Domingo, maldito domingo (John Schlesinger, 1970)

De entre las frases hechas con que juzgamos las películas y otras obras de arte hay una muy en boga, quizá por el adanismo que caracteriza a nuestro tiempo: es esa de “no ha resistido el paso del tiempo”. Domingo, maldito domingo es sin duda candidata a ese juicio. Es una película que se ha quedado anticuada en apariencia, porque los usos sociales, la tecnología, el aspecto del Londres de hace 50 años y su estilo cinematográfico ya no son lo que eran. Sin embargo es una buena película, esto creo que nadie podría negarlo. Unos actores (en especial Peter Finch y Glenda Jackson) atemperados y precisos, exactamente igual que la dirección de Schlesinger, atractiva, funcional y sin histrionismo alguno. 

La historia se resume en pocas líneas: atendemos a las circunstancias de un triángulo amoroso inaudito en el cine comercial de entonces. Un joven artista contemporáneo mantiene a la vez relaciones con un médico judío, maduro y respetado (Finch) y con una mujer divorciada (Jackson). De fondo hay otros personajes interesantes: una familia que educa a sus chorrocientos hijos sin norma alguna, los pacientes y familia del Doctor, aburridos y convencionales, y un personaje en este caso no humano, pero desde mi punto de vista el más atractivo de este telón de fondo de la historia principal, que es el curioso servicio de mensajes de la compañía telefónica, algo cuya existencia yo desconocía. Es un sistema por el que los abonados pueden dejar recados para otros y de paso cotillear sobre ellos con la complicidad de las operadoras.

Toda la acción transcurre en apenas un par de semanas que han de decidir la resolución de este triángulo (nos la reservamos para no destripar) sin que haya acontecimientos extraordinarios ni accidentes sobrevenidos. Ni siquiera se alimenta el escándalo que supondría para buena parte del público en aquel tiempo el asunto de la bisexualidad del joven y sus -suaves- escenas homoeróticas con el maduro Doctor Hirsh, inéditas en el cine comercial hasta entonces. El amor entre ellos está tratado con naturalidad y sin estridencias. No hay juicios de valor ni escenitas sobre la naturaleza escandalosa -en ese tiempo- de esa relación. No es una película que trate de homosexualidad ni de represión, sino de amor, y el género de los amados y amantes no tiene realmente relevancia alguna. Es un “filón” que no se toca.

Tenemos pues una película bien narrada y dirigida, sensata, inteligente, moderna y perfectamente actuada. Su temática sí resiste el paso del tiempo, porque el amor y sus cosas son eternas. Su único defecto “cinematográfico”, si se me permite el atrevimiento, es la renuncia a construir una historia con sus “tres actos”. Aunque sí los hay en el curso de los acontecimientos, estos hechos que van ocurriendo realmente son leves e irrelevantes, porque lo importante es la vida interior de los personajes, así que hay solo un relato deslavazado que puede hacer desconectar a algunos. En todo caso es un modelo de relato disperso y multipolar que bien soportan otras obras de su tiempo, sin ir más lejos la inmensa película anterior de Schlesinger, Cowboy de media noche.

¿Qué falla entonces? ¿Qué hace que sea un film enterrado, pasado de moda, el paradigma, como decía antes, del “no ha resistido el paso del tiempo”?

Pues creo que lo que provoca este hecho es su misma modernidad. Es decir: el mundo de 1970 no es muy diferente al nuestro, y el mundo de Domingo, maldito domingo, es aún más parecido al nuestro que el mundo o el Londres de 1970 así, en general. Quiero decir que Schlesinger supo muy bien centrar la atención en aspectos entonces solo balbucientes de la contemporaneidad que ahora son un poco el aparato circulatorio de nuestras vidas. Me refiero por ejemplo al sistema de mensajes del que hablaba antes. El cableado y la maquinaria (todo analógico aún) son un personaje más que interpreta para nosotros una danza complejísima que conduce la información de un sitio a otro. Es el mundo hiperinformado y supercomunicado que empieza a levantarse con fuerza para someter nuestras vidas a insoportables niveles de estrés e hiperactividad. Especialmente en el primer tramo de la película el triángulo queda construido a través de los marujeos de las operadoras y las llamadas y rellamadas de los tres enamorados. Sus confusiones, retrasos y obligaciones paralelas de la vida diaria son lo que da forma a unas relaciones que solo se apaciguan y aclaran luego,en el remanso de paz, cariño y verdad que es la cama. Hay pues una pre-representación de esa vorágine comunicativa que luego se ha cernido definitivamente sobre nosotros que por centrarse en algo tan atractivo pero desfasado como ese sistema de mensajes, ha vuelto obsoleta esa misma representación. Porque el cine dice lo que se ve, y aquí se ha escogido mostrar algo a punto de desaparecer para hablar de algo por venir… ¿Resultado? lo que queda es lo mostrado, no lo sugerido. 

Otro ejemplo de esto que digo son las convenciones morales y sociales que se presentan en la película. Estamos en 1970, un tiempo de resaca de la contracultura y la contestación social que fueron los 60. Todo aquello ha quedado en unos jóvenes “revolucionarios” que ahora empiezan a crecer y ganarse la vida.  La familia de la que cuida ella el fin de semana, con sus hijos que fuman porros por la mañana, hasta los pipiolos de 5 ó 6 años (¡! ) y que son idiotas porque sus padres no les reprimen instinto alguno, son el ejemplo más representativo de lo que digo. Pero también lo son las instalaciones artísticas que diseña y vende con aparente éxito Bob, el joven vértice bisexual del triángulo. Son una mezcla de invento inutil y adorno postindustrial que prefiero suponer que el diseñador de producción las concibió como horteradas sin futuro. Su mismo amante, el Doctor, no puede disimular el ascopena estético que siente por la fuente hidrolumínica, por llamarla de alguna forma, que le ha regalado, y que ha de conectarse. Porque no es natural. 

Hay pues una réplica a las moderneces y las nuevas libertades vacías de contenido (excepto en el caso de la sexual, a la que se debe la película) que han dejado las corrientes contraculturales ya extinguidas y subsumidas por la sociedad tradicional, que cambia de aspecto para conservar su esencia. Sin embargo, y como ocurría con el tema de la mensajería, esto también falla, porque esas moderneces quieren representarse con naturalidad, y el problema es que la representación también ha quedado anticuada. Por ejemplo los niños fumando porros… No sé si esto era “representable con naturalidad” en 1970, la verdad, no tengo perspectiva sobre ello, pero algo me dice que es una escena que quiere chirriar, como los inventos artísticos del joven amante, pero ha faltado, a la hora de determinar el guion definitivo, la inteligencia de escoger situaciones o imágenes intemporales. Porque para que una película sea intemporal debe representar lo intemporal, y si no es así al menos lo que muestra debe tener en sí mismo la cualidad mágica de constituir un nuevo hito estético o estilístico.

En resumen, el tiempo se ha comido a esta película porque ella misma quiso burlarse o asentarse sobre su presente sin ser capaz de trascenderlo. Y aquí lo dejo.

Por lo demás, y lo repito, es un film interesantísimo y con momentos especiales y memorables, como el extraño y a la vez conseguido (esto sí) monólogo final de Peter Finch mirando a cámara aclarándolo todo mediante la palabra y la inteligencia. Peter Finch mirando a cámara es moderno, y es lo más intemporal del mundo. Por eso y otros motivos Network, pocos años después, es el contraejemplo perfecto de todo lo que vengo contando, pero de eso habrá que hablar en otro momento.

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