Callejón Sangriento (Blood Alley, William Wellman, 1955)

Callejón Sangriento fue la primera película realizada íntegramente por Batjac, la productora de John Wayne, que compró a John Fellows su parte en la empresa que tenían en comandita, para la que desde hacía un tiempo trabajaba Wellman. Además de poner la pasta el bueno de Wayne tuvo que protagonizar, en contra de lo previsto por lo que luego contaré, esta cinta que Wellman intuía que no iba a interesar a nadie -¿a quién interesa ver chinos en warnercolor?– y no se equivocó. Es una película correcta y entretenida pero falta de chispa y enjundia por variadas razones a las que luego aludiremos sin recrearnos, pero antes el argumento.

John Wayne interpreta a Tom Wilder, un capitán de barco norteamericano que se busca la vida en el lejano oriente y que es rescatado de una cárcel de la china comunista por los habitantes de un pueblo de la china comunista que quieren contratarlo para que, a través del peligroso Estrecho de Formosa (al que alude el título) conduzca en un viejo vapor a todos sus habitantes no comunistas hasta el Hong Kong capitalista. En el pueblo vive Lauren Bacall, hija de un misionero médico ausente -ni falta que hace su presencia, pero alguna occidental había que poner en el radar amoroso del occidental héroe-  que acompaña a todos a través del temible pasillito de mar donde encuentran la esperable resistencia que, siendo comunista el enemigo, pues se resiste bien y se llega a buen puerto.

Estamos por lo tanto ante un filme de aventuras que me resulta curioso porque parece ser de época cuando no lo es, claro, y que no termina de funcionar bien. Para empezar, el guion de Albert Sidney Fleischman, autor también de la novela que emocionó al Duque -quién iba a pensar que a Wayne iba escaso de criterio literario- aunque discurre con fluidez incluye algunas ideas de bombero que madre del amor hermoso. Por ejemplo lo de que Wayne, con su 1,93 de estatura y siendo quien era en el star system, se pase media película hablándole a una novia-muñeca imaginaria a la que llama Baby que por lo visto le consoló en su encierro comunista, no me pregunten cómo. Además, cuando habla con Baby mira hacia arriba, así que debe de ser una muñeca imaginaria de 2,35 de altura, no me pregunten por qué. Otro momento bien descacharrante es ese en el que Wayne, que lleva varios días sin decirle a Bacall que a su padre le han matado, básicamente porque no le ha apetecido, se va a buscarla y antes de comunicárselo ¡LE DA UN HOSTIAZO! y le dice algo así como:  “te doy esta leche para que el disgusto que viene, que es peor, te coja entrenada…” En fin, si ya la química entre los dos actores es la justita y la pobre Bacall parece un poco desubicada en todos los sentidos (quizá con algo que comentaré más abajo se podrá entender esto) con este tipo de escenas, (que si juntas unas cuantas y te llamas John Ford haces una maravilla, ojo) la trama amorosa equivale un poco a echar en un cubo una trucha y un cangrejo y ver qué pasa.

Esta es la noticia buena…

Y luego están los esperables y habituales sesgos de la época: que los soldados chinos son todos idiotas y muy bajitos -¿1 Baby = 2 soldados chinos?-, que la hija del misionero poco menos que tiene la obligación de enamorarse del rudo marinero, que con un viejo vapor y tres pistolas se deshacen de una ¿fragata? de guerra china, que claro, lo conseguirán porque está muy lejos, o eso parece, y es que era una imagen de archivo de la IIGM supongo y mejor que se viera borrosa la bandera yanqui o nipona, como borrosos se ven algunos planos hechos con maquetas que dan un poco de risa… Bueno, cosas un poco del todo a cien que se perdonan siempre en estas pelis de aventura, y más si están rodadas en la chinosería de San Francisco. En fin, pese a estas cosillas la película entretiene lo suyo y esconde algún típico momento Wellman, como cierta pelea en el puente de mando del barco, en la que esta vez vemos pero no oímos lo que ocurre, y además encierra alguna sorpresa… En concreto una sorpresa en forma de actriz de reparto tan escondida que cuando vi el nombre en los créditos finales -no me había fijado en los iniciales- me dije a mi mismo: ¿Y cuándo ha salido esta? Pues aquí les muestro cuándo ha salido, si adivinan quién es esta sin pinchar este enlace revelador les debo un rollito de primavera.

Quizá lo más interesante de Blood Alley no sea el producto final, potable pero que apenas interesó a crítica y público, sino el accidentado inicio de rodaje por culpa de Robert Mitchum. El protagonista de La noche del cazador, que debía su fama a Wellman, por cierto, por darle su primera gran oportunidad en También somos seres humanos (Story of G.I. Joe, 1945), acababa de hacer para nuestro director El rastro de la pantera (The Track of the Cat, 1954) y cuando llegó a las afueras de San Francisco para rodar las primeras escenas alguien no tuvo mejor idea que darle la habitación de hotel justo encima de la de Wellman. La primera noche juerga hasta las tantas, Wellman que no duerme y Mitchum que llega resacoso (primer aviso), la segunda noche, más fiesta todavía, Wellman que vuelve a no dormir y al otro día Mitchum que aparece tarde y según distintas fuentes aún borracho y/o drogado. El tercer día (de las noches ya no informamos) llega tarde de nuevo, se enfrenta e insulta a gente del equipo técnico y se va de juerga con unos marineros que estaban por allí colaborando en la producción. Por lo visto en una pelea tiró a uno de ellos, oficial de la U.S Navy,  a la Bahía de San Francisco. Wellman le despide. Toda esta historia retrasó el rodaje, como puede comprenderse, y es el motivo por el que Wayne protagonizó la peli, para de paso ahorrarse el pastizal inalcanzable que hubieran tenido que cobrar las dos opciones que se barajaron para sustituir al crápula Mitchum: Gregory Peck y Humphrey Bogart. 
Sobre Bogart, que visitó el rodaje en el que actuaba su mujer, Wellman cuenta una anécdota muy triste y que no sé si es muy de fiar. Ellos eran amigos desde 1933, cuando Wellman proporcionó a Bogart y su novia de entonces un papelito en una peli de aviones, y enseguida le notó especialmente serio y apagado, por lo que le preguntó si había algún problema. Tras alguna evasiva finalmente le confesó a Wellman: Bill, I got the big C, bad. Lo extraño del asunto es que, según Bill, Bogart le dijo también que aún no le había contado a su mujer nada del terrible cáncer de esófago que, como sabemos, terminó consumiéndole un par de años después. Mi impresión personal es que Bacall sí debía saberlo. No conozco la biografía de la pareja hasta el punto de poder confirmar nada de esto, pero quizá la devastadora noticia era reciente para ella porque, la verdad, como decía antes se nota en pantalla claramente que está fuera de lugar y algo desganada. Es cierto que su personaje es un poco de pega, pero llama la atención bastante su apatía que, quizá, venía de ese desgarro y no de ser la irremediable sustituta sexual de una muñeca imaginaria de dos chinos de altura.

Más de Wild Bill en nuestro especial No soy tan duro: el cine de William A. Wellman

Visita de Bogart al rodaje (archivo de la familia Wellman)
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2 comentarios sobre “Callejón Sangriento (Blood Alley, William Wellman, 1955)

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  1. Hola tocayo
    Primero lo importante: te debo una de cerdo agridulce -entre caballeros no podemos andar «de rollitos de primavera»-. En mi descargo decir que a poco que hubiese sugerido su «bloody escote» ya hubiese caído. Pero… ¡sólo por la cara!
    La historia tiene más que unas gotas de «La reina de África», si Bogart hace el papel con «flaca» ya sería como «The Formosan Queen» y a Mr. Wayne, en cuanto le bajas del caballo, como que los personajes le quedan pequeños. Yo si entiendo que encerrado entre comunistas y, como no habría ni cucarachas en la celda, mirase hacía arriba buscando alguna «mosca sugerente»; pero es que yo SÍ hice la «mili».
    Es posible que, a esas alturas Bacall aún no lo supiese. Revisando la historia de la segunda parte de los años cincuenta tienen un curioso «leitmotiv»: las viudas -o no viudas- acababan en brazos de buenos amigos del anterior. Y el caso más llamativo fue Bacall y… ¡Sinatra! Hollywood si que era un Blood Alley.
    Feliz Año, buenas travesías… y una de cerdo agridulce apuntada. Manuel.

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    1. Hola Manuel,
      «Cerdo agridulce» es tan tosco como atinado apodo que podría colocársele al perillán de Sinatra. La apuesta te la perdono porque de verdad es complicado sin escote y si te parece nos pagamos a ídem cuando toque unas hormigas que suben al árbol.
      Aunque la cosa huele a Reina de África ni por el forro se le parece. Ten en cuenta que la parte de navegación es menos de la mitad y me vas a comparar 300 chinos no comunistas con la Hepburn… Por no hablar del capitán de barcaza.
      ¡Un abrazo fuerte y feliz año, tocayo!

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