Esta tierra es mía (This land is mine, Jean Renoir, 1943)

Un Renoir desorientado en Hollywood llevó adelante esta obra maestra en mitad de la II GM escrita junto a Dudley Nichols, que cuenta en su alucinante filmografía con muchos guiones para grandes maestros; mencionaré sólo La diligencia y La fiera de mi niña, pero hay más. Ambos proyectaron Esta tierra es mía para la RKO, y en apariencia sigue la “moda”, por así llamarla, de las películas que prestigiosos directores europeos dedicaron en aquellos años al conflicto mundial, aquí por ejemplo he hablado de dos masterpis, como dice Garci, de Fritz Lang: Man Hunt y Los verdugos también mueren. Vistas hoy todas estas películas, a pesar de contar cada una con sus propias peculiaridades y de tener una fuerte personalidad estética, parecen exhalar cierto aroma a complejo. Son una especie de reivindicación del viejo continente y sus mejores valores ilustrados, entonces en franco peligro, pero a la vez parecen una sutil descarga de conciencia. Lo que sucede en Europa parece claro que es cosa de europeos, culpa de europeos, y es la inercia histórica la que ha obligado a EEUU a entrar en combate y, bueno, hay que lavar eso de alguna forma, por ejemplo con estos filmes que realizan europeos. Quizá sea solo una sensación mía esto último que digo, tampoco es una idea que merezca más atención, pero es una perspectiva que quizá ayude a comprender por qué la película de Renoir ni funcionó bien en EEUU ni muchos menos gustó en Francia cuando pudo estrenarse, como luego veremos.

Para quien no la haya visto, diré solo que narra los sucesos que en un pueblo europeo de nacionalidad inespecífica tienen lugar cuando son invadidos por el ejército alemán. Aparentemente la sociedad civil puede seguir adelante con sus reglas y autoridades, que colaboran activamente con los invasores. Enseguida despierta la chispa de la rebelión y la resistencia, que termina involucrando a un timorato maestro de escuela, el Sr. Lory, interpretado fastuosamente por Charles Laughton. Este buen hombre además vive acomplejado, sometido a una madre asfixiante y está enamoriscado de su joven compañera, la Srta. Martin, que es Maureen O’Hara, así que ya me dirán cómo no enamorarse. No digo más de la trama. 

Lo interesante de la película, aparte por supuesto de sus logros formales tan fantásticos como discretos, y de un guion inteligentísimo, sabio y verdaderamente humanista –es que vaya manoseo que se trae el mundo con el dichoso adjetivo- son sus personajes. Y es que Renoir opta por ir más allá de evitar el maniqueísmo. No solo es que la bondad y la maldad no se manifieste con claridad -y en esto se aleja totalmente de las pelis de Lang citadas antes-, sino que va más lejos y se empeña en que comprendamos el papel que cada cual se ve obligado a representar en este teatro del descalabro histórico que es una sociedad a la que se cercenan los derechos por la fuerza. El mismo oficial alemán que dirige el contingente invasor es quizá el más culto de todos los personajes, y nunca le falta un argumento razonable y unas palabras suaves para animar a las autoridades locales y a los sospechosos a vislumbrar la inutilidad de toda subversión. Las autoridades colaboracionistas, con el alcalde a la cabeza, también tienen sus razones, y aunque en conciencia ya saben que la historia y sus remordimientos les juzgarán en el futuro por sus actos, prefieren la paz social al conflicto directo y la violencia. Por supuesto que al final queda meridianamente claro que el colaboracionismo es negativo y lamentable la opción de los cobardes que no luchan, pero ni ellos ni los alemanes son monstruos inhumanos. Digamos que el mensaje de Renoir es una revisión desencantada y sufrida del espíritu que animara La gran ilusión, aquella obra maestra que, si no recuerdo mal, dijo él mismo -1937- que iba a terminar con todas las guerras… No sé si la cita es apócrifa, pero dolorosa lo es un rato.

Y por encima de todo este rigor inteligente de Renoir que le costó, quiero suponer, la incomprensión de un público que no estaba para sutilezas ni a un lado ni al otro del Atlántico, se alza el personaje de Albert Lorry: era el más simple de los hombres y se vuelve el más complejo. Era el más cobarde y personificará el arrojo. Inane ciudadano anónimo, terminará encarnando la humanidad y el civismo en sus discursos finales, que ríase usted del final de El gran dictador, y súbalo a youtube para explicar a  las generaciones que vengan lo que es la dignidad. Era el peor y más triste de los maestros cuando empieza la peli, pero al final debería ser la luz de todos los que aún no saben, o simulan ignorar de vez en cuando, lo que la Razón y el Derecho nos han traído: esa estupenda libertad que ahora nos encanta disfrutar para decidir qué móvil chino nos compramos.

Cito textualmente la parte dedicada a esta película en el lamentablemente inacabado libro sobre Renoir de André Bazin, preparado y prologado por Truffaut:

El más despreciado de los filmes americanos de Jean Renoir. La acción se desarrolla (como la de Memorias de una doncella) en una pequeña aldea de Francia reconstruida en estudio en Hollywood. Este rincón de Francia hecho de cartón piedra y de estuco es, en realidad, un país imaginario, igual que el de Verdoux o el paisaje de algunos filmes de Fritz Lang, como Hangmen also die! (1943).

«Con This Land is Mine quise mostrar a los americanos un aspecto menos convencional de la Francia ocupada… Quizá fui torpe. Quizá no comprendí el estado de espíritu que reinaba en Francia después de la liberación. Sin embargo, me vi abrumado con innumerables cartas injuriosas procedentes de Francia y avergonzado por la prensa parisina. Por una vez, me apenó sinceramente no haber sido comprendido». (Jean Renoir: «Mi experiencia americana», Cinémonde, 1946).

This Land is Mine, a pesar de su puesta en escena clásica, de una prudencia poco habitual en Renoir (se trataba de convencer a toda costa al público americano), es un filme muy bello en el que se reconoce inmediatamente a nuestro autor aunque no sea más que en el personaje y en la interpretación de Charles Laughton, tan característica del realizador, como la de Pierre Renoir en La Marsellesa.

Se quiera o no, se trata de un filme típicamente francés y no es casual que nos haga recordar constantemente al Daudet de La Dernière Classe. Bardèche, que ha llevado al máximo la falta de seriedad crítica al considerar en una de las ediciones de su Histoire du Cinéma como filme americano de Renoir uno que jamás fue rodado (Terre des hommes, según ¡Saint-Exúpery!) se redime de este error con un análisis muy honesto de This Land is Mine: «Aunque esté relacionado con el mismo tipo de error, el filme de Jean Renoir This Land is Mine es menos chocante para los cobayas invitados a contemplar sus éxitos. Laughton interpreta a un admirable maestro de escuela, que tiene miedo de los bombardeos, que ama sus comodidades, su tazón de leche, a su vieja madre, y que siente un gran respeto por el inspector de distrito universitario y por las autoridades de ocupación, y que al final se convertirá en un perro rabioso: las sesiones del tribunal militar se presentan al público como las audiencias de un correccional. El patriotismo es de un estilo ampuloso; los inspectores arrancan con lágrimas en los ojos las páginas de los manuales de historia dedicadas a Juana de Arco y a Jules Ferry en la escuela laica; el filme acaba con unos coros de alumnos que cantan como si fueran salmos los artículos de la Declaración de los Derechos del Hombre. Estas evocaciones eminentemente republicanas quizá hagan sonreír un poco, y el filme fue criticado severamente en Francia. Fue acogido muy injustamente, porque con todos sus defectos inevitables, que son defectos típicos de “ausente”, Renoir había tratado de comprender la situación de un país ocupado; su filme es el de un hombre inteligente que falla en aquellas cosas que no se pueden comprender a distancia, pero que, sin embargo, muestra ciertamente en su película muchas menos tonterías y bajezas que aquellas que fueron realizadas por esa época en Francia sobre temas análogos». Estamos completamente de acuerdo con este juicio de Maurice Bardèche. (François Truffaut)

Me resulta chocante tanta hiel crítica que, como indica Renoir mismo, tuvo personalmente que probar abochornado. Es una anotación la de Bazin antipática, perdonavidas, de chauvinismo confuso aun traído de forma discreta y, no sé, a mí me provoca desasosiego y antipatía. Porque está llena de ceguera y falta de perspectiva, pero claro, el problema con las anteojeras seguro que lo tengo yo y no Bazin, como es obvio, y lo digo sin ironía.*

Y es que Esta tierra es mía a mi me parece que es la mejor película que podía hacerse en las condiciones históricas y productivas con las que se encontró Renoir en aquel momento de su periplo. Todo en ella me parecen aciertos, buenas decisiones. Es sabia y medida, tiene lo mejor de Renoir y lo mejor de la RKO, es el más hermoso e intemporal homenaje fílmico que Estados Unidos estaba en condiciones de hacer a quienes en Europa resistían al invasor jugándose la vida por una tierra, que era la de Renoir y a la que, lo que es el cine, no se nombra para no herir sensibilidades.

* Desconozco si Bazin era conocedor de esas cartas en las que un Renoir repugnante denuncia a colaboradores suyos durante la ocupación. De la lectura de esta entrada se desprende un cariño por el director de La bestia humana que a veces me cuesta mantener, y más mientras mejor conozco a la persona. En cualquier caso mantengo que me extraña el juicio de Bazin.

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6 comentarios sobre “Esta tierra es mía (This land is mine, Jean Renoir, 1943)

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  1. Hola tocayo
    Renoir, Laughton, O’Hara… con esos mimbres no puede salir mal cesto.
    Por las mismas fechas Woody Guthrie, cansado de escuchar «God bless America» compuso «This Land is Your Land» (puede parecer lo opuesto a la peli pero no lo es: This land is your land AND this land is my land…). Enlazando con tu anterior entrada bien se puede decir que hay temas que, sin mucho rascar, levantan ampollas.
    Un saludo, Manuel.

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    1. Pues precisamente anoche volví a verla (esto lo escribí hace tiempo) esta vez doblada y mecagontó, parece mil veces peor. Era un doblaje de esos low cost en los que la gente anda y parece que hay un caballo suelto en el plató… Fatal.
      A pesar de alguna carencia perdonable también por la cosa propagandística lo cierto es que tiene un tercer acto tan poderoso que la emoción llega y el seso se despierta.
      Un abrazo

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  2. Hace siglos que quiero revisionar esta película, fue de las primeras que vi de Renoir y me gustó mucho, pero claro, hace mucho de ello y quiero volver a verla ahora que le conozco mejor.
    Me has dejado helado con esa nota a pie de página. Siempre pensé que Renoir era uno de los cineastas que mejor me caían como persona por lo poco que sabía de él. Uno de los motivos por los que llevo tanto tiempo posponiendo este visionado es que quiero leerme uno de estos veranos una biografía muy extensa sobre él y hacer un repaso a su carrera. Iba a ser este 2021 pero surgieron ciertas circunstancias que lo impidieron. Espero que de este 2022 no pase y conozca mejor, para bien o para mal, a este cineasta que considero el director más grande surgido de Francia.

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    1. Lo mismito que te ha pasado a ti leyendo la nota me pasó a mí viendo «Las películas de mi vida» de Tavernier, que es donde descubrí la movida. Justo había escrito esto hacía unas semanas (supongo que se nota) y para más inri estaba leyendo la autobiografía de Renoir, que por cierto, ya me estaba chirriando bastante por otros motivos… No sé, esa sensación de que te están contando una milonga tras otra, o que diga cosas terribles de otros casi como si fuera una broma -por ejemplo, comenta como de pasada y por hablar de algo las supuestas aficiones zoofílicas de Michel Simon (¡!)… Bueno, cosas feas que remató Tavernier

      En fin, sea una nota al margen

      Saludos!

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  3. Sí, me sorprendió también cuando vi “Las películas de mi vida” de Tavernier su mirada sobre Jean Renoir.
    Las luces y sombras de un hombre salen a relucir.
    No obstante, sin haber indagado todavía lo suficiente en ese episodio (y me llama mucho la atención), no puedo evitar la conexión que siento con la filmografía de Renoir y que además sea protagonista de uno de mis preciados recuerdos: durante mis años universitarios asistí a un gran ciclo que organizó la filmoteca y allí descubrí casi todas sus películas como una revelación.
    Por ejemplo, por poner sobre la palestra otro caso de sombras de un director de cine, reconozco también lo que aprecio la filmografía de Elia Kazan, uno de los responsables de mi pasión, y en este caso sí he indagado bastante en su actuación durante la caza de brujas. Es decir, aun conociendo también su zona oscura y sus sombras, sus películas y su filmografía me llegan y alcanzan. Al final, todos esos conocimientos sobre la vida de estos directores de cine, proporciona también interesantes análisis y matices y otras perspectivas a la hora de abordar y mirar sus obras.

    Beso
    Hildy

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    1. Efectivamente Hildy,

      esta gente ya está muerta, ya dejó su legado, y no tiene sentido alguno ponerse a juzgarlos por lo que hicieron. Pero es que además estos genios solían ser gente hiperactiva y hacían tantas y tantas cosas que seguro que de alguna de las malas ni ellos mismos, tiempo después tendrían recuerdo.
      De todas formas sí me parece conveniente e interesante conocer estas cosas y que cada cual y su legado quede retratado, eso sí con pruebas y la mayor objetividad posible. Porque a consecuencia de esas mierdas mucha gente fue excluida de la industria o sufrió a causa de estos tipos que merecen todo el reconocimiento por su obra pero también la reprobación humana por sus malas artes de entonces.
      El caso de Renoir además es especial, pues tanto él como sus películas rezuman tanta humanidad desenfadada y tolerante que… En fin.

      Un beso fuerte

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