Volver a empezar (José Luis Garci, 1982)

Ya me olía yo esto cuando hace unos meses me dio por ver -no sé si revisar, porque todo me sonaba pero no recordaba haberla visto- Las verdes praderas (1979) y me encontré al final sorprendido por notar en mí esa picazón amable que se siente cuando ves algo que piensas que quizá no debería gustarte y sin embargo te ha llegado dentro.

A Garci le perdono muchas cosas por lo que le debo. Esa deuda la tenemos muchos que aprendimos a mirar el cine de antes por sus ojos, con todas las salvedades que sus gustos personales y los criterios de TVE procuraron, pero Qué grande es el cine me mostró tanto, me acompañó en tantas horas, que se me ha quedado prendido en el corazón el romanticismo de este hombre, y cuando miro sus películas esa ternura me acurruca, y le perdono los ensimismamientos estéticos y personales que a veces asfixian su cine. Esa indulgencia con mucho gusto se la concedo a todos los Cracks (incluido el 0) y con generosidad a Tiovivo c.1950, a las Asignaturas de la transición y por supuesto a Las verdes praderas como decía, entre otras. Pero a Volver a Empezar, cuando la vi por primera vez en mis veintipico, no. Me pareció espantosa.

Porque está llena de defectos que ofuscan más cuanto más tiempo histórico pasa y que, por momentos, la hacen traspasar la frontera de lo trasnochado para asomarse a las trincheras de lo espantoso. Qué me dicen si no de esa llamada de Don Juan Carlos I -en la voz de Pedro Ruiz- al bueno de Albajara para felicitarle por su Nobel, en la que este le despide con la seguridad y el deseo de que pronto le será concedido a él, su bárbara Majestad, el de la Paz. Resaca del 23-F.  O todo lo que tiene que ver con el Sporting de Gijón, la cena con directiva y jugadores, la morriña que Ferrandis es incapaz de transmitir por el césped que él se supone que controló, imperial, como presunto jugador profesional en su juventud. Luego hay defectos más llevaderos que uno puede disculpar, como ponerse a echar cuentas y tener que 1981-1938 son 43 y que Encarna Paso en el rodaje tenía 50 años, aunque quizá aparente alguno más y que… En fin. También está la costumbre de Garci de aferrarse a la actualidad, por ejemplo mencionando a todos los programas y columnas de los medios de comunicación que le caen en gracia, marchitando así prematuramente el contexto de su propia historia, que tan clásica se plantea. O el Canon de Pachelbel, tan sobado, o el recorrido turístico más tópico imposible por Asturias, o las calles de San Francisco (gran serie aquella) o que solo hable como asturiano el botones del hotel. Hotel al que llega un Premio Nobel, por cierto, y nadie le reconoce…

Otro defecto de la película, aunque quizá sea esto un error de juicio mío, y me cuesta incluso comentarlo, es la actuación de Antonio Ferrandis. Envarado, lo mira todo de forma que sugiere más desconcierto que nostalgia, parece no saber él mismo por qué se siente como se siente, es como un abuelo que han abandonado en la gasolinera y que, confiado, espera que sea una broma y disimula como puede el agobio. Tengo que confesar que no he leído nada sobre la producción de esta peli y quizá haya alguna explicación para este hieratismo extraño que enrarece la película hasta que descubrimos su gran secreto, que algo justifica su cara de palo. Aunque había olvidado los detalles, creo que fue esta acumulación de resbalones y el envoltorio tan dulzón, concedo decir que cursi, de la película, lo que me hizo apreciarla entre poco y nada y desalojarla de mi alma. 

Sin embargo, anoche quise volver a ella por una pequeña obligación contractual que tengo, y nada más comenzar se apodera de mí la elegancia invisible y medidísima con la que Garci usa la cámara. Aparte de algún movimiento complejo con el que hacerse notar como director, como el que al principio nos muestra la llegada del tren que trae a Albajara a Gijón, he disfrutado de casi todas sus decisiones de encuadre, de sus composiciones sabias y de su empeño en narrar mediante planos secuencia de esos de los que uno solo se da cuenta cuando le puede la cinefilia. Exceptuando algún torpe inserto y según qué planos de interés turístico, la cámara de Garci -y su excepcional operador-, es lo que hace, en mi opinión, de muy buena urdimbre para unos diálogos algo impostados y una historia simple en exceso y retratan de forma soberbia a unos actores que -con la excepción de Ferrandis, que mejora mucho cuando comparte escena por mera pregnancia- simplemente me parecen todos ellos soberbios. Adoro a Encarna Paso y a su personaje, Elena; por ella cruzaría muchos charcos. Me encanta Agustín González llevando el Hotel Asturias y compartiendo todas sus hazañas serviciales con su amada Saturna. Y qué decir de José Bódalo…

Hay una escena en la que Albajara le cuenta un doloroso secreto a su viejo amigo Roxiu, que es José Bódalo. En un determinado momento este le pregunta ¿Por qué has vuelto? y los minutos que le siguen son de un nivel actoral, de una fuerza contenida que… buff, me desarmo. Es una escena que vale por la película entera y la redime casi por completo. En otro momento, también de los mejores, Elena y Albajara hablan del amor en la vejez, de que cuando somos jóvenes nos creemos que eso no existe, que entre viejos no puede haber más que una philía disfrazada de eros, una amistad de cogerse de la mano. La película rebate eso. Otra forma de esa misma confusión, en un contexto diferente (el amor por las películas) creo que es lo que ha operado en mí. Siento que estaba confundido, que cuando di carpetazo a tantas películas en las que adivinaba los defectos y no era capaz de entrar me confundí pensando que las virtudes que ignoraba no podrían tiempo después, cambiado yo, hacerme vivirlas de otra forma. Últimamente esto me está pasando de vez en cuando, que vuelvo a lo que me defraudó y ahora resulta que me interesa, o le perdono las fallas, o simplemente despierta en mí emociones que en otro momento no supe tener. Ahora, también, entiendo mejor el porqué del título, Volver a empezar. Otra cosa que se me escapaba.

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3 comentarios sobre “Volver a empezar (José Luis Garci, 1982)

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  1. Hola tocayo
    En la «eterna de la conspiración» los «oscares» y los «nobeles» el premio no se da -o no sólo se le da- al personaje si no, también, a sus circunstancias. Al parecer había una especial tendencia a dar un premiazo a nuestra transición. Consciente de eso -o no- Mr. Garcí, nuestro más americano, en el clásico sentido, director diseño el misil perfecto para esa diana. Los americanos son los buenos -lugar de éxilio del premiado (creo)- la peli es todo un homenaje al más clásico cine americano… y si clásico es el canon Pachebeliano, imagínate el «Beguin the Beguine» ColePortiano que moja hasta el titulo. Y otra cosa que seguro que no se les escapaba: el homenaje a toda una estirpe de actores que comentas que no habían podido demostrar su talla. Mención para Marta Fernández Muro que aparece en un fotograma; otra actriz que nunca falla.
    Garci por aquellas fechas era, posiblemente, nuestro director bandera. Otros, con sus mismos excesos, adquieren la categoría de Maestros; el ha pasado a la categoría de Caricatura.
    Un saludo -en transición-. Manuel.

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  2. A Marta Fernández Muro la tengo en mi imaginario infantil porque salía, no sé si en sketches haciendo de madre o algo así, en Cajón Desastre, el programa de las mañanas de sábado que sustituyó a La bola de Cristal (bueno, igual confundo alguna cosa, que yo era muy niño) y sí, es una tipa estupenda.

    Tu comentario está lleno de realidades que he querido tener presentes para verla ahora con otros ojos más benévolos. Pero es que lo del rey, aunque ya supuse yo que ese runrún estaría en el aire (yo iba en pañales el 23f) vista ahora es una conversación esperpéntica, y la culpa es de Garci y solo de Garci por meter con calzador la rabiosa actualidad en la película.

    Tu última frase me parece absolutamente acertada y enmarcable, aunque no sé si lo de que se haya convertido en caricatura lo constatas o lo lamentas. Para mí, que no viví aquella época consciente y soy de los que le ha conocido en la tele y la radio a partir de los 90, es difícil juzgarle, porque a ratos me parece entrañable, a ratos un sabio, a ratos un hombre orgulloso de vivir en su propia realidad ya inexistente desde la que pontifica sobre el presente… En fin. Viva El abuelo

    Un abrazo en ¿democracia?

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  3. Me ha gustado mucho tu texto y tu manera de volver a una película.
    Yo también vi varios de sus programas «Qué grande es el cine».
    Y compré los números de su revista Nickeodeon. De hecho, ahora me estoy leyendo uno de sus libros («Películas malas e infravalorados»). Porque hay algo que no se le puede negar: y es su pasión extrema al cine.
    Reconozco que sus películas sí las tengo bastante abandonadas. No he visitado mucho su cine.
    Pero sabe un montón de séptimo arte.

    Para mí también tenía una manera preciosa de amar el cine Terence Moix. Cómo le he disfrutado y le disfruto cuando vuelvo a leer algo sobre cine de él. Y le leí muchísimo. Me encantaban sus artículos de cine. Y ese programa de «Más estrellas que en el cielo» donde llevó a un montón de actores de cine clásico.

    Beso
    Hildy

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