Dos palabras sobre Ordet (Gustaf Molander, 1943)

¿Podría ser el Ordet de Dreyer (1955), una de las más merecidamente reverenciadas obras maestras de la historia del cine, un remake? Pues puede que sí, pero es que no.

Me explico. Las dos Ordet están basadas en la obra teatral homónima de Kaj Munk, escrita en 1925 y estrenada a principio de los 30, cuando Dreyer la vio y disfrutó, apuntándose la idea de adaptarla a la pantalla. Kaj Munk fue un escritor y religioso danés que, a pesar de haber mantenidos opiniones filofascistas revueltas con su rigorismo teológico a finales de los 30, se mostró en contra de la ocupación alemana de Dinamarca, razón por la que fue detenido por la Gestapo y asesinado en 1944. Su cuerpo por cierto se encontró en una cuneta y allí se plantó una cruz que aparece en dos ocasiones en el Ordet de Dreyer, rodado en la misma localidad donde Munk ejercía su ministerio. En 1943, estando él aún vivo pero sin que posiblemente pudiera verla, porque no se estrenó en Dinamarca hasta después de su muerte, la Svensk Filmindustri  produjo el primer Ordet, dirigido por Gustav Molander, del que hoy toca hablar. Que el de Dreyer no es un remake de el de Molander se aprecia simplemente viendo las dos películas, que son totalmente distintas tanto en su concepción fílmica como en su planteamiento intelectual, luego lo veremos. Sin embargo, curiosamente Dreyer sí es posible que viera el primer Ordet en Suecia, pues precisamente en ese momento estaba allí huyendo de la ocupación nazi y allí perpetró, para poder comer, ese tropezón de la historia del cine del que ya hablamos: Dos personas (Två människor, 1945) 

En conclusión, creo que puede respirar tranquilo el cinéfilo-trascendentalófilo en la confianza de que el Ordet de Dreyer es único y auténtico, pues precisamente el hecho de que su autor pudiera tener presente la primera versión para cine puede ser esgrimido como la prueba definitiva de que no quiso rehacerla, sino construir otra cosa distinta, ese monumento a la luz y a la carne que nada tiene que ver con la interesante pero más convencional propuesta de Gustav Molander. Vamos con ella.

Si no fuera porque su tema -la fe y la religiosidad en su sentido más amplio y restringido al tiempo- tiene tan poco interés hoy en día para el público general, Ordet sería una película muy disfrutable. Es ágil, muy atractiva visualmente y la acción dramática está bien conducida. Su prólogo y su epílogo que explican el intríngulis teológico del asunto, aunque suenen meapilas, son pertinentes y bellos. La idea es reivindicar esa capacidad de encarnación del Verbo divino, ese mecanismo que constituye uno de los pilares del cristianismo, que es el que el Logos de Dios (recordemos que Logos en griego significa tanto “razón” como “palabra”) puede transformar la realidad al ser pronunciado en su forma encarnada. Esto también está en el fondo del Ordet de Dreyer, claro, pero el danés sabrá trascenderlo y pasar sobre ello con doble pirueta y tirabuzón estético, mientras que Molander se queda en la superficie y la literalidad.

El Ordet de Molander es una película muy movida, agitada, por momentos escandalosa. De hecho empieza con todo el mundo llamando a Inger, con lo que vemos que la casa sin ella no puede sostenerse. Ella sabe dónde está todo, conoce las necesidades de todos y con una sonrisa y paciencia infinita resuelve cada pequeño drama del hogar. Su suegro, el cabeza de familia, es Knut Borg (los nombres cambian respecto a la versión de Dreyer) que interpreta Victor Sjöström. Aquí debo hacer un pequeño alto y confesar que, con lo mucho que le admiro como director -algún día contaré mis andanzas con El Viento y La Carreta Fantasma– y de que en Las fresas salvajes pienso que, simplemente, más alto no se puede llegar, ni más profundo, en este Ordet se me hace por momentos insoportable. Su personaje es un verdadero histrión, un gritón enervante cuyos momentos introspectivos quedan totalmente opacados por su visceralidad infantil, y no nos lo creemos.

Realmente esta falta de mesura en las actuaciones es un defecto general de la película, o más bien un efecto buscado que se le va de las manos a Molander en algún caso como el de Sjöström. Y es que todos los personajes son un poco así, esquemáticos y pasados de rosca, porque la idea de Mollander es que, mientras que llegan los dos dramas que la acentúan, el de Johannes al principio y el de Inger al final, nos tomemos la película como una comedia familiar, casi como un cuadro de costumbres en el que simplemente vemos el día a día de una comunidad escandinava típica en la que hay tradicionales conflictos religiosos y familiares pero sin que estos, por sí mismos, tengan más relevancia que el sermón teológico que se nos está impartiendo. 

Así -quiero suponer que todos los lectores de por aquí conocen el Ordet de 1955, y si no ya pueden dejar de leer y ponerse a verlo- imagínense a un Johannes (el hijo alienado que vaga por ahí creyéndose Jesús de Nazaret en la de Dreyer) que empieza la película… ¡Con un ataque de hipo! De hecho es la historia de Johaness lo que más separa argumentalmente a ambas versiones, pues esta es fiel al original teatral y nos cuenta la tragedia que hace que al pobre chaval se le vaya la cabeza cuando pierde a su prometida por culpa de su obsesivo encierro interior. Esta historia de Johaness y Kristine, su prometida, ocupa el primer acto de la película, mientras que Dreyer, que es un cachondo, lo sustituye todo por una frase: ¡Fue Søren Kierkegaard!, vamos, que en la de 1955 Johaness ya está tolay de tanto estudiar y no hay rastro de la prometida ni del accidente. Otro personaje que en la versión sueca es algo más complejo, pero a la vez más simple, es el marido de Inger. Aquí es un declarado ateo que se quiere ir a la ciudad para trabajar en una anónima fábrica y que de vez en cuando se emborracha y se pelea, mientras que el de la versión danesa es solo un hombre cansado de tanta religiosidad, eso sí, pero que simplemente ama a Inger y a nada más aspira. Aquí se ve la grandeza de Dreyer, cómo depura el original y resta drama intrascendente para que luego, al final, podamos creernos lo trascendente.

Todo esto puede aplicarse también a la misma dirección artística y al trabajo con la luz. Hay un fuerte contraste entre la iglesia de los Borg, en la que Johaness pronuncia su primer sermón -en una de las mejores escenas de la película, por cierto, que no tiene correspondencia en la de Dreyer-, que tiene imágenes y aspecto de templo rico. No es católica pero semeja algún culto protestante cercano a su naturaleza más terrenal y permisiva, mientras que el culto pietista del sastre es extremadamente riguroso y austero, por contraste. También la fotografía llama mucho la atención por el empeño de Molander, no sé si siguiendo un poco la moda de aquellos años, de sacar sombras de todas partes, de forma que lo habitual es que en un diálogo conversen personas por un lado y sombras por el otro. Quiero pensar que es un recurso sencillo para recordarnos que somos, según la religión, alma y cuerpo, y que no siempre lo que dice la una lo hace el otro… Bueno, algo de eso debe de haber. Justo al contrario, recuerden la versión de Dreyer, como todo parece suceder dentro de una caja de luz. 

No tiene mucho sentido seguir enumerando elementos, que son casi todos, que separan y oponen al Ordet de Dreyer del de Mollander. Sí quiero dejar claro que esta última me parece una película muy interesante y entretenida. Por cierto, que cuando la conseguí hace como un año tuve que rezarle varias cosas prohibidas a San Juan Evangelista para que pudiera encarnarse en mi disco duro,  y ahora veo que está disponible en Netflix, para quien lo pague. Este Ordet de 1943, y ya termino, creo que merece nuestro cariño y comprensión, pues parece culpable de no llegar a las alturas de la otra versión, pero es que es imposible no verla así, como una especie de intento a medias fallido de hacer algo que podría -que pudo- ser perfecto. Sin embargo es inocente por anterior y por su fidelidad al original teatral, solo es culpable de no estar en el mundo en la forma que debía reposar, como otra película sueca y beatona olvidada de todos. No le vendrá mal una pequeña resurrección, que le insuflemos media vida dándole al play, que la saquemos por un rato del purgatorio de las películas que quizá no debieron hacerse, pero que están bien hechas.

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4 comentarios sobre “Dos palabras sobre Ordet (Gustaf Molander, 1943)

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  1. Hola tocayo
    Llega el verano y de «The Dead» pasas a «Ordet»: Por cotillear ¿No estarás confundiendo el concepto de «irse pa’ lo hondo»?
    Se nota que es imposible no relacionar a estos dos primas (si no hermanas) pero hay que descubrirse ante Dreyer que, como apuntas, prescindió de una parte pesada de la hermana mayor… y de una de las mejores. Eso debe ser lo que llaman corregir en el ensayo general.
    En los comentarios de la anterior entrada me quedé pensando en «El Halcón Maltés». Una novela con tres versiones en diez años de vida y esta última, teóricamente, inaugura el llamado «Cine Negro». Pero claro hablamos de «el material con el que se forjan los sueños».
    Un saludo, Manuel.

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    1. Cuánta sabiduría atesoras, tocayo. Lo digo por lo de El halcón maltés, qué bien lo ves.

      Dreyer, casi siempre, lo veía todo bien, y como tú mismo resumes supo hacer un Ordet especial y mejor, aún prescinidiendo de cosas aparentemente buenas de la obra y de esta peli del 43 que quizá -esto solo lo especulo- había visto.

      No sé si sabes que Dreyer tuvo una vida mental compleja. De hecho llegó a ingresarse en un sanatorio por un tiempo, y su poca estabilidad es una de las causas de que sus películas de después de la guerra, las más conocidas, se espaciaran tanto en el tienpo. Tengo ganas de dar con algún libro que me cuente la vida de Dreyer con la suficiente profundidad como para llegar a comprender cómo un hombre tan aparentemente inestable podía hacer pelis tan rigurosas, tan minuciosas y tan sencilllamente complejas.

      Un abrazo Tocayo

      PD: no te preocupes que para el verano tengo preparados unos cuantos refrescos llenos de vida y buen rollo. Ligeros y digeribles.

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  2. Pues fíjese usted, yo hace años que tengo pendiente darle una oportunidad a esta primera versión primero por curiosidad (Ordet me parece, valga la originalidad, una de las obras cumbre del cine – pero cumbre, cumbre de verdad, ¿eh?), segundo porque Molander me parece un cineasta bastante interesante y tercero porque yo me veo cualquier cosa en que salga Victor Sjöström, incluso aunque esté más bien histriónico.
    Con esta entrada me empujas un poco más a ponerle remedio. Obviamente no esperaba nada como la de Dreyer (es de esas películas-milagro que surgen muy ocasionalmente, y que creo que superan incluso a su propio creador, no sé si me explico) pero sí que me interesa igualmente. De hecho me regalaron hace años la obra de teatro en libro y me pareció muy interesante ver qué cambios (todos ellos acertados) había hecho Dreyer, que ahora me ha hecho usted recordar al comparar ambas películas.

    Un saludo.

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    1. La obra de teatro no la he leído, aunque en los libros que he consultado sí se menciona lo que ha eliminado Dreyer, que coincide con lo que sale en la de Molander.
      Yo esta última la vi por primera vez hace uno o dos años y me sorprendió muchísimo, porque yo esperaba algo como la de Dreyer en ramplón y no, es que no se parece en nada. Es que ya te digo que esta es casi una comedia, o dramedia, pero no se parece en nada a la de 1955, aparte del hilo argumental.
      Si le dedicas un rato no te vas a arrepentir, de hecho vas a pasar un buen rato comparando ambas y reconociendo las más humildes ero presentes virtudes de esta. También pasarás un mal rato -predigo- intentando perdonar la actuación de Sjöström… Yo ya hago como que se me ha olvidado.
      Un abrazo

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