The Great Man’s Lady (William Wellman, 1941)

A Barbara Stanwyck le dolió mucho el fracaso que cosechó en taquilla The Great Man’s Lady. Y es que se había ganado el sueldo y era un papel el suyo de mucho fuste. Lástima que el continente no estuviera a la altura de la contenida protagonista, y es que la película, aún siendo interesante y entretenida, y estando rodada con esmero, y atesorando un puñado de momentos memorables, no termina de despegar. La culpa esta vez quizá no sea del piloto Wellman sino, más bien, de que el aparato parece añejo, y se resiste a alzar el vuelo sin saber cuál es el rumbo. En fin, hay como un error de concepción en esta película, y es que quiere ser como aquellas de los primeros 30 que avanzan a trompicones tocando muchos palos en un tiempo en el que el público quizá esperara ya tramas más concentradas y temáticas menos manidas. De hecho recuerda en su formato a So Big! (1932), igualmente protagonizada por la Stanwyck y que también cuenta la biografía entera de una mujer de armas tomar y muchas luces.

The Great Man’s Lady es Hanna Sempler/Hoyt, que cuenta su vida a la joven biógrafa de su marido  Ethan Hoyt (un algo desubicado Joel McCrea) desde la atalaya vital de sus nada mal caracterizados ¡108 años de edad! Hoyt fue el fundador de la ficticia ciudad en la que esta venerable anciana vive en una casa tradicional rodeada de rascacielos, y el mismo día en que se inaugura una estatua ecuestre en su honor Hanna rememora las muchas peripecias que tuvo que pasar desde que le conoció con 16 años hasta su fallecimiento en la vejez. Ethan es el prócer inmobiliario por el que se funde el bronce, pero lo que descubrimos a lo largo de los precisos 90 minutos de metraje es que es ella, Hannah, la verdadera procuradora de todos sus éxitos, pues en los momentos clave supo ser arrojada, perspicaz, honrada y leal, mientras que Ethan, sin ser mala persona, es realmente un tipo con poco brillo, un ramplón carismático sin el brío suficiente para alcanzar lo que alcanzó de no ser por Hannah. Su matrimonio pasa por tremendas vicisitudes y varias elipsis de unos cuantos años, intersticios de tiempo que ocupa un trilero bueno interpretado por nuestro querido Brian Donlevy, del que esta vez no nos consta que provocara problemas en el rodaje como los que referimos al hablar de Beau Geste. Enamorado de la Stanwyck hasta las trancas (¡y quién no!) soportará con estoicismo su papel de amigo sin derecho a desatar corsés en esas temporadas en las que el destino separa a marido y mujer, y él se queda con ella para ayudarla a salir adelante. 

A raíz de una desgracia que sucede, Ethan piensa que su mujer, de la que se ha separado para ir a buscar fortuna, ha muerto trágicamente. No es así, pero como no sabe la verdad rehace su vida volviéndose a casar y, en fin, esto obliga a Hanna a hacerse un lado y renunciar definitivamente a su amor, lo cual viene aliñado con otras tragedias y sucedidos que ya no desvelo.

Tengo la impresión de que el código Hays tiene casi toda la culpa de lo insípida que a ratos parece esta peli. Por su causa no se puede explicitar el amor que Hanna debe sentir por su protector Steely (Donlevy) y el tema de la bigamía de Hoyt es tan delicado que se ha optado por evitar cualquier tensión moral. En este aspecto la verdad es que Wellman o sus guionistas han pecado de ramplones, pues ni siquiera han apostado por la insinuación. Hay algunos momentos de los que no sabe uno qué pensar, como el de la muerte de Hoyt cuando le pide a Hannah un beso y al agacharse ella para dárselo ¡se muere sin llegar a recibirlo! y además sin que podamos verlo. Recordemos que el código no consentía besos entre no casados en horizontal, e incluso entre casados con cuidado. Esto me recuerda algo curioso: varias escenas dramáticas en las que Wellman -son esas migajas de arte y ensayo que le gustaba dejar- mantiene a los actores en sombra, como para disculpar a los personajes por los turbios sentimientos que los mueven en ese momento.

El tema de la película es el valor de estas mujeres que la historia oculta detrás de los “grandes hombres” y su contexto es la expansión hacia el Oeste. Es una película de frontera y mientras la veía pensaba para mí que, de una forma muy distinta y con un resultado muchísimo más superficial, es un poco precursora de El hombre que mató a Liberty Valance. En efecto, aunque la historia es otra y es una película sin malo y sin apenas conflicto, el trasfondo histórico es el mismo y coincidentes son algunas de las ideas que Hannah tiene, y a su manera el personaje de Donlevy recuerda en lo que hace y en lo que calla, no pareciéndose en nada a él, al bueno de Tom Doniphon (John Wayne en el clásico de Ford) 

Esta fue la última de las cinco películas que en esta época rodó Wellman en Paramount. En esta también, como en Beau Geste, se encargó de la producción, lo que le estresaba sobremanera –en esa época descubrí que mi cerebro no puede hacer dos cosas a la vez– y además no terminaba de recuperarse de los terribles dolores de espalda que le llevaban -los dolores o la medicación, a la que con el tiempo se volvería adicto- a ciertos comportamientos erráticos que posiblemente afectaban a su desempeño. Esto que digo no creo que justifique las fallas de The Great Man’s Lady, que en el fondo no son tantas, pero sí ayude quizá a entender que pudo no haber puesto toda la energía requerida para hacer de ella algo más grande.

Y no puedo irme sin dejar por aquí escrito el nombre de la institución geriátrica a la que acudió Barbara Stanwyck, dicen las promociones, para preparar el papel de centenaria: MASONIC OLD LADY’S HOME. Qué contubernio.

Más de Wild Bill en nuestro especial No soy tan duro: el cine de William A. Wellman

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4 comentarios sobre “The Great Man’s Lady (William Wellman, 1941)

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  1. Hola tocayo
    Veo que en castellano se llamó «Una Gran Señora» supongo que poner eso de «Detrás de un Gran Hombre…» se consideraría «spoiler».
    Muy socorrido eso de utilizar sombras para esconder besos; recuerdo que, a falta de sombras, algunos besos tenían protección de «la mano de Dios» (con gran algarabía en la platea; este país siempre entre dos polos: o sexo… o jolgorio).
    Viendo a nuestro sargento de hierro mirar de soslayo -y con ese bigotito- parece estar a punto de decir: Frankly Dear, te quiero un huevo.
    ¡Que Barbara era la Stanwyck! Esa institución, con las propensión que tiene los anglos a poner siglas a todo, estaba a punto de llamarse M.O.L.A.
    Un saludo y un guiño -que quiere parecerse al de Barbara con su fusil- Manuel.

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  2. Creo que te lo he dicho alguna vez, pero tengo especial predilección por Barbara Stanwyck. Adoro su filmografía, aunque aún me quedan títulos para completarla como esta película de Wellman que reseñas. ¡¡¡Y además con Joel McCrea!!!… aunque ande desubicado, jajaja. Esta película, aunque como señalas no sea redonda, tiene uno montón de ingredientes y claves que vas contando por las que no la dejaría escapar. A ver si la veo pronto.
    Además la perspectiva de toda una vida y un mismo personaje envejeciendo me gusta mucho. Desde luego hacen envejecer bien a la Stanwyck.
    Siempre recuerdo otra película donde su heroína envejece: Gigante. Me encanta porque lo único que hacen a Liz es blanquearle el pelo, sigue siendo insultantemente hermosa, sin una sola arruga en su rostro curtido de experiencias… No gastaron en presupuesto de maquillaje para envejecerla.

    Beso
    Hildy

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  3. Querida Hildy,
    la verdad es que a la Stanwyck la envejecieron bien, y si lo hubieran hecho mal no pasa nada, porque la queremos de todos los colores. El pobre McCrea hace lo que puede, pero es que realmente su personaje no tiene mucho recorrido, de hecho la peli debería llamarse The little man’s Lady, pero bueno.

    Para envejecimientos mal hechos el de la próxima de Wellman que publicaré… Ahí lo dejo.

    Un besazo

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