De la necesidad virtud:  Marlene (Maximillian Schell, 1984)

Maximilliam Schell es conocido, al menos para mí, por su papel de joven abogado de la defensa en ¿Vencedores o vencidos? (Stanley Kramer, 1961), película en la que compartió protagonismo con Marlene Dietrich y que además le valió un Oscar. Veintipico años más tarde se empeñó en realizar este documental, Marlene, sobre la mítica actriz. Las dificultades no fueron pocas, y todas ellas quedan descritas en el inteligente prólogo de la misma película. Marlene por supuesto se negó a que aparecieran en cámara ni ella misma ni su piso de París del que además no pensaba salir para rodar. Así que Schell grabó su voz durante seis días, como especificaba el contrato, y después montó esos audios combinando escenas de sus películas y otras estampas de su vida artística y privada con algunas imágenes falsas rodadas en un set que semejaba su piso. Si la Dietrich hubiera accedido a ser grabada con una gasa en el objetivo para repetir las anécdotas de sus memorias este documental, probablemente, estaría absolutamente olvidado. El empeño de la diva en ocultarse, por el contrario, obligó a Schell a crear desde la casi nada de sus palabras un discurso alternativo que se enfrenta y vence a la musa envejecida y arisca. Ese esfuerzo ha dado lugar a Marlene, que afortunadamente se puede ver subtitulada en castellano en una grabación casera  de Documentos TV colgada  en internet.

A medida que voy conociendo mejor mis intereses cinematográficos me voy dando cuenta de que soy menos exigente o más receptivo con los documentales que con la ficción. Por ese motivo quizá el entusiasmo que me ha generado esta joya no se corresponda con su valía objetiva. A mí me parece una maravilla tanto en lo formal como en su concepción, como, sobre todo, por lo certeramente que se ha logrado retratar la personalidad de esta mujer hermética, fabulosa y fabulada. La Marlene de la gran pantalla representaba por lo general una paradoja carnal, pues era su actitud fría y distante lo que lograba excitar las pasiones del personal. Esa capacidad para generar atracción con la distancia tiene varios orígenes: los personajes que para ella se escribieron el primero, claro, lo mismo que su atractivo erótico terrenal y elegante al tiempo que tan bien diseñó Sternberg. Pero hay otro motivo que es ella misma, su personalidad oculta, distante, irónica, quizá reprimida, escurridiza y pretendidamente germánica. Marlene es un documental brillante porque consigue mostrar todo eso a la vez que resume a la perfección los mayores hitos de su carrera en el mundo del espectáculo, dejando que los dos niveles: el de la Marlene real por un lado y el de su trabajo y el poso que han dejado por otro, nos colmen de interrogantes.

Como resultado de esta especie de montaje paralelo que vertebra Marlene la voz de ella que dice o se niega a decir unas cosas y las imágenes de su trabajo, que muestran otra, todo se vuelve evocación y pregunta. Marlene reniega de su pasado, y sin embargo no para de hablar de los 55 libros que se le han dedicado y que parece saberse de memoria aunque afirma no haberlos leído. Sus memorias al menos se las sabe al dedillo, autobiografía que para nosotros van perdiendo valor según vamos comprobando, minuto a minuto, lo selectiva que es su propia memoria, si no directamente infame, cuando llega a negar incluso la existencia de su propia hermana*, cosa que Schell, a diferencia de otras incoherencias y fantasías que no se molesta en desvelar, enseguida nos demuestra con una fotografía.

Como decía antes, es una mujer fabulada, un mito gestado por la industria cinematográfica, alimentado por la cultura de masas y finalmente perfilado por ella misma. Esto sin embargo contrasta con la coraza que usa tanto en la forma como en el fondo de sus palabras grabadas. Se presenta a sí misma como una mujer amante del orden y desapasionada que vive solo en el presente. Cumplidora en el trabajo, exigente consigo misma y que sabe acatar las jerarquías. Le gusta parecer tópicamente alemana, en parte se adivina que así es y, en parte, quizá parece que lo haga para conjurar el hecho de que nunca quiso volver a saber nada de su patria tras abandonarla. 

Además de esa dimensión germánica, está la pose de mujer mayor de vuelta de todo que por haber sido una estrella universalmente conocida (yo no soy una prima dona, dice en un momento determinado) se niega a contestar a casi todo porque o bien ya lo ha escrito en sus memorias o bien no lo contempla el contrato. Se hace la tonta con lo que quiere evitar y sin embargo es sagaz y puntillosa con aquello que quiere dejar claro. A Schell lo mismo le adula moderadamente que le menosprecia por “suizo” y por querer dirigir siendo actor. De hecho el buen hombre muestra una paciencia digna de encomio. Se esfuerza en mantener el tipo frente a esta mujer arisca y presuntuosa que, aunque dice no sentir nostalgia de nada ni refugiarse en el pasado, se derrite y, como una niña, canturrea las tonadas berlinesas y las canciones de la infancia que la llevan de nuevo al regazo de su madre en el que, finalmente, llora.

Contemplado hoy la impresión que deja Marlene es que es un documental ya visto en otras ocasiones, pero hay que valorar su complejidad técnica y la labor de documentación, no olvidemos que tiene casi 40 años. Además de eso, me encanta porque en el fondo es un canto de amor y admiración de Schell por Dietrich que parece que en su misma realización ella quiere truncar y convertir en un relato vacío. La desesperación que muestra Schell en las pocas ocasiones que sale en imagen o cuando habla con ella o con su equipo de producción parece traslucir eso: que ella se esfuerza en negarse a sí misma, o a la ella misma que Schell, como nosotros, pensamos que podría ser. Y ella lo logra y él se desespera pero creo que luego, en la sala de montaje, se dio cuenta, y supo comunicarnos -el montaje de este filme es portentoso, lo mejor que tiene- que ella no fue quien nos parece que pudo haber sido. Y sin embargo ella ya no es ni va a ser más que lo que queda archivado en imágenes, y su esfuerzo de ocultación huraña es inútil, pues con ello sólo logra iluminar más y mejor a la otra que vemos, la Marlene deseada, admirada, imitada y evocadora: la Marlene ficticia.

*Todo sea dicho: al parecer su hermana regentó durante la IIGM un cine para los soldados de las SS en las cercanías del campo de concentración de Bergen Bersen, y quizá el furioso antinazismo de la Dietrich la excuse de obviar su existencia.

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7 comentarios sobre “De la necesidad virtud:  Marlene (Maximillian Schell, 1984)

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  1. Hola tocayo
    Pues yo con Schell, a bote pronto, lo recuerdo con la sempiterna gorra de plato y la consiguiente parafernalia. Que, seguro, soy injusto pero es la imagen que me queda.
    Marlene era, cuando menos, tan grande como muchos de sus personajes y tan consciente de su leyenda que habría que perdonarla todo.
    El gran documental que -no sé- si querría ver sería a las dos grandes europeas de vuelta en París. Dos entrañables abuelitas -Garbo y Dietrich- en un pequeño café parisino riéndose, un poco, de todo e intercambiándose guiños sobre sus leyendas.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Me sonaba vagamente este documental y las circunstancias en que se grabó, pero no había caído en lo interesante de ese enfoque: la Dietrich negando su imagen y su mito, y Schell intentando al mismo tiempo reevocar ambos con el montaje. La verdad es que da para un estudio o análisis interesante.

    Gracias por este descubrimiento.

    PD: me gustaría ver más documentales de los que al final veo, y tengo muchos acumulados. Yo mismo me agobio con todo lo que quiero ver y no doy abasto, y al final siempre doy prioridad a la ficción…

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    1. A mi me pasa un poco al contrario, en caso de duda en muchas ocasiones prefiero los documentales. Es un género que, aunque se ha vuelto un poco de cartón piedra, sigue sorprendiéndome y emocionándome, quizá porque como decía en el texto soy menos exigente con él que con la ficción.

      Un abrazo!

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  3. Me suena que este documental lo vi hace un montón por cosas que dices en tu texto. Y en La 2 además.
    Siempre que leo o escucho sobre Maximilian Schell me viene también el nombre de su hermana, que protagonizó una película que adoro, Noches blancas, o también El árbol del ahorcado. El rostro duro de Maximilian puedo recordarlo también en El baile de los malditos. Uno de esos secundarios que asoma en Odessa, Julia o Llamada para un muerto… No he visto mucho más de él (y tiene una filmografía larga).
    Yo amo los documentales y si son de cine… ya ni te cuento, jajaja. Pero «Marlene» de Schell tengo que volver a desterrarlo de la nebulosa de mi mente. Prefiero que Schell se devanase los sesos con las exigencias de Marlene, que hubiese sido un documental de busto parlante (aunque a veces tiene tanta fuerza el rostro del que habla y lo que habla que también puede ser una delicia).Pero me atrae más el juego de la voz, el montaje y las imágenes. Que se muestre finalmente a la diva, diva, y con todas sus contradicciones.
    Y es que Marlene tiene mucha tela que cortar… y ya estaba ahí su esencia en la Lola de «El ángel azul». Sobrevivió a la imagen que creó alrededor de ella Josef von Sternberg y supo dotar su personalidad de leyenda, contradicción, ambigüedad y misterio.
    Si tuviera que quedarme con una de las películas de Marlene (de las que he visto), creo que me decantaría por el origen de todo: El ángel azul. Pero jugó como nadie a la ambigüedad de su mito en esa película de Wilder más olvidada que las demás: Berlín-Occidente.
    Maximilian Schell y ella estuvieron juntos en Vencedores y vencidos… Y casi veinte años después Schell quiso reconstruir su retrato en el documental… Pasen, vean y disfruten.

    Beso
    Hildy

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  4. Hola Hildy
    Supongo que nunca fui muy de «El ángel azul» pero, si tuviese que elegir un año Dietrich, creo que elegiría el 58 con dos papeles cortos -relativamente- en dos obras mayores. Esa alemana, tan alejada de ella, en Testigo de Cargo y esa Tanya -cantinera- en Sed de Mal. Wilder y Welles; pero la cartera se la roba Marlene a todo el casting.
    Un saludo, Manuel.

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  5. ¡Vaya! mi tocayo se me ha adelantado justo con lo que iba a decir, que esa Marlene de los 50 es la que más tengo presente, aunque El Ángel azul me impresionó mucho la primera vez que la vi y esa Marlene sin desbastar también me gusta mucho.

    Por cierto, caigo mientras escribo esto en que anoche estaba viendo Las señoritas de Rochefort y en un número musical se cuenta una noticia, y es que han descuartizado a una bailarina de 60 años llamada Lola Lola… Cuando lo escuché se me encendió la alarma, pero pensé en la Lola anterior del mismo Demy, y no caí en El Ángel Azul… Ahora caigo. Conexiones.

    Un abrazo, querida.

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