Tres breves «Ozus» de 1929: Unidos en la pelea, Me he graduado pero… y El pilluelo.

Veremos en este triple apunte tres filmes de Ozu peculiares por su duración. Uno, El pilluelo, es un cortometraje cómico, y los otros dos son resúmenes o fragmentos resumidos de largometrajes durante mucho tiempo perdidos. Curiosamente el primer filme de los cuatro que estrenó Ozu este año de 1929, Días de juventud, sí se ha conservado completo, como vimos la semana pasada. En estos primeros jalones de su carrera el joven Ozu -26 años- está terminando de aprender un oficio del que ya empieza a controlar sus recursos, pero es obvio que aún le falta algo de tiempo -de calendario- para crear un lenguaje propio y quizá mucho tiempo -de reloj- para reposar las ideas y preparar y rodar sus películas como le gustaría. Hay que tener en cuenta que en estos años en Japón se rodaba mucho cine, en grandes cantidades, pero a costa de un modelo de  producción masiva, rapidísima, con horarios demenciales y condiciones laborales muy precarias que condicionaban las oportunidades de estos jóvenes talentos para descollar o desarrollar un estilo personal por motivos que ahora sería pesado explicar pero que se pueden intuir y que, en cualquier caso, hay que tener en cuenta a la hora de juzgar estas películas apresuradas y pobretonas.

Unidos en la pelea (Wasei Kenka Tomodachi, 1929)

En 1999 se rescataron 14 minutos, de los 77 originales, de esta comedia que imita el género tan de moda entonces en el cine norteamericano de las buddy movies, en el que dos amigos suelen enfrentarse circunstancialmente por el amor de una chica que termina yéndose con un tercero. Este esquema es el que sigue Unidos en la pelea, segundo filme de Ozu del que conservamos imágenes. 

Ryukichi y Yoshizo trabajan haciendo portes con un camión. Además, son amigos inseparables y viven juntos y duermen juntos en una casita humilde de los suburbios, en la que a la gallina ponedora se le ata en corto para que no se pierdan los huevos y hay una jaula pequeña con dos pájaros que parecen alegres y encantados de estar juntos, lo mismo que sus dueños. Todo es armonía entre esta pareja de transportistas hasta que atropellan accidentalmente a Omitsu, una joven muy bella pero muy pobre, sin familia ni hogar, a la que llevan a su casa y de la que, en cuanto se lava la cara y ven lo hacendosa que es, no tardan en prendarse de ella y entrar en conflicto entre ellos. En la parte perdida del filme -casi que se agradece- Omitsu se enamora de un joven apuesto y al final se casan y se marchan en tren que, como veremos más abajo en este mismo apunte, y en otras muchas ocasiones en la filmografía de Ozu, es el vehículo que conduce al futuro, y paralelo a él en alegre festejo marchan en su camión nuestros dos amigos ya reconciliados y lo saludan hasta que desaparece en el horizonte.

El escaso cuarto de hora conservado de Unidos en la pelea a pesar de su convencionalidad deja imágenes simpáticas y curiosas que bien merecen la pena. Por ejemplo, Ozu como veremos en muchas otras películas juega con la decoración, y es que hay un cartel de The uninvited guest (Ralph Ince, 1924), cuyo título se corresponde exactamente con la situación en la que estamos, en la que la invitada inesperada trastoca la armonía previa. También es muy tierna la forma en la que se nos muestra la amistad entre Ryukichi y Yoshizo, por ejemplo a través de un huevo que comparten cuando no hay para los dos, o que usen de almohada una cámara hinchada de la rueda del camión que les une en el lecho a modo de extraña corona. La distancia temporal y cultural me impide afirmarlo con seguridad, pero me atrevería a decir que Ozu ha querido insinuar entre ellos una relación que va más allá de la mera camaradería que la presencia de Omitsu viene a trastocar pero, afortunadamente, no a romper.

Me he graduado pero… (Daigaku wa detakeredo, 1929)

Tan solo se conserva una especie de resumen de 14 minutos de este shomin-geki (historias de currantes, podría traducirse el nombre de este género) que se ocupa de una problemática que veremos en otras películas de Ozu y que resultaba acuciante para la población joven nipona de aquellos años. Como se sabe, Japón desde el inicio de la Era Meiji en el último cuarto del XIX, disfrutó y sufrió a la vez de unos furiosos planes de desarrollo que la llevaron del medievo económico a la revolución industrial en apenas unas décadas. Esto produjo un gran desfase entre la gran cantidad de graduados que las nuevas universidades lanzaban a las calles y la infraestructura económica, todavía incapaz de asumirlos a todos, pues al fin y al cabo la actividad industrial aún estaba en sus comienzos y el denso tejido empresarial que permitiría a Japón recuperarse tan pronto de la IIGM aún estaba por formarse. Esto de la sobreformación o superespecialización es un problema de su economía de entonces que, por cierto, nos es bien fácil comprender hoy en día en España, donde más de un siglo después sufrimos idéntico desfase, y buena parte de los estudiantes universitarios se gradúan pero… Tienen que trabajar en precario o marcharse al extranjero.

Tetsuo Nomoto (Minoru Takada) es un joven licenciado que busca trabajo en una empresa, en la que solo le ofrecen el miserable puesto de recepcionista, que rechaza. Cuando vuelve a casa, donde ocupa un cuarto con su joven esposa, Machiko, y un cartel de Relámpago (Speedy, Harold LLoyd, 1928) se encuentra con que ha venido su madre del pueblo a la que mintió y dijo que había encontrado trabajo. Durante unos días tiene que simular que acude a la oficina pero en realidad se va al parque a jugar con los niños, y cuando se va la madre su mujer se pone a trabajar de camarera, que en ese contexto es casi como decir prostituta, y aprende a fumar y todo, lo que convence a Tetsuo de que debe volver a la empresa y aceptar cualquier trabajo, con la suerte de que cuando le ven tan necesitado le ofrecen un empleo digno de oficina que les permite, a Machiko y a él, mirar al futuro con optimismo, que simboliza un bello plano en el que él parte en tren hacia nuevo trabajo una mañana luminosa, tren de nuevo símbolo de modernidad y esperanza al que ella saluda desde lo alto de un puente. 

De este pequeño resumen conservado por suerte y que se puede ver aquí podemos destacar algunas cosas que lo hacen interesante, además de su característica temática.

  • Su guion es de nuestro estimado Hiroshi Shimizu. Era uno de los mejores amigos de Ozu y ambos, junto a Kogo Noda formaron durante estos primeros años en la productora Shochiku una especie de sociedad creativa.
  • Por primera vez en una película de Ozu vemos a una jovencísima Kinuyo Tanaka, que fuera mujer de Hiroshi Shimizu pocos años antes y que más tarde, tras aparecer en papeles importantes en otras películas mudas, protagonizaría ya en sonoro alguna de las películas del maestro, como Una gallina al viento (1948) y Las hermanas Munekata (1950)
  • Ya se ve aquí una escena en la que se usa el tiro de cámara casi a ras de suelo, el recurso fílmico más reconocible de Ozu. Sin embargo, como veremos aún tardará en adoptarlo como punto de vista común de sus obras. Aquí solamente se usa para enfatizar el sometimiento y el peligro que supone para Machiko trabajar en el bar de camareras, al que ha acudido su marido para vigilarla. Esto de plantar la cámara en el suelo lo hacían puntualmente otros directores como el mismo Shimizu en estos años de experimentación técnica de finales del mudo, y no puede considerarse por ahora más que una decisión de puesta en escena.

Un muchacho honrado, o El pilluelo (Tokkan kozô, 1929)

Voy a decir la verdad: había entonces una cerveza alemana nueva, de importación, y decidimos escribir un guion entre todos solo para probarla. El autor de la idea original, Chuji Nozu, no era la síntesis de Noda, Ozu, Ikeda y Okubo Tadamoto… Luego la película la rodé yo. Tardamos, creo, solo tres días

El misterio sobre qué tiene que ver la cerveza con la película me lo resolvió mi querido Doctor Caligari mencionándome su entrada dedicada al Festival de Pordedone de 2018 en la que glosa sus visionados del día, entre los que se encontró este cortometraje. Al parecer el padre de Tomi Aoki tenia un bar cerca de los estudios, y supongo que algo tendrá que ver eso con la enigmática mención de la cerveza alemana. De paso les dejo la completa nota informativa del festival, merced de nuevo a la generosidad del Doctor.

El pilluelo es un simpático cortometraje cómico perteneciente al género nansensu (del inglés nonsense) que se corresponde con una forma humilde y pobretona de la comedia física muda. Se basa además en un relato de O. Henri que, curiosamente, llevó también a la pantalla Howard Hawks en el clásico navideño formado por varios episodios Lágrimas y risas (O. Henry’s Full House, Henry Hathaway, Howard Hawks, Henry King, Henry Koster, Jean Negulesco, 1952). Volviendo a Japón y al nansensu, Quizá la pieza más conocida de este tipo de peliculitas sea Kodakara Sodo (Torairo Saito, 1935), también conocida como Kid Commotion, de la que ya hablamos hace un tiempo. Son cortometrajes de relleno protagonizados por niños traviesos y adultos bobalicones que se mueven en los exteriores del Tokio suburbial y humilde.

En una de esas calles sin asfaltar llenas de pipiolos sin rumbo se encuentran nuestros protagonistas: un niño curioso y más listo que el –por el– hambre y un sinvergüenza que se dedica a raptar muchachos desvalidos y llevarlos ante su jefe, que es un tipo siniestro y tiñoso más torpe aún que su empleado. El secuestrador callejero se lleva a nuestro pilluelo con elementales triquiñuelas: muecas y dulces que encandilan al niño. Sin embargo, veremos enseguida que el niño es tan niño que desespera a los secuestradores con sus pistolas de agua y sus flechas de juguete hasta el punto de que deciden devolverle a la calle para librarse de él.

El pilluelo es una peliculita simpática que se disfruta en un pis pás en la que Ozu poco más puso que su oficio, y nada hay en ella que identifique su estilo más allá de la temática misma de los niños y el peculiar tratamiento que les dará más tarde, haciéndolos protagonistas de algunas de sus mayores obras; de hecho, pronto vendría su quizá primera gran película protagonizada por este mismo niño-pilluelo, Tomio Aoki, He nacido pero… (Umarete wa mita keredo, 1932), que de alguna forma revisara más tarde en su última inmersión en la comedia: Buenos días (Ohayo, 1959). Además de esto, como comentaremos en más ocasiones, el tratamiento que da Ozu a los niños es muy particular -aunque muy común en el cine de su tiempo- si lo comparamos con cómo trata a los adultos en el plano de la dramaturgia. Mientras estos, según avanza la carrera de nuestro director, tienen a ser despojados de toda espontaneidad en su actuación, hasta el punto de llegar a parecer poco más que máscaras o tipos invariables, los niños sin embargo siempre son niños en las películas de Ozu: ingenuos, pilluelos, llorones, saltarines.

Rodada en tres días según Ozu -uno tiene la impresión de que se ha rodado en una mañana- se encuentra en youtube en una versión subtitulada de casi un cuarto de hora. Da vueltas por internet otra de 23 minutos que no merece la pena, pues es esta misma proyectada a menos velocidad, y aburre.

Esta entrada forma parte del Especial kanreki de Yasujiro Ozu

Todas las citas literales de Ozu, salvo que se indique lo contrario, están extraídas de La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine de Yasujiro Ozu, traducido por Amelia Pérez de Villar y editado en Gallo Nero.

Si menciono a Antonio Santos suelo referirme a lo leído en su monografía sobre Yasujiro Ozu editada por Cátedra.

Se pueden consultar la ficha de cada película y otros análisis en IMDB, Filmaffinity y Letterboxd.

En inglés se puede leer el análisis técnico de David Bordwell de cada película legal y gratuitamente de su libro Ozu and the poetics of cinema en este enlace.

En Internet Archive hay algunas películas de Ozu que no se pueden encontrar en las plataformas habituales.

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España.

7 comentarios sobre “Tres breves «Ozus» de 1929: Unidos en la pelea, Me he graduado pero… y El pilluelo.

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  1. Hola tocayo
    Pues bien haces notar que, aunque primerizo, ya dejaba sus «sellos» en las obras: esos carteles americanos, ese canto a la amistad -ese neumático bien podría representar un super-cordón-umbilical- , esos trenes…
    Tiene un poco de oxímoron eso de muchacho honrado o pilluelo. O sentido irónico.
    En mi lista de lecciones (mal) aprendidas apuntar que a las gallinas cluecas no se las ata; se deja un huevo para que sigan empollando en el mismo sitio (al menos cuando son varias gallinas).
    Un saludo «ponedor», Manuel.

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    1. Hola tocayo,
      en el tema gallinas ponedoras no tengo nada que objetarte, porque ese negociado lo llevaban mis y mis padres pues sí, viví una infancia con gallinero. Yo era más de ayudar a matar y despellejar los conejos. A mí también me chocó ver que la tenían atada y metida en un agujero. Será que Ozu se crió sin gallinero.
      Este Ozu primerizo en el fondo es muy poco Ozu y muy como eran los directores y guionistas jovenzuelos que pululaban entonces por los estudios Kamata, de Shochiku. Entonces la moda era lo occidental, pero en unos años vendría el imperialismo a quitarles las tonterías. Ya te contaré.

      Saludos cluecos

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  2. Tengo absoluta ignorancia de este primer Ozu (bueno, de todos los Ozu, en realidad)…, pero ¡de esta trilogía conozco El pilluelo! Jajajaja, qué alegría me da. Y sobre todo por uno de esos temas que ya sabes que me interesa y me encanta: el tratamiento de la infancia. Una auténtica gozada acercarme a este realizador a través de tus textos.
    Y es que es cierto. Hay ciertos realizadores que tienen una mirada especial sobre la infancia y lo demuestran a lo largo de muchos de sus largometrajes. Por decir algunos: Ozu (como bien indicas), François Truffaut, Robert Mulligan o Alexander Mackendrick.

    Besos
    Hildy

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    1. Pues sí, Ozu es un gran director de pipiolos.
      Es curioso, porque ni fue padre ni hombre familiar en el sentido tradicional. Tampoco, fuera del rodaje, les dedicaba especial atención ni por supuesto los acogía en su casa ni los usaba a modo de animalitos de compañía, como Hiroshi Shimizu. Más adelante mencionaré algunas declaraciones de este Pilluelo ya adulto comentando estas cosas, que Ozu era amable y paciente, pero sabiendo mantener las distancias.

      De todas formas, más que un especial «toque» para los niños -en las pelis japonesas los niños son siempre un poco así, van a su bola- creo que lo interesante es que, según avance su filmografía, cada vez va haciendo que los adultos se estilicen más hasta convertirse casi en máscaras animadas en algún caso, mientras que los niños siempre son naturales, y el contraste es grande cuanto más reciente es la peli.

      Un abrazo queridísima pilluela!

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  3. Hola Manuel,
    Muy interesantes sus apuntes sobre estos Ozus primerizos. Yo conozco el cortometraje que, como ya ha señalado muy amablemente, vi hace años en Pordenone y no me dijo gran cosa. Es simpático y agradable pero esperaba que me hicieran más gracia las travesuras del niño. No obstante, tampoco vamos a exigir tanto a un filme rápido y medio improvisado hecho hace 100 años desde otra cultura totalmente distinta, ¿verdad?
    Los otros que menciona los acabaré viendo ni que sea por completismo, su post me será útil para contextualizarlos, algo más necesario que nunca en estas películas que se encuentran incompletas.
    Un saludo.

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    1. Hola Doctor,
      le invito a ver los otros dos cortos porque no resultan aburridos ni inconexos. De hecho no son rollos sueltos que han sobrevivido, sino una especie de resúmenes que parecen hechos en 16 milímetros, que la verdad no sé qué función tenían, para qué se preparaban. Es decir, que la trama se cuenta de principio a fin, aunque por supuesto con grandes lagunas. ¿Sabe usted si era costumbre que se preparaban esos resúmenes por algún motivo?
      Más adelante sí que veremos algún caso de película incompleta a la que le falta algún rollo.
      Un saludo!

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      1. Hola Manuel,
        Sí, estoy familiarizado con este tipo de «resúmenes», de hecho el año pasado en Pordenone vi una comedia muda de la que curiosamente solo se conserva una versión resumida además de una copia española. No he investigado el tema y desconozco qué finalidad perseguían. Quizá en aquella época de saturación de títulos y novedades además de programas de proyecciones tan largos de vez en cuando a alguna distribuidora le daba por colar la versión resumida de un filme para rellenar. Lo que no sabía es que en Japón también se practicaba.
        Es curioso la de tropelías que se hacían entonces con las películas, sobre todo en la era muda. Es lo que tiene que sea más fácil manipular las cintas al no tener sonido y que durante mucho tiempo no hubiera aún un mayor control de las películas a nivel de derechos.
        Un saludo.

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