Las cruces de madera (Les Croix de bois, Raymond Bernard, 1932)

Hay lugares comunes de la cultura y la narración que no cansan, que poseen tanta fuerza que los productos que generan es casi imposible que sean mediocres. Un ejemplo de esto es film pacifista situado en la Primera Guerra Mundial que muestra lo inhumano de aquel conflicto siguiendo la vida y muerte de un grupo de soldados. Sería interesante hacer una retrospectiva de estos filmes bélicos y antibelicistas al tiempo, porque como digo no hay ni uno malo, pero por acotar el terreno me limito al trienio 1930-1932 en que se estrenaron tres films que casi pueden confundirse entre sí, porque lo que se diga de cualquiera de ellos sirve para los tres. Me refiero a Cuatro de infantería (Westfront 1918: Vier von der Infanterie, G.W.Pabst, 1930), la más conocida, Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, Lewis Milestone, 1930) desde la perspectiva del bando alemán, y desde el francés tenemos Las cruces de madera, prácticamente olvidada, que hoy queremos resucitar un poco. También cabría mencionar otra cinta extraña y políglota, La tierra de nadie (Niemandsland, Victor Trivas, 1931) que varía un poco la perspectiva -narra las historias personales de varios soldados de distintos países que coinciden en un lance de batalla- pero es otro ejemplo de cine pacifista centrado en la gran guerra que va desde prácticamente el comienzo de la contienda, con la desopilante Civilización, de Thomas H. Ince, hasta ayer, con la terrorífica versión de Sin novedad en el frente de 2022 dirigida por Edward Berger para Netflix. Esas trincheras las han recorrido, por terminar ya con los clásicos populares, el mismo Charlot en ¡Armas al hombro!, Kirk Douglas bajo el mando de Kubrick en Senderos de gloria, así como Joseph Losey (Rey y patria), Francesco Rossi (Hombres contra la guerra), Jean Renoir (La gran ilusión), Dalton Trumbo (Johnny cogió su fusil), y otros muchos que se acercaron al tema -me siguen viniendo títulos a la cabeza, pero mejor corto y cierro- de forma magistral.

Aunque la propuesta de Bernard en Las cruces de madera sea muy parecida a las de Pabst y Milestone, y aunque como decía puede uno incluso confundirlas entre sí, ni mucho menos puede considerarse, por ser posterior a las otras, que sea un remedo de ellas. Tiene su propia personalidad, y además una personalidad muy marcada tanto en lo visual como en lo dramático. Está basada en uno de los muchos relatos que excombatientes letrados escribieron al término del conflicto. En este caso en el libro homónimo de Roland Dorgelès, publicado en 1919. Igual que en él, Bernard en la película se esfuerza por desmitificar la Gran Guerra, si es que algo de lustre le quedaba a aquel conflicto en 1932, con todas sus consecuencias aún machacando Europa y poniendo las bases de posteriores tragedias. Sin embargo, lo hace manteniendo un respeto máximo por los soldados en primera línea de fuego. Excepto un gordito algo cobarde, todos los demás son camaradas y solidarios, no hay fisuras en esa comunidad de “jóvenes” que se saben abandonados a su suerte por la oficialidad y la misma sociedad que les empujó a alistarse. Entrecomillo “jóvenes” porque uno se sorprende cuando ve que todos estos soldados son cuarentones. Esto se debe a que Bernard quiso contratar solo a actores que hubieran servido en el frente. Y lo mismo con los extras. De hecho, como el rodaje debía ser supervisado por el ejército, este ofreció reclutas para la figuración, pero sus movimientos y reacciones no eran realistas, por lo que prácticamente todos los hombres que vemos batallar ya lo hicieron 15 años antes, y recordaban por lo tanto cómo moverse y cómo morir.

Los primeros segundos del film explicitan de forma visual y clarísima el porqué del título. 

Unos jóvenes -estos sí parecen reclutas- en formación se funden con un campo de cruces de madera. Como dice una canción que uno de los protagonistas compone, de la guerra se salía condecorado con una cruz de bronce o enterrado bajo una de palo. La idea principal del film es que no hay mucho que se pueda hacer para terminar con una u otra. Estos hombres que en un afortunado prólogo en la retaguardia Bernard nos enseña que son individuos con sus propias biografías y personalidades, cuando entran en acción se convierten en piezas intercambiables de la maquinaria de guerra que solo el azar determina si volverán a la vida, pues lo que sufren en el frente no puede ser considerado vida, sino un paréntesis existencial oscuro y amargo que ocupan por completo el terror y la impotencia.

Para subrayar esto la fotografía excelente de Jules Kruger busca toda la oscuridad que sea posible en todas las escenas interiores. Por un afán de realismo, supongo, pero también para ilustrar esa ceguera vital de saberse sin futuro, estos soldados, excepto cuando saltan al campo de batalla en horas de sol, viven siempre en el límite de lo visible. Hay varios ejemplos de este juego con la luz y la sombra a lo largo del metraje, pero me quedo con un momento en el que sobre un soldado caído en la noche se prende una bengala que crea unas sombras a su alrededor que parecen sangre derramándose o una suerte de movimiento artificial que lo revive como a un muñeco inerte con el que juega el aire.

La película está repleta de secuencias deslumbrantes en lo visual, lo característico de su tiempo, como el desgarrador final apoyado en trucajes inquietantes como los del principio. El realismo de la batalla central, que dura 10 días -se nos insiste en ello con un varios intertítulos- nada tiene que envidiar a cosas vistas después, y por ejemplo su valiente uso de la cámara en mano y las maneras de conducirse los soldados recuerda mucho a Senderos de gloria, y me apostaría una salchicha a que Kubrick conocía esta película y la tuvo muy presente al concebir la suya.

Pero más terribles aún que las imágenes, que lo que vemos, son las situaciones insoportables que se van acumulando según pasa el tiempo con una progresión fantástica. Una vez que el grupo de camaradas llega al frente tras el amable prólogo, nuestra angustia se va haciendo mayor conforme las tragedias y las situaciones desesperadas les van alcanzando. La primera de ellas, por ejemplo, es que deben mantenerse en su puesto durante días tras descubrir que los alemanes están cavando una mina debajo de ellos para volar el lugar. Esos alemanes son presentados con total naturalidad. Aunque no estamos de su lado, se les ve como lo que son: jóvenes soldados haciendo su trabajo, lo mismo que los franceses. Ni se les demoniza ni se les estiliza. Es curioso que esto es un lugar en común en prácticamente todo el cine que he visto sobre la IGM Mientras en otras guerras el tópico cinematográfico es animalizar o ridiculizar al enemigo, eso no ocurre en este caso. Ni siquiera en las más furibundas películas de propaganda nazi, como una que comentamos por aquí hace tiempo.

Uno de los pocos aspectos positivos de la IGM es que no existían todavía los medios y la predisposición a generar propaganda de guerra cuando empezó, sino que hubo que ir construyendo el relato sobre la marcha, y como además fue una guerra industrial, sin apenas combate cuerpo a cuerpo, en la que no solías ver a quién matabas, y como la sensación que dejó al final es que aunque hubiera un bando derrotado nadie había ganado nada con ella, pues en el imaginario popular se asentó la idea de que no había soldados buenos ni malos, sino gobernantes y gerifaltes militares estúpidos incapaces de darse cuenta de que estaban masacrando a la generación de sus hijos, y abriendo heridas históricas que un siglo después no han terminado de cicatrizar.

Por todo esto, quizá, apenas vemos a oficiales en esta película. Solo a un estúpido teniente al que todos detestan y, por unos segundos, al alto mando ordenando un ataque que terminará con muchos de los protagonistas. Otro momento inquietante, que no sabe uno cómo juzgar: en una misa solemne en la que se canta el Ave María del alemán Schubert, la cámara se desplaza lenta para mostrarnos que ahí mismo, en la iglesia, mientras unos rezan por seguir viviendo, en un improvisado hospital de campaña otros enfrentan la muerte físicamente, heridos; pero inexplicablemente hasta ahí, siendo el mismo espacio,  parece no llegar la música.

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5 comentarios sobre “Las cruces de madera (Les Croix de bois, Raymond Bernard, 1932)

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  1. Hola tocayo

    Estoy seguro que, en su día, vi esta peli y, como me pasó con la de Hildy, el detalle revelador es la anécdota: El detalle de los alemanes minando bajo nuestros protas (también puede ser que lo recuerde de otra peli).

    Me hace gracia que digas que los veteranos sabían cómo moverse y cómo morir; por suerte para ellos lo segundo lo saben por «referencias».

    Un saludo, Manuel.

    PD. no he conseguido revelar la peli de la anterior entrada. La historia es la misma desarrollándose tal vez en Marsella y la prota tiene, hoy, mucho más nombre que la de Frisco pero no consigo localizarla. Curiosamente el lugarteniente de la «reina madre» era un chino y cuando la vi pensaba: una mujer dirigiendo un «lugar alegre» en Marsella y con un chino de ayudante. Están locos estos jolygudienses.

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    1. Hola tocayo,

      a morir mejor llegar enseñado.

      Sobre lo de que unos le minen lo de abajo a otros, en efecto aparece en bastantes pelis de la IGM, pero hay una en concreto que es algo low cost pero se deja ver, cuya batalla subterránea es su leitmotiv, que dicen los finolis.

      Se llama Beneath Hill 60, de 2010

      Un saludo agazapado al frisco acariciándole el lomo al gatochinolugarteniente que se come las ratas del refugio de trinchera.

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  2. Yo de la trilogía que propones de películas que se estrenaron entre 1930 y 1932 con el tema de la primera guerra mundial y el pacifismo solo he visto la de Milestone, que es cruda y tiene momentos que no olvido. La de Cruces de madera me la apunto pero ya, además he visto con alegría que está en plataforma. Qué curiosidad me ha provocado lo que comentas sobre que Kubrick seguro que la conocía para abordar su maravillosa Senderos de Gloria.

    También en 1932 Lubitsch rodó esa joya que es Remordimiento, qué preciosidad de película. También es sobre la I guerra mundial y el pacifismo… Solo que la guerra acaba de terminar y hay un soldado con un remordimiento insoportable sobre sus hombros…

    Beso

    Hildy

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    1. Hola queridísima, perdona el retraso, es que estoy algo desubicado.

      No te arrepentirás de ver esta cuando tengas un rato, además creo que te agradará descubrir lo que comento de Kubrick. Por cierto, que cuando tenga tiempo y ganas de repasarlo y maquetarlo publicaré otra cosilla sobre otra película de la que Kubrick también tomó muchas ideas y a uno de sus más carismáticos personajes, si bien mejoró mucho mucho el material previo.

      ¡Permanezcan atent@s!

      Un besazo

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