Sangre sobre los rieles (Czlowiek na torze, Andrzej Munk, 1957)

En lo más negro de la noche un tren arrolla al viejo Orzechowski. Quienes gobiernan el tren, quienes guardan las vías y quienes dirigen la estación le conocen. Fue hasta hace poco el maquinista del mismo convoy que ha acabado con su vida. Le obligaron a jubilarse por diversos problemas con sus fogoneros y con los nervios en general, y ahora está muerto sobre los rieles en extrañas circunstancias, pues parece que ha saboteado el semáforo, que tiene una luz apagada, lo que daba vía libre al tren para seguir cuando realmente la vía estaba en obras, por lo que de haber continuado su camino el tren habría descarrilado, lo que extrañamente ha evitado su atropello al frenar el tren por evitarlo.

Es un suceso extraño. ¿Qué pintaba ahí Orzechowski? ¿Para qué sabotea el semáforo y luego se deja atropellar? ¿Había perdido la cabeza, era un enemigo político? Para investigar el asunto y llegar a alguna conclusión razonable se forma una investigación interna, un pequeño comité dirigido por un comisario político que no es ferroviario entrevista a las tres personas que pueden proporcionar alguna clave sobre el comportamiento de Orzechowski: el jefe de estación, el que fuera su fogonero y ahora le ha sustituido como maquinista y el guardabarrera encargado del tramo del accidente, que fue la última persona que le vio con vida.

Sangre sobre los rieles (o Un hombre sobre la vía, que creo que es la traducción del polaco) se plantea como una suerte de Rashomon ferroviario en el contexto del socialismo reciente de la Polonia de posguerra. Igual que en la cinta de Kurosawa, aquí para conocer la verdad veremos en flashback momentos que los tres personajes citados arriba han vivido con Orzechowski y que sirven para conocerle mejor. Era un hombre ya mayor, que empezó a trabajar en ferrocarriles justo en el 14, con el comienzo de la Gran Guerra, y que ahora se resiste a los nuevos métodos que las penurias económicas y las maneras comunistas quieren imponerle. Por ejemplo, se niega a ahorrar costes escatimando carbón y mantenimiento, como se le exige en la asamblea. Aunque obsesivo en su trabajo y buen maquinista, trata a sus ayudantes y fogoneros como seres inferiores. Es despótico pero perfeccionista, muy buen profesional pero muy mal compañero.

El caso es que esta marcada personalidad, desagradable y anticuada, condiciona el testimonio de los tres declarantes en la pequeña investigación hasta el punto de que, como descubriremos al fin, los prejuicios de estos han deformado una verdad -lo que ha ocurrido en el accidente- que, curiosamente, para mí y creo que para cualquier espectador actual parece absolutamente clara y obvia desde el primer minuto de la película. De hecho Munk ha introducido una pequeña trampa fílmica, y es que conocemos la clave del accidente, su causa última, solo nosotros, los espectadores, cuando vemos determinado hecho que protagoniza una niña en uno de los flashbacks, el que cuenta el guardabarrera. Es decir, que lo cuenta él pero él no ha visto lo que nosotros sí, porque si lo hubiera visto no habría sucedido el accidente. Trampillas.

Aparte de la resolución del caso, que esta estructura rashomoniana hace que sea muy entretenido y jugoso para el espectador, quizá lo más interesante de Sangre sobre los rieles sea su contexto dramático. Lo que en una película occidental habría provocado las tensiones entre Orzechowski y sus empleados y empleadores podrían haber sido celos amorosos, envidias e inquinas personales pero aquí, en los primeros años de la era comunista y con una efigie de Stalin presidiendo la asamblea semanal de ferroviarios, el drama va por otros derroteros. Aquí las tensiones provienen de que Orzechowski es un hombre educado en la época anterior que, como decía antes, no se adapta al nuevo sistema. Entiende que la locomotora es una especie de propiedad suya a la que hay que mimar y cuidar sobre todas las cosas, y le cuesta entender que es un bien colectivo, como las demás locomotoras, que a su vez están todas supeditadas al superior bien colectivo de la sociedad, por lo que si la planificación exige que se la cuide menos, o que se emplee menos gente en su mantenimiento, bien estará. Tampoco acepta la vigilancia y el control político que ejercen unos trabajadores sobre otros, ni la competencia que se establece entre las “brigadas” de ferroviarios, para ver quien hace más con menos. No asumir esta nueva realidad es lo que causa su defenestración laboral, como veremos en el testimonio de sus compañeros, pero, por otra parte, su actitud si bien dañina para el sistema -por eso le echan- en el fondo es respetada y comprendida por sus superiores que, a fin de cuentas, son conscientes de la dificultad que puede tener asumir el nuevo paradigma.

Por lo tanto, si bien esta historia se cuenta desde dentro del sistema, y además en los primeros y más furiosos años del comunismo en Polonia, en los que la disidencia siquiera teórica no era una opción, hay que reconocer que hay un poso de comprensión y reconocimiento para quienes vienen de un pasado distinto, con otros valores, pero que a pesar de ello conservan el afán de trabajar por los demás. Como es común en muchos filmes del otro lado del telón de acero, es muy curioso ver que el drama se construye sobre conceptos y vivencias tan distintos a los del cine capitalista, pero que al final el resultado es el mismo cuando tras la cámara hay profesionales y artistas de valía, como fue el malogrado Andrej Munk, que nos dejó con 39 años, y a medio terminar su mejor película, La pasajera, de la que otro día hablaremos. 

Munk había empezado su carrera haciendo cortos de temas típicamente socialistas, como la construcción de un barrio brutalista en Cracovia o, precisamente, el trabajo de los ferroviarios. Quizá este último sea la clave para que consiguiera que Sangre sobre los rieles sea una de las películas que mejor describe y refleja el ambiente, el trabajo y los menesteres de los currantes del ferrocarril de mediados de siglo XX, y eso es mucho decir porque el oficio ha dado para mucho y muy buen cine. Y es que, por ejemplo, hay algunos detalles técnicos en las conversaciones del maquinista con los fogoneros que a los espectadores profanos se nos escapan, y casi tiene uno la sensación de que si ve la peli dos veces aprende a poner a andar una locomotora polaca de 1950. También terminaremos comprendiendo con detalle cómo funciona la jerarquía ferroviaria o qué prejuicios tienen los empleados de un rango sobre los de otro. Aunque Munk no es pretencioso ni preciosista, se ha reservado un gran plano secuencia a lo largo de un andén repleto de pasajeros a punto de partir para que veamos, de un hermoso vistazo, toda la vida, los negocios, las emociones y las inquietudes que se concentran en la densa humanidad ansiosa que se va o se queda cuando un tren parte. 


La fotografía de Sangre en los rieles es extraña, demasiado dura y quemada a veces quizá por la calidad del negativo o porque se abusa de la luz natural, no lo sé, pero la planificación de Munk es magnífica, no parece la de un joven que casi está empezando, sino que es la puesta en escena sensata e inteligente de quien ya lleva mucho rodado y sabe en qué debe detenerse y sobre qué no debe explayarse. Los planos cerrados sobre los personajes -sin llegar casi nunca a primeros planos demasiado emocionales- son la elección mayoritaria de Munk, salteada como no puede ser menos por las siempre evocadoras imágenes en movimiento de los trenes y en especial de sus mecanismos, sus piezas móviles, sus luces en la noche y su vapor rabioso. Pero la mejor decisión de Munk en la dirección, me parece, no se ve sino que se oye. No hay banda sonora musical pero, sin embargo, con excepción de breves planos en los que deliberadamente se silencia el fondo para que escuchemos una frase o veamos una imagen importante, durante todo el metraje hay un tapiz sonoro mullido y acuciante de bocinas, vapores, chirridos, golpes, campanas… Son los sonidos de la estación o del tren en marcha o de trenes que pasan o de trenes en la lejanía que no paran ni un segundo. Es un sonido de fondo constante en el que uno puede no fijarse, pues viene con el contexto ferroviario pero que, si caes en la cuenta de que está ahí, lo sientes exagerado, impostado, incesante. Que es un ruido a la vez conveniente e innecesario, hermoso y cargante. Tiene uno al escucharlo un poco la sensación que quizá tuviera el viejo Orzechowski en las asambleas de trabajadores: que se oye lo que más conviene pero no se escucha lo que más importa.

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4 comentarios sobre “Sangre sobre los rieles (Czlowiek na torze, Andrzej Munk, 1957)

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  1. Hola tocayo
    Me suena mucho todo lo que cuentas sobre esta película; pero no puedo asegurar que la haya visto. Es bastante recurrente en el «cine educativo» que nos aleccionen con historias sobre «ramas viejas» que ya no pueden acomodarse a los nuevos vientos. Depende del director que, ademas de enseñar, el cine gordo de Petete sea ameno e interesante.
    Hablando de cine capitalista (juas, juas) aún no he localizado la peli de nuestra última conversación. Como ese cine truculento no es mi alimento habitual supongo que lo vi en uno de esos dvd’s que aportaban con los periódicos hace veinte años ¡Qué tiempos aquellos cuando ya casi se podía adivinar el advenimiento de la neo-libertad! (Ya sabes: neo-comunismo o neo-libertad… o a la neo-escuela emocional).
    Me voy ya, que parece que he entrado en vía muerta. Chuuu chuuuuu chaka-chaka-chaka

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    1. Ay tocayo, todos esos neos se han vuelto retros, o eso me parece a mí por lo menos, que vamos para atrás pero no porque hayamos cambiado la locomotora, sino porque nos han cortado la luz en mitad de la cuesta y caemos hacia atrás…
      A mí ese aire perdonavidaspasadas del cine aleccionador que bien detectas lo cierto es que me hacen bastante gracia, y a poco que el producto sea potable me resulta buen aderezo, por curioso.

      Saludos con silbato y gorra de plato. Piiiiiiiiiiiiiii

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  2. Jo, me ha resultado superinteresante esta película polaca que nos propones: Sangre sobre los rieles, que no conocía y, por tanto, tampoco he visto. No sé por qué, automáticamente me ha venido a la cabeza una película checa de los años sesenta que me sorprendió mucho cuando la vi (y me acerqué a ella porque me regalaron antes la novela que adaptaba): Trenes rigurosamente vigilados de Jiří Menzel.
    Por otra parte, no he visto nada de Andrzej Munk y me he puesto a mirar tanto su vida como algunas de sus películas y ganas ya me has provocado de visitarlo.

    Beso
    Hildy

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    1. Hola querida!
      De Munk he visto solo esta y La pasajera, que menciono, que seguro que te va a parecer más que interesada, porque es media película pero da para más que muchas enteras… Es una pena que muriera tan joven.
      Trenes rigurosamente vigilados la tengo en la cola de espera desde hace mucho, curiosamente leí la novela hace ya ni se sabe, a ver si ahora que me la recuerdas me lanzo a ello, que no a las vías.
      Un besazo

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