Dawn of a Filmmaker: The Keisuke Kinoshita Story (Hajimari no michi, Keiichi Hara, 2013)

Ya he hablado en algunas ocasiones del cine de Keisuke Kinoshita en esta casa, y eso es porque es muy interesante. Su empeño en crear un lenguaje fílmico casi con cada nueva película, el momento histórico del cine que ocupó junto a su coetáneo Kurosawa, a caballo entre el clasicismo de los grandes maestros y la internacionalización y el paso adelante hacia la experimentación de los nuevos directores en los 60… Lo tomes por donde lo tomes, Kinoshita es un director interesante, por sí mismo o por lo que le rodea. Sin embargo, confieso que no sé mucho de él además de las películas que he visto y de lo que pienso de ellas y es por eso que me dio por ver esta especie de biopic que, como veremos, realmente no es tal. Por saber algo más de él. Y algo más sé ahora de él, aunque poco, pero tengo que confesar que terminé la película con un nudo en la garganta y muy contento de haberla visto, a pesar de que no es ninguna obra maestra. 

Su director, Keiichi Hara, tan solo ha realizado este largo de imagen real. Miro su filmografía, sorprendido, y me encuentro con que ha dirigido tropecientas películas de Doraemon y Sin Chan, así como otros animes más serios. Me sorprendo de nuevo al constatar que el único de ellos que he visto, Colorful (2010), también me dejó cierta huella por su peculiar forma de afrontar el doloroso tema del suicidio adolescente. Tengo la impresión, pues, de que Keiichi Hara se salió de su zona de confort e hizo esta película por puro amor al cine de Kinoshita y, por extensión, por puro amor a la creación artística.

Hajimari no michi cuenta un espacio brevísimo de la vida de Kinoshita. Además es un paréntesis en su trabajo como director, que es por lo que se le conoce, por lo que calificarla de biopic no sé si es muy razonable, aunque técnicamente lo sea. Cuando el pueblo japonés empezaba a darse cuenta de que la Guerra del Pacífico terminaría en derrota Kinoshita dirigió El adiós de un hijo (Rikigun, 1944), un film de evidente contenido militarista y propagandístico, como era obligado, pero con una impresionante escena final -reproducida al completo en Hajimari no michi,  junto a otras- en la que Kinuyo Tanaka corre por entre el público del desfile de los jóvenes soldados que marchan a la guerra, entre los que está su hijo. Es una escena compleja, inolvidable, pero que fue criticada por derrotista (¡habrase visto, una madre sufriendo porque su hijo marcha a la guerra!) y como consecuencia de esto no se permitió a Kinoshita emprender su proyecto siguiente, más personal. En vez de plegar velas y rodar otra cosa el director, joven y orgulloso, se volvió a su tierra natal, Hamamatsu, con la idea de abandonar el cine y dedicarse al negocio familiar junto a su padre y su hermano. Lo que cuenta la película son algunos de esos días que allí vivió, ya al final de la Guerra, en agosto de 1945, cuando los bombardeos de castigo de EEUU obligaron a la familia a abandonar la ciudad y refugiarse en casa de unos amigos en el campo, a salvo del fuego enemigo.

Para trasladarse la familia debía ir en tren o autobús, pero la madre de Kinoshita ha sufrido algún tipo de apoplejía o ictus que la ha dejado muda e inmóvil. Su hijo menor, nuestro Keisuke (que realmente se llama Masakichi, nombre que recupera en el campo para que la gente no le asocie con el cine) decide que hay que llevarla en unas andas, caminando, a través de las montañas. Aunque el padre y su hermano mayor piensan que es una locura, finalmente ceden, y los dos hermanos, con la ayuda de un simpático porteador que les lleva el equipaje en otro carro de mano, inician una pequeña epopeya de varios días cargando con la madre hasta un pueblo en el que una amable familia les acoge en su fonda, donde se recuperan antes de terminar el periplo. Estos días y esta sufrida ruta constituyen la película y “El amanecer de un director”, pues es una especie de viaje iniciático en el que Kinoshita reflexiona sobre el cine que ha hecho y, sobre todo, sobre el que podría hacer o dejar de hacer si finalmente decide abandonar su vocación, como afortunadamente sabemos que no sucedió. 

No sé si esta película llegó a estrenarse en España. Lo cierto es que no es ninguna maravilla. Incluso peca de convencional, lo que homenajeando a un director tan creativo y experimental a su manera resulta incluso decepcionante sobre todo en su primera mitad. Sin embargo, es una historia de esas en las que se entra un poco de puntillas, por echar un vistazo, y sin saber cómo ni cuando de pronto se encuentra uno atrapado, sintiendo a borbotones y pensando, buscando, cómo se ha tejido esa red que nos ha atrapado y que no nos dejará escapar intactos. Se me ocurre que son varios los ingredientes que, latiendo debajo de una apariencia casi de telefilm, me han enganchado. En primer lugar, la sobriedad con la que se ha construido el personaje protagonista, Kinoshita, que apenas habla. Es una especie de testigo silencioso de lo que le rodea que a su vez se percibe complejo y desgarrado en varios niveles, desgarros que intenta zurcir con esta experiencia que es transportar a su madre, que, suponemos, es el ser que más ama en el mundo. 

Además Keiichi Hara homenajea con sencillez, sin recalcar nada, a los grandes maestros del pasado. El mismo transporte de la madre nos retrotrae a la película más conocida en Occidente de Kinoshita, la primera versión de La balada de Narayama, si bien este transporte, el del biopic, acaba mejor para la madre y además sucedió realmente, es un hecho biográfico real. La película en general recuerda a Naruse, por su extrema sencillez y la intensidad que sin embargo irradia cada personaje. Los interiores están rodados al modo de Ozu y uno de los últimos planos, en el que Kinoshita se adentra en un túnel oscuro, recuerda al famoso episodio de los soldados fantasma de Los sueños de Kurosawa. En fin, son algunos de los homenajes más obvios que recuerdo -creo que reconocí más pero no me apeteció apuntarlos- a una Historia con mayúscula, la del cine japonés, de la que Keiichi Hara demuestra estar, más que orgulloso, agradecido. 
Al final de la película hay un repaso maravilloso de algunas escenas de la filmografía de Kinoshita. Es un momento Cinema Paradiso que, a pesar de su casi ostentosa sensiblería, no puedo negar que me ha emocionado, y mucho. Supongo que para quien no sepa del cine de Kinoshita, o no participe de su muy especial sensibilidad, estos últimos minutos dirán poco. O quizá no, quizá quien no conozca 24 Ojos o Eras como un crisantemo silvestre o la inefable saga de Carmen pueda ver este montaje lacrimógeno y emocionarse algo y decidirse a entrar en el cine de Keisuke Kinoshita, ese espacio que estuvo a punto de no existir pero que una madre muda y un porteador semianalfabeto contribuyeron a que se iluminara de nuevo tras la noche de la guerra. La semana que viene volveremos a Kinoshita, que una ración sabe a poco.

2 comentarios sobre “Dawn of a Filmmaker: The Keisuke Kinoshita Story (Hajimari no michi, Keiichi Hara, 2013)

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  1. Hola tocayo

    Pues, fíjate, casi prefiero las pelis que reflejan un momento «cruce del ecuador/Saulo cae del caballo» para reflejar una vida que las que pretender sintetiza toda una vida en ¿cientoveinte minutos?

    Además el episodio no puede ser más crucial; desconfiando de su propio oficio -raro que se ponga «dawn»,»rebirth» parece más apropiado-, a punto de perder al Emperador y con una madre en shock. Suficiente para que alguien acostumbrado a dibujar Doraemones y «animales más serios» quiera ponerlo en imágenes reales.

    Un saludo, Manuel.

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  2. Hola tocayo,

    pues tienes razón, los biopiquis que van del dawn al down lo tienes más difícil y son menos fáciles.

    Hace ya mucho que vi la peli y escribí esto, pero me sorprendió el personaje Kinoshita, un tipo serio y callado que no se corresponde con la personalidad que yo le habría adivinado solo por ver sus pelis -aunque algunas son bastante solemnes- y no sé hasta qué punto muestra un reflejo fiable de quien fue, pero sí que se corresponde con el momento tan complejo que vivía, claro que no era el único obligado a renacer en aquellos años, y si no que se lo digan al Emperador-locutor.

    Un abrazo!

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