ESQUELETOS QUE FLOTAN La casa del río (House by the River, Fritz Lang, 1950)

(artículo publicado en el N.º 305 de la revista Versión Original dedicado a la serie B)

Tras la disolución de la productora que fundara con Joan Benet y el marido de esta, el productor Walter Wangler, debido al fracaso de Secreto tras la puerta y a saber qué otras circunstancias, teniendo en cuenta la pasión no sabemos si correspondida en algún momento que Fritz Lang profesaba por la actriz, el creador de Metrópolis pasó tres años en el dique seco. Tras varios proyectos que no llegan a cuajar, dirigió por fin La casa del Río (House by the River, 1950), encargo para la productora de serie b Republic Pictures. Esta empresa tenía fama de disponer de los medios justos pero dejar cierta libertad creativa a sus directores -hablamos de la productora de El hombre tranquilo, para hacernos una idea- si bien en el caso del maestro vienés esto no fue así. Él siempre renegó de esta película y no guardó de ella buen recuerdo a pesar de que, como quiero explicar en estas líneas, se trata de un filme injustamente olvidado y lleno de méritos que sobrepasan con mucho la carencia de medios materiales y el vago compromiso del equipo actoral, entre otras limitaciones.

La casa del río pasó totalmente desapercibida en taquilla en los Estados Unidos y no llegó a estrenarse en salas comerciales europeas hasta 1990. Estas circunstancias y el hecho de que, como decíamos, Fritz Lang no le diera cancha alguna en entrevistas y textos, han hecho que haya caído en un olvido a todas luces (y sombras) injusto. El aire pobre de la producción queda patente en los pocos planos abiertos del pueblo, torpemente dibujado a la orilla de un río donde transcurren los hechos. Estamos a principios de siglo XX y tan solo unos trajes, alguna lámpara de queroseno y unas bicicletas antiguas tiradas por ahí sirven para situarnos en el tiempo. La economía lo es todo en esta cinta: no solo en el diseño artístico, sino en la puesta en escena y la narrativa, y eso es lo que la hace brillar por encima de otras con más presupuesto y mejores estrellas. Esta película es el esqueleto de una película, el esquema, el boceto. Lo que en esta ocasión hace grande a Lang es haber podido levantar con un guión telegráfico, unos medios paupérrimos y la mínima cantidad de tiempo, una historia completa, entretenida, con enjundia y repleta de momentos memorables. Para ello, como grande del cine mudo que fue, Lang sabe que tiene que tirar del ojo, no de la oreja; de la vista y no de la palabra. Se esfuerza, en colaboración con su eficaz operador Edward Cronjager, en que sean las sombras y las líneas sumadas a objetos concretos los que puntúen la acción y la sucesión de vistas. Cortinas, un pez que salta, un saco, la escalera o los papeles del mediocre escritor protagonista acompañan al río que da título a la película, verdadero protagonista subterráneo de esta. En efecto, el río es el eje transmisor de lo que ocurre, aparente solución que se vuelve seguro problema. En él lo que debería quedar ahogado vuelve pidiendo justicia y lo que debería irse con la corriente se queda para siempre, sin que podamos librarnos de ello.

Tanto la acción que tiene lugar en el río como la que sucede en las escaleras de la casa del protagonista son a la vez las escenas más importantes y las más hermosas. Están rodadas con un aire de película de terror -da la sensación de que como tal quiso presentarse en las sesiones de relleno, y quizá sea esa confusión de géneros la que selló su fracaso comercial- y no puede uno dejar de pensar en La escalera de caracol (The Spiral Staircase, Robert Siodmak, 1946) o en La noche del cazador (The Night of the Hunter, Charles Laughton, 1955). Sin embargo no hay subrayados excesivos, solo momentos muy logrados. Por ejemplo al principio, en la narración del involuntario crimen que pone en marcha la historia, en apenas diez minutos, y sin salir del pasillo y la escalera que en él empieza, tenemos toda una sucesión de emociones, ideas y tensión dramática que otros tardarían 25 páginas de guión en empezar a esbozar. El ruido del desagüe y la visión de apenas un trozo de piel bastan para que la tensión sexual se vuelva tan fuerte que pueda ser creíble el abuso y estrangulamiento involuntario de Emily, cuyo destino -el de su cadáver- trazará el devenir de la historia. Tras esto alguien acecha tras la puerta y, aunque acabamos de aprender a detestar con toda el alma al asqueroso asesino abusador, nos ponemos en un momento de su lado, cuando alguien merodea la casa. El ojo del que parece ver desde fuera -luego sabremos que era una falsa alarma- es como si nos viera a nosotros, y queremos escapar como el mismo tipo repugnante al que hemos aprendido a odiar, y quizá eso nos indique que somos como él, pero bueno, cambio de escena y todo vuelve a empezar. Eso es cine.

No es necesario contar más del argumento. Lo importante es que iremos y vendremos, como llevados por las mareas traicioneras del río hasta la resolución del caso. Los temas del cine langiano están en su mayor parte presentes y bien ejecutados: el destino que no perdona, el verdadero-falso culpable-inocente que hizo sin querer o quiso sin hacer, la relatividad de todo sentimiento o relación, cuyo poder no puede sustraerse a las implacables circunstancias, una sensualidad extraña, a la vez potente por animal y leve por estar solo esbozada y, en fin, la futilidad de nuestro paso por un mundo cuya complejidad nos desborda totalmente, aunque sea un mundo hecho de cartón piedra y cristales mal pintados. Otro tópico que viene ya del Lang mudo es que el sabio, el culto, es el que mejor sabe ser malo, y esto queda patente -en un nivel serie b si lo comparamos con Mabuse y otros malos langianos, claro-  en el personaje de Byrne, el asesino protagonista, que muy lejos de mostrar remordimientos o pensamientos reparadores, según avanza la trama y mejor conoce las circunstancias más allanado ve ante sí el camino de la desvalorización nihilista de la vida y los sentimientos de los demás. Esta es una influencia de las ideas que la lectura -un tanto apresurada y tópica, me temo- de Nietzsche y Schopenhauer dejó marcadas a fuego en el joven Lang y que supura en todas sus películas, en las que el malo lo es porque sabe que no tiene sentido ser ni bueno ni malo, y de esa superación de los valores parece emanar el poder de su voluntad, expresión que preferimos a Voluntad de poder, que es algo más profundo y complejo que esta versión de baratillo de Nietzsche, pero que es la que ha quedado, y dejo ya el excursus filosófico.

No sería justo dejar sin mencionar los defectos de La casa del río, que son pocos pero importantes aparte de la pobreza en la dirección artística que, según mi criterio, es un menoscabo menor y muy disculpable. El equipo actoral está en general por debajo de lo esperable en una cinta hollywoodense de 1950, incluso de una modesta. La falta de implicación de todos, y muy en especial de Louis Hayward interpretando a Stephen Byrne, el escritor-asesino protagonista, lastra mucho una película que no hubiera necesitado de grandes estrellas para lucir mejor (si bien con ellas hoy estaría en el escalón por ejemplo de las citadas más arriba o de las de un buen Hitchcock inglés), pero que por culpa de esta mediocridad en las interpretaciones pierde bastante fuelle. Su otro defecto es un guión con vacíos argumentales y personalidades poco trabajadas, aunque esto último no acompaña mal al carácter esquemático de la película del que hablé al principio. En efecto es un filme que bien podría ponerse en las escuelas de cine para enseñar lo máximo que se puede obtener con lo mínimo de lo que se puede disponer no sólo en términos económicos sino cinematográficos.

Un último detalle: El juez, que se confunde, es tuerto. Como Lang. Genial.

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7 comentarios sobre “ESQUELETOS QUE FLOTAN La casa del río (House by the River, Fritz Lang, 1950)

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  1. Hola tocayo
    Se nota que no te convence el reparto : sólo nombras a uno… y al final.
    Todo el rato estaba pensando que la peli parece un punto de encuentro entre Fritz y Alfred… y al final aparece.
    Cuando has nombrado Republic Pictures se me ha venido a la mente el águila calva en el picacho; cuando era niño era ver esa estampa y saber que venían emociones de las buenas. Pero no, esta casa junto al río no me suena de nada.
    La foto de los dos hombres llevando el saco tiene un punto que recuerda a la , según dicen, mejor carpeta de disco. «A broken frame» Depeche Mode.
    Un saludo, Manuel.

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    1. Hola tocayo,
      hace ya como dos años que escribí esto y hay cosas que se me nublan y se las ha llevado el río. Me llama la atención tu cruce de cables con Hitchcock. Pudiera ser.
      La peli es pobretona en medios, y los actores sí recuerdo que eran muy malos, o que no tenían tiempo de ser bueno.
      A mí, claro, nada me recuerda a Depeche Mode. Ya sabes que hay músicas con las que no sintetizo.
      Un abrazo del hombre del saco!

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  2. Hace mucho tiempo que la vi, pero lo que sí recuerdo es la pobre impresión que me causó. Y digo, pobre, para el nivel exhibido por Lang en anteriores producciones y a pesar de todo –que fuera de serie B y con un guión escasamente desarrollado e interpretaciones que hacían agua por todas partes, aunque no es una mala película (como tú bien dices), precisamente por la maestría de Lang–. Un Lang, que dos años más tarde de la producción de esta película, llegaría a formar parte de la infame lista negra macartista durante seis meses en 1952, aunque él contabilizaba un tiempo superior, y tuvo que rehabilitarse gracias a Harry Cohn, líder de la Columbia, y a escribir cartas exculpatorias después de ser atacado por la American Legion.
    La Republic era una productora de bajo presupuesto y patriotrismo sincero (tanto, que el propietario de la Republic, Herbert Yates, invirtió 200.000 $ en el republicano Alf Landon para la campaña electo-ral que ganó Roosevelt de forma arrolladora) que ocupaba una posición estratégica entre la Poverty Row y los grandes estudios, fue creada sin pretensión de arte cinematográfico serio.
    Un abrazo.

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    1. Vaya Nuncaelolvido, cuánto sabes sobre Republic pictures. Muchas gracias por los datos que aportas. No sabía que había estado en las listas negras, o si lo he sabido en algún momento, que es probable, lo había olvidado…

      Veo que coincidimos en la apreciación de la película. Es pobretona pero se salva de la quema gracias a la maestría de Lang. Pero te diré algo, aunque este quizá sea uno de los momentos más bajo del cine de Lang (a nivel de producción) yo me alegro en general de que tuviera que hacer en Hollywood películas de «medio pelo» porque, la verdad, a mí me vuelven loco. Una de mis pelis favoritas de siempre es Lo sobornados, y las de Joan Benet las he visto una y mil veces.

      Un abrazo!

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  3. Tengo que volver a verla, pero recuerdo que Lang lograba en los primeros minutos meterte en una atmósfera opresiva con unos personajes oscuros. Y es que Fritz Lang siempre lograba eso: un ambiente y un mundo oscuro, cruel, donde sus personajes se mueven. ¡Me has animado a que más tarde o más temprano vuelva a verla!
    Hubo una época en que fue un director que perseguía y perseguía. La verdad es que siempre le he disfrutado. No sabría decir cuál es mi Lang favorito. Quizá me decanto por las siguientes: La muerte cansada, Los espías, M, Solo se vive una vez, Perversidad, Los sobornados y Mientras Nueva York duerme.

    Beso
    Hildy

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    1. Hola Hildy queridísima,
      a Lang hay que volver y revolver. Es un genio absoluto que además siempre ofrece más cuando se le revisiona.
      Yo por motivos llamémosle críticos entiendo que el Lang alemán es un pilar de la historia del cine, y sus Mabuses y su M me parecen maravillas. Pero a este corazoncito, como le digo a Nuncaelvolvido, lo que le gusta es el Lang negro y obligado a la humildad. Me gusta el jugo que saca al sistema de estudios de Hollywood, y viceversa.
      Mi favorita, insisto: Los sobornados. Me gusta tanto que ni me veo capaz de escribir sobre ella.

      Un besazo Hildy

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  4. Saber poco y de casi nada, amigo Manuel. Además luego se me olvida todo. Una amiga mía me dice que tengo memoria de pez, ¡y qué razón tiene!
    Como podrás imaginar, tanto lo que aporto de Lang como de Republic vienen de mis lecturas y tampoco me extañaría nada que ese dato de Lang lo desconocieras dada la tendencia aséptica de la crítica en general, que tiende a ignorar –o a pasar de puntillas, si no a eludir descaradamente– todos aquellos aspectos cinematográficos que no sean técnicos, como si lo demás no fuera cine o historia del cine. De ahí, que esté verdaderamente harto (por no decir asqueado) de esos «dogmáticos del cine» cuya única misión parece estar encaminada a entronizar o endiosar a unos individuos, que si bien eran grandes cineastas (al rey lo que es del rey) no dejaban de ser individuos con sus grandezas y sus miserias como el resto de los mortales.
    Y sí, coincido contigo, a Lang le hacía falta un buen baño de humildad para que dejara de tratar a actores, extras y demás como esclavos, no se fuera a creer que todavía seguía siendo, como en la Alemania de la UFA, «el señor de las bestias». Claro, se encontró con que en Estados Unidos los trabajadores estaban sindicados y tenían regulada la jornada laboral. Un duro revés para «Fritz Lang, el pequeño tirano de la UFA» categorización que tomo prestada de una estupenda entrada de aquí: https://eltestamentodeldoctorcaligari.com/2015/06/19/fritz-lang-el-pequeno-tirano-de-la-ufa-el-rodaje-de-metropolis-1927/. Si no la has leído, te recomiendo su lectura.
    Pues en tu apreciación sobre Los sobornados, también coincido contigo. De la filmografía de Lang posiblemente sea la película que más me guste de él. Y por géneros, el noir sin lugar a dudas (mi género favorito); y en sentido inverso, sus wéstern, pese a que haya quien califique a Encubridora como obra maestra del género. Ahí es nada. ¡Cómo nos gustan los superlativos!
    Un abrazo.

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