Aeropuerto Central (Central Airport, William Wellman, 1933)

Nada menos que 7 películas estrenó Wild Bill en 1933,  Aeropuerto Central fue la tercera de ellas y no la mejor, desde luego. Habiendo aviones y con Wellman a los mandos, el interés visual y la curiosidad histórico-tecnológica sí que están, pero embutidos esta vez en una historia demasiado previsible y falta de garra. 

Richard Barthelmess se vuelve a poner las gafas de aviador después de la infinitamente más interesante The Dawn Patrol (Howard Hawks, 1930). Esta vez hace de Jim Blaine, un diligente piloto comercial que, tras un accidente por el que es culpado injustamente, se le expulsa del oficio y se ve obligado a volver a Winnemucca, Nevada (ojo que existe realmente este pueblo) para trabajar de banquero y descubrir que su hermano pequeño, casi un adolescente aún (Tom Brown, actor que realmente tenía 20 años), se marcha justo en esos días para trabajar como piloto probador en California. Casualmente conoce entonces a Jill (Sally Eilers), que le cae literalmente del cielo en paracaídas, pues está ensayando un número acrobático con su hermano a los mandos, que por cierto en ese mismo momento se estrella y se mata, con lo cual en apenas un minuto ya necesitamos un piloto temerario que le sustituya, que será Jim, podemos reunir a la pareja en el funeral para que pelen la pava aprovechando el duelo y de paso tenemos excusa para meter un espectacular accidente. Una muerte providencial la de este chico, así fluye la vida en el cine de los 30.

No contaré más de la trama salvo que, porque el destino tiene sus cosas, Jill termina casándose con el hermano pipiolo que se había ido a California y al que le ponen un bigotito para disimular que realmente es un crío y se hace extraño verlo en la cama con Jill, toda una mujer espectacular que ya ha visto los 30 y mucho mundo. Total, que ahí hay una movida fraternosexual que hay que resolver con más piruetas y accidentes aéreos mediante.

Lo peor de Aeropuerto Central es sin duda la trama, pues para lubricar su avance está llena de encuentros casuales y situaciones inauditas muy poco creíbles. Barthlelmess, será cosa mía, parece un tipo trasnochado del siglo anterior al lado de la chispeante Sally Eilers. Lo que vacía más a la película de gracia y enjundia es sobre todo la ausencia de conflicto entre los hermanos. Se ha decidido que la relación entre ellos permanezca incólume a pesar de todo, por lo que nadie se enfrenta con nadie, y toda la emoción e intriga dependen casi por completo de las aventuras aeronáuticas que se van sucediendo.

Aunque aquí no están ni los medios ni las pretensiones de la Paramount  ni el genio y la planificación que Wellman puso para hacer Wings, las escenas aéreas son atractivas, aunque consisten sobre todo en piruetas espectaculares rodadas desde tierra. Más que las cabriolas de flying circus interesa, como ocurre en las demás películas de Wellman de esta temática, el valor documental que sobre estos pioneros de la aviación tiene la cinta. En los primeros minutos -casi mudos por cierto, una delicia- vemos cómo funcionaban por aquel entonces los aeropuertos, cómo se comunicaban con la torre, los problemas casi insolubles que acarreaba el mal tiempo… Wellman se preocupa de que, accidentes y milagros aparte, el público conozca el funcionamiento de estos servicios, así como el interior de los aviones. En ese sentido se la puede mirar como otra de esas típicas producciones de la época que giran en torno a oficios, como ocurría con Enfermeras de noche o Una avería en la línea.

El avión de pasajeros trimotor que pilota el hermano pequeño me parece una preciosidad. Me ha averiguado mi aeronáutico amigo Neo (el de Matrix no, otro anterior y con más poderes) que es un Ford trimotor. También Wellman se ha preocupado de ser realista al mostrar el interior del aparato en vuelo, y deja que oigamos el molesto ruido de los motores que por norma general suele atenuarse o directamente suprimirse.

A pesar de los suaves capirotes críticos que merece, Aeropuerto central también cuenta con algunos detalles y momentos especiales, verbigracia:

  • un simpático guiño metacinematográfico cuando Wellman juega con realidad y tramoya al mover la cámara en un momento en el que se supone que vemos dos habitaciones de hotel separadas y en vez de cortar directamente se descubre la trampa de la ficción.
  • Cuando Jim se pira porque su hermano le ha levantado la novia se va por ahí a luchar por causas imposibles como piloto de fortuna… Así que cuando vuelve trae su biplano adornado con simbología varia y le falta un ojo y una pierna. Esta quizá sea la única película norteamericana cuya acción transcurre en norteamérica en la que  el héroe lleva a cabo su misión en un vehículo que luce orgulloso la hoz y el martillo. Y encima despega desde La Habana… Las vueltas que da la historia.

  • Aunque la película está desprovista de contenido social o político alguno, parece imposible evitar, en esta época de Gran Depresión y latente progresismo, el momento de «todos para uno» al estilo El pan nuestro de cada día (King Vidor, 1934). Esta vez son los habitantes de La Habana -curioso escuchar sus acentos cuando hablan español, los hay de todas partes, incluido un señor de la misma España- los que socializan las luces y los cláxones de sus coches para ayudar a que aterrice el héroe.
  • Nada menos que John Wayne hace una tristísimo meritorio como copiloto del hermano que se estrella en el mar. Tras apenas mostrar su rostro en este fotograma que les adjunto se tira al mar a rescatar a un pasajero borracho (pensemos que se tiró a por él y no a por la botella) y los dos se hunden, quedando el número justo de supervivientes que caben en el biplano leninista. Ahí lo tienen, a la izquierda. Socialismo o muerte.

Más de Wild Bill en nuestro especial No soy tan duro: el cine de William A. Wellman

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4 comentarios sobre “Aeropuerto Central (Central Airport, William Wellman, 1933)

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  1. No he visto Aeropuerto central, pero tomo nota de varias cosas de tu texto, pero sí he visto, por fin, «Beggars of life». Así que he vuelto a leerte. Ay, querídisimo Manuel, a mí me ha chiflado la película y sobre todo el proceso de enamoramiento entre el chico y la chica… Así como el personaje del sin hogar que construye Wallace Beery, con todas sus contradicciones y con historia de redención de fondo. Es como si creyera de nuevo en la humanidad con estos dos locos jóvenes enamorados…, ¿no? Me ha atraído la química entre Louise Brooks y Richard Arlen. Todo el tema del tren: la pelea, el juicio, las persecuciones… Como en el grupo de hombres sin hogar igual hay camaradería y solidaridad que violencias y traiciones entre ellos. La humanidad sin caretas, capaces de lo mejor y de lo peor (como se ve en el personaje de Beery) en un solo momento. Pura contradicción.
    Y al leerte de nuevo me ha resultado superinteresante cómo esta película es anterior al crack del 29, pero, sin embargo, se centra en las personas sin hogar, que años más tarde serán legión. Y cómo contrasta con películas posteriores de Wellman donde ya está vigente la crisis económica como la maravillosa Wild Boys of the Road (que cómo te agradezco que me la descubrieras) y Gloria y hambre.
    Tiene momentos de movimiento y acción muy interesantes, y logra, como tantas veces lo hace Wellman, una película entretenidísima.

    Beso
    Hildy

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    1. El otro día vi que han puesto en Filmin Beggars of life. La versión que yo vi era un pirateo chabacano, así que cuando tenga ganas le echaré un ojo a esta de la plataforma, a ver si está mejor. Y sin ser mi favorita de Wellman desde luego que tiene cosas muy curiosas y es mucho mejor que esta que comento aquí.

      Un beso fuerte

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  2. Hola tocayo
    Me imagino a las personas de hace un siglo; acaba, como quien dice, de inventarse el artilugio que permite ver imágenes en movimiento -y que sólo se ven en unos locales especiales- de repente esas imágenes cuentan historias, te llevan a sitios increíbles, poco después, te hacen volar y, ya con sonido y en muy diversas circunstancias, puedes experimentar lo que hoy, pomposamente, se llama realidad virtual .(De fondo comienza a sonar «virtual insanity-Jamiroquai» fundido a negro, comienza a apreciarse un cierto tono rojo que se acerca, son letras, MARV..)
    Siete proyectos en un año, no me extrañaría que Wayne saliese del agua y hubiese rescatado a un personaje de otra peli.
    Un saludo, Manuel.

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    1. Pues sí tocayo, y este estajanovismo del cinema no era una peculiaridad de Wellman. Vamos, que entre los directores de menos fuste yo creo que era la norma por entonces, ni un día sin rodar. A mí lo que me sorprende es, más que el hecho de que los directores dirigieran tanto, es que se pudiera hacer todo tan rápido. Es que cuentas el número de planos y piensas que eso hay que iluminarlo, preparar a los actores, ensayarlo de alguna forma… ¡Es que no salen las cuentas! Y de escribir los guiones ya hablamos otro día, y para montarlas usarían alguna aplicación del iphone que ya vienen con la musiquita.
      Un abrazo

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