Sorry We Missed you (Ken Loach, 2019)

Cuando pensé en hacer un blog en el que almacenar anotaciones o quizá descubrir a quien caiga en él alguna gema cinematográfica que desconociera, desde luego no tenía en mente hablar de ninguna película contemporánea ni de directores vivos y reconocidos. Mi intención no es embotar internet con más información innecesaria, pero tras ver esta fábula del presente no puedo resistirme a fijarla un poco en mi espíritu hablando sobre ella.

Mi opinión sobre Ken Loach creo que es la común entre quienes estamos atentos a su cine sin perder distancia crítica. Pienso que es un grandísimo director porque sabe ocultarse para no distraernos de las historias que propone, a cuyo trasfondo, ideológico siempre y politizado, quiere que atendamos. A veces  -muchas veces- ha caído en el maniqueísmo o en cierta ingenuidad de trinchera ideológica nada inocente por su parte, claro. Su cine es reivindicativo, y por eso queda subordinado a su finalidad reivindicativa, por lo que en ocasiones omite los grises de la  vida intencionadamente, y a veces chirría.

En Sorry We missed you, sin embargo, los grises, el término medio entre lo malo y lo bueno, lo posible y lo que hay, la felicidad y el desaliento, no existe, es cierto, pero no parece que la responsabilidad de esa omisión esté en Ken Loach, o en Paul Laverty, su guionista habitual. El destino de la familia a cuya descomposición asistimos está sellado precisamente por habitar una sociedad, -que es la nuestra aunque nos empeñemos en mirar pero no verlo-, en la que parecen haberse disuelto definitivamente las ligazones morales que, ya enflaquecidas desde hace décadas, debería haber entre quienes la formamos. Se trata de una familia de clase media trabajadora en la que el padre decide dar un paso adelante y, tras muchos empleos precarios por cuenta ajena, entrar como falso autónomo en una empresa de mensajería. Esta empresa se llama por cierto PDF, un nombre que imagino que no es casual, y que remite de alguna forma a lo que en nuestras vidas ha quedado convertida la cultura escrita, a archivos digitales no creados por nosotros. Pues bien, PDF, al modo de los nuevos emporios que se escudan en el ridículo nombre de “economía colaborativa”, le contrata sin contratarle para explotarle sin ellos aportar nada, ni siquiera la furgoneta. Solo le hacen entrega de un escaner con el que gestionar los pedidos que, bien claro queda en un discurso del jefe, es un aparato ciego y sordo, pero no mudo, igual para todos los repartidores, y mucho más importante y necesario que cualquiera de ellos.

La madre trabaja cuidando a personas dependientes con un horario esperpéntico y sin poder siquiera mantener un trato humanizado con sus asistidos, lo que nos genera aún más lástima porque es una mujer absolutamente humana, cálida y sensata. Y es que, siendo perfecta para su puesto por sus conocimientos y actitud, las condiciones de trabajo deplorables son las que por sí mismas estropean su labor y la desaniman. Los hijos son víctimas de esta situación, y a pesar de contar ambos con buenos principios y capacidades, nos tememos que fracasarán a la hora de construir su futuro, como ya va mostrando el hijo mayor con sus desvaríos adolescentes.

Lo que hay, pues, es una familia normal, llena de amor y con una posición socioeconómica que hasta hace unos diez años se habría podido considerar “clase media”. Entre sí se quieren y son personas normales, cálidas y honradas. Este retrato de la familia tipo del estado de bienestar, que era por cierto lo que aspiraban a ser sin conseguirlo nunca algunos personajes de antiguas películas de Loach como las abajo mencionadas, se desdibuja  a causa de las condiciones laborales en las que se viven inmersos. Las condiciones, además, generan situaciones de desprecio, incomunicación e indefensión. A lo largo del metraje son constantes las pequeñas discusiones con clientes, por ejemplo, que provienen de la incapacidad de éstos de percibir al repartidor o la cuidadora como un ser humano igual a ellos. En este sentido Loach plantea una forma muy simple y muy inteligente a la vez de hacer avanzar la historia: no son necesarias tragedias sobrevenidas o escenas de histeria (recordemos Mi nombre es Joe o Ladybird Ladybird) para que tomemos conciencia del drama. El drama que da consistencia a la película es la misma forma en que las cosas son. Incluso el detonante del último acto -un robo que sufre Ricky, el padre-, solo nos parece otro gaje del oficio, no un golpe del destino. Así lo atestigua el terrible Maloney, jefe de Ricky,  cuando habla con él, que está herido y humillado, y se limita a enumerar aquellos ítemes asegurados por los que no tendrá que pagar y aquellos otros por los que sí deberá hacerlo, curiosamente unos pasaportes -la identidad, documentos públicos…- y el maldito escaner que todo lo sabe y todo lo vale. No importan las heridas en la carne, no importan las causas ni las consecuencias, solo que la rueda no pare. 

En Sorry we missed you no hay grises… Cierto, pero no los hay porque, como decía antes, ya no están presentes en este capitalismo del caprichito que nos rodea. Nuestra realidad cada vez se parece más a la de las palomas aquellas de Skinner que existían para pulsar o no una palanquita. Habitamos un universo de fugaces sensaciones y decisiones intrascendentes y continuas (¿acepto cookies o no acepto cookies? ¿pido  whooper o pido pizza? ¿Ios o Android? ¿miro las redes o subo yo algo? ¿le contesto con un gif o con un sticker?) que aparentemente colman cada uno de nuestros días si resolvemos todos estos mil pequeños entuertos virtuales y aparentemente gratuitos. Los entresijos de este universo nos importan una mierda, son invisibles, y por eso no hay grises; porque cada cual solo parece poder hacerse cargo de lo que le ocurre o preocupa a sí mismo, y eso se resuelve en binario, mientras que las anteojeras del gustito y la egolatría no nos permiten ver lo que importa, que son los otros, porque todos somos los otros de los otros.

Es por esto que en esta peli la maestría de Ken Loach queda patente, porque con la sabiduría de sus ochenta y pico, y la clarividencia de su ojo avizor, sabe abstenerse de lo accidental para dar con lo fundamental, que está ahí, y solo ha de mostrarlo sin siquiera apenas relatarlo. Pero esto es muy difícil, hay que ser un gran cineasta para lograr emoción e intensidad sin caer en la desidia visual ni el pintoresquismo sentimental. Él es un gran cineasta porque sabe situar el punto de vista, así de sencillo. Por ejemplo: sabe retratar, sin recalcar nada, cómo son estas casitas británicas tan estrechas y verticales. Y sentimos su aire opresivo y su olor a moho  porque cuando alguien entra en casa la cámara le espera en la parte de arriba de la escalera (el único lugar en el que cabría) y nos damos cuenta de que uno no llega a un hogar, sino a “un sitio”, que luego nos dirán que es uno de tantos recintos de alquiler. Los actores, creo que semiprofesionales, no importa que actúen mal o miren raro o reciten sus frases extemporáneamente, como el hijo grafitero si están bien escogidas y son naturales, como esa madre que todos querríamos o ese jefe capullo al que tanto odiamos. Cuando vamos en la furgoneta realmente estamos en ella conducida por el actor, no en un carricoche con imágenes al fondo y, en fin, todos esos viejos recursos del neorrealismo que están aquí de nuevo funcionales y atentos a una sociedad que parece llamarlo a filas una vez más, cada vez más.

Lo mismo que digo para esta película sirve también para su film anterior: Yo, Daniel Blake, más centrado en la depauperación y deshumanización de unos servicios sociales que fueron el orgullo de occidente y ahora parecen no ser más que otra rémora para un sistema que ya se cierra para envolvernos definitivamente y que nos acogerá en las próximas décadas bajo el palio de la precariedad, el deseo irreflexivo y el aislamiento espiritual.

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