TEATRO DE SOMBRAS (Tempestad sobre Washington, Otto Preminger)

(Artículo publicado originalmente en la revista Versión original, en su número 304 dedicado a la LGTBIfobia)

Tempestad sobre Washington (Advise and Consent, Otto Preminger) se estrenó el 6 de junio de 1962. Menos de dos años antes, el 26 septiembre de 1960, J. F. Kennedy y Richard Nixon se enfrentaron en el primer debate presidencial televisado. El mandato del malogrado JFK marca el paso hacia un nuevo modo de entender la política y las relaciones de poder condicionadas por el imperio de los medios audiovisuales. Eso que Guy Debord llamó un tiempo después La sociedad del espectáculo nace en estos años en los que la televisión se enseñorea no solo de los hogares, sino también de la estrategia política de la democracia norteamericana. Otto Preminger, en mi opinión, curiosamente no llega a mostrar este fenómeno en su película en el aspecto argumental, pero sí lo refleja, quizá sin que él pretenda hacerlo, en el aspecto cinematográfico. En efecto, en Tempestad sobre Washington sigue las pautas formales del medio televisivo, que además se avienen perfectamente a sus escenarios y temas. Planos generales en los que la cámara, montada sobre la grúa, va buscando a los protagonistas de la misma forma que las cámaras del set televisivo se desplazan y enfocan a la espera de la conexión que el realizador mandate. Esa sensación de provisionalidad o falta de un punto de vista privilegiado que desprende la televisión en directo contagia al filme -a este y a tantos otros en esta época- en este caso para bien. De hecho el aparente protagonista (Henry Fonda) acaba siendo un secundario casi antipático, y esa frialdad distante con la que se ruedan las comparecencias en comisión y las reuniones del senado, sirven por contraste para que las escenas más íntimas y familiares que protagoniza Brigham Anderson (Don Murray) emanen la calidez necesaria para que empaticemos con su tragedia -y la de su mujer-  cuando llega.

La trama: el Presidente de los Estados Unidos (Franchot Tone) ha decidido nombrar a un hombre de su confianza, Robert Leffingwell (Henry Fonda) para el cargo de Secretario de Estado. Cuando el Senado se dispone a votar el pertinente refrendo, la oposición del viejo senador Cooley (imperial Charles Laughton en su último papel, que trabajó a fondo a pesar de su lamentable estado de salud) desemboca en la creación de un comité que saca a la luz el pasado filocomunista del candidato. Como la situación se complica y el Presidente se empeña en el nombramiento a pesar de todo, surgen presiones sobre el joven senador Brigham, que dirige la comisión, apelando a un escarceo amoroso que tuvo con otro hombre cuando ambos servían en Hawai durante la Segunda Guerra Mundial. 

Basada en una novela de Allen Drury, gran éxito de ventas y ganadora del Premio Pulitzer a la mejor obra de ficción en 1960, Advise and Consent -título original que remite al procedimiento técnico de refrendo del candidato en torno al cual gira la trama- es una historia sobre política. Mis cursivas son importantes. No estamos presenciando el drama de un presidente que agoniza enfermo y atormentado por no tener el sucesor adecuado. No estamos ante la historia de un joven senador (Brigham) cuya astucia política y acerada honradez nada podrán hacer ante un nimio error del pasado que viene en su contra. Ni siquiera se trata de que asistamos a una especie de manual de instrucciones filmado sobre el funcionamiento del Senado de los Estados Unidos, de lo que se ve públicamente en sus sesiones y de lo que se muñe oscuramente a manos de los llamados fontaneros del poder. Todo esto que digo lo veremos y varias cosas más, pero el epígrafe de todo es Sobre política porque hay algo que sobrevuela toda la acción, las anécdotas, los nombres, personajes y subtramas y que es eso que llamamos política que determina buena parte de nuestras vidas sin que sepamos realmente a qué mecanismos obedece. Votamos a quien suponemos que nos tomará el pelo, nos entretenemos con polémicas que sabemos que son secundarias, admiramos a personajes que son títeres de otros cuyos nombres desconocemos y por encima de todo mantenemos una vaporosa confianza en la honradez y el buen fin de ese teatro de sombras que administra la voluntad general y que admitimos pese a todo por preferirlo a cualquier voluntad autocrática. Ese teatro de sombras es la política, y de ello trata esta película.  

En Tempestad sobre Washington, quizá como decía por ser previa al despertar de la política mediatizada, permanece en los comportamientos de casi todos los actores políticos una fuerte convicción moral de que hay líneas que no deben traspasarse, de que los tejemanejes partidarios pueden ser torticeros y las votaciones en el pleno del Senado ir preñadas de hipocresía y conveniencias peregrinas, pero que, en última instancia, el respeto por las instituciones y el pueblo elector debe prevalecer sobre las ambiciones personales. Vista a 60 años de distancia, esa honradez subyacente que adorna la historia y a sus protagonistas contrasta fuertemente no solo con todo lo que sabemos hoy día sobre la actividad política, y  más en concreto sobre los resultados de esas mismas administraciones norteamericanas de los 60 que por ejemplo se lanzaron a la absurda guerra de Vietnam o se inmiscuyeron en las emergentes democracias sudamericanas de la época para pudrirlas por dentro. Pero es que, además, no hace falta salir de la película: aunque la acción principal es la elección y refrendo de Leffingwell para el cargo de Secretario de Estado, el núcleo dramático del filme, que trastorna la narración y hace saltar por los aires la engrasada trama bizantina a la que asistíamos, es el descubrimiento de la pasada aventura homosexual del senador Brighman. Lamento mucho tener que destripar un elemento de la película tan inesperado y sorprendente para quien no la ha visto aún. Uno no se espera en medio de este circo dialéctico lleno de corrección, pequeñas trampas retóricas y alguna puñalada de corcho, que de pronto, pasada la mitad del metraje, toda la acción se vuelque sobre un chantaje infame basado en una aventura homosexual pasada. Quizá lo más interesante de esta subtrama fundamental sea mirarla desde fuera, saliendo del filme, para darnos cuenta del espantoso concepto que en la época se tenía de la homosexualidad y alegrarnos, esta vez sí, de vivir en otro mundo. A partir de aquí desvelaré, lamentándolo mucho, buena parte de la película.

Si nos fijamos, nadie más que chantajeador y chantajeado son conocedores de ese antiguo escarceo que acaba conduciendo a Brighman nada menos que al suicidio. Solo su mujer lo conoce cuando ya no hay remedio, y decide ocultarlo para que su memoria quede limpia. Ningún otro de los senadores implicados en la historia -aparte del chantajeador, condenado a un educado ostracismo- ni el Presidente ni nadie sabe de la naturaleza de los actos que han llevado a Brighman a quitarse la vida, pero lo alucinante es que es que no quieren saberlo. Suponiendo que se trata de algo terrible, equiparable qué se yo, a haber cometido algún crimen de sangre o la pederastia o cualquier otro nefando error, se da por bueno el suicidio y no se remueve nada. Siendo esta película tan inteligente, estando tan alejada de las sensiblerías y recursos pueriles de otros géneros cinematográficos que exigen mayor suspensión de la incredulidad, nos sirve para hacernos una idea precisa y bien fundada de la imagen que el colectivo LGTB desprendía en aquella sociedad con, quizá, la democracia y el supuesto respeto por las libertades más avanzados de su época. El mismo Brighman, cuando acude a Nueva York a reunirse con su antiguo amante para pedirle explicaciones, da la oportunidad a Otto preminger de limpiar a su personaje de toda mácula y certificar su dignidad justamente mostrando el desprecio y asco que siente por su antiguo amigo y por el ambiente que le rodea. El momento en que lo empuja innecesariamente y lo arroja de cara a la calle en un gesto de supremo desprecio servía en 1962 para que el espectador se convenciera de que este buen chico se ha curado de sus vicios pasados, lo cual, eso sí, no le librará de un sórdido final autolítico, merecida catarsis por sus pecados antiguos. Hoy vemos ese plano y algo se nos revuelve dentro pero, en fin, nos alegramos de que por una vez el tiempo haya fluído en la dirección correcta.

La moraleja final de Tempestad sobre Washington, involuntaria y paradójicamente, se aviene bien con esta última reflexión. Al final de la película resulta que absolutamente nada de lo que hemos visto ha servido para nada, que ni la muerte de Birgham ni las estratagemas de Cooley ni el oficio del senador líder de la mayoría -un inconmensurable, no puedo irme sin alabarlo, Walter Pidgeon- han conducido a nada. Todo está como al principio o, mejor dicho, todo lo que había al principio ya no es nada porque el poder ha cambiado de manos. El juego se reinicia con otras cartas, nuevos actores están por aparecer y serán ellos los que construirán, de forma tortuosa, artera e interesada aunque definitivamente imparable, un futuro donde lo que ahora es sagrado quizá deje de serlo y en el que lo que fuera despreciable pueda volverse amor.

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4 comentarios sobre “TEATRO DE SOMBRAS (Tempestad sobre Washington, Otto Preminger)

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  1. Hola tocayo
    Me imagino el nivel de satisfacción que debió sentir Otto al mirar ese cartel y que bajo su O. Preminger presents se leyese tamaña ristra de nombres… y conseguir ese nivel de interpretaciones.
    Visto desde hoy se puede decir que era un director especialista en temas espinosos y en poner el foco en donde menos esperas; recuerda «Anatomía de un Asesinato» y cómo la acciona acaba girando en torno a las bragas de Lee Remick -porcierto su personaje se llamaba Laura y, en cine, todos sabemos que Laura es Gene Tierney-.
    Es, hasta cierto punto, normal que en aquellos tiempos el «paciente» acabase curado; lo que no tiene un pase es que sesenta años más tarde algunos se empeñen en seguir buscando la medicina.
    Un saludo, Manuel.

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    1. Pues tienes toda la razón tocayo, en que Preminger fue un tipo bastante arriesgado en los planteamientos, y además sin abandonar el entretenimiento, la inteligencia ni dejarse llevar por snobismos audiovisuales, a la vez que «olía» a cosa moderna. A mí es un director que me gusta mucho, pero tengo que confesar que miro su filmografía y me queda mucho por ver, aunque lo que he visto me gusta mucho.

      «Laura», en cine, para mí no es Gene Tierney, sino una amiga de la facultad que me descubrió el cine clásico, y también a la otra Laura. No pondré aquí sus apellidos porque está feo, pero la recuerdo en cada peli que disfruto y aunque le he perdido la pista porque soy un rarito de las narices, no hay otra Laura para mí que valga más que ella. Una mujer sensible, soñadora, especial y además bellísima.

      Ay Laura, que te vaya muy bonito.

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  2. «Ese teatro de sombras es la política, y de ello trata esta película».
    Qué buena frase, Manuel.
    Me gusta mucho el cine de Otto, y también esta película.
    El tratamiento de la homosexualidad en los años cincuenta y sesenta va apareciendo en las pantallas, pero siempre con ese componente de drama.
    Tan solo un año antes, William Wyler ya realiza un drama con el lesbianismo de fondo…, y, sí, también un suicidio, en La calumnia.
    Mientras en Gran Bretaña se habla de la homosexualidad y los chantajes que sufren por su orientación sexual (como le ocurre a Brighman en la película de Otto) en 1961, y lo hace el interesante realizador Basil Dearden que dirige Víctima con Dick Bogarde de protagonista.
    Tendrían que llegar los setenta y los ochenta para dar un giro y que la homosexualidad no solo fuera tragedia o drama, sino también comedia y fiesta.
    Un maravilloso Stanley Donen regala en 1969 La escalera con un Richard Burton y un Rex Harrison de quitarse el sombrero en una tragicomedia. Y en 1970 William Friedkin rueda Los chicos de la banda, sobre un grupo de amigos homosexuales que se reúnen para un cumpleaños tormentoso.
    Y volviendo a Otto Preminger, le tengo al ogro en gran estima cinematográfica. No solo por Laura o Cara de Ángel, además de la película que reseñas, como siempre de manera certera, o Anatomía de un asesinato que recuerda Manuel, sino que me fascinan Carmen Jones, El hombre del brazo de oro (donde también empieza a tratar el tema e las drogodependencias) o El cardenal. Vamos, jajajaja, que es un director que me gusta.

    Beso
    Hildy

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    1. Querida Hildy,

      una de las alegrías que este año me he llevado como profe ha sido recomendarle a una alumna estupenda que he tenido Victima, de Basil Dearden, y que la haya visto por su cuenta y que le haya gustado.

      Excepto la de Los chicos de la banda, que me apunto, conozco el resto de las pelis que citas y coincido contigo, pero hay una con la que tengo pendiente un revisionado. Me refiero a La escalera. Esta peli la vi cuando estudiante, sin referencia alguna, yo creo que porque estaba de oferta en el videoclub del barrio o algo así (no me extrañaría) y recuerdo que me dejó patidifuso…De hecho no recuerdo si me gustó o no, así en global, pero sí la sensación extraña de haber visto sobre todo a Richard Burton en ese papel… Pero bueno, que tengo que volver a verla.

      De Preminger me gusta especialmente Cara de ángel. Me refiero a que es de esas pelis que siento que me gustan más de lo que «merecen». No sé, me parece muy especial, y Anatomía de un asesinato es de esas que puedo ver una y otra vez sin cansarme…
      Y otro punto a favor de Preminger es que, como era tan bicho malo, siempre que aparece en cualquier texto de historia del cine sabes que va a haber tomate y frase para el recuerdo, jeje. Menudo.

      Un beso muy fuerte.

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