que termina imponiéndose como el que no quiere la cosa y, por descontado, la historia termina en un tren donde el padre marcha a Hiroshima, para visitar a su hija y a su yerno.

Este yerno que solo al suegro cae mal porque no le conoce lo interpreta Keiji Sada, que irrumpe con lucida moderación en el cine de Ozu. En aquel tiempo este actor atractivo, de percha impecable y moderna jovialidad, había pasado a formar parte del círculo más íntimo de Ozu, con cuya secretaria personal llegó a comprometerse y no sé si casarse. Le encontraremos en papeles secundarios pero importantes en algunos films de su maestro, al que por desgracia no sobrevivió apenas, pues falleció tristemente en un accidente de tráfico en 1964. En el cine, sin embargo, nadie muere realmente; es por eso que hoy vemos Flores de equinoccio y nos preguntamos por qué es tan cabezón el padre, que se opone a la boda de la hija -no hemos dicho que se llama Setsuko- con este joven que a todos cae bien, -no hemos dicho que se llama Taniguchi- y que es tan guapo.

Yo sé a qué se debe su cabezonería, lo mismo que los 92.671.295 habitantes de Japón en 1958. Wataru Hirayama es un hombre abierto a los nuevos tiempos, sensato y comprensivo como demuestran no solo el discurso de la boda y la defensa de su sobrina, sino también la comprensión que demuestra hacia Fumiko, la hija de un amigo suyo (Chisu Ryu) que se ha ido de casa para amancebarse con un pianista. Este hombre sensato y moderno no soporta que su propia hija siga el camino que consiente a las demás no porque sea un retrógrado, sino porque le puede una especie de responsabilidad ancestral que ni él mismo comprende en su totalidad, aunque la asuma. 

Este hombre retrógrado y moderno, machote y calzonazos, finalmente irá claudicando por el empuje de las tretas de su hija, de su sobrina y sobre todo de su mujer, que en los dos primeros actos del film permanece agazapada rumiando sus verdades y en el final se aparece como una modesta diosa pagana que todo lo sabe lo puede y lo arregla. Es por esto que Ozu le reserva un último plano triunfal y satisfecho en el trono hogareño de cojín rojo que llevamos viendo toda la película y que nos preguntamos de qué sirve si se sientan todos en el suelo. 

Rojo el humilde trono, roja la tetera. Flores de equinoccio es, como decíamos, la primera película en color del maestro un poco en contra de su voluntad, pues la concibió en blanco y negro. Ya hemos comentado alguna vez la enorme resistencia que Ozu ponía a nuevos métodos o técnicas. Fue de los últimos en sumarse al sonoro y será de los últimos en sumarse al color -si bien hay que decir en su descargo que este llegó tarde a Japón, nada menos que en 1951 con nuestra amiga Carmen-Takamine– pero lo hizo tan bien, es tanto el gusto de Ozu, que le perdonamos el retraso. El color del cine japonés de estos años no sé por qué cuestiones técnicas -supongo simplemente que usarían sus propios sistemas copiados de los americanos- da unas tonalidades muy especiales. Hay como un velo ocre muy tenue general sobre el que destacan mucho los colores saturados, como ese rojo-tetera que debería tener su propio código Pantone. Si ya era un maestro de la composición nuestro director, con la llegada del color este se suma para subir un punto el nivel visual hacia una especie de abstracción alegórica -soy consciente del oxímoron- que Ozu lleva a sus cotas más altas. Con esto de la abstracción alegórica me refiero a que crea unas imágenes tan contundentes y cotidianas a la vez que nos obliga a preguntarnos por su significado, pero en su misma cotidianeidad y equilibrio está la respuesta: no hay tal significado, simplemente lo hogareño que ni miramos puede ordenarse de tal forma que cree su propio cosmos, más hermoso y significativo que las anécdotas humanas que contienen o adornan.

Volvemos a la historia del patriarca Hirayama. Es un personaje que el mundo civilizado y moderno, para bien, ha borrado del mapa. Él mismo se reconoce como una anomalía, una contradicción necesaria en su cultura pero al tiempo moribunda y trasnochada, como la costumbre de casar a la gente de manera discrecional. Por eso, supongo, Ozu en los últimos minutos le ha dejado, tras mostrar a la satisfecha matriarca vencedora en su pequeño trono rojo,  en un tren camino de la casa de su hija en Hiroshima, ya sabemos que demasiado pequeña para acogerle, con un rictus de inquietud que se quita de encima tarareando una canción que ha cantado unos días antes junto a sus amigos, en una francachela de antiguos estudiantes que en esta ocasión se nos antoja más que una juerga una especie de encuentro poético. Todos van vestidos igual, con el kimono a rayas del balneario, supongo, y cantan emocionantes tonadas imperiales llenas de ardor guerrero que, tras la derrota y las canas, han devenido en crónicas irónicas de un pasado de victorias y dominio que nunca alcanzaron a vivir, pese a que era el futuro en que se veían a sí mismos de jóvenes.

Esta nostalgia en color de un pasado en blanco y negro, esta asunción de la derrota cultural que es consentir que tu hija sea lo que quiera ser, como deseas para las que no son tus hijas, son como una tetera roja que no humea pero se apropia de nuestra mirada. Algo aparentemente inútil pero tan chirriantemente hermoso que nos emociona sin que sepamos entender muy bien por qué.

Esta entrada forma parte del Especial kanreki de Yasujiro Ozu

Todas las citas literales de Ozu, salvo que se indique lo contrario, están extraídas de La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine de Yasujiro Ozu, traducido por Amelia Pérez de Villar y editado en Gallo Nero. o bien de Antología de los diarios de Yasujiro Ozu, Edición a cargo de Nuria Pujol y Antonio Santamarina. Filmoteca de la Generalitat Valenciana.

Si menciono a Antonio Santos suelo referirme a lo leído en su monografía sobre Yasujiro Ozu editada por Cátedra.

Se pueden consultar la ficha de cada película y otros análisis en IMDB, Filmaffinity y Letterboxd.

En inglés se puede leer el análisis técnico de David Bordwell de cada película legal y gratuitamente de su libro Ozu and the poetics of cinema en este enlace.

En Internet Archive hay algunas películas de Ozu que no se pueden encontrar en las plataformas habituales.

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2 comentarios sobre “Flores de equinoccio (Higanbana, Yasujiro Ozu, 1958)

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  1. Hola tocayo
    Me animé en exceso al leer tu comentario y creí que era más comedia de lo que realmente me ha parecido (creo que lo más comedía, o al menos «ligera», hasta ahora, es la de «El sabor …»).
    Siempre está dando vueltas a los mismos temas y Setsuko tiene mucho de la Noriko que se casa con el viudo. A las dos les reprochan no tanto con quién se casan si no que lo hagan sin consultar antes -lo que es aún más triste-. Eso sí, Noriko llora sólo una vez y la dejamos desconsolada sobre una mesa baja y Setsuko llora alguna vez más -de hecho, una vez, vemos su lágrima- pero Ozu ya no nos deja a sus personajes en la pena.
    Me ha resultado gracioso si, tal vez por no fiarse del color o porque estaba jugando como un gato con una madeja, el bueno de Ozu nos repite esos planos que, además de bajos, vemos el techo y la imagen enmarcada por los dos lados; dan mucha profundidad. Otra cosa es la abundancia de la tetera roja como «eje visual»; creo que ha veces nos engaña y la tetera se mueve.
    Las chicas jóvenes llevan el pelo muy recogido o, como Setsuko, con el corte a lo chico que acaban de popularizar Leslie Caron y, su modelo, Audry Hepburn. El señor Ozu, o algún consejero, estaban de lo más moderno.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Hola tocayo,

    lamento haberte defraudado con lo de llamarla comedia. Carcajeante no es, claro, pero tú mismo has notado como toca con menos dramatismo viejos tópicos que ya veo que empiezas a reconocer y lo mismo empiezan a cansarte, y no te lo reprocho. Al menos la próxima, «Buenos días» sí es una comedia con multitud de pedorretas incluídas, otra cosa es que no te haga gracia, pero espero que algo sí.
    Lo de que «se mueva» la tetera… Pues no me he fijado mucho, pero posiblemente tengas razón. En ocasiones Ozu desplaza los objetos y las personas en las conversaciones, y si comparamos el plano general que suele abrirlas y cerrarlas con los ángulos que forman las miradas o la posición de los actores, se ve que los ha girado o incluso desplazado para que los encuadres frontales queden como a él le gusta. Para Ozu la composición es el 90% de la puesta en escena, me atrevería a decir, por eso resuelve con tanto esmero esos planos que comentas de interior y, por eso, opino yo, es lo de poner la cámara tan baja: simplemente para componer mejor una escena que le resulte atractiva en la que las personas y sus rostros son muy secundarias.

    Ozu siempre fue un tío modernísimo -recuerda que firmaba como James Maki y vestía a lo dandy en su juventud- pero, como le sucede a todo el mundo, se le fue pasando con la edad.

    Saludos a lo garçon

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