La señorita Oyu (Oyû-sama, Kenji Mizoguchi, 1951)

He caído en la cuenta, viendo esta maravilla, de que me pasa algo con los famosos planos-secuencia de Mizoguchi, y es que nunca los veo empezar ni terminar si no hago un esfuerzo consciente. Aparte de lo bien que habla esto del perfecto trabajo de planificación del maestro, pues los largos planos-secuencia valen su mérito técnico cuando son invisibles (piensen en Berlanga) hay otros motivos para que nos anonaden. Por ejemplo, que es tal la capacidad de Mizoguchi para crear belleza con la puesta en escena, la dirección artística y el uso de la profundidad de campo que creo que mi cerebro es incapaz de atender a poco más que a la hermosura sobrehumana de esos cuadros vivientes. Porque no es un asunto solo de composición, de formar líneas, colocar objetos y personas. Es una forma de mecerse una gasa a causa del viento. Es un figurante que cruza no para atravesar una calle y hacer bulto, sino para marcar el tempo de una despedida que sucede detrás de él. Una fuente que gotea y dispersa la atención de las confesiones entre los protagonistas con las que su soniquete rivaliza. Esa apuesta estética tan fuerte del Mizoguchi refinado a mí me parece inigualada en la historia del cine. Además tiene algo de natural y espontáneo, me da la impresión de ser algo que le salía sin mayor esfuerzo, en comparación con la hermosa impostación de los decorados de Ozu, rigurosamente dibujados y revisados previamente, o el poderío visual de las composiciones de Kurosawa, recio y artificioso a la vez. Mizoguchi no recuerdo si tenía afición a dibujar, como sí fue el caso de los otros dos, pero sin duda alguna es el más “pintor” de ellos. O eso me parece.

La señorita Oyu (Kinuyo Tanaka) es una hermosa viuda que acompaña a su joven hermana Shizu (Nobuko Otowa) a un encuentro con Shinnosuke (Yuji Hori). Este busca esposa y resulta que se enamora de Oyu, que por ser madre debe seguir perteneciendo a la familia de su marido muerto y no puede volver a casarse. El caso es que todo el mundo se da cuenta de la situación pero todo el mundo decide hacer lo que va en contra de sus deseos propios. Shinnosuke se casa con Shizu, que lo acepta pero enseguida le dice que ha de considerarla una hermana y Oyu prácticamente vive con ellos y no sabemos si de verdad a ella le gusta Shinnosuke o no, al menos en principio. El caso es que se forma un peculiar triángulo de relaciones tan condicionadas por la convención social y la frustración aceptada de cada uno que en vez de derivar en desgarro conduce a un curioso statu quo amoroso durante unos meses hasta que viene el destino con sus trompadas (esto es Mizoguchi amigos) y deshace esa extraña armonía, aunque no del todo.

Porque lo especial de esta película es que esos sentimientos que cada uno de los tres protagonistas tiene por los otros son objetivamente expuestos con palabras, imágenes y hechos y sin embargo nunca dejan de ser misteriosos, algo indefinido que tiene que ser resuelto más adelante. Para lograr esto, además de los méritos que pudiera tener el relato original de Tanizaki en que se basa, que no he leído, Mizoguchi dispone de todo su arsenal visual del que hablaba antes y de la maestría actoral de Kinuyo Tanaka, una actriz irrepetible capaz de hacer que no tengamos ni la más remota idea de qué es lo que está sintiendo o pensando aún cuando pensamos y sentimos lo mismo que ella.

Para reforzar ese misterio, o mejor esa indefinición de los sentimientos no verbalizados, Mizoguchi usa una ambientación plagada de naturaleza y tradición. De hecho es imposible adivinar que no es una película de época hasta que aparece un cigarro por ahí. No sé quién acuñó la famosa frase que dice que Ozu es el más japonés de los directores japoneses. Eso es una tontería; el más japonés -entre los cuatro maestros clásicos- es Mizoguchi, y esta película es la prueba de ello. Porque su valía cinematográfica se asienta sobre elementos relacionados con las costumbres, la moral y la dramaturgia tradicional japonesa, que convierten sus películas en un misterio extraño y fascinante a nuestros ojos.

Pero el caso es que, como son asuntos de amor y muerte, todo queda claro al final de La señorita Oyu, y si no hemos terminado de entender quién amaba a quién en cada momento nos importa poco, porque lo que queda es un hombre que se abre paso por la ribera frondosa que forma un cañaveral a la orilla de un río que se lo lleva todo, lo que supimos y lo que no entendimos.

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6 comentarios sobre “La señorita Oyu (Oyû-sama, Kenji Mizoguchi, 1951)

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  1. Hola tocayo
    Me considero experto en «no ver» los planos-secuencia. Y, dejándome llevar por tu corriente de directores-pintores, me voy hasta Jean Renoir que en ese mismo año firmó «El Río» (¡toma plano-secuencia!)
    Dices de Kinuyo Tanaka que no sabes lo que siente pero que sientes lo mismo que ella. Si eso no es amor que venga Mizoguchi y lo desmienta.
    Por argumento, por coincidencia en pantallas -y por mi falta de imaginación- en lugar de ese titulo, un poco impersonal, yo la hubiese llamado «Un Tranvía llamado Mizoguchi».
    Un saludo, Manuel.

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    1. Hola tocayo,

      tocas todas las teclas que suenan bien… El Río es una de esas películas que me parecen tan maravillosas que no me veo capaz de decir nada sobre ellas sin estropearlas, y fíjate tú que ahora que la mencionas se parece más a esta (y me gusta más) que «Un tranvía llamado camiseta sin mangas», a pesar de lo que el recuento del argumento pueda indicar.
      Renoir hijo por cierto algo pintaría, pero si no me falla la memoria lo suyo era la alfarería. Los cuadros del padre los vendió cuando empezaba para financiarse las películas y las buenas vidas. Pero igual que Mizoguchi pintaba lo que rodaba, eso es verdad.
      Lo mío por Kinuyo Tanaka no es amor, porque si lee esto Setsuko Hara me meto en un lío. Es otra cosa.

      Un saludo, Manuel

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  2. ¡Qué hermosa entrada se ha marcado usted! Y muy interesante esa reflexión sobre los planos secuencia que ni nos damos cuenta cuándo han empezado. Mizoguchi logra que un recurso de puesta en escena que utiliza con tal virtuosismo aparezca de forma perfectamente natural a nuestros ojos. Y es cierto que eso lo hace aún más meritorio y fascinante.

    Lo dicho, enhorabuena por este texto.

    Un saludo.

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    1. Muchas gracias mi querido Doctor. Aunque a usted le guste el texto, déjeme decirle que me siento poco orgulloso de él, porque siempre que anoto algo sobre una peli tan rica y tan hermosa tengo la sensación de que me dejo cosas por decir y que a la vez lo que digo es demasiado obvio… Pero Gracias. Con que sirva para que alguien la descubra o vuelva a ver ya me doy por satisfecho.
      Un abrazo

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  3. ¡Hola hola! Yo tampoco suelo advertir los planos secuencia de entrada; en general me sucede que cuando van por la mitad mi cerebro se da cuenta de que no ha visto cortes desde hace unos minutos y entonces retrocedo y vuelvo a mirar el plano desde el comienzo para apreciarlo mejor.
    Tengo un vago recuerdo de esta película, recuerdo sobre todo la tragedia de enamorarse a primera vista de la hermana equivocada, la delicadeza de esta convivencia familiar extraña y la decadencia del final. Me quedaron más bien sensaciones y no tantos recuerdos concretos. Se impone entonces un revisionado.
    Un abrazo, Bet.

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    1. Hola Bet!
      Es normal que lo que te quede son esas sensaciones que dices. Yo la vi y escribí esto hace unas semanas y, aparte de lo que leo que escribí, también tengo la sensación de que ocupa mi mente como una especie de ensueño… Esto me pasa mucho con el cine japonés en general, y muy especialmente con las pelis de Mizoguchi y también, aunque en otro nivel y con otros códigos, con las de Keisuke Kinoshita.
      Un besote!

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