Corredor sin retorno (Samuel Fuller, 1963)

John Barret quiere el premio Pulitzer, y usa a su novia para que, haciéndose pasar por su hermana, le denuncie por acoso sexual de naturaleza incestuosa. Gracias a esto y a cierto entrenamiento psicoanalítico se colará en un pabellón psiquiátrico en el que se ha producido un asesinato. Su intención es, una vez dentro, confraternizar con los internos y sonsacarles quién fue el asesino. La película narra todo este proceso de internamiento, relación con otros enfermos, esfuerzos por resolver el caso y consecuencias de todo ello. Es un planteamiento atractivo y que sonaría algo menos tópico en 1963 que hoy en día, escrito y dirigido Samuel Fuller. Corredor sin retorno (Delirio de pasiones en latinoamérica) es una película menor en muchos aspectos técnicos y formales, pues los medios son limitados y en algún momento se deja asomar la tosquedad característica de este creador, por lo demás siempre inteligente y apasionado.

Como sabemos desde el primer minuto, el principal problema que tiene que enfrentar John Barret es evitar caer él mismo en las garras de la locura. La idea que vertebra toda la peli es, realmente, el límite del control. Los lugares comunes de la jerga psicoanalítica y de psiquiatría del TBO que tan burda y puerilmente maneja el guion no son más que el envoltorio de esta reflexión sobre el control de los demás, de la informacion, de la sociedad por parte del poder y los medios, etc. Fuller comentó que se trata de una alegoría de los EEUU de la época, cosa por otra parte bastante evidente.

Nuestro protagonista es un periodista algo exaltado en su afán de ganar el Pulitzer. Es el que organiza el plan involucrando a otras personas, como hemos dicho, en especial a su novia. Ella canta en un club de streap tease pero es una mujer inteligente, sensata y resuelta, que no se ha dejado influir por el ambiente cavernoso y tabernario de su trabajo. Ella es la que aconseja bien y, por supuesto, la más ignorada no solo por John, sino también por el director de su periódico, que está en el ajo.

John entra en el pabellón de los locos satisfecho de su habilidad, hablando para sí mismo -hay casi más diálogo interior en la película que entre los personajes- de cómo podrá ir desarrollando su plan yendo loco por loco, jugando al juego de cada uno, manejando también al psiquiatra del centro, que lleva por cierto el chispeante nombre de “Dr. Cristo”. Sin embargo, durante el sueño al principio de su ingreso, y cada vez en más ocasiones durante el día, las voces interiores van haciéndose fuertes en su mente y … Bueno, dejo de destripar.

Los enfermos mentales con los que trata John tienen un componente alegórico muy obvio: el negro se cree supremacista blanco, el excomunista se cree general sureño, el superingeniero atómico -¡Nada menos que un premio Nobel!- se cree un niño de 6 años… La reflexión que Fuller quiere que nos hagamos es que estas personas son modelos individuales de cuestiones sociales que la humanidad no es capaz de resolver por sí misma. El peligro nuclear, la lucha entre clases, la obsesión por los placeres banales… Son males de nuestro tiempo que se han personificado en estos hombres que han perdido la identidad propia que algún día tuvieron. Este juego simbólico es atractivo e inteligente, y merece mucho la pena ver este film para apreciarlo, así como su puesta en escena que, aunque limitada en sus recursos materiales, está plagada de ideas vanguardistas que siempre agradan y sorprenden en los productos norteamericanos. Por ejemplo, yo no esperaba encontrarme con el Buda de Kamakura de mi querido Ozu en rutilante technicolor en esta sórdida fábula de duro blanco y negro. Hay pues momentos sorprendentes, recursos llamativos y también, hay que decirlo, escenas que patinan hasta lo insólito, y no en el mejor de los sentidos, y me refiero al momento ninfómanas.

En fin, una película sorprendente y atractiva. Es importante disfrutarla teniendo presentes el contexto social e ideológico de su época, aunque recuerdo que es de 1963, unos años antes de que la contestación cultural se convirtiera ella misma en un tópico de la cultura de masas, por lo que hay una valentía en su intención quizá esquematica e impetuosa, pero más que meritoria y memorable.

Al fin y al cabo ya dije más arriba que es un film que en el fondo habla sobre el control. Porque qué es un manicomio sino la epítome del control. En él se preservan las ideas, los instintos y las conductas que bajo ninguna otra forma de represión pueden ser embridadas. Son tan necesarios como incómodos, y acaso sea la moraleja final de El corredor sin retorno que quien entra ahí no puede escapar ya nunca porque donde penetra es en lo más incontrolable y desconocido que existe: nosotros mismos.

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