Con las horas contadas (D.O.A. Rudolph Maté, 1949)

El comienzo de esta serie B negra y frenética no puede ser más rotundo. Frank Bigelow (Edmon O’Brien) se presenta en comisaría para denunciar el asesinato… De él mismo. Lo han envenenado y va a morir irremediablemente (si la magia del cine no logra curarle a tiempo) pero antes de palmarla quiere contarle a la policía, en flashback para nosotros, cómo ha llegado hasta allí habiendo dejado el caso de su homicidio prácticamente cerrado. 

Apenas tres días antes Bigelow era un gris notario de provincias que ha decidido irse a San Francisco a pasar una semana de extrañas vacaciones, porque no sabemos muy bien a qué vienen. Así que en su pueblo deja a Paula, su secretaria con derecho a roce que está deseando llevárselo al huerto del casorio, cosa que por lo visto no ilusiona mucho al bueno de Frank. El caso es que en un club de San Francisco alguien le intoxica con un veneno lumínico que convierte la sangre en un festival de luz y color e irremediablemente lo manda a uno al otro barrio en pocos días. Desorientado y sin comprender qué ocurre, por qué le ha tocado a él, Bigelow emprende una frenética investigación que le lleva a darse cuenta de que sin quererlo ha firmado un papel que compromete a unos traficantes de iridio, y de ahí viene el misterio, que resuelve a toda mecha. Por cierto que un cartel al final de la peli nos cuenta que el veneno es real, que existe esa luminaria tóxica, ojo.

D.O.A. (Death On Arrival, muerto al llegar en inglés se titula) es conocida por su curiosa premisa, que el protagonista investiga su propia muerte, pero más allá de eso es un ejemplo de ese negro de clase media baja que tanto gusta en esta casa. Lo certifica su ritmo imparable, su lioso argumento que se desenvuelve de palabra algo torpemente pero da un poco lo mismo porque fílmicamente es todo frenesí y no da tiempo ni a pensar. Nos gustan sus planos callejeros, quemados por el sol de California y rodados de estranjis. También hay por ahí un hombre-bulto que hace de matón de metro y medio que no tiene pinta de haber superado muchos castings y que cuando se aburre mira a cámara con un ojo solo, porque es bizco, y que una vez que te fijas en él ya no puedes dejar de vigilarle… En fin, que mola esta película, y también por ejemplo disfrutamos de ver a Edmond O’Brien de protagonista, aunque es el único intérprete realmente bueno porque los matones son cutres y la secretaria-novia una pavisosa.

Lo que me impulsa a hablar de Con las horas contadas, sin embargo, no es lo anterior, sino lo alucinante que me parece el uso de la música y la banda sonora que se hace en el primer acto de la película, hasta que envenenan a Bigelow. Reconozco que la banda sonora es uno de los ingredientes del cinematógrafo a los que menos caso hago. Por supuesto que no soy insensible a la música, pero es raro que se me vayan los ojos a las orejas cuando veo una película, pero con esta es imposible que no sea así. Dimitri Tiompkin creo que a todos nos suena por haber puesto música a decenas de películas clásicas y haber compuesto algunas canciones, como la de Solo ante el peligro, que forman parte insilenciable del imaginario cinéfilo. Ganó nada menos que cuatro Oscars (uno por Escrito en el cielo, de Wellman) pero su música, tan parecida al sinfonismo más clásico, creo que a veces peca de ser impersonal… ¿alguien en la sala recuerda alguna melodía instrumental suya?

Pues bien, en D.O.A. Dimitri Tiompkin se apodera por completo de la película en su primer acto. No hay apenas ni un segundo sin música. Es una música además machacona, estruendosa, constante, que parece que quiere más que realzar la imagen, casi burlarse de ella. Un ejemplo de esto es el mismo prólogo de la historia que incluye los créditos, magnífico por cierto.

Pero es que el apropiamiento que hace Tiompkin va in crescendo hasta límites impensables en el cine clásico. Hay cosas magníficas, como el cambio de música de fondo en las conversaciones telefónicas de Bigelow y Paula, pero eso en la versión doblada al español, por si alguien la ve, lo han alterado. En VO puede apreciarse también algo inaudito y es que cuando Frank mira a una mujer… ¡Suena esto!

No sé cómo se llama ese silbato que imita al piropo humano de antaño, pero suena varias veces, como si esto fueran los payasos de la tele. Para rematar, Bigelow termina acudiendo con gente desconocida a un club de bebop en el que el jazz más rabioso se adueña totalmente de la película y la lleva al paroxismo sensorial en el que el envenenamiento del protagonista, que vemos nosotros sin que él se dé cuenta, entra en ese ambiente báquico como cuchillo de hielo en mantequilla caliente. 

Este apoderarse la música y el sonido de la película por completo habrá quien lo sienta casi molesto, pero es un punto a su favor estético, porque ayuda a aceptar algunos interrogantes que el guion y la apagada dirección de Mathé no saben aclarar. Y es que no sabemos muy bien a qué se va a Frank a San Francisco. Parece que para huir de su secretaria pesada, pero luego vemos que la echa mucho de menos. Podría ser para correrse una juerga monumental, pero los vecinos juerguistas del hotel tienen que sacarle a rastras de su cuarto. Esa atmósfera pesada y casi fantástica que la música y los efectos de sonido ponen sobre la imagen de alguna forma hacen pasar mejor estos indigeribles supuestos narrativos, y provocan que percibamos el principio del film casi como un viaje sensorial, un colocón que nos desconecta de la razón que culmina en la escena del club y que se frena en seco cuando le dicen a Frank Bigelow que, ay, se acabó la fiesta por el lumínico veneno.


Se han hecho varios remakes de esta historia (no he visto ninguno) y he leído en algún sitio que quiere remedar el filme alemán de Siodmak escrito entre otros por Billie Wilder Der Mann, der seinen Mörder sucht, de 1931. Yo la verdad es que no le veo muchas similitudes, pero ahí queda apuntada esta otra, porque es una comedia graciosa sobre un pobre hombre que busca al tipo que ha contratado él mismo para que le asesine… Es curiosa pero por desgracia se conserva incompleta, y lo que queda en poco se parece a las tóxicas tribulaciones de Frank Bigelow.

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4 comentarios sobre “Con las horas contadas (D.O.A. Rudolph Maté, 1949)

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  1. Hola tocayo
    Llegué hace muuucho a esta D.O.A. y lo hice arrastrado por la versión ochentera protagonizada por Meg Ryan y por-aquél-de-cuyo-nombre-no-quiero-acordarme. Es la misma peli y es totalmente distinta. Merece la pena (a no ser que mi memoria y mi Meg-corazón me engañen).
    A parte de esa primera parte, tan musical que incluso parece una sinfonía, también está muy enclavada en su tiempo porque todas las mujeres que salen enloquecen con Edmundo; peor para él con tantas candidatas no sabe por dónde le sopla el iridio -en el caso que un metal de transición pudiera soplar-.
    Un bebop saludo, Manuel.

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    1. Pues como decía no conozco la ochentera y si me dices que está bien haré por buscarla. No te creas que a Meg la llevo en el pericardio, pero hacía (¿o hace?) muy bien su trabajo.
      Lo de Edmond indeciso es, verdad, un tanto increíble. Casi más que lo del veneno lumínico…Ah no, que eso era cierto.
      Un Tiompkin saludo, tatachán.

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  2. Un hombre común acorralado por las circunstancias en una situación límite que no ha buscado. En sí, el planteamiento temático no aporta nada que no se hubiera visto varias veces y que resultó agradecido para un público que necesitaba calmar sus angustias viendo las del prójimo en la pantalla.
    Si por algo me gusta el noir, es porque retrata –como ningún otro género– a estos pobres hombres atrapados en laberintos de los que a duras penas logran salir, y si lo hacen es para quedar tocados física o moralmente. Es una especie de existencialismo urbano, apoyado en la paranoia (producto en gran medida de la Guerra Fría) y que se inscribe en ese pesimismo sobre el ser humano y su futuro proyectando una visión sombría del mundo.
    El tono general de la película se ve afectado por la parte central de la investigación de Frank Bigelow (Edmond O’Brien), que a mí, particularmente, me desengancha, seguramente porque su director, Rudolph Maté, no estaba muy interesado en esa trama y lo que quería era mostrar a un hombre atrapado por su destino.
    D.O.A. trata a la vez de los riesgos de la desinhibición, de la falta de principios y la amoralidad de la sociedad americana, del destino irreversible y de la corrupción que se descubre con sólo rascar en la corteza de una urbe sin alma. (Víctor Arribas, El cine negro. Ediciones Notorious, 2015).
    Y en cuanto al dichoso sonido que se escucha cada vez que el protagonista ve a una mujer, bueno, mejor me callo. En todo caso, me parece que está fuera de lugar. A pesar de ello, de no ser por ti no me hubiera percatado del mismo, ya que yo, si puedo evitarlo, veo las películas dobladas. Ya sé, un mal hábito, pero tampoco la vista ayuda.
    Un abrazo con antídoto, Manuel.

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  3. Hola nuncaelolvido,
    coincido totalmente contigo en lo de desconectar de la trama. Vamos, yo lo hago casi siempre en estos negros serie B, que me encantan, siempre tienen ese defecto, que como no ha habido pasta para que el guion lo trabajen varios autores, las cosas suceden a trompicones y de forma injustificada. Ciertamente da lo mismo, y especialmente en este caso, como tú mismo explias perfectamente.
    Sobre lo de ver películas dobladas, yo no soy ningún talibán al respecto, y si son de los 60 para acá -americanas digo- no veo problema. De hecho prefiero un Eastwood pasado por Constantino que en el original, pues su voz es decepcionante, ramplona a más no poder. Con los doblajes muy antiguos de los grandes clásicos, también me gustan aquellas voces y el mimo con el que se preparaban las versiones españolas. Pero lo que no soporto, me parece horripilante, son doblajes más o menos actuales de películas antiguas, normalmente no estrenadas aquí o de los 30, en los que eliminan el sonido ambiente y lo que les parece de la música y solo se oye el tocotó de los zapatos, además de estar los personajes interpretados penosamente.
    Y luego hay idiomas para los que se debería prohibir el doblaje por no acompañar el castellano su gestualidad, como el italiano, pero eso es otra historia.
    Bueno, que me lío… Me habré pasado con el iridio.

    Un abrazo!

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