Ángeles sin paraíso (A Child is Waiting, John Cassavetes, 1963)

Empieza con el terrible abandono de Reuben en una institución para quienes llamaban “deficientes mentales”. Reuben es un niño oscuro, con algo de retraso cognitivo, y sus padres, prósperos y guapos, no pueden o quieren hacerse cargo de él. El director del Crawthorne State Mental Hospital, es el Dr. Clark (Burt Lancaster). Su premisa es que los niños del centro han de ser atendidos con toda la dedicación y los medios posibles, pero sin dejarse llevar por el sentimentalismo y las individualidades. Reuben representa un cierto reto para él, pues a pesar de que su déficit intelectual es leve en comparación con otros casos, parece no progresar ni poder integrarse socialmente -dentro del sentido limitado que estos verbos tienen en esta circunstancia- y además sigue esperando cada miércoles por la tarde, mucho tiempo después de su abandono, a que vengan sus padres a verle. Él es el niño que espera del que habla el título original. 

Cuando llega a la institución en busca de trabajo Jean Hansen (Judy Garland), a pesar de su aire desanimado y de su inexperiencia laboral en este terreno, pues no es más que una fracasada aspirante a pianista, se gana la confianza del Director, que parece intuir en ella gran capacidad empática, y también consigue el cariño incondicional de Reuben,  que encuentra en esta pequeña mujer avejentada quien sustituya el afecto de sus padres ausentes.  

Este es el planteamiento de la historia, hábilmente escrita por Abby Mann y dirigida por John Cassavetes en sustitución de última hora de Jack Clayton. El productor, Stanley Kramer, al parecer metió mucha mano en el montaje final hasta  desvirtuar el mensaje que Cassavetes quería transmitir, con no poco rebote de este. Según dijo el director después, su idea era mostrar las posibilidades de crecimiento personal y el grado de autonomía individual que pueden llegar a alcanzar estos niños a pesar de sus dificultades, mientras que la mirada de Kramer era más institucional, por así decirlo, y reflejaba el mensaje de lo necesarios que son estos centros, así como la normalización pedagógica que exige este tipo de enseñanza. Esta dualidad de puntos de vista ha permeado toda la cinta, y se puede decir que su mensaje en el plano ideológico es parecido a este mismo conflicto entre sus artífices: ¿debemos atender a estos niños y niñas de forma reglada y eficiente pensando en su futuro de forma pragmática o por el contrario debemos entregarnos a ellos amorosamente, respondiendo a sus necesidades afectivas y procurándoles el mayor bienestar posible, asumiendo el riesgo de generar indefensión o sentimientos negativos de envidia, por ejemplo, al compararse unos con otros? Como corresponde a toda obra inteligente, la historia bascula entre una opción y otra, personalizadas como decía antes en Hansen y el Dr. Clark. Y como la película es inteligente no hay respuestas finales, pero sí muchas preguntas pertinentes que nos iremos haciendo todo el tiempo.Si bien roza el sentimentalismo y la ñoñería por momentos de forma totalmente perdonable, hay que procurar verla con las anteojeras del tiempo. Los usos asistenciales y la actitud de la sociedad y de los padres de Reuben ante este problema hoy en día está por supuesto desfasada y llega a resultar incomprensible, pero creo que, como digo otras veces, no hay que juzgar al pasado con el presente, y sí admirar la semilla que de lo bueno del presente hay en el ayer, y desde luego el mensaje general de la película es positivo, su factura interesantísima e interés le sobra por los cuatro costados.

La puesta en escena consiste en su mayor parte en primeros planos largos o planos medios cortos, como se quiera decir, que sin asfixiar la pantalla dejan todo el protagonismo a las personas, porque es un film profundamente humano. Lo que en otras películas termina siendo cansino y cargante -solo ver rostros gesticulantes- en esta por el contrario es la forma idónea de meternos en la historia y avivar nuestras neuronas espejo. Y es que el dilema principal del que hablaba -que se subdivide en otros muchos que sería muy prolijo enumerar, y es mejor ver o revisar la peli para recorrerlos- exige de nosotros los espectadores a la vez la atención racional y discursiva, que pensemos y nos hagamos cargo de los hechos, pero también requiere que empaticemos profundamente, más allá de la contemplación superficial del espectador que recorre una trama mentalmente, y que nos coloquemos en la situación no solo de los niños y niñas con retraso, sino en la de por ejemplo unos padres que abandonan a su hijo, o unos antipáticos políticos que administran recursos y, sobre todo, en el conflicto sin sangre que mantiene esa extrañísima pareja que son Lancaster y Garland.

He de decir que no soy muy amigo de los primeros planos. Seguro que alguien ha estudiado ya cómo, a lo largo de la historia del cine,  su proliferación coincide con tiempos de crisis industrial o de debilidad creativa individual. El primer plano es la localización más fácil y también la más hermosa, pero hay en su abuso una clase de autoritarismo estético sobre nosotros que con el paso del metraje genera desapego cuando  falta el fondo y el criterio del artista. No me parece casual que precisamente el gran maestro de los primerísimos planos (Sergio Leone) los alterne obsesivamente con planos generales o “generalísimos”, que descargan de intensidad.

Sin embargo en Ángeles sin paraíso los rostros y su presencia cercana no es que sean importantes, es que son la película, y el mayor acierto es que sean muchos rostros, no solo los del triángulo protagonista, los que “enfrentamos”. Porque crean un paisaje que va más allá de lo emocional, hasta lo ideológico, y complementan los acertados e inteligentes diálogos de Mann de forma que, si estamos atendiendo a la peli, es imposible pensar en otra cosa que no sea lo que se nos plantea. No se puede escapar de ella. Y dentro de estos rostros creo que no puedo dejar de hablar de Judy Garland. La tristeza, el desvalimiento y la absoluta desolación que lleva en la cara -y también en un cuerpo que ha perdido toda fotogenia- son una extraña alegoría de la futura tragedia que parece acechar a los niños que no sean ayudados y formados en alguna actividad que les permita sentirse útiles. Es una mujer fracasada que no desea contar los motivos que la han traído a este lugar donde no tiene nada que hacer salvo entregar lo que le queda de amor a quien lo pueda necesitar -será el niño Reuben- para comprobar, hundida, que ni eso hace bien. Y sin embargo, en su derrota total que la inteligencia y el sentido común de Lancaster (actor y personaje) certifican y argumentan, es donde parece surgir la luz de lo posible, la esperanza de llegar a ser mejor, a ser algo. En fin, en muy pocas ocasiones me ha parecido tan emocionante observar el entrecruzamiento de persona y personaje como en Judy Garland en esta creo que su penúltima película. Triste entre los tristes, desvalida entre débiles, esperanza de quienes no tienen arreglo. Es difícil no plantearse si no hay algo de cruel en la maravillosa escena en la que enseña una canción infantil a su clase. Una voz portentosa, la niña prodigio de los musicales, poco menos que berreando una canción de dos notas por amor inmenso a un coro de niños que no tienen ni idea de quién es ni de lo que ha cantado y que sin embargo la quieren con toda su carga de defectos reales y actuados. Y viceversa.

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2 comentarios sobre “Ángeles sin paraíso (A Child is Waiting, John Cassavetes, 1963)

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  1. La fragilidad de Judy Garland, tienes razón, desarma en esta película.
    Es muy interesante lo que hay de Kramer y lo que hay de Cassavetes en la película, que al final, aunque no fuera el planteamiento ni de uno ni de otro, resulta una obra que no es en absoluto plana. Esta característica es lo que hace especial a la película y tan interesante su análisis, porque además el tema que toca no es fácil.
    Así que ha sido una gozada leerte.
    Yo tengo absoluta debilidad por Burt Lancaster, por eso toda película donde él aparece… ¡yo no puedo perdérmela! Jajaja.
    Y esta película es uno de los primeros pasos de un Cassavetes que no soportaba los estudios de Hollywood, que prefería un cine independiente y personal. De hecho, la peli se convierte en una rareza dentro de su carrera como director.

    Beso
    Hildy

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  2. Ay querida Hildy, compartimos la debilidad por Lancaster. Pero es que a mí además me cae como “demasiado bien”, no sé como expresarlo. Es que cuando leo en algún libro o relato de rodaje que si se empeñaba en adueñarse de la peli, que si no quería compañeros que le hicieran sombra… Es que se me enciende una bocina mental que dice “nopuedeser nopuedser nopuedeser…”

    Es tanta la humanidad que irradia que cuesta asumir su defectuosa humanidad.
    Un besote

    Me gusta

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