Alas (Wings, William A. Wellman, 1927) SEGUNDA PARTE

Wings ganó, como explicamos en la primera parte de este comentario, el primer Premio de la Academia a la Mejor Película (bueno, en aquel momento era “a la película más sobresaliente”, outstanding film) Este hito no se corresponde sin embargo con el regusto que ha dejado en la historiografía cinematográfica ni, seamos realistas, en el imaginario cinéfilo. Alas tiene el paradójico problema de haber tenido éxito en el momento quizá más convulso y creativo de la historia del cine, tanto en el plano formal como en el comercial, pues su exhibición tuvo lugar a la vez que la explosión del cine hablado. Por eso sucede que uno revisa los estrenos de aquellos años -y nos ceñimos a EEUU- y se da de bruces con Amanecer o El cantor de Jazz, por no ir más lejos, y resulta que tanto en el aspecto estético como en el histórico Alas nació en cierta forma destinada a no trascender. Sus muchos hallazgos cinematográficos y la herencia que su estructura dramática pudo dejar como prototipo del film de acción y evasión parecen no ser suficientes para sostenerla en el altar de las grandes películas que apuntalaran, en esos años mágicos, el palacio de aire y luz que es la cinematografía.

Sirva este breve apunte para recordar sus méritos y en lo posible animar a quien no la conozca a asomarse a ella. Esa es la única forma de que las películas no desaparezcan, siendo vistas; y aún con las limitaciones que nuestra perspectiva crítica y estetizante quiera subrayar, Wings es un filme vibrante, original, magníficamente concebido, realizado y montado. Nos enseña cómo era su tiempo, nos va a divertir en cada fotograma, mostró un ángulo de la realidad -la perspectiva del aviador- desconocido entonces para el público y, a pesar de su limitadas pretensiones intelectuales, nos ilustra sobre valores, principios y formas de vida que quizá merezcan un repaso. Alas es divertida, emocionante y épica. Sus defectos solo pueden ser llamados así porque tras ella se convirtieron en lugares comunes y soluciones fáciles para las películas que hoy llamamos “comerciales”, pero si viajáramos en el tiempo a 1927 todos esos tópicos y trucos no podríamos juzgarlos como tales. Nos parecerían ideas y momentos fascinantes, se nos saldría el corazón de la tensión y dejaríamos la sala con la percepción ahíta de imágenes nunca vistas y el pecho contraído por las emociones, y no con esa sensación que tenemos ahora, casi un siglo después, de que nos han vuelto a vender la misma moto de siempre, aunque sea una moto chula, rápida y bien diseñada. Wings fue quizá una de las primeras motos, pero era una moto que volaba, y por eso sigue elevada muy por encima de tanto trasto inutil que vaga por la tierra sin gracia ni gasolina.

La historia

Jack Powell (Buddy Rogers) y Dave Armstrong (Richard Arlen) se alistan para participar como aviadores en la Primera Guerra Mundial. La película gira en torno a la relación que mantienen entre sí y con dos chicas que dejan en su pueblo. Para no destripar la trama dejo enlace directo a la wikipedia, que la resume perfectamente.

Wings posee una estructura dramática más propia de su tiempo que del nuestro. Está dividida en una serie de cuadros perfectamente separados no solo por los obvios intertítulos e indicativos de tiempo y lugar, sino por estilos diferenciados para cada una de estas partes. Hay un prólogo delicioso en mi opinión, en el que aparte de conocer a los dos amigos protagonistas y a Sylvia (Jobyna Ralston), la chica de la que ambos están enamorados, aunque ella realmente ame a Dave, conocemos a Mary Preston (Clara Bow), vecina y enamorada de Jack, que se queda al cargo de su viejo Ford T al que llaman estrella fugaz, como luego pondrá el joven a su avión de guerra ya en el frente europeo. El siguiente capítulo será el de formación de los pilotos; Jack y Dave llegan enfrentados por su competencia por Sylvia y terminan haciéndose amigos por pelea, esa extraña forma de filiación agonística que solo ocurre en las películas, como otras. La escena más memorable de este episodio es la breve aparición de Gary Cooper, hermoso profeta fatal.

Llegamos a Europa y del virado sepia americano pasamos al tono gris nocturno-europeo que predominará en lo que queda de metraje. Comienzan las batallas aéreas. En una merecida licencia que consigue Jack se traslada a París, donde coincidirá sin darse cuenta -a causa de su borrachera- con su vecina Mary, que se ha trasladado a Europa para colaborar como conductora en el esfuerzo de guerra. El estilo de esta escena, famosa por el famoso travelling que nos introduce en el Folies Bergère, contrasta con el resto de la película. 

De vuelta al campo de batalla llega el penúltimo episodio, en el que se gesta y lleva a cabo la ofensiva de Saint-Mihiel y en el que queda sellado el destino de los dos amigos.

Un agridulce epílogo final nos lleva finalmente de vuelta a EEUU. La historia termina donde empezó, pero todo ha cambiado.

¿Estilo?

No creo que se pueda decir que Alas, en su totalidad, sea una obra con estilo propio, o al menos que este sea evidentemente reconocible, como en general ocurre con el cine de Wellman. Hay, si hablamos de la película al completo, una atmósfera y una especie de recuerdo estructural, por llamarlo de alguna manera, que remite directamente a El gran desfile (The Big Parade, King Vidor, 1925). No en vano, Wellman dice de ella : “La vi 22 veces hasta que memoricé cada plano y cada corte pensando en la razón que yo suponía que les correspondía. Luego en la cama le daba vueltas para imaginar, infructuosamente, cómo había llegado Vidor a ese nivel en la dirección.”

Ciertamente la idea de contrastar capítulos melodramático-amorosos con escenas bélicas llenas de gran fuerza sensorial, rodadas con gran virtuosismo y protagonizadas por grandes masas en movimiento, parece que es un poco la estructura muy general que había pensado la Paramount antes incluso de contratar a Wellman. Lo bueno de Alas es que, igual que pasó antes con Vidor, pero por un camino distinto, contó con un director en estado de gracia que supo dar con la tecla de la puesta en escena en cada uno de los capítulos, sin que ninguno de ellos flojee en comparación con los demás. Por ejemplo, aunque es evidente que la inmensa mayoría del esfuerzo técnico, artístico y presupuestario se invirtió en las novedosas escenas de combate aéreo de las que hablamos en la primera parte, Wild Bill no se limitó, en las secuencias que transcurren fuera del frente, a narrar sin más un guion de amoríos y confusiones triangulares. Eso es lo que hay sobre el texto, pero en la pantalla hay mucha riqueza y originalidad.

Rodando el travelling

Destaquemos, por ejemplo, la famosa escena que sirve de descanso y bisagra entre los dos bloques bélicos, el “descanso del guerrero” en el Folies Bergerès de París. Wellman pone toda la carne en el asador para que no sea un mero trámite melodramático, sino una singladura llena de arte visual y significación dramática. Es la parte que abre el célebre travelling y que se sostiene en la metáfora de las burbujas. En efecto, las burbujas del champán, que llenan cada plano con simpáticos trucajes, no son solo un efecto visual, sino un elemento significativo, evocador de una realidad -la del tiempo de paz y felicidad- frágil e inasible de la que la Gran Guerra parece haber desterrado al mundo entero. 

Otra escena, en principio innecesaria e irrelevante para la historia, y que además llega en un momento en el que el público debía ya de estar nervioso, viendo que pasan los minutos -que serán hasta 43- sin haber visto aviones en acción, es la que protagoniza Gary Cooper. Esta escena dura apenas 2 minutos, está contada con toda la sencillez del mundo y es sin embargo magistral. Invisiblemente magistral. Basta el carisma de un actor bien escogido y un par de gestos y premoniciones para mejorar muchísimo el resto del filme, porque lo que aquí ocurre, sin tener importancia alguna para seguir o entender la historia, será trascendental para sentirla y emocionarnos con lo que venga después.

En resumen: Wings no tiene un estilo propio, pero sí combina muchas grandes ideas de escritura y puesta en escena, inmejorables cada una de ellas, en un todo con estructura poco original pero muy funcional y magníficamente engrasada por un gran producción, un agilísimo montaje y un guión sólido e inteligente. 

Los temas

En contraste con otras producciones anteriores de tono antibelicista que terminaron saturando al público, Alas desde su concepción se quiso que fuera un homenaje a los soldados que fueron a la guerra en Europa y a los valientes aviadores que allí se jugaron o dejaron el pellejo. Es una película patriotera que exagera la trascendencia de la participación de EEUU en la Gran Guerra. No es un alegato contra nada ni contra nadie. El mismo enemigo alemán es tratado con deferencia y respeto. A este respecto me gustaría llamar la atención sobre algo muy curioso y sorprendente: que la caballerosidad que en al menos un par de ocasiones muestra el Capitán Kellerman, líder de la escuadrilla enemiga, al perdonar la vida de Armstrong, no le sea devuelta en la lucha final por uno de los protagonistas americanos. Otra curiosidad que quiero mencionar aquí mismo, por cierto, es que el mismo Wellman (igual que otros muchos trabajadores de la Paramount) aparece en la batalla final, de uniforme, encantado de despachar enemigos y muy alegre al parecer de ser él mismo despachado.

Aparte del ardor patriótico, en mi opinión algo tan obvio como secundario, el tema central de la película, y de buena parte del cine de Wellman y, si me apuran, de lo mejor del cine de todos estos grandes directores que surcaron el mudo, el Hollywood clásico y la llegada de la televisión pasando por muchos géneros, es la amistad. El compromiso personal que mantienen por amistad y camaradería Jack y Dave es -ellos mismos lo declaran explícitamente- muy superior al que se debe a una mujer o a la patria. Su amistad se pondrá a prueba en varias ocasiones y deberá sufrir la más insoportable de las tragedias, que me guardo para no destripar. En el cine de Wellman, como pasa en Hawks o Ford, el compromiso que mantienen entre sí dos amigos es un nexo inastillable, telúrico. El amor romántico puede ir y venir, el tiempo y la oportunidad pueden trastocarlo y la vida sigue su curso, pero entre compañeros de armas o de patrulla o de rebaño el compromiso es sagrado, y si termina acaba con él la historia que estaba mereciendo ser contada. Wings nos deja, como prueba de esto que cuento, con la famosa escena en que los dos amigos se besan entre el amor y la muerte. Es un plano, el de este beso, que visto hoy parece cuando menos exótico y peculiar. Nos resulta extraño porque nos remite a una soterrada relación homosexual que no pienso yo que estuviera en el mente ni la intención de nadie insinuar. Leo por ahí en varios sitios que es el primer beso entre dos hombres de la historia del cine. Sin tener ahora en la mano otros títulos que poner aquí como prueba de lo contrario creo que puedo discrepar tranquilo de esa opinión. En este tiempo todos los besos eran en los labios o alrededores.

Conclusión

A pesar de ser muy conocida, como decía al principio me temo que Wings no ha sido vista por muchos cinéfagos que seguro sí han disfrutado otras joyas aparentemente más escondidas. Se trata de un regalo espectacular, formidable, que revolotea por la historia del cine alegre y combativo. En ella William A. Wellman puso todo su genio y la industria todo su poderío en el momento más desinhibidamente creativo del arte cinematográfico.

Para su director supuso no solo hacerse con un lugar fijo en la industria y resolver su vida en el plano económico, sino también adquirir una confianza en sí mismo y en sus capacidades que hasta esta producción no tenía y que a partir de ahora le permitirá atreverse con cualquier proyecto, picar en todos los géneros y desprender una autoridad ya sabemos que no siempre bien recibida por su entorno pero seguro que conveniente para labrar una carrera larga y fructífera, a pesar de todo. Se comprende mejor, viendo Alas y sabiendo algo de su concepción, el tremendo desgarro que supuso para Wellman que su última película, La escuadrilla Lafayette, fuera ninguneada, manoseada y deformada por una industria que ya le había perdido todo el respeto. Y viceversa.

Más de Wild Bill en nuestro especial No soy tan duro: el cine de William A. Wellman

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5 comentarios sobre “Alas (Wings, William A. Wellman, 1927) SEGUNDA PARTE

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  1. Hola tocayo:
    Está claro que con estas dos alas te has montado un vuelo de altura, con sus loops y sus picados -sin entrar nunca en barrena- y sus referencias tan oportunas y atinadas.
    Un placer ocupar asiento en tan instructivo viaje. Manuel.
    PD. El gif de Clarita silbandoaltrabajar Bow debería estar en los manuales del perfecto conductor, actualizándolo convenientemente con un ojo puesto en una pantallita, claro.

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  2. Me quito el sombrero, ¡chapeau! Me ha encantado este especial en dos fascículos. Ya cuando vi que publicabas la primera parte la semana pasada y que era un post bastante extenso me lo quise guardar para leerlo tranquilamente y paladear toda la historia tras la película con calma. He disfrutado tanto de la historia que hay detrás (muy bien contextualizada además) como de tu análisis del film.

    El famoso travelling del Folies curiosamente se hizo algo conocido en internet en formato gif porque choca lo moderno que es para provenir de una película tan antigua, lo cual es un gran argumento a favor del bueno de Bill. Es más, antiguamente la página oficial del Festival de cine mudo de Pordenone ponía ese plano como imagen de entrada, porque creo que refleja a la perfección lo virtuoso que podía ser técnicamente el cine mudo.

    Por lo demás reconozco que Alas me gusta pero nunca fue de mis favoritas de Wellman o de la era muda, pero me has dado ganas de revisionarla. Sí que me impresionó la factura técnica, porque como dices sigue impresionando lo bien hecha que está y lo impactantes que son los planos aéreos.

    Lo dicho, enhorabuena por el trabajo hecho, ¡un abrazo!

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    1. Vaya, muchas gracias por los parabienes.

      La verdad es que le he echado un par de ratos buenos porque de alguna forma sentí que la película lo merece, sin que por otra parte deje de coincidir con tu opinión sobre ella.

      El travelling a mí me parece ya muy barroco, aunque sea un puntazo técnico. Pero lo importante de él y de la gracieta de las burbujas, como comento arriba, es que Wellman se preocupó mucho de que cada escena tuviera su propia personalidad y “ocurrencia” visual.

      Tranquilo, que la entrada sobre “La fuga de Tarzán” te llevará menos tiempo leerla, jeje.

      Un abrazo.

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