El sabor del Sake (Sanma no aji, Yasujiro Ozu, 1962)

Borrachines

De la última película de Yasujiro Ozu lo primero que toca explicar siempre es su título y posibles traducciones. Literalmente significa El sabor del sanma, y el sanma, como explica Antonio Santos en sus monografías sobre el maestro -qué suerte que escriba en nuestra lengua la máxima autoridad mundial sobre Ozu- es una especie de caballa que se consume en otoño. También se la titula a veces Tarde de otoño, traduciendo lo habitual en inglés, pero, curiosa y definitivamente, se distribuye hoy en día en plataformas y formato físico como El sabor del sake que, vista la cinta, quizá sea el nombre que mejor le venga.

Porque Sanma no aji es una película de borrachines, que gira en torno al alcohol y su consumo. En la última tirada de filmes de Ozu que arranca con Primavera tardía, de cuya trama esta película por cierto es una -otra- cierta reelaboración, cada vez se incrementan más y más las escenas anegadas de sake, whisky y cerveza. Estas escenas son fundamentales, en especial en las últimas obras en color y sobre todo en esta. Y es que son aquellas en las que se valora, enjuicia o pone en cuestión lo que ocurre en la historia fuera del bar que Ozu cuenta o insinúa aparte mediante elipsis narrativas o bien en las conversaciones caseras o de oficina en las que no se bebe. Me refiero a que la anécdota que enmarca Sanma no aji, que de nuevo trata de una hija que se hace mayor y crece la presión social por casarla, lo que supondrá el “abandono” de su padre viudo, ocurre fuera de esos encuentros, pero es en esas fiestas donde, como digo, se dice realmente lo que se piensa, se consideran las opciones, se mete la pata y se extraen ejemplos con los que comparar el futuro incierto. Son encuentros de viejos amigos, en este caso tres compañeros de instituto de hace 40 años. Se reúnen en estos días además con su antiguo profesor de literatura china al que apodan Calabaza, para descubrir que se ha convertido en un pobre desgraciado que trabaja en una tabernucha -otra subtrama reutilizada por Ozu- y que ha convertido a su hija en una solterona amargada. Calabaza es una premonición encarnada del futuro que espera a nuestro protagonista Hirayama (Chishu Ryu) si no se da prisa en casar a su hija Michiko.

La lectura de los diarios de Yasujiro Ozu es un tanto frustrante. Después de vérselas negras para dar con ellos y pagar un dinerito fino, uno se encuentra con un tocho (estupendamente anotado en su versión española, eso sí, así es que vale lo que cuesta) en el que se van sucediendo anotaciones absolutamente intrascendentes y en las que apenas hay lugar para la reflexión o la valoración estética de su trabajo. Todo viene a ser: He ido con fulanito a ver tal película. Hoy rodamos 24 planos, vamos retrasados. He terminado tal libro y me ha gustado. Anoche fui con Mengano y Zutano a casa de Fulano. Son contadas las entradas significativas que señalan hitos en su itinerario vital y mucho menos reflexiones complejas sobre lo suyo. Sin embargo hay anotaciones sobre el alcohol que con ligeras variantes se repiten constantemente y en las que se conmina a sí mismo a no beber antes de mediodía o moderar el consumo de sake o recontar los litros de sake que cayeron en tal o cual fiesta o quejarse amargamente de molestias físicas debidas al alcohol. Y es que Ozu era alcohólico, todo un borrachín, como tantos otros grandes directores.  De hecho, siempre me ha parecido interesante que hay dos rasgos que tienen en común buena parte de los mejores creadores de la historia del cine: el alcoholismo y ser diestros dibujantes. Y hay otro aún más curioso por cierto que comparte Ozu con al menos William Wellman y me suena que Howard Hawks: haber empezado a dirigir sustituyendo a directores alcohólicos incapaces de acudir al trabajo.

Cuando Ozu se retiraba a escribir películas con su fiel coguionista Kogo Noda, se marchaban a hoteles o balnearios apartados con un cargamento de sake y whisky que iban trasegando durante el mes o dos que invertían en escribir cada filme. En el estupendo documental realizado por Kazuo Inoue (He vivido pero.. Una biografía de Yasujiro Ozu, 1987) contaba la mujer de Noda que cada guión salía por unas 100 botellas de sake. No obstante Ozu fue un hombre discreto y tranquilo que nunca provocó con su afición por el vino de arroz retraso alguno en su trabajo ni escándalos que trascendieran. Era un borrachín que yo imagino tranquilo y sosegado como Hirayama, el protagonista de nuestra película. De los que nunca rechazan otro trago, de los que cantan viejas canciones desgañitados pero logran volver luego a casa conservando una digna verticalidad y cierta capacidad para excusarse. 

Especulo en ocasiones, cuando pienso en Ozu, sobre que su alcoholismo afecta a su cine en una medida difícil de demostrar pero posible de concebir. Me he montado una película en mi cabeza. Según ella Ozu no es la misma persona -no digo cineasta, pero podría ser también- después de sus experiencias bélicas, primero como soldado en Manchuria y luego como preso de guerra en la IIGM. Tengo la impresión de que lo visto y vivido allí le transformó interiormente. Recuerdo que fue soldado durante la guerra sino-japonesa en un batallón de armas químicas, si bien sus superiores le exoneraron de intervenir directamente en la Masacre de Nankín junto a sus compañeros de armas. Desde luego no fue un aguerrido soldado imperial y en sus diarios también habla de esto; detestaba la guerra y debió de ver cosas que en un hombre de su extremada sensibilidad bien pudieron provocar heridas incurables en el alma. Heridas quizá momentáneamente remendables gracias al abandono espirituoso, que pudo alterar su ya peculiar visión de las cosas, su especial percepción del transcurso del tiempo y el juicio cada vez más profundo y desapasionado sobre la humanidad que refleja en sus películas en mayor y más etéreo grado según se hacía viejo y bebía más y más. En fin; son, repito, puras especulaciones mías.

Lo que creo más demostrable y evidente es que los últimos filmes de Ozu son muy especiales. En ellos la parte narrativa se vuelve casi definitivamente abstracta. De hecho suelen consistir en una reconstrucción, a modo de piezas de mecano, de historias o motivos que ya se usaron en otros anteriores, y sin embargo va ganando terreno la complejidad visual de las composiciones. Espacios cada vez más cerrados, más llenos de objetos colocados con obsesiva precisión que acompañan y asisten a personajes -me refiero a los viejos amigos borrachines, que se llevan casi toda la atención de Ozu en El sabor del sake– que, por el contrario, aparecen deslavazados y viven en una especie de incoherencia permanente entre lo que se supone que son y las actividades que hacen. Hablan y reflexionan sobre hechos y cosas que, realmente, no tienen importancia. La banalidad lo penetra todo y Ozu logra transmitirnos la idea, quizá su forma de ver las cosas entonces, de que lo más importante es que quede algo de sake en las jarritas para que siga la reunión nocturna. Porque son películas crepusculares, y esta, la última, la que más. Todas las conversaciones giran en torno al futuro gris que se malvivirá, al presente complejo que atosiga o al pasado remoto y fallido. Incluso con la derrota en la guerra se atreve a hacer sorna el comedido y conservador Ozu en la memorable escena de la marcha militar del bar Toys. El desencanto lo llena todo y, sin embargo, la alegría en falsete que nutre el alcohol nos devuelve la imagen de unos hombres desenfadados que se divierten trasegando vasitos de sake y bromeando sobre la resaca constante que es vivir sin un vasito de sake en la mano.

En El sabor del sake no hay espacios abiertos. Ni siquiera los habituales tendales de Ozu, en los que la ropa se airea debidamente en sus famosos planos-almohada de transición. Aquí son casi todos esos planos de callejones grises, edificios y chimeneas, sin que su poder de evocación aluda a trascendencia alguna más que la precisa composición visual de espacios urbanos melancólicos y opresivos. En El Sabor del Sake hay una amargura y una pena latente. Ozu no era consciente al rodarla de que sería su última película, pero sí se sentía enfermo y además la dirigió al poco de morir su madre amada, con la que vivía desde siempre. Los últimos minutos del cine de Ozu son un reflejo de esta tristeza sin aspavientos que atravesaba, intuimos, el alma del maestro. En el bar al que acude porque la camarera le recuerda a su difunta esposa, Hirayama ha venido a beber y a mirarla directo desde la boda de su hija. Viene trajeado y la camarera/esposa le dice algo así como “¡Qué elegante!, ¿Viene de un entierro?” a lo que él responde: “algo parecido”.

Luego vuelve a casa con digna borrachera y su hijo mayor y su nuera se despiden de él y marchan. Su hijo pequeño, que quedará ahora en casa con él, le conmina a no beber tanto y a irse a la cama, cosa que él mismo hace. Entonces Hirayama se queda solo y tararea una marcha patriótica de la marina, signo de la derrota de su país y de lo inútil de su juventud y su formación como capitán de navío, que canturrea y que es el leitmotiv de la música que empieza a sonar para despedir la película. Unos planos fijos de algunos rincones de la casa, oscuros y sin vida, dan paso a una toma lateral de Hirayama, que parece sollozar al contemplar con nosotros la negra soledad que le viene con la vejez. Se pone de pie y se sirve un té quizá para despejarse e irse liberando del alcohol que sin embargo aún le hace tambalearse. El flacucho Chishu Ryu es como un junco que agitan los vapores del sake hasta que decide sentarse, y queda en leve escorzo para exhalar el aire de un suspiro hecho de licor, pena y resignación. 

Con ese plano expira, también, la obra inmensa del mejor director de la historia del cine.

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13 comentarios sobre “El sabor del Sake (Sanma no aji, Yasujiro Ozu, 1962)

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  1. Hola tocayo
    ¡Guauuuu! ¡La cosecha de sake de este año viene agitadita! (Shake sake) ¡¡El mejor director de la historia!!
    Estupendo Ozu y gran crónica de su broche.
    Un saludo, Manuel.
    PD. Me encanta el nombre de Michiko -bueno y Michiko herself- además tiene el plus de poder decir: Mi chica se llama Michiko.

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    1. Pues sí tocayo, como agitado por el sake me lanzo a decir que es el mejor director de la historia. Claro que ocurre una cosa, y es que… ¿sabes? ¡NUNCA HE PROBADO EL SAKE! He pasado chorrocientas horas viendo nipones trasegarlo a base de bien y, qué cosas, no tengo ni idea de cómo sabe ni de cómo pega. Quizá sea esa ignorancia la que me emborracha de amor por Ozu, adicto a lo que desconozco.
      Un saludo, tocayo

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  2. Has hecho con tu texto que me vuelva a apetecer regresar al mundo de Ozu. Hace tiempo que no le visito. Y que quiera nadar en su universo sensible visto a través de una botella.
    Cuántas cosas interesantes que indagar en tu texto…, incluso esa manera de escribir de Ozu, obviando su obra…

    Beso
    Hildy

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    1. Ay Hildy querida, a Ozu le debo haber vuelto a emborracharme de cine. Hace ya muchos años en mi época de estudiante fui cinéfilo de capa y espada, todo me lo tragaba y todo lo juzgaba hasta que, afectado por una extraña sobredosis crítica, decidí alejarme de la cinefilia y la cinefagia, y ver películas si acaso de vez en cuando, como todo el mundo…
      Hace un par de años pensé en volver al cine con más poso y más relajo, y se me ocurrió dedicar el verano a ver todo Ozu, reencontrarme en sus películas con la imagen y con la vida, y reiniciar.
      Un beso muy fuerte

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  3. Enormísimo texto sobre una enormísima película. Hace tiempo la citaba como mi favorita suya, luego la sustituyó Primavera Tardía o incluso Había un padre (hacia la que siento una gran debilidad), y ahora le debo un revisionado porque hace mucho que la vi. De hecho te diré algo bastante anecdótico: estoy planteándome poner un proyector en casa y curiosamente cuando pensé con qué película iba a estrenarlo, en lugar de las opciones evidentes (algún film visualmente espectacular como las obras maestras de David Lean en formato panorámico, que deben ganar mucho vistas así) la que me vino inmediatamente a la cabeza fue ésta. Porque precisamente recuerdo que también me impresionó visualmente, aunque de otra forma, por el nivel de maestría al que llegó aquí en la composición de los planos. Un amigo fanático de Ozu decía con mucha razón que esto es lo más lejos que podía llegar a nivel de dirección, como tú bien dices la película a veces roza la abstracción.

    Fantástica tu disertación sobre el alcohol y cómo bajo su apariencia más lúdico-festiva esconde una amargura y melancolía que en este filme es fundamental. A ver si en unos meses puedo revisionarla a lo grande.

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  4. Vaya vaya, veo que coincidimos en los gustos sobre Ozu, pues justo las que mencionas son mis favoritas también… ¡Y las de él! Ya me contarás si compensa eso del proyector… ¡ya solo te faltará el pianista!

    Por cierto, apúntate una fecha…

    Sabes que Ozu murió el día de su “kanreki” o 60 cumpleaños, que para los japoneses tiene una significación especial. Pues bien, el 12 de diciembre de 2023 se cumplen 60 años de su muerte, es decir, es el kanreki de su legado y desde que se me pasó por la cabeza tenía en mente decírtelo para, con tiempo, meditar algo especial, no sé muy bien qué, que podamos hacer ese día los que amamos su cine, que seguro que tú conoces a más gente como tu amigo. Como queda tiempo ahí dejo la idea. Yo espero, como mínimo, tomar una jarrita de sake (no sé si frío o caliente) y así probarlo por fin.

    Un abrazo

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  5. Pues es una idea fantástica. No se me ocurre qué se podría hacer… en un mundo ideal viajar todos a Japón a visitar su tumba y emborracharnos en un bar de por allá bebiendo sake (no soy muy de beber alcohol aunque supongo que Ozu lo merece), pero logística y económicamente no es muy viable.
    Si tienes alguna idea, ya me dirás. Lo más obvio sería montar un pequeño especial conjunto si seguimos con nuestros blogs en marcha… que espero que sí, ¡pero a saber qué estaré haciendo en 2 años y medio! A ver si se nos ocurre algo más especial, sería bonito.

    Un saludo.

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  6. Resulta estupendo recalar en el universo de Ozu con textos como el tuyo. Y completamente de acuerdo contigo en la fortuna que tenemos contando con Antonio Santos como especialista en su cine, con dos libros imprescindibles al respecto: “Yasujiro Ozu: Elogio del silencio” (2005) y “En torno a Noriko” (2010), centrado en tres de las mejores películas de Ozu (“Primavera tardía”, “Principios de verano” y “Cuentos de Tokio”). Con cine y lecturas como estas no necesito alcohol para sentirme animosamente embriagada 🙂
    Un cinéfilo saludo.

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    1. No sé si sabes que Antonio Santos está haciendo una especie de enciclopedia definitiva de Ozu y su cine. Tiene editado el primer tomo, que es un buen tochaco y que incluye practicamente toda la monografía de cátedra más una magnífica contextualización histórica y biográfica del maestro. Se llama “El todo y la nada: Tiempo de cine”. Al final del comentario te dejo el enlace. Me gustaría saber -lo digo por si alguien pasa por aquí que tenga idea o conozca a Antonio Santos- si tiene intención de completar la obra (son 4 tomos) porque es monumental, pero el “plan de ataque” está expuesto en el primero que hice muy bien en adquirir. Lo dicho: una suerte tenerle, y además me encanta su enfoque que se aleja de los misticismos y elucubraciones “posmo” de Schrader y Burch.
      Bueno, que me pongo petulante… ¡y eso a Ozu le habría estomagado!

      Un saludo!

      https://www.iberlibro.com/servlet/BookDetailsPL?bi=22813691433&searchurl=an%3Dsantos%2Bantonio%26sortby%3D17%26tn%3Dozu%2Btomo%2Bnada%2Btiempo&cm_sp=snippet-_-srp1-_-title1

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  7. Desde hace unos días, ando con la optimista intención de estudiar y visionar el cine japonés clásico. Justo ayer volví a ver esta, a mi parecer, obra cumbre del maestro Ozu. Indagando por la red sobre algún blog o crítica interesante sobre el asunto, he dado con tu página. He de decirte que tu artículo me ha parecido sublime y que coincido con tu punto de vista en lo referente a esa atmosfera que nos transmite el film. Me chocó mucho en un primer visionado, la cantidad ingente de sake, whisky y cerveza que se consumía… y no podía evitar pensar: “esta gente son unos borrachines!!”. Ahora, tras leer tu artículo y saber un poco sobre la vida de su director, me va cuadrando la cosa. Así que voy a ponerme manos a la obra y durante este verano investigar, leer y estudiar todo lo que pueda sobre el cine clásico nipón. Creo que tu blog es un muy buen punto de partida para ello… gracias.

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  8. Muchas gracias por tus amables palabras, bienvenid@ a este rincón oscuro de internet y encantado de compartir cualquier cosa sobre Ozu, que como termino diciendo, es mi director predilecto a estas alturas de la vida. El cine clásico japonés está lleno de maravillas. De hecho tengo el “problema” de que no puedo ver todas las pelis que quisiera, porque desde que tengo el blog cuando veo una joya siento la necesidad de compartirlo y mi tiempo es muy limitado…

    Mi amigo el doctor Mabuse que por aquí arriba comenta lleva ya muchos años dando lecciones magistrales sobre este y otros muchos rincones de la historia del cine y a muchos nos ha puesto sobre la pista de directores y hallazgos que no vienen ni en los libros. Te recomiendo bucear en su gabinete y encontrarás un buen botín de ideas y disfrutes.

    Lo del consumo desaforado de alcohol en el cine clásico japonés no es exclusivo de Ozu, aunque en su cine y en especial en esta última película ocupe un lugar temático tan central. Ya irás descubriendo al ver pelis niponas antiguas que la borrachera, o mejor, el banquete, es más que un escenario. Igual que el “Saloon” en los westerns o la carretera en el cine social, estas pequeñas bacanales con sus canciones, confesiones y desnortes sirven para engrasar la trama y además proporcionan un espacio de relajo y reflexión aliñado de comedia, la pausa ideal.

    Por otra parte no soy ningún experto en la sociedad nipona más allá de lo que veo en las películas y leo sobre ellas, pero el uso y abuso del alcohol y el dejar morir cada día entre jarritas de shake y tragos de whiskey era práctica habitual de cualquier gran maestro del cine nipón sobre el que investigues un poco. Kurosawa y Mifune mismos, quizá los nombres más conocidos en occidente, eran otros dos alcohólicos de tomo y lomo.

    ¡Gracias de nuevo por tu visita y un saludo!

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  9. Gracias Manuel por tu contestación. Me apunto lo del amigo Doctor Mabuse y me pasaré por su web para empaparme todo lo que pueda. Curioso lo que me cuentas sobre los directores clásicos japoneses… va a ser toda una experiencia estudiarlos. Pues nada, nos vamos leyendo y estoy al tanto de vuestros blogs.

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