La voz de la montaña (Yama no oto, Mikio Naruse, 1954)

Kikuko (Setsuko Hara) vive con su marido y sus suegros, gente acomodada. Es una nuera perfecta, una ejemplar esposa al modo japonés, y lleva la casa con modestia, alegría y un punto de aparente ingenuidad dispersa, que oculta sin embargo el dolor del fracaso y la humillación de no ser amada, de no haber sido madre, de ser envidiada.

El Sr Ogata (Sô Yamamura) es el padre de Suichi, marido de Kikuko, y de Fusako, hija infeliz y resentida por el fracaso del matrimonio que su padre le concertara. Va y viene en sucesivos abandonos a su marido, que es un crápula igual que Suichi.

Suichi tiene una (o quizá dos, o quizá tres) amantes. Cada noche llega tarde y borracho, y cuando está en casa no hace más que desplantes y desgraciados comentarios a su esposa. Es un imbécil.

Kikuko y el Sr. Ogata, suegro y nuera, mantienen entre sí una relación cómplice. Los dos se distraen con lo bello y combinan gentileza y excelencia humana, por así decirlo, con cierta tendencia a escapar del día a día y de los asuntos desagradables, que aparentemente parecen querer soslayar. Son tal para cual, pero su relación es accidental y coinciden en la vida sin lazo carnal alguno. Fluye entre ellos una energía sin sangre.

Naruse deja que la vida se precipite, él no está dispuesto a hacerlo, precipitarse. Con diáfana templanza, como es su costumbre, no hace más que presentarnos a las personas. En planos medios, a la distancia de la corrección. Además de a las personas nos presenta la casa donde viven. La casa la vemos por dentro, por fuera, en la mañana, en la noche y bajo el terrible tifón, que sus metafóricas tejas evacuan a duras penas. También la oficina, un parque y una calle son personajes. Enmarcan la vida con toda naturalidad. Y en la natural vida rutinaria parece que estamos, asistiendo a la rutina esperable de una familia acomodada, otro shomingeki del florecimiento económico de los 50.

Pero no es eso, o es eso pero en mayúsculo, porque llega la sangre a poner las cosas en su sitio. Kikuko, humillada una y otra vez por no haber engendrado aún, resulta que ha abortado, que renuncia a la meta, que prefiere escindir su vida antes que complicarla con un hijo que no merece a su padre, o viceversa. En la renuncia de Kikuko a la maternidad Naruse tiene la maestría de no presentarla como víctima, sino que nos incomoda el poso de cobardía y renuncia algo pueril que hay en su decisión. Y minutos después descubrimos en su única escena a la amante de Suichi, que también ha quedado embarazada y que, para inconcebible desconcierto del Sr. Ogata, ha decidido tener al niño por su cuenta, sin contar con el padre, tener un hijo de ella y de nadie más. Y estamos en el Japón de hace casi 70 años, y esta mujer tiene la frase más terrible de la película; pues el Sr. Ogata, ofuscado por la noticia, no sabe hacer otra cosa que tirar de chequera y dejar un dinerillo para el nieto que no conocerá, a lo que ella le responde -pena que no sea en rutilante technicolor: “ osea, que cerramos un trato… ¿QUIERE UN RECIBO?

Un recibo por un nieto que nunca existirá. El nieto que debió existir es el que extirpó la nuera amada. Solo queda pasear por el parque.

Por el parque pasean suegro y nuera, ella le dice – es Setsuko Hara llorando, algo sobrehumano- que deja al hijo. Él le dice que se va a su casa del campo, a dejarse envejecer. Se van a separar y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta aquí. 

Naruse empezó una peli casi sosa, de típicos japoneses aburguesados con sus problemas de telenovela y ha terminado en este parque atravesado por la sobreimpresión de “fin” en japonés, ha terminado con la historia, ha terminado con el amor inaudito entre suegro y nuera, ha terminado con nuestras reticencias y ha empezado este fervor por la perfección que se alcanza por el camino complejísimo del estilo invisible.

PD: La novela de Kabawata (se traduce habitualmente El rumor de la montaña) es exactamente igual de hermosa que la película. Son las dos el mismo inmejorable regalo de reyes.

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4 comentarios sobre “La voz de la montaña (Yama no oto, Mikio Naruse, 1954)

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  1. Hola tocayo
    El regalo de reyes este año es más bien regalo de Emperadores ¡Bien!
    Después del desarrollo de personajes comentas: «Naruse deja que la vida se precipite…» y yo pienso ¿Naruse? ¿quién era Naruse? Vaya, que no debe estar en mi lista de «mis mil directores favoritos» juas, juas
    Desconozco si Kabawata sabría de él o si es anterior, pero todas estas obras, tanto literarias como cinematográficas, con mujer y amante con embarazo simultáneo -o su variante esposa estéril- cuelgan del Galdós de «Fortunata y Jacinta». (Aquí canto con los NIkis: seremos de nuevo un imperioooo…)
    Un saludo, Manuel.

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    1. Tocayo querido, perdona la ligereza del apunte y que no te explicara quién es Naruse. Mikio Naruse es uno de los grandes directores del cine clásico japonés. Lo que pasa es que como usaba un estilo invisible, sin ninguna característica peculiar, como la frontalidad de Ozu o los largos planos-secuencia de Mizoguchi o la espectacularidad de Kurosawa, pues la gente se olvida de él, o no le conoce.

      Yo diría, para que me entiendas, que es una especie de William Wyler de ojos rasgados. De hecho ya he hablado de otras cosas suyas antes de que pasaras por aquí, por ejemplo de sus dos últimas películas que, curiosamente, giran en torno a un atropello pero son totalmente distintas. Te dejo el enlace por si quieres conocerlo mejor.

      Sesión doble atropellada: «Naruse’s Fast & Furious»

      La novela es anterior a la película, pero en cualquier caso creo que es el caso más alucinante que yo he visto de cómo una novela y su correspondiente versión filmada son prácticamente idénticas en el sentido no de que una mimetice a la otra, sino en que te hacen pensar y sentir exactamente lo mismo.

      Ay tocayo, tú te resistes pero el cine japonés esconde más joyitas que el pop yeyé, que ya es decir.
      Un abrazo

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  2. Usted sí que empieza fuerte el año. Una de mis (muchas) favoritas de Naruse cuya novela no he leído aún. Los planos de la hija y el suegro paseando son para mí todo un misterio, como buena parte del cine de Naruse: simplemente son dos personajes caminando, pero me resultan emotivísimos y tal es así que se me quedaron grabados tras la película, de hecho fue de esas obras suyas que me hizo entrar en el universo Naruse, en el cual aún sigo muchos años después atrapado.
    Un saludo.

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  3. Querido Doctor, el año empieza bien porque sigue usted por aquí…
    En Naruse picoteo, no me dejo caer del todo. Es de esos directores que, como sé que nunca me van a defraudar, no me empeño en ver muchas cosas suyas, sino que lo dosifico, como si fuera una droga buena.
    Esta película es una maravilla. La verdad es que el texto lo tengo escrito hace tiempo y no lo terminaba de publicar porque es de esos poco «útiles», al fin y al cabo solo destripo la historia y hago notar que me gusta, pero me pareció que era un buen regalo para uno mismo o para dar a otr@s, la película o el libro, y por eso lo traigo.
    Nos leemos. Un abrazo

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