Tropas de asalto (Stoßtrupp 1917 Ludwig Schmid-Wildy, Hans Zöberlein, 1934)

No es fácil encontrar información sobre esta película que, sin embargo, fue un enorme éxito cuando se estrenó en la Alemania de 1934, en plena euforia por la llegada de Hitler al poder. Auspiciada por el partido nacionalsocialista, y bajo el amparo de la productora de indisimulado nombre “películas arias” se basa en las memorias de trinchera del director, Hans Zöberlein, tituladas “La fe en Alemania”lo que también da pistas de por dónde van los tiros, nunca mejor dicho. Tropas de asalto es, pues, un artefacto propagandístico que triunfó en su momento, como decíamos, porque conjugó la tremenda espectacularidad de sus escenas bélicas con el rampante nacionalismo belicista que se adueñara de la sociedad alemana durante el desgraciado gobierno de Hitler.

Según Sigfried Krakauer la película es una suerte de revisión a la contra de Cuatro de infantería, de G. W. Pabst, magnífico y espectacular alegato antibelicista de 1930, en la línea a su vez de la -para mí- mejor cinta bélica de la historia: Sin novedad en el frente, de Lewis Milestone. Ambas pelis, como es sabido, cuentan la historia de un grupo de soldados en diversos escenarios y momentos de la guerra de trincheras en el frente occidental de la Primera Guerra Mundial. Son el ficcionado registro audiovisual de un grupo de jóvenes soldados alemanes destinados al frente occidental, desde la ilusión inicial alimentada por la propaganda y la lejanía de los tiros a la devastación y la muerte que se enseñorearon del frente en esos años terribles. Estas dos obras magnas fueron prohibidas o cercenadas, por cierto, para su exhibición en cines tras la llegada de los nazis al poder. 

Tropas de asalto, como decía, es la versión nacionalsocialista del asunto. La misma historia se cuenta desde una perspectiva muy distinta, alejada de cualquier librepensamiento antibelicista aunque, eso sí,  sin defender explícitamente la necesidad de la guerra ni caer en el patrioterismo de octavilla. De hecho, la peli se cierra con un mensaje de paz tras la dignísima muerte de un pobre tommy el día de navidad.

Sin embargo, más allá del mensaje explícito que transmite el argumento y las lacónicas conversaciones de los componentes del batallón, es un film dirigido a excitar los más bajos instintos de un público proclive al belicismo nacionalista, a la violencia catártica que pueda restañar heridas históricas que no terminaban de cicatrizar tras la humillación de la derrota alemana en la Gran Guerra y, en fin, remover los peores instintos de una Alemania en tránsito hacia la sociedad alienada y destructiva que fuera el Tercer Reich y hacia la hecatombe que ya todos conocemos. Con esta finalidad la película se entrega a la espectacularidad sin ambages, al puro y retumbante wakawaka, como yo lo llamo; al ruido, la matraca, la violencia, la destrucción y, en fin, la pura dinamita.

La suerte histórica que ha corrido Tropas de asalto no ha permitido que la conservemos ni completa ni con la calidad adecuada, ya que fue proscrita en Alemania tras la IIGM y enterrada junto a otros muchos testimonios de un pasado vergonzante. Lo que queda es una restauración hecha, según se nos indica en los créditos, con mucho esfuerzo de investigación y sin garantía de completud. Gracias a youtube he tenido la oportunidad de verla subtitulada en inglés, pero la calidad tanto de imagen como de sonido es pobretona. En este caso este detalle sí es verdaderamente lamentable, porque se pierde lo mejor de la película, que es su increíble potencia sensorial que por cierto -cómo me enrollo- es de lo que venía a hablar.

La película está claramente dividida. Por un lado las típicas escenas de preparación del combate en la trinchera y de “camaradería” en los refugios subterráneos, con algunos soldados y algún oficial que comentan lo que va sucediendo en el día a día o las noticias que llegan de casa o del enemigo. Estas escenas tienen nulo interés cinematográfico. Los actores, acartonados, recitan frases sin gracia ninguna. Es complicado incluso, desde nuestro punto de vista actual de espectadores extranjeros y alejados en el tiempo, distinguirlos entre sí. Alguno tiene bigote, uno que es bávaro lleva siempre un a pipa colgando… Poco más. Por otro lado está claro que no se ha puesto interés en dotarles de una mínima identidad personal. Sabemos que son alemanes y  eso les gusta mucho, pero ni son especialmente amigos del combate ni sus proclamas son de odio al enemigo. En este sentido, como decía antes, la película es incluso mesurada. Son soldados correctos, que hacen lo correcto, con el normal miedo a morir, muy valientes eso sí para presentarse voluntarios y, en fin, poco más hay que decir. No tienen recorrido vital alguno y espiritual, pues lo justito; cantan himnos cuando toca y ya. Por supuesto claro está que son mejores soldados que los inútiles franceses -esto sí es gracioso, cómo se entregan en masa sin combatir- y se les ve más dignos que a esos ridículos escoceses que mueren en faldita, y cuyos cadáveres están a punto de mostrarnos el lamentable espectáculo de sus partes pudendas… en fin, es una producción “películas arias”. Todo esto es una mínima parte de la película, las escenas de interior deben representar como mucho el 30% del metraje. Lo interesante es lo otro.

Si tuviéramos la posibilidad de viajar en el tiempo y verla en una pantalla grande, con un equipo de sonido adecuado y la mente libre de la casquería coreografiada y el gore masivo con que el cine y la televisión nos la han rellenado en décadas posteriores, pienso que el visionado de Tropas de asalto debió de ser una experiencia apabullante e inolvidable en 1934. Sus explosiones y efectos especiales no son más elaborados que los de, por ejemplo, mi querida Sin novedad en el frente, que en este aspecto creo que podría competir con cualquier producción incluso actual. Sin embargo sus efectos y explosiones sí son especiales por cómo, en qué cantidad y con qué intensidad aparecen en pantalla. Me he entretenido en componer un vídeo para ilustrar lo que cuento.

Tropas de asalto parece haber sido rodada en mitad de unas maniobras con fuego real. La impresión que uno se lleva es que el fuego usado en la representación de las batallas y asaltos eran excedentes caducos u obsoletos que había que eliminar y algún iluminado dijo: “espera, que los vamos a destruir con fundamento”. Cuando se representa un combate en el cine es difícil disimular la coreografía adecuada para que extras y especialistas no salgan heridos. Los espectadores, cuando termina una secuencia de explosiones o un tiroteo, podríamos en cualquier film reconstruir mentalmente el plano de situación de los petardos y trampillas. Además, solo en producciones de gran presupuesto se puede evitar esa sensación de que extras y actores van paseando por una línea de seguridad que cuesta mucho dinero emborronar, o así era al menos en los tiempos analógicos. En esta película sin embargo todas estas líneas quedan borradas en lo más agrio del combate. 

Hay decenas de explosiones, derrumbamientos y disparos/petardos que claramente sorprenden a actores y extras. Cientos de kilos de tierra y cascotes caen sobre decenas de personajes en multitud de momentos. Me jugaría un sugus a que más de un extra resultó malherido. La sensación de indefensión, de precariedad y de sometimiento a una realidad más fuerte, que es la batalla en sí, se logra con esa especie de inmersión total realista de los pobres extras -soldados de la wehrmacht- en una suerte de maniobras con fuego real solo tímidamente ficcionadas. El sonido también es realista, quiero suponer, o al menos se parece más al que describen los testimonios de entonces, por su variedad y su naturaleza más silbante que explosiva. Además todo está rodado al modo  de noticiario documental, en planos generales y sin centrarse, como es habitual en el modo hollywoodiense, en las pequeñas historias individuales. De hecho, desde el punto de vista cinematográfico la película tiene muy poco interés, y la puesta en escena no aporta nada original, limitándose a imitar modelos ya entonces muy vistos. El soldado está deshumanizado y colectivizado, todo tiene el aire irreal e inexorable de lo que es profundamente antinatural e inesperado, y yo me supongo que algo así debe ser lo que uno sentía en aquellas batallas en tierra de nadie.

El visionado de esta película, que empecé un poco por inercia cinéfaga, sin demasiado interés, me acabó metiendo en exactamente la misma sensación -y reflexión- que me acompañó hace años en la lectura de Tempestades de acero, de Ernst Jünger. Aquel libro me dejó dos desasosiegos, uno sobre otro. El desasosiego digamos básico y natural, provocado por la descripción realista y sensorial de lo que sucede cuando uno está bajo el fuego enemigo, y luego el otro, el desasosiego que recubre a ése y lo enrarece: me refiero a la inquietud de sentir que en este caso Jünger no siente rechazo por esa forma de vida bajo la metralla. Que ese mundo de ruido, metal y furia es otro cualquiera, y que a él finalmente no le parecía tan malo, con su moral diáfana y sus principios claramente establecidos. Es un mundo que duele pero fortalece a algunos, y que incluso para quien, como fue su caso, es herido 14 veces, acaba funcionando como hogar del espíritu. Este segundo desasosiego, esta sensación de que la violencia imprevisible y mutilante puede ser un lugar en el que realizarse, es, supongo, otra forma de sentir lo que sentían los adolescentes que en 1934 se dejaban enardecer por esta ensalada de tiros y explosiones, esta película de la que hablo, y lo mismo pensaron en aquellas sesiones atronadoras de la Alemania hitleriana que no es mal destino el exponerse a la metralla. Que tiene sentido ser carne de cañón y construir, con sus propias muertes en plena juventud, un mundo futuro absurdo, el Reich de los mil años, el imperio sin fin. Un mundo de acero que no nos necesita.

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