El escocés volador (The Flying Scotsman, Douglas Mackinnon, 2006)

El escocés volador es Graeme Obree, un ciclista escocés nacido en 1965 que a mediados de los 90, justo cuando aquí estábamos pendientes de las gestas de Miguel Induráin, saltó a la fama, o al menos a la fama ciclista, por batir el Récord de la hora. Esto consiste, para lectores no iniciados, en dar vueltas a un velódromo durante una hora, y se supera el reto cuando se supera la distancia del récord anterior. El primero en establecerlo fue Henri Desgrange, en sus tiempos de ciclista antes de crear el Tour de Francia. Desde el suyo de 1893, de 35,325 km, hasta el que está en vigor cuando escribo esto, de 55,089 km recorridos en una hora por Victor Campenaerts en 2019, tan solo algunos de los mejores ciclistas profesionales, que lo preparan con mimo y dedicación, han sido capaces de enfrentarse a esta tortura infame con éxito*. Obree, sin embargo, era en 1993 un absoluto desconocido, un tipo que regentaba una tienda de repuestos de bici a punto de quebrar y que, aunque había hecho sus pinitos en competiciones de pista, estaba muy alejado de los focos mediáticos y del profesionalismo. Con lo que sí contaba Obree es con buenos conocimientos mecánicos y una inventiva fuera de lo común. Esto combinaba extrañamente bien con su personalidad compleja y atormentada y sus severos problemas psicológicos, pues el masoquismo necesario para obligarse a sí mismo a asumir el esfuerzo sobrehumano de preparar y llevar a cabo el récord, sin entrenadores ni apoyo de compañeros o equipo alguno, fue la mejor válvula de escape para sobrellevar sus problemas psíquicos.

Lo que marcó la diferencia e hizo posible que Obree batiera el récord (dos veces por cierto, en 1993 y en 1995, y esta segunda vez sería Induráin quien se lo levantaría, aunque a su vez apenas le duró unas semanas al grandullón navarro) fue que construyó él mismo una bicicleta muy fea pero muy efectiva, pues le permitía conseguir una posición torturante, incómoda, pero mucho más aerodinámica que la usada habitualmente. Lo que cuenta la película es toda esta aventura de la construcción de la bici y la preparación del récord y, una vez logrado este, la cruzada que la Unión Ciclista Internacional (UCI) emprendió contra Obree y sus inventos. Una de las escenas más curiosas de esta película ingenua hasta lo infantil es la reunión con fondo negro de los gerifaltes de la UCI para discutir este asunto, que recuerda a las tenebrosas reuniones del Partido Republicano de los Simpson.

Es una pena que El escocés volador sea una película con tan pocas pretensiones. Además de un presupuesto paupérrimo que se nota en cada plano -por ejemplo en esos fondos negros que ahorran decorados- adolece de un guión pueril del que además no puede uno fiarse mucho, pues es una interpretación digerible para el gran público de la autobiografía del mismo Obree. Por ejemplo, en la película (2006) Obree está enamoradísimo de su mujer y viceversa, pero en 2011 el ciclista, ya divorciado, salió del armario declarando que buena parte de sus problemas psicológicos se deben a una homosexualidad reprimida de la que por supuesto nada se insinúa en el filme. Quizá lo más interesante de este sea que pese a sus limitaciones sí da cuenta de la personalidad inestable y depresiva de Obree y del valor terapéutico que el ejercicio y la obstinación tuvieron en aquel tiempo para un hombre interiormente carcomido por complejos y penas gestados en la infancia. 

A pesar de los pesares y quizá por esta correcta atención a la psique de su protagonista que comento, The Flying Scotsman es una película que deja más poso del que anticipa su justa calidad. Es entrañable, como lo es -o lo parece en la película- su peculiar protagonista y además es entretenida, especialmente para quienes se prestan a verla sin conocer los hechos reales.

Para completar el apunte creo que podemos dejar la película a un lado, o mejor, dejarla aquí para quien quiera verla, y hablar un poquito de este ciclismo de récords y distancias. En Reino Unido estuvieron prohibidas las carreras de bicicletas en carretera desde 1890 hasta bien entrados los 50. Curiosamente el origen de la prohibición estuvo en las mismas autoridades deportivas, que querían evitar la competencia que las carreras podían hacer al jugoso negocio del ciclismo de interiores. Aunque para el no iniciado ver una prueba de ciclismo en pista le provoque algo que existe entre el mareo y el bostezo, la verdad es que son unas carreras llenas de complejidad táctica y técnica que en el pasado -y en el presente en algunos lugares, como en Japón, donde se vuelven locos con el colorido keirin– tenían mucho seguimiento, pues realmente eran una versión proletaria de las carreras de caballos. En los velódromos se movía mucho dinero porque allí se iba a apostar, es por esto que los ingleses, que se toman tan en serio estas cosas, pusieron trabas al ciclismo en carretera abierta. Tienen ustedes una escenita en la que el mismo Ozu les muestra esto en El Otoño de la familia Kohayagawa o El final del verano (Kohayagawa-ke no aki, 1961) en la que el patriarca descarriado se va con la churri a pasar la tarde apostando en el velódromo.

El caso es que, habiéndose prohibido las carreras, a los aficionados se les ocurrió transformar estas en retos personales contra el crono o contra la distancia, y de este magma tan especial de la cultura ciclista británica surgió Obree, quizá el último loco de muchos locos recordmen que allí ha habido. Que por cierto, la más memorable fue una recordwoman, Beryl Burton, que entre otras muchas proezas batió el récord absoluto (masculino y femenino) de las 12 horas en carretera abierta en 1967. Esta hazaña y otras anécdotas sobre ella las pueden leer en este artículo de Marcos Pereda en Contexto. Y ya de paso les servirá la lectura para, sin no son aficionados a leer sobre ciclismo, adentrarse en esa prosa tan peculiar propia de los cronistas de este deporte. Es un estilo a la vez heroico y a la vez llano, alambicado y sin embargo directo a las tripas que le viene muy bien a la bicicleta que, como esa prosa, a nadie le parece fea y a todos cansa de vez en cuando.

*Tengo que aclarar que la UCI, para terminar definitivamente con los inventos raros, estableció hace unos años que el récord ha de intentarse con una bicicleta convencional, por lo que fueron borrados del registro todos los establecidos entre 1979 y el 2000, incluidos los de Obree e Indurain, a los que se ha renombrado con la extraña etiqueta de “Mejor esfuerzo humano”

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2 comentarios sobre “El escocés volador (The Flying Scotsman, Douglas Mackinnon, 2006)

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  1. Hola tocayo
    Tengo que empezar elevando una queja, muy quejosa, ante el comité de limpieza en el deporte: en el mundo del esfuerzo existe una estirpe que se asocia con el apelativo «volador» desde incluso antes de que este «flotador» escocés hubiese nacido; se trata de los «finlandeses voladores». Igual que sólo hubo un «Dream Team», para ser volador tienes que haber nacido en Finlandia y se corredor de rallyes (o, en su defecto, ser finés y corredor de rralies).
    Según ibas desarrollando la historia se hace difícil no hacer una «carrera paralela» con Alan Turing. Excentrico, genio en lo suyo… y con un armario de dos cuerpos.
    Un saludo, Manuel.

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    1. Hombre tocayo, modera la protesta porque lo de «El escocés volador» no es por hacerle un feo a la memoria del pobre Jarno Saarinen sino en homenaje a una famosísima locomotora de vapor homónima que hacía el recorrido Londres-Edimburgo sin escalas illo tempore.
      Y antes de que arrancara la moto Saarinen ya teníamos nosotros al Águila de Toledo, leñe.
      Mi ciclista favorito de los tiempos recientes, que se retiró hace poco y se llama Fabian Cancellara, es suizo y le decían «El expreso de Berna». Cómo volaba sobre los adoquines.

      Vuela este abrazo para ti tocayo, el más fiel comentador que tuve y tendré.

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