A Sunday in Hell (En forårsdag i Helvede, Jorgen Leth, 1976)

Es lugar común ver, en los mentideros habituales de los aficionados al ciclismo,  que la película predilecta de entre las dedicadas a este deporte es A Sunday in Hell, Un domingo en el infierno. Ese domingo fue el 11 de abril de 1976 y no fue especialmente infernal, de hecho fue un día magnífico, de luminosa primavera, en la región del norte de Francia que linda con la Bélgica flamenca donde hoy yace decadente la antes industriosa Roubaix. Lo de “infierno” viene por el apodo que la Paris-Roubaix recibe desde casi su nacimiento en el s XIX, “Infierno del Norte”. La Paris-Roubaix de 1976 es lo que cuenta esta película como digo predilecta de tantos aficionados entre los que me incluyo. La he visto muchas veces, suelo ponérmela en la noche anterior al domingo de abril en que se corre esta clásica tan especial por motivos que comentaremos más adelante. No me canso sobre todo de su primera parte, de los prolegómenos de la carrera, en especial del paseo de calentamiento que los corredores dan cerca del Château de Chantilly. Si me pidieran una lista con los 10 momentos que más me tocan de la historia del cine, ay cuánto me costaría no incluir esta luz de amanecida sobre el maillot del equipo Molteni.

Jorgen Leth es un realizador danés de trayectoria quizá demasiado errática o quizá demasiado coherente. No lo sé con exactitud, ni he visto todo lo que ha hecho. Adquirió cierta fama a finales de los 60 con un corto experimental bien curioso e irónico que merece 13 minutos de atención: El humano perfecto. Luego se ha dedicado sobre todo a los documentales deportivos, pero no solo. También se ha visto envuelto en polémicas personales que le costaron el puesto de comentarista de ciclismo en la tele danesa hace unos años y, en fin, es un personaje especial. Se formó como antropólogo y es aficionado a la poesía. Sobre estos cimientos intelectuales ha construido su obra, y en lo que respecta a sus documentales sobre ciclismo, tengo la impresión de que hay una concomitancia especialmente feliz entre su sensibilidad y la forma que más conviene a la narración de este deporte. Si el ciclismo ya hemos comentado alguna vez durante este ciclo veraniego que parece no querer adherirse a los esquemas narrativos habituales de la cinematografía por el motivo que sea, sí que es muy cercano a otras forma de contar: la prosa poética y  la épica prosaica, como atestigua el estilo sonoro y popularmente poético que acompaña a las crónicas que mejor lo glosan.

El pulso cinematográfico de Jorgen Leth es perfecto para el ciclismo. Su gusto por la alegoría y la estilización y su perfecta medición del tempo visual se corresponden con una magia muy especial, que quizá solo percibamos quienes sabemos de ciclismo, con el tempo peculiarísimo de este deporte, a medio camino entre lo instantáneo y lo extenso. En la carrera ciclista el resultado lo determina usualmente uno o dos fugaces instantes de genio o error, decisiones tomadas por el héroe en una centésima de segundo que suponen la gloria en meta o la defenestración por exceso de confianza. O los pinchazos, los trompazos fortuitos, todo pasa rápido en las carreras, y no digamos en las clásicas de un día como la Paris-Roubaix, en las que no hay vuelta atrás ni posibilidad de recuperación si hay percance, como bien sufrió el mismísimo Eddy Merckx, el ciclista más grande de todos los tiempos, en esta edición de 1976. Hasta 10 percances sufrió entre pinchazos y cambios de bici. Pero al fin y al cabo gana el primero de los que aguantan casi 7 horas sobre la bici (más de 250 km) esquivando esa mala suerte y acertando en sus decisiones.

La París-Roubaix es más que una carrera, más que una clásica o que un monumento del ciclismo. Quienes no entienden de ciclismo, o lo siguen solo en las siestas de verano, viven bajo la especie de que son las cuestas, los grandes puertos, los que endurecen el paso del ciclista, y que quien más y más rápido suba los puertos de montaña es quien merece ganar las grandes carreras: el Tour, el Giro o La Vuelta. Quienes nos permitimos perder un domingo normalmente vacacional, de abril, en ver la Paris-Roubaix, sabemos que la cosa no es tan sencilla. En esta carrera el desnivel total es irrisorio, hay pocas cuestas. Siendo prácticamente llana, su dificultad estriba en los muchos tramos adoquinados que llenan los últimos 150 kms de dolor para los ciclistas, y de emoción para nosotros. Esos tramos adoquinados de entre uno y tres kms son un espacio etéreo entre la realidad de quienes pisamos el mundo y la ensoñación de quienes lo sobrevuelan sin alas.

Duros, grandes, irregulares, estos adoquines, este pavé, es conservado por aficionados de la zona como un tesoro de piedra barata. Atacar sobre esa superficie absurda y enconada solo está al alcance de ciclistas potentísimos y confiados. Nada tienen que hacer aquí los ligeros líderes de grandes vueltas, sobreprotegidos por sus gregarios y devotos del hambre y la fibra enclenque. El pavé exige fuerza, músculo y voluntad. El que ataca aquí es un superciclista, y si consigue distanciarse del grupo es además un superhombre, está más allá del dolor y de las fuerzas habituales. Finalmente se llega a Roubaix, ciudad hoy decadente, en la que un velódromo anticuado sirve para escenificar un par de vueltas que, algunos años, ofrecen sprint y emoción hasta el último segundo. Después todos los supervivientes se limpian el polvo o el barro en unas duchas antiguas  que cierran el documental de Jorgen Leth como cierran cada año estas horas de abril que con tantísimo gusto robo a la primavera.

Hablando sobre el papel, se podría decir que A Sunday in Hell salió fatal, que nada de lo esperado sirvió a lo planificado. Y es que hizo un día buenísimo, como es habitual por cierto en este s XXI de calentamiento global, pero no en los 70, sin barro ni lluvia. Por otra parte, no ganó tampoco ninguno de los favoritos a los que se dedica el comienzo del film. Ni Eddy Merckx ni Roger De Vlaemick (ganador 4 veces de la carrera, récord que comparte con el inefable Tom Bonnen) ni Francesco Moser ni Freddy Maertens, figura emergente entonces que mantiene hoy en día el récord de victorias de etapa por edición en la Vuelta a España. Quien ganó al sprint la Paris Roubaix del 76 no fue ninguno de estos, y me guardaré su nombre por si alguien juega a ver el documental que enlazo al principio. 

En definitiva, parece que todo podría haber salido mal a Jorgen Leth. Ni la carrera fue infernal, ni ganó un favorito, y sin embargo su película es intemporal, muy bella, la mejor representación audiovisual de lo que el ciclismo representa para muchos, y desde luego una hermosa pieza que cualquiera aficionado o no a este deporte puede disfrutar por su ritmo épico y sentido, por la belleza de todos sus encuadres, porque muestra una ensoñación que simula ser una realidad, la de quienes corren la París-Roubaix, que no es la nuestra. Hay una banda sonora además que quiere añadir épica y trascendencia, pero con su patético coro-leitmotiv que repite machaconamente las palabras “Paris” y “Roubaix” tiende a estropearlo todo… Pero no puede. 

Entre el primer minuto, en el que un mecánico limpia y ajusta una bicicleta de un equipo italiano, y el último en el que se limpia la suciedad un ganador inesperado que no sabe muy bien qué decir en esas duchas anticuadas, mineras y legendarias, de Roubaix, sucede A Sunday in Hell. Es un domingo lleno de caídas, de sorpresas, de sonrisas y lágrimas, de público ignorante, de perspicaces directores de equipo. 

En esta entrada me he dejado muchas cosas por comentar. Por ejemplo otros documentales de Jorgen Leth sobre ciclismo, o el mismo formato de la película, sus escenas más llamativas, su atención a determinados ciclistas, sus logros técnicos que tanto han influido en el formato actual que las televisiones tienen en cuenta para planificar sus retransmisiones. Mucho queda por decir, pero más queda por ver.

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3 comentarios sobre “A Sunday in Hell (En forårsdag i Helvede, Jorgen Leth, 1976)

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  1. Hola tocayo
    Una vez vista:
    -Primera sorpresa: Los dos equipos de los dos favoritos… ¡hablan en italiano! Uno de ellos parte con muuucha ventaja pues visten de Capitán América. Aunque disimulan llamándose Brooklyn y, supongo, el escudo se lo llevaran en el coche.
    -Segunda sorpresa: Para ser un documental cuentan con infinidad de cámaras, motos, equipos…
    Al hilo de esto: vergonzosa la montonera de motos. Peor que el infierno es tener que pedalear comiéndote una nube de polvo. Item más para un coche de L’Equipe haciendo un adelantamiento triple a la altura de los corredores cuando llegan al estadio.
    No tenía ni idea de lo maniático que era Eddy. Hubiese estado bien que hubiesen tomado las medidas otra vez ddes-ppu-eeshh deee taa-ntto-oo bac-bach-eee.
    Para morirse de risa es el comentario de que el ganador está obligado a beber agua de una determinada marca «aunque no le guste»… y lo siguiente es ver como los periodistas siguen haciendo preguntas mientras los corredores se asean. Dando por hecho que eso les gusta, supongo.
    Mis admirados Kraftwerk tienen el que se supone mejor himno ciclista con su machacón turdefrans, turdefrans. Escuchando este documental todavía me gusta más.
    Un saludo, Manuel.

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    1. Querido tocayo, qué ilusión que la hayas visto, aunque lo mismo te habrá parecido insulsa…

      Sobre el Italiano, era en ese momento la «lingua franca» del pelotón, excepto en los equipos franceses. Esto va por épocas, hoy en día por supuesto es el inglés. Ese que dices tú que va de Capitán América es mi admiradísimo Roger de Vlaeminck, uno de los únicos tres seres humanos que han ganado los cinco monumentos del ciclismo y el único junto a Tom Bonnen en ganar 4 veces la Paris Roubaix. Le apodaban «El gitano» no precisamente por su duende flamenco -de Flandes- sino por lo que le iba el mercadeo de victorias y puestos de honor. No veas la que se lio en el Tour de Flandes del 74… Aparte de todo eso, tenía una planta excepcional en la bicicleta, es de estos corredores sobre los que apetece planchar la camisa cuando les ves rodar… A mí me encanta. Por cierto que tengo un maillot réplica del Brooklyn (era una marca de chicles) y a veces cuando me lo he puesto me dicen no se qué del atlético de Madrid.

      Eddy era tan maniático por razones físicas. En el año 1969 si no recuerdo mal, justo cuando empezaba su carrera y se veía que iba para caníbal sufrió un accidente entrenando en pista haciendo trasmoto con su entrenador personal, que por cierto se mató. Quedó maltrecho, con la espalda torcida y quizá una pierna «más corta» que otra y con dolores que le acompañaron siempre y que hacían que nunca se encontrara a gusto en la bici. Sin ese accidente imagina a dónde podría haber llegado. Hablamos de un tipo que casi hace desaparecer el deporte del que era rey por puro aburrimiento del público y desesperación de los rivales. Este año 76 ya era de declive…

      Sobre las duchas… Pues no sé si se les sigue preguntando allí, pero son un lugar muy especial y por tradición todo el que termina la Paris-Roubaix quiere quitarse en ellas el polvo del camino.

      El himno pura basura, sí, mejor que soportarlo casi prefiero «volverme loco», azul y negro, flamenco y gitano.

      Un abrazo.

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