El tiempo de tu vida/Tiempo de vivir (The Time of Your Life, H.C. Potter, 1948)

El manido adjetivo “fallida”, que con tanta ligereza aplicamos a películas que salieron mal, en este caso, aunque tienta usarlo, cabe cambiarlo por “errónea”, que no es lo mismo. Una buena idea puede salir mal y entonces fallar, pero es que hacer esta película creo que nunca pudo ser una buena idea, y rodarla fue un error. De forma independiente a través de su propia productora los tres hermanos Cagney (James protagoniza, William produce y Jeanne actúa en un papel secundario) quisieron convertir en cine esta obra teatral de William Saroyan ganadora del premio Pulitzer en 1940. Es una historia sin trama principal que aparentemente se adapta a ese subgénero tan exitoso luego en televisión de personajes que acuden a un bar, véase Cheers o Horace and Pete. Aunque fiel a la obra original, hubo que cambiar dos veces el final visto sobre las tablas. La primera vez sobre el guion impuesto por la censura, pues el malo era poli y claro, ya se sabe… La segunda, ya rodado el original, porque era trágico y horrorizó al público de la preview. Hubo pues que endulzarlo, y me parece razonable vista la inocente bonhomía que destila cada minuto anterior de metraje.

Su cara me suena

The Time of your life tiene un planteamiento a la vez extraño y muy familiar. Al bar de Nick (William Bendix) todos vienen a buscar un trago, empleo o algún tipo de consuelo. Por allí para Joe (James Cagney), que es una suerte de hombre de sabiduría que entre crípticos consejos y ocurrentes estratagemas mejora la vida de quien le trata. Se pasa el día bebiendo champán y mandando hacer propedéuticos recados a Tom (Wayne Morris), un joven con pocas luces y gran corazón. Por allí andan siempre un tipo adicto a la máquina de  pinball (o algo así) un filósofo árabe que nada aporta a la historia y un borrachuzo en las últimas que entra y sale del local no siempre por propia voluntad. Cuando empieza nuestra visita al bar de Nick llega a él una chica de mala vida (Jeanne Cagney) a la que Joe procurará enredar con el inocente Tom. También un bailarín/comediante que, a pesar de su convencimiento de ser un gran humorista, no es capaz de hacer reír a nadie. Se pasará toda la película bailando y dando la turra con sus zapatos de claqué acompañando a otro buen chico negro que ha venido buscando trabajo de cualquier cosa y resulta ser un virtuoso del piano. Así que ambos ambientan la velada y casi continuamente se les ve y oye de fondo tocando y bailando, independientemente de la conversación que haya en primer término. Eso sí, debo decir que mi momento preferido de la película es cuando Harry, el comediante bailarín, (Don Trapper, que sustituye Gene Kelly, que años atrás interpretó este papel en el teatro pero que en 1948 ni por ensoñación podían los Cagney contratar) hace un baile remedando un discurso político. Gracia y arte no le falta. Otros personajes y tramas se incorporan y van solapando, convirtiendo el escenario único (apenas abandona la cámara el bar unos segundos) en un poliédrico caos. Los diálogos, por otra parte, mezclan ocurrencias inteligentes con salidas pueriles y cierta ingenuidad poco creíble, característica de estas películas con ínfulas para todos los públicos. Sin embargo ideas muy buenas asoman la cabeza y evocan una base adecuada, el texto original, que desconozco.

Por lo tanto, lo que debió de ser una interesante obra de teatro -y al parecer se volvió a llevar a la pantalla, pero a la pequeña, en los años 50 y con gran éxito- en el formato de película americana de serie B o independiente de finales de los 40 se vuelve un espectáculo extraño, que exuda una especie de resabida candidez y que, como no podía ser menos, nadie vio en los cines. La obra tiene un planteamiento cercano al teatro del absurdo, es un guirigay coral de seres anómalos e inadaptados que encuentran en el bar de Nick un refugio extraordinario en el que las necesidades están resueltas (todos beben y comen cuanto quieren excepto, curiosamente, el borracho) y la rareza de los demás parroquianos sirve de bálsamo y oasis que libra de las obligaciones y convenciones del mundo exterior, que es el San Francisco de los años 30. Sin embargo, el tratamiento cinematográfico que le han dado los Cagney y el socorrido director H.C. Potter (que alcanzaría quizá el cénit de su carrera con una secuela de La Señora Miniver) es profundamente académico. De hecho hay cierta torpeza en la representación de algunos momentos porque, simplemente, la continuidad no es capaz de hacerse cargo de una escena tan llena de puntos de atención. No es que esté mal dirigida en general, sino que nadie parece haber sido capaz de abandonar los mecanismos rutinarios de actuación y puesta en escena del Hollywood de la época. Como meter una botella de Vega Sicilia en un tetra-brick de Don Simón, o viceversa. Tan solo el carisma arrebatador de James Cagney, que resuelve con pericia la papeleta de un papel que le es tan ajeno, y la simpatía de algún otro actor, como Don Trapper o Willian Bendix, apartan a la película del borde del abismo del ridículo. Solo unas pulgadas.

A pesar de todo, el resultado final yo no diría que es malo ni que El tiempo de tu vida sea una película desechable. Transmite unos sentimientos muy cálidos, que quizá surjan de la misma candidez que toda la peli emana por su incapacidad para asumir riesgo artístico alguno. El oscuro trasfondo crítico de la obra original se queda en riña de abuela con caramelo en la mano y no puede uno dejar de apreciarla con ternura. Han logrado, sin querer, lo mismo que luego Wilder consiguió en El apartamento o Irma la Dulce, mostrar la sordidez y la miseria humana como un cuento amable y almibarado ante el  que solo se puede sonreír.

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2 comentarios sobre “El tiempo de tu vida/Tiempo de vivir (The Time of Your Life, H.C. Potter, 1948)

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  1. Hola tocayo
    Una pena, porque estas pelis de pequeño universo suelen gozar del encanto de aquellos bares (qué lugares taaan gratos para….). Me ha parecido muy moderno el “pianista incorporado”, muy original el borracho que no bebe, muy Lauren Bacall la hermana que no mira a quien le habla…
    Es curioso eso de “The Time of your life”; cuando era adolescente lo cantaban una rubia y una morena en una canción que, como un chicle en el zapato, no se despega nunca (ABBA y su Dancing Queen) y, tiempo después era lo mejor de una peli cuyo nombre no quiero recordar; eso sí, transformado en “The time of my life”. Por cierto, se suele traducir como “el momento de tu vida” o “la ocasión de tu vida”.
    No sé si te había comentado que, sin discutirle ningún mérito a Mr. Cagney, podría decirse que no está en la lista de “The actors of my life”.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Uy pues yo a Mr. Cagney lo quiero mucho. Su hermana ya tal.
    Ay, querido tocayo, no tengo yo mucha cultura de bar, lo cuál me ha librado de un excesivo machaque de temas musicales de chicle en el zapato. Por cierto… ¿Para cuando una campaña sería del gobierno promoviendo que nos traguemos los chicles? Yo llevo 30 años haciéndolo y aquí me tienes, digiriendo que da gusto.
    Un abrazo!

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