Veredicto final (The Verdict, Sidney Lumet, 1982)

Me voy a la estantería de los libros leídos y rescato esa amenísima introducción al cine que es Así se hacen las películas, de Sidney Lumet. Tras volver a ver Veredicto final, y decidirme a escribir algo sobre ella, la memoria me dice que apenas sí la mencionaba Lumet en su libro, donde no paraba de rememorar otras pelis suyas que me parecen muy inferiores, como la pesada Larga jornada hacia la noche (1962) 

Como no tiene índice analítico lo hojeo para encontrar referencias a The Verdict y veo que, aunque una imagen suya promocional sirva de poco agraciada portada, apenas se la menciona tres veces. En una de ellas habla de su banda sonora, lo cual es un poco ridículo, porque no tiene casi banda sonora, solo se oye de fondo algo de música en dos o tres escenas. De hecho la ausencia de música extradiegética  creo que es un mérito que salta a las orejas por lo mucho que refuerza la atmósfera decadente y amarga que es la vida del abogado Frank Galvin (Paul Newman) a cuyo renacimiento asistimos. También menciona Veredicto final Lumet para hablar de su fotografía, que quiso basar en la pintura de Caravaggio y sus claroscuros, lo cual es verdad y está muy logrado y, por último, cuenta que el guion original otro superactor que no nombra por discreción (quizá fuera Robert Redford, a quien se le ofreció dirigirla también) quiso retocar una y otra vez para edulcorar al tristísimo abogado Galvin y justificar su zozobra con anecdotario pasado, pero que después de un millón de dólares gastados en retoques del libreto apareció Paul Newman, leyó el austero original de David Mamet y le encantó y fue lo que se rodó.

¿Cómo puede ser que Lumet no tenga esta película entre sus predilectas, que la mencione a salto de mata, que no la ponga como ejemplo de nada? A mí me parece una maravilla, una obra maestra. Quizá Lumet fue contratado para hacerla, no fue ocurrencia suya llevar el texto de Mamet a la pantalla, y por eso no la siente como propia, pero el resultado es poderoso, trascendente, inquietante y entretenido. Un festival de grandes actuaciones y un decantado de ideas profundas sobre un fondo comprensible y cercano a cualquier público. 

Veredicto final cuenta la historia de un abogado desahuciado de sí mismo, expulsado de su valía por el alcohol y la mala suerte, que encuentra la oportunidad de resucitar de alguna forma, de revivir, gracias a una pobre mujer en estado vegetativo que yace muerta en vida por una negligencia médica que se produjo en el parto de su tercer hijo. Esta negligencia tuvo lugar en un hospital católico propiedad de la archidiócesis de Massachussets, así que el obispo de Boston en persona ofrece a la hermana de esta mujer una cifra generosa para olvidar el tema y no llegar a juicio. La hermana ha contratado a Galvin para cerrar el trato. Este hombre lleva años sin ganar un juicio, está alcoholizado, va de velatorio en velatorio dejando su tarjeta a los allegados de los muertos, por si alguien quiere denunciar algo. Es un hombre derrotado absolutamente por la soledad y el whisky. Qué bien interpreta Newman a alcohólicos puros, enfermizos, cómo se lo sabía. De hecho hay un gesto que hace su personaje, el echarse gotas en los ojos para disimular la rojez o la ictericia, que dice Lumet que el mismo Newman llevaba a cabo compulsivamente. Este abogado vive a contraluz y en los bares, su despacho es el despojo de un orden pasado y sus habilidades como letrado se fueron con su mujer y su honradez hace años.

El momento más especial del argumento, aunque creo que Lumet no ha sabido filmarlo con la misma maestría que sí ha narrado otras escenas, es ese en el que Galvin fotografía a Deborah Ann Kaye, la pobre mujer convertida en carne sin vida, para impresionar al obispo y subir la cifra del acuerdo. Con su Polaroid saca dos instantáneas del cuerpo yacente y a la tercera de pronto Galvin ve, a través del visor de la cámara, lo que nosotros no vemos (no llega a hacer la foto) y es lo que le transforma. En ese momento decide no aceptar un dinero sucio e inmoral, decide hacer verdadera justicia y llevar a juicio a la archidiócesis y al médico de su hospital que dejó así a esta mujer, en el umbral de dar la vida, a las puertas de la muerte. Curiosamente Galvin siente que su vida empieza de nuevo, que de alguna forma resucita. Hay algo muy católico en su esquema mental que paradójicamente se enfrenta en la historia que vemos al catolicismo como institución podrida e hipócrita.

Newman quiere renacer dando sentido a la muerte en vida de Déborah, pero para eso tiene que reencontrarse a sí mismo, controlar la bebida, retomar el orden, también el amor. Y ahí aparece Charlotte Rampling. Es una mujer que surge de la nada para serlo de pronto todo en la vida de Garvin. La cosa tiene truco -demasiado previsible- y ocurre, esto es opinión mía, que esta actriz es tan, pero tan intensa, que recarga cada escena que rellena su mirada de forma excesiva. La admiro mucho como actriz y es bellísima como Newman, pero desestabiliza demasiado el campo de juego con esa intensidad extemporánea y empobrece un poco la nota final,  porque no deja el mismo espacio al espectador que la desidia rutinaria y natural del resto de los personajes, que permite que la película avance con sencilla inteligencia. Un contrapeso de este exceso -involuntario- de la Rampling es James Mason y su acento, su rostro, su forma de acercarse a la testigo, su perfecta ambigüedad. Qué grandísimo actor de oficio y de estatura también física, pues qué sorpresa me he llevado cuando me he dado cuenta de que, avejentado incluso, es más alto que Newman. 

Veredicto final es también el no va más de las películas de juicios. Al tiempo que sostiene los tópicos narrativos que atraen del género como los magistrales alegatos finales, los planos generales de la sala bien encuadrados, el carisma del oponente fiscal/abogado, los protestos y los claves testigos sorpresa, introduce al menos un aspecto sorprendente, y es que el juez está manifiestamente en contra del Galvin. No es imparcial, no está de acuerdo con que se celebre el juicio, no va a ser ecuánime. 

Lo que obtenga Galvin de todo esto, si el veredicto le favorece o no, aunque lo sabremos al final, en el fondo importa poco. Lumet no lo subraya. Sí nos importa que la resurrección de este abogado de tercera, que el encuentro con la fe que él mismo ha defendido en su discurso al jurado, le deja al final como estaba al principio en lo que respecta al amor y a la conciencia. Hay otros aspectos de la vida que no tienen nada que ver con el amor ni con la conciencia moral en los que Galvin, quizá, pueda aprovechar en invertir para ser mejor, salir adelante. Lo que pasa es que Lumet funde a negro, se termina la película y ni la Rampling, ni el arzobispo de Massachussets ni siquiera el premio gordo en el pin-ball del bar, al que dedica las tardes, asegura que esa nueva vida del abogado alcohólico sea real. Reales también son los recuerdos que borra trago a trago, vaso a vaso, sueño a sueño.

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6 comentarios sobre “Veredicto final (The Verdict, Sidney Lumet, 1982)

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  1. Hola tocayo
    Cuando he visto que hoy tocaba «The Veredict» he recordado un, lejano, día de año nuevo en el que disfruté mucho con esta peli -eso creía, ahora que he repasado los estrenos estoy seguro que la he «intercambiado» con «Absence of Malice, Ausencia de Malicia» una de Pollack y también con juicios.
    Tema Charlotte: Me declaro incapaz de juzgarla; puede que donde menos me gusta es en la que todos pensamos -aquel portero- y, durante mucho tiempo, creía que lo único malo de ella era su marido, ese Jarre tannn pesado, tan sobrado… tan francés!
    Cuanto juego dan estos profesionales acabados que con su última gota de dignidad hacen que el faro siga orientando a los navegantes despistados. Newman (apellido al pelo para este tema) pasó, casi sin solución de continuidad, de galán irresistible a maduro ideal para estos papeles. (Tom Hanks, calienta que sales. Sin ser tan guapo le ha copiado el mecanismo).
    ¡Qué sutil hallazgo encenderse la chispa a través del objetivo! ¡En qué estaría pensando Lumet!
    Sin llegar a ponernos como Paul (¡cómo si pudiésemos!): alcemos nuestras copas ¡Tchin!¡Tchin! ¡por unas Felices Fiestas! Manuel.

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    1. Hola tocayo,
      yo querría ponerme como Paul, pero no tibio de wiskis ni de guapo subido, que la medianía me reconforta. Yo querría ponerme como él al volante de bólidos de carreras, divertirme en condiciones seguras con una velocidad que tanto miedo me da como envidia me genera.

      A Charlotte no hay que juzgarla porque es magistral en su oficio, pero hay que decir -bueno, yo siento que quiero decirlo- que una maldición la sobrevuela, y es esa especie de intensidad que desprende que hace que se adueñe con tanta energía de la pantalla que absorbe todo lo demás, incluido su personaje y sus misterios por descubrir. Por descubrir para mí, por cierto, que fue mujer de Jean Michel Brasas, ay tocayo, que no lo sabía.

      Bueno, que me lío. Que los reyes no te traigan un sintetizador.

      Veredicto: ¡Un abrazo y felices brindis!

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  2. ¡A mí también me encanta esta película de Lumet!
    Nuestras miradas sobre la película se complementan. Nos llega muy hondo.
    Te dejo el enlace por si te apetece echarle un vistazo al texto (ahora diez años después, creo que escribiría la reseña de distinta manera, pero con la misma esencia): https://hildyjohnson.es/?p=1624.
    A mí la verdad es que Sidney Lumet me gusta un montón… jajajaja, incluso «Larga jornada hacia la noche» (adoro la obra de Eugene O’Neill).
    Y ¡qué te digo yo de Paul Newman! Aquí está de quitarse el sombrero.
    Por cierto, James Mason también es uno de mis actores fetiche. Es un hombre con una filmografía increíble… ¡y es tan raro que no esté maravilloso! Yo ya solo por su personaje de malvado en Con la muerte en los talones le tengo en el altar de mis venerados, jajajaja. Pero tiene joyas tales como Larga es la noche, Almas desnudas, Se interpone un hombre, Julio César, Ha nacido una estrella, Más poderoso que la vida, Lolita… Dioossss, qué tipo.

    Beso
    Hildy

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    1. Ay querida Hildy, que empiezas tu antiguo apunte por la misma escena que me parece providencial, y lo mismo al doctor. Es un momento que supongo que a los cinéfilos nos toca con más fiereza.
      Como bien dices en él, por cierto, la historia de amor es lo que más flojea, lo más postizo de la peli, aunque claro, era necesaria para poder cerrar el círculo.
      James Mason es, y perdona la expresión, lo puto más. A mí me encanta sobre todo porque no se andaba con idioteces y aceptaba papeles que le parecían interesantes al margen de que su imagen pudiera verse perjudicada… ¿Sabes de otra estrella que se hubiera atrevido con Lolita? Es un tipo genial.
      Un besazo

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  3. Es interesante corroborar que la escena que usted más destaca del filme es la misma que destaqué yo cuando la reseñé hace años: la del revelado de fotografías con esos tensos segundos en que Paul Newman mira lleno de tensión y Lumet se toma su tiempo en devolvernos el contraplano. De hecho fue esa escena la que me motivó a escribir sobre la película.
    A mí me parece un grandísimo filme. Quizá es una debilidad personal porque lo vi cuando estaba empezando en eso del cine clásico, antes que muchos otros clásicos más importantes o prestigiosos, simplemente porque lo daban por la televisión y el director era alguien de renombre. Y me encantó. Y Paul Newman hace aquí uno de los mejores papeles de su carrera, sin ningún lugar a dudas.
    Ya de paso me ha recordado que tengo pendiente desde hace siglos ese libro de Lumet. Quizá el 2022 es el año en que me anime a ello.
    Un abrazo navideño.

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  4. Bueno, Doctor, en el 2022 ya va justo de tiempo… Mejor se lo lee usted en 2023.
    Por cierto que, la verdad, le animo a leerlo si lo desea porque es una lectura muy ligera y Lumet cuenta cosas de su propia carrera, pero realmente es una introducción al oficio del cine y usted poco va a aprender de él. Es eso sí un buen regalo para quien esté empezando en la afición.
    Ay, cuánta magia tienen esas películas que nos gustan, como le pasa a usted con esta, porque casi nos la encontramos en la tele y nos da un bofetón y dulce dolorcillo ya no se nos quita nunca.
    No me extraña que le gustara a Usted tanto, es que es muy buena. Lo que no acabo de entender, como digo arriba, es por qué a Lumet le daba un poco lo mismo.
    Voy a buscar su comentario para leerlo. Espero que me de tiempo a hacerlo en 2022…
    Un abrazo amigo, y feliz año nuevo, sea el que sea en el que usted habite.

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