Las aventuras de Buffalo Bill (Buffalo Bill, William Wellman 1944) segunda parte

Primera parte: otras aproximaciones del cine al mito de Buffalo Bill.

A William Wellman no le gustó nada su Buffalo Bill. La película fue uno de esos encargos que se comprometía a rodar sin rechistar por contrato y en cuyos guiones no podía meter mano. Decía que era muy mala, lo cual no es cierto, y además tuvo un rodaje antipático por algunos motivos que a otros les podrían parecer la cosa más maravillosa del mundo, a saber: las manos de Anthony Quinn y los labios de Maureen O’Hara. Pero no adelantemos acontecimientos.

El desapego de Wellman por su cinta le venía de lejos, pues unos años antes, en 1940, había pasado una temporada trabajando con su amigo y guionista Gene Fowler en un proyecto que este llevaba tiempo preparando. Tras recopilar datos históricos y anecdotario fiable, planeaban contar la verdadera historia de Buffalo Bill, desmitificar al héroe de cartón que la mala literatura  primero y el espectáculo circense más tarde habían construido. El caso es que tras varios fines de semana puestos a la tarea (todo esto Wellman lo cuenta de forma muy teatrera en el libro de su hijo) Fowler, con el guion ya terminado, decidió junto a nuestro director tirarlo al fuego de la chimenea, para no destruir la infancia de sus respectivos hijos, literalmente dice Wellman que le dijo: no puedes matar a ninguno de esos maravillosos héroes que mis hijos y los tuyos adoran. Buffalo Bill es una gran figura y no podemos hacerlo.

De ese mismo Buffalo Bill, pero del real, Wellman también afirma que es el mayor falsario que haya existido nunca y dice que el día del preestreno casi vomitó de la vergüenza y el asco cuando vio en pantalla el final de la película -destripo poco- en el que un niño cojo del público de su espectáculo le dice a Cody: “God Bless you, Buffalo Bill”. Es ciertamente un final dulzón que no le permitieron omitir, y cuenta el hijo de Wellman que esa frase que tanto detestaba su padre la adoptó como muletilla y se la decía en tono sarcástico a los miembros de su familia cuando veía o escuchaba algo que no le gustaba.

Rodada en Utah, y en un no muy rutilante Technicolor, yo creo que no se puede reprochar a Wellman que no hiciera su trabajo tras la cámara con buen oficio. Destaca sobre todo la escena de la batalla de Bonnet Gorge, en la que se enfrentan indios y soldados sobre las aguas de la garganta, así como el combate singular entre Cody y Mano Amarilla que la precede, rodado en un solemne travelling lateral por la orilla del río cuya altura oculta la violencia explícita y sobre todo la muerte, que como casi siempre en Wellman llega en off. Las imágenes de la batalla, por cierto, se usaron en varias películas después. Frank Thompson cita La última flecha (Pony Soldier, Joseph M. Newman, 1952) y Asedio en Río Rojo (Siege at Red River, Rudolph Maté, 1954). Además hay escenas con mucho encanto, en especial las que protagoniza la joven maestra de escuela cheyenne enamorada de Cody, quien recurre a ella para que le ayude a escribir porque es semianalfabeto. Es un personaje el de esta chica (interpretada por Linda Darnell) con muy poco recorrido en el guion, y es una lástima, porque es un buen contrapeso para la enamorada primero y luego mujer de Cody, interpretada con tremenda desgana -qué pena- por Maureen O’hara. 

Buffalo Bill es Joel McCrea, elegido por Wellman por la buena relación que mantenían y porque él mismo era todo un hacendado cowboy, que de hecho vivía apartado del mundo entre películas en un rancho de muchosmil acres de terreno. McCrea hace una actuación de mínimos, sin aspavientos, que conviene muy bien al personaje que se ha querido componer, que es la clave de esta película y lo que hace que a Wellman no le gustase nada pero que al público sí, pues de hecho, a pesar de su presupuesto mediano, terminó siendo la segunda película más taquillera de ese año para la 20th Century Fox.

El planteamiento de Las aventuras de Buffalo Bill creo que se puede decir que es a la vez muy inteligente y muy simplón. Ya en 1944 parece que hay cierta conciencia de que la conquista del Oeste a manos de asilvestrados pioneros, un ejército  puntualmente genocida e inhumanas corporaciones que borraron del mapa u obligaron a desplazarse a pueblos indígenas para conseguir pieles, pastos o terrenos donde tender el ferrocarril, debe tratarse con algo de mano izquierda. Aunque los indios al final se terminen comportando irracionalmente y sucumban a la caballería de forma merecida, en esta película al menos se procura explicar su situación y presentarlos de forma empática y humanizada. Y para hacer esto lo que se ha hecho es transformar a William F. Cody -que trabajara en la vida real durante años asesinando indios a destajo junto a su amigo Wild Bill Hickok- en una especie de embajador de buena voluntad entre culturas. Aunque llegado el momento lucha por su ejército, le veremos luego aceptar la ruina y el desprecio por defender la dignidad y los derechos naturales de los indios en el mismísimo Capitolio.

Se puede defender la idea de que en el cambio del XIX al XX, cuando el Oeste se volvió legendario, el Buffalo Bill real ayudó de alguna forma a retomar el contacto perdido del hombre blanco con las tribus nativas. Es cierto que en su espectáculo se hacía algo de pedagogía sobre las costumbres de algunas tribus y se atrevió a hacer desfilar al mismísimo Toro Sentado, que, recordemos, derrotó a Custer, lo que es un poco como si hace 15 años Osama Bin Laden hubiera hecho un cameo en alguna peli de Chuck Norris.  El Buffalo Bill de nuestra película recoge ese guante, y se pervierte totalmente la realidad histórica de su persona para, precisamente, denunciar por su boca las tropelías del hombre blanco en aquellos tiempos sin ley. Llega a decir de los mismos indios a los que venció en Bonnet Gorge: todos eran mis amigos. Por este motivo decía que la neutralidad expresiva y la afabilidad natural de McCrea le viene muy bien a su personaje, que por otra parte es un hombre simple e ignorante pero muy intuitivo, poco civilizado a mucha honra y esencialmente noble. 

Por lo demás Las aventuras de Buffalo Bill es una peli entrañable porque contiene muchos tópicos “del oeste” que nos enternecen, como el ¡Hau!, las señales de humo, el toque de corneta de la carga de la caballería y, si la ven en VO, que las simpáticas indias cheyennes cuando rodean a Cody que se apresta a ser torturado dicen en un lindo español de México: ¡aprisa aprisa! y ¡que no se escape! A pesar de su ingenuidad y de que la brillantez en la dirección y la producción solo se deja ver a ratos, creo que no es tan mala como Wellman dice, y que de hecho es una buena película que merece la pena revisar.


Si bien en el celuloide no pudo dejar su huella personal, en el rodaje sobre la vida de el segundo Wild Bill no pudo dejar de aparecerse el tercer Wild Bill, el nuestro, ese Wellman de otro tiempo que arreglaba las cosas a su manera. Y es que con Anthony Quinn hubo un conflicto que fue más allá de las palabras. El actor chihuahuense se negó a llegar a la batalla cabalgando él mismo como jefe de los suyos, pues no se fiaba del caballo o de montar a pelo (no entiendo de estas cosas, me perdonen jinetes y amazonas) y exigía que lo hiciera un doble, a lo que Wellman se negaba, porque se perdía toda la gracia si no se le veía a él llegar majestuoso, ya que la escena siguiente es su lucha con Cody. El caso es que la discusión fue a mayores y llegaron a pegarse, teniendo el personal que separarlos y terminando ahí toda relación personal de Quinn no solo con Wellman sino con toda su estirpe. Y es que cuenta el hijo, William Wellman Jr., que sin saber nada de esta historia se presentó a Quinn en un evento 20 años más tarde y este al escuchar su nombre le negó el saludo, se dio la vuelta, y se largó farfullando juramentos.

Con Maureen O’Hara tampoco terminó bien Wellman. Este quería que ella, como las grandes mujeres de su cine, luciera natural tanto de aspecto como de actitud. Por este motivo le rogaba una y otra vez que no se acicalara tanto, y sobre todo que no se pintara los labios de rojo intenso hasta cuando se supone que malvive en una granja perdida, a lo que la fiera dublinesa le decía que nones, e hizo lo que le pareció y el director además se desesperaba esperando horas cada día a que se pintara y retocara. Cuenta el hijo de Wellman que en 1995 la llamaron para participar en el documental sobre su padre y, de nuevo, dijo que nones alegando que el director había sido antipático con ella y la obligaba a comer y a despintarse los labios y no sé qué historias de fiera dublinesa.

Más de Wild Bill en nuestro especial No soy tan duro: el cine de William A. Wellman

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7 comentarios sobre “Las aventuras de Buffalo Bill (Buffalo Bill, William Wellman 1944) segunda parte

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  1. Hola tocayo
    Pues no se puede negar que Wellman se adelantó algunas décadas a la corriente que valoraba -aunque en su caso fuese lo justito- la postura de la nación india. Lo del «triangulo» sentimental ya era bastante mas común en todas estas películas pero también era una forma de fomentar el «intercambio cultural» (siempre que aceptemos a Linda «Monette» Darrell como india, claro).
    Supongo que en la opinión de William sobre la peli influirá, aparte del resultado artístico, los recuerdos sobre la realización y, como explicas, rompió la pipa de la paz con todo el mundo.
    Viendo la foto de Quinn imagino que sus descendientes dirán: ¡Vaya pintas le ponían al abuelo! Ahora bien los descendientes del caballo podrían decir: Al tatarabuelo lo pintaron como para salir en «El guateque» ¡Normal que estuviese rebelde».
    … and Wellman bless we all! Manuel

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    1. Hau, tocayo,
      realmente es difícil discernir dónde empieza la voluntad de redimir a la nación india, como dices, y dónde terminan las ganas de chafar la leyenda de Buffalo Bill por parte de Wellman. El guion que decía lo que pensaba acabó en llamas, como comento, y esto lo rodó sin quitar ni poner. De hecho, cuando uno ve la peli, en el tramo en que va a Washington a medrar y se ve en el trance de defender a los indios… Es una parte extraña, poco creíble.

      Sobre el triángulo amoroso… Realmente no lo hay apenas, más allá del deseo de Linda Darnell por Buffalo, no correspondido por él -ni percibido- y que además da lugar a otro de esos extraños momentos recistoides-reivindicativos, me refiero a la escena en la que se aparece en la habitación de Maureen a probarse sus vestidos.

      Sobre Quinn y el caballo, no lo he dicho y a lo mejor con la imagen que pongo parece lo contrario, pero fue él el que se salió con la suya, según los exégetas, y no hizo la entrada triunfal que Wellman le pedía, sino una aproximación apresurada.

      Normal, tienes razón, que a Wellman le dejara sabor amargo… ¡Nadie le hacía ni caso!

      Saludos, Manuel

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  2. Creo que no la he visto.
    ¡El feliz cuarteto de Búfalo Bill se corona con la película de Wellman!
    Un aliciente para mí es que ¡me encanta Joel McCrea!
    Le disfruto en screwball comedies maravillosas, en largometrajes pre code, en películas de aventuras y en westerns…
    Era además para servidora un actor muy atractivo.
    Hay en película donde es tan hermoso… (no hay más que pasarse por Ave del paraíso de King Vidor).

    Beso
    Hildy

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    1. Querida Hildy,

      me extraña mucho que no te suene haberla visto, porque has visto un millón de películas más que yo, y además las recuerdas, y esta estoy casi seguro de que la emitieron por la tele más de una vez en mi infancia…
      Joel Mcrea es muy majete y aquí el papel es como que le viene bien sin tener que hacer nada, y luce bien la perillita. Sin embargo me sorprendió eso de que era todo un hacendado que vivía a su bola en su rancho, quizá por tenerlo más presente por las comedias de Sturges y screwballs como dices lo asociaba con un tipo más urbano.

      Ave del paraíso la tengo pendiente. Justo estoy ahora con la famosa autobiografía de Vidor donde cuenta los avatares de su rodaje, lo que pasa es que nuestro querido doctor habló de ella hace unos meses con poco entusiasmo y… La verdad, eso me frena porque su criterio y el mío se parecen mucho. Pero terminará cayendo.

      Ya tengo en casa tu libro «Lo que nunca volverá», justo hoy me ha llegado y en cuanto pueda pasaré por tu casa a comentarte mis primeras impresiones. Muchas felicidades y mucha suerte con él. Un besazo muy fuerte,

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  3. He disfrutado mucho con esta segunda parte, has logrado que me entren ganas de ver la película incluso con sus puntos flacos. También es cierto que yo también siento simpatía por Joel McCrea, quien por cierto, a modo de curiosidad, se ve que con el tiempo se convirtió en uno de los actores más ricos de Hollywood aunque nunca fue una estrella de primer nivel, simplemente por el valor que acabaron adquiriendo todas las tierras de su rancho… Qué ironía, irte a las afueras a vivir en un gran rancho huyendo de la opulencia urbanita de Hollywood y hacerte más rico que otros compañeros de profesión más dados al lujo. En todo caso, no descarte Ave del paraíso, que es cortita y muy interesante pese a ser un Vidor menor.

    And god bless you too, Manuel Pozo!

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    1. Vaya, no sabía lo de que McCrea se había hecho un verdadero hacendado-potentado. Pues mira, sé poco de su persona, pero es de esos actores que parecen muy majetes y que todo lo bueno que averiguas que les ha pasado te parece estupendo.
      Si se ve usted Buffalo Bill no habrá perdido el tiempo. Hacemos un trato, yo me veo Ave del paraíso y usted a Maureen O’Hara pasando de todo en Buffalo Bill..

      Un abrazo

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