5 coincidencias entre Kramer contra Kramer y El pequeño salvaje

Por motivos personales y un poco profesionales también conozco casi de memoria El pequeño salvaje (François Truffaut, 1970) pues la he visto al menos 15 veces y destripado un poco. Por otra parte, anoche revisé Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) de la que tenía un recuerdo tenue y añejo y me llevé la sorpresa, en el primer minuto, de que empezar a verla se parece a entrar en en la maravilla de Truffaut. 

Primera coincidencia

Uno de los temas musicales centrales es el concierto para mandolina y cuerda RV 425 de Vivaldi, que suena en ambas películas.

Segunda coincidencia

La fotografía de los dos films es de Néstor Almendros. En el pequeño salvaje el hermoso blanco y negro es capaz de pintar la naturaleza (la humana y la otra, que de eso va la película) con sencillez que remite al cine primitivo y a la contraposición luz/oscuridad que evoca tanto la época -la ilusionante ilustración en sus comienzos prácticos, principio del XIX- como el tema de la película, sobre el que luego volveré: la educación. La luz blanquísima suele inundar las estancias de la casa donde Itard se esfuerza en que Víctor deje ser ser salvaje, y la naturaleza salvaje de este se manifiesta en la oscuridad de bosques, noches, tormentas y cuartos de castigo negros y confusos.

En el caso de Kramer contra Kramer, por el contrario, el tratamiento fotográfico es muy distinto, pues estamos en el Nueva York de finales de los años 70 y el contexto geográfico y narrativo del film es totalmente urbano y contemporáneo. Tiene más mérito Almendros en esta película, si bien su trabajo “luce” menos; aplica a cada uno de los planos una calidez tenue pero constante que humaniza un medio artificial, reducido y deshumanizado, como podría ser sin ese tratamiento el pequeño apartamento en el que viven padre e hijo, así como las hostiles calles neoyorquinas. Prueba de su buen hacer, aparte de esa cercanía y calidez que aporta a la historia, es que la película ha envejecido estupendamente en el aspecto visual, y sus colores y luces hacen que solo el peinado demodé de Dustin Hoffman nos remita constantemente a su época algo horterilla.

Esas dos coincidencias son las que me sobresaltaron nada más empezar la película, pero, con ellas en la cabeza, no puede evitar seguir viéndola anotando mentalmente otras concomitancias que se pueden rastrear entre ambos films, como se puede hacer entre todos, claro, porque el arte del cinematógrafo tiene sus mecanismos y tópicos propios en el que todas las películas se enredan.

Tercera coincidencia

Las dos películas tienen su nudo central en un proceso educativo. Si bien en El pequeño salvaje este proceso (la inserción de Víctor en los usos humanos y sociales) es el motivo central, en Kramer contra Kramer aparentemente la película nos cuenta el “reparto” que del pequeño hijo se hacen padre y madre. Sin embargo, buena parte del metraje y desde luego los momentos más memorables del mismo son el tramo central en el que Ted (Dustin Hoffman) tiene que aprender a ser un padre ejemplar desde la mismísima nada. No sabe hacer el desayuno, no sabe ni a qué curso va su hijo… Es él, no el niño, el que tiene que aprender, y curiosamente el papel del niño puede recordar al que hacía el mismo Truffaut en su película, interpretando a Jean Itard. En efecto, el pequeño Billy en una y el ilustrado Dr. Itard en la otra representan perfectamente el papel del enseñante que asiste con intermitente impotencia a la tremenda dificultad que conlleva el aprendizaje. Los dos son pacientes a su manera, castigan a su manera y reconducen a su manera las conductas erráticas e inconsecuentes de quien se enfrenta nada menos que a una nueva forma de estar en el mundo. 

Cuarta coincidencia

Quizá la mayor cualidad de Kramer contra Kramer, alabada en su momento y que permanece incluso en una actualidad más habituada a estos asuntos, es su perfecta equidistancia moral y la ausencia de cualquier maniqueísmo, teniendo en cuenta que estamos ante una historia que nos exige posicionarnos. Su guión, que brilla tanto por su riqueza como por su falta de pretenciosidad y la habitual verborrea, es una obra maestra de la escritura para cine convencional. Inteligente y lleno de situaciones que dicen mucho más que las palabras -la celebérrima escena del desayuno, por ejemplo- es un texto que nos da a la vez la oportunidad de valorar por nosotros mismos lo que estamos viendo sin querer aleccionarnos o conducirnos por donde le sería más cómodo transitar: el sentimentalismo y el griterío.

Curiosamente El pequeño salvaje también puede ser alabada por esta misma virtud, si bien en su caso la dicotomía es menos evidente porque no tiene la forma de conflicto, está ahí y lo es todo. La película de Truffaut de lo que trata es de la diferencia que hay entre naturaleza y cultura. Es decir, habla de quién seríamos en ausencia de sociedad, conocimiento y cultura. Seríamos animales incompletos, como el pequeño Víctor cuando es hallado en el bosque. La película cuenta el intento de transformación de ese niño pseudohumano en lo que somos nosotros, y obviamente la carga del relato está en los procedimientos y la finalidad de ese proceso, que es al parecer hacer de Víctor algo “mejor” de lo que era, más “auténticamente humano”, por expresarlo paradójicamente. Si la palabra está con Itard y su empeño en educar a Víctor, la cámara sin embargo está con este, y empatiza con él y se podría decir que realmente terminamos viendo la película desde su perspectiva más que desde la nuestra, que debería ser la de Itard. Otra forma de equilibrio genial que solo se consigue con una organización de la información y la puesta en escena rica e inteligente, la de Truffaut.

Quinta coincidencia

Y la última gran coincidencia entre ambas películas es el humanismo que ambas desprenden, cada una con su propio mecanismo. Mientras más cine veo más convencido estoy de que la idea y emoción -en este caso coinciden- más complicadas de irradiar son eso que llamamos “humanismo”. Y es que eso es algo tenue, una atmósfera a medio camino de la razón y el corazón, que además puede emanar de las conductas y las vivencias individuales, pero debe sobrevolarlas y superarlas para instalarse por encima de ellas y de nosotros que las contemplamos. La forma humanista de afrontar nuestro paso por el mundo es algo indefinible y que no se puede señalar. Es fácil señalar -y por ello representar- lo violento, o lo erótico, o lo injusto o lo irremediable. Son ideas-pegatinas que el cine maneja constantemente por su naturaleza básica y por la poca reflexión que requieren. Sin embargo hacer una película “humanista”, es decir, que nos pone en comunicación con aquello que, como raza o especie, deberíamos aspirar a ser y admitir en los demás, es complejísimo porque no lo refleja ningún tópico sino que emana de la obra completa, y necesita el concurso de mucha inteligencia, sensibilidad y equilibrismo estético. 

Supongo que el humanismo sincero y sensato que tanto El pequeño salvaje como Kramer contra Kramer rezuman viene de la mano de los anteriores puntos de esta anotación, y de otras muchas virtudes de cada una de las dos películas. Sería insensato y cansino explicar aquí más méritos de cada una, pero finalicemos, por fin, celebrando que ambas dejan el sabor de boca agridulce de la vida misma y representan lo que en torno a un niño indefenso concluimos que sabemos hacer: aprender y equivocarnos para enseñarle a ser como irremediablemente somos los adultos: ignorantes y confusos seres que aspiran a recuperar la ingenua ignorancia de la niñez.

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