Corazón vagabundo (Dekigokoro, Yasujiro Ozu, 1933)

La paternidad y sus derivadas es uno de los temas principales de la filmografía de Ozu. La figura del padre quizá sea más compleja que la de la madre en sus películas. Las madres de Ozu siempre son como tienen que ser, como queremos que sea una madre. Incluso hay madres postizas, mejores que las reales y, en fin, el respeto es grande a la figura matriarcal en la filmografía del maestro. Los padres de Ozu, sin embargo, suelen ser hombres que fallan, que no saben cumplir con su tarea porque hay algo fuera de la relación con el hijo/a que les condiciona. Ya vimos al empleado acogotado de He nacido pero…, y veremos al ser perpetuamente traumatizado por un accidente de Había un padre, de 1941, y a varios hombres maduros empeñados en casar a sus hijas en casi cada film de posguerra. El padre, en Ozu, es un personaje tan defectuoso como ineficaz. Las cosas le salen mal y nos preguntamos a veces, como en Dekigokoro, nuestra peli de hoy, cómo alguien tan incapaz consigue siempre, en última instancia, el respeto y el cariño de la audiencia y de sus hijos.

Ya que tocamos el tema, quizá sea el momento de poner nombre al padre de nuestro director: se llamó Teranosuke Ozu, y murió aún joven en 1934, justo cuando su hijo rodaba su siguiente película conservada, de la que hablaremos el domingo que viene y que se llama Amad a la madre o Se debe amar a la madre. Ozu, el de en medio de cinco hermanos, por cierto, no tuvo con él una relación especialmente cercana. Normal, pues Teranosuke Ozu era comerciante, viajaba mucho, y a quien de verdad estuvo unido fue a su madre, Asae, que se fue a vivir con él y a su lado estuvo hasta su muerte, un año antes de la del hijo.

Fantasía pasajera llaman en IMDB a Dekigokoro, que al menos en España es conocida como Corazón vagabundo. Ese corazón atolondrado pertenece a Kihachi (creo que es el primer protagónico con Ozu del simpático Takeshi Sakamoto, secundario en casi todas las películas que hemos comentado hasta ahora), un hombre que vive en un barrio popular de la parte baja de Tokio, como el mismo Ozu en su infancia, junto a su hijo Tomio (interpretado por la estrella infantil Tommio Aoki, un habitual ya de este estos apuntes) y su amigo y compañero de trabajo Jiro (Den Ôhinata) La madre del niño suponemos que ha muerto, y entre Kihachi y Jiro lo crían, más que educarle, aunque afortunadamente Tomio es más responsable que los dos adultos y, por ejemplo, se encarga de despertarles cada mañana para que vayan a trabajar con el expeditivo método de golpearles la tibia con un bate de béisbol.

En un nada disimulado reaprovechamiento de la trama de Unidos en la pelea, Kihachi y y Jiro se topan con Harue (Nobuko Fushimi), una jovencísima vagabunda que dice haberse dedicado hasta ayer a empujar un molino, que no sé yo si es traducción directa y fiable del intertítulo, pero que todos, personajes y espectadores, entendemos con claridad que es una forma sutil de evocar el lenocinio. No sabemos si se ha prostituido o está en la calle precisamente por no querer prostituirse. Estas cosas siempre quedan en el aire. El caso es que Kihachi convence a Otome, la dueña del bar donde comen cada día, interpretada por la entrañable Chôko Iida, para que se quede con Harue y la aloje a cambio de trabajar en el bar. 

Enseguida Kihachi se prenda de Harue, demasiado joven para él, y en su empeño por agradarle y en su delirio enamoriscado empieza a hacer el idiota y a faltar más aún a sus obligaciones con su hijo, su amigo y su trabajo. Harue además termina enamorándose de Jiro, más joven y guapo que él, y en medio de todo esto Tomio, el hijo, se harta de la situación y le arrea al padre la paliza más memorable y extendida en el tiempo, creo, de toda la filmografía de Yasujiro Ozu. Más de 30 segundos de guantazos.

Tomio está harto de su padre porque es un borrachín analfabeto. Humillado por los otros niños del vecindario, Tomio explota y su padre, arrepentido, le da una moneda, que el niño se gasta en caramelos que casi le matan de la indigestión… Como no hay dinero para pagar el hospital, algunos personajes se ofrecen y suceden los unos a los otros en la intención de migrar a Hokkaido, pues todo está lleno de carteles que invitan a ello. Todo es extraño en el desenlace que sigue, pero solo a nuestros ojos. En el contexto mental del Japón de los años 30, las relaciones son más tenues, más sustituibles que como nosotros las entendemos.

Más importante que el desarrollo dramático de la acción son otras cosas. Dekigokoro, aunque obtuvo el primer premio de la revista Kinema Jumpo de su año de estreno,  vista hoy nos da la impresión de ser bastante humilde, casi discreta si la comparamos por ejemplo con la ya mencionada He nacido pero… de temática similar. Está desprovista del dramatismo profundo de esta, quizá porque, incluso cuando la trama pasa de la comedia al drama, con la enfermedad de Tomio, su padre, el protagonista, es tan payasesco que es imposible tomarse en serio nada de lo que ocurre. Muy posiblemente eso es lo que quería Ozu, no abandonar la comedia para no llevarse de nuevo el rapapolvo de sus superiores, como le pasó con He nacido pero… Así que, a pesar del giro dramático, el tono de farsa se mantiene hasta el mismísimo final en una escena por cierto muy extraña en Ozu, pues sucede en un barco en movimiento.

También puede pensarse que esta ausencia de dramatismo se debe a la enorme simpatía que, se nota mucho, Ozu tiene por todos los personajes y por el ambiente mismo de barrio pobre pero honrado que era el mismo de su infancia. Nadie en esta película es antipático ni proviene de otros ambientes, o acude a ellos. En las películas de estudiantes, de gánsters o de trabajadores de oficina el malestar, la rutina hiriente y la deshumanización aparecían por aquí y por allá, pero en este ambiente de suburbio humilde parece que las pocas luces y pasarse con el sake son las únicas circunstancias que pueden nublar la vida. Y son defectos que por supuesto todo el mundo parece dispuesto a perdonar. Un buen ejemplo de esto que cuento es el arranque de la película, muy curioso y que no hemos comentado. Empieza con una serie de travellings que recorren el público de una humildísima representación teatral. Tan humilde como que no es más que un recitador de leyendas al que el sudoroso público por el insoportable verano tokiota muestra devota atención. De pronto alguien ve un monedero en el suelo, lo coge, comprueba que está vacío, lo deja de nuevo, otro lo ve, lo coge, ve que está vacío… Así va el monedero de mano en mano hasta que vuelve a su dueño original. Justo en ese momento parece que un ataque de furiosas pulgas afecta a todo el público, que se rasca como loco… Y termina la función. Esta escena que mezcla miseria, picaresca y arte es el perfecto preámbulo de lo que veremos. 


Por cierto, que lo que ya no vemos en Corazón vagabundo son carteles de películas occidentales, pero sí varios de filmes japoneses, y todo el mundo, sin excepción, viste al modo tradicional. Además al niño lo que más le apasiona es dibujar militares… Se queda atrás el ensueño confuso de la occidentalización repentina que llegó en los felices 20 que poco a poco se diluirá conforme el imperialismo nacionalista se vaya adueñando de las vidas y las carteleras de esta nación tan flexible y maleable en caliente como rígida e impertérrita en frío.

Esta entrada forma parte del Especial kanreki de Yasujiro Ozu

Todas las citas literales de Ozu, salvo que se indique lo contrario, están extraídas de La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine de Yasujiro Ozu, traducido por Amelia Pérez de Villar y editado en Gallo Nero.

Si menciono a Antonio Santos suelo referirme a lo leído en su monografía sobre Yasujiro Ozu editada por Cátedra.

Se pueden consultar la ficha de cada película y otros análisis en IMDB, Filmaffinity y Letterboxd.

En inglés se puede leer el análisis técnico de David Bordwell de cada película legal y gratuitamente de su libro Ozu and the poetics of cinema en este enlace.

En Internet Archive hay algunas películas de Ozu que no se pueden encontrar en las plataformas habituales.

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España.

2 comentarios sobre “Corazón vagabundo (Dekigokoro, Yasujiro Ozu, 1933)

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  1. Hola tocayo
    Tu primera reflexión sobre el papel de padres y madres me lleva a lo mucho que me extraño en la película de la «madre con dos pistolas» que fuese esta la que se ocupase de la vigilancia y el padre de los cuidados… a pesar de que sabíamos que el padre era muy capaz de maniatar a toda una oficina.
    En el apartado Oriente se encuentra con Occidente de hoy: eso de «empujar un molino» tiene bastante que ver, aparentemente, con la «molienda» que se decía por aquí.
    Otro argumento, que resulta constante, los infantes tienen bastantes problemas de salud.
    Supongo que, como están tratando de alejarse de la influencia americana, más que un bate el utensilio despertador sería una tranca. Pues eso un saludo con re-tranca, Manuel.

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    1. Hola tocayo,
      las madres apañás son todo un género en el cine japonés. Creo que no lo he mencionado aún, pero las películas de madres abnegadas, que Ozu tiene alguna como la próxima en aparecer y Naruse por ejemplo ciento y pico, llevaban la etiqueta curiosa para nosotros de Haha-mono, que significa «Historias de madres » pero suena a lo que dijo el piloto que terminó de derribar a King Kong.

      Lo de la molienda yo no lo he escuchado porque claro, he sido siempre un hombre bueno tendiendo a puro y panoli, que tiendo a la molicie, es verdad, pero no a la molienda.

      Que los niños se morían por una corriente de aire hace noventa años lo sabía mi abuela, que enterró a 4, lo mismo que posiblemente alguna de las tuyas. Era la vida.

      Un saludo molinero.

      Me gusta

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