Un rostro del pasado (c)(Natsukashi no kao, Mikio Naruse, 1941)

Este pequeño mediometraje de 34 minutos podría servir de carta de presentación del cine de Mikio Naruse para quien no lo conozca. No tiene tiempo de ser una obra mayor, pues se deja llevar por la fuerza emocional de la anécdota, a la vez sencilla y profunda, cuyo desarrollo narrativo se lleva por sí mismo la media hora, pero hay por ahí detalles y momentos de gran cine que sirven para intuir al gran maestro. 

Es además una película con intención propagandística, pero  Naruse  la soterra a fuerza de humanismo y poesía leve. Ahí están las batallitas de noticiario, el relato de la victoriosa resistencia del ejército imperial, los aguerridos soldados entrenando y hasta una escuadrilla de Zeros, o eso dice el chaval aerotrastornado, pero no lo tengo claro porque los que pasan por el cielo son biplanos. Lo mismo estamos ante un ingenioso ardid para despistar al futuro enemigo americano, igual que el concurso de niños hermosos que ganan por goleada los nipones californianos… Realmente curiosos, los caminos de la propaganda bélica.

Es la historia de Osumi, otra abnegada esposa japonesa que en plena II GM (en su variante oriental y previa al ataque a Pearl Harbour) se queda al cuidado de su suegra, de su bebé y del hermano de su marido, niño aún, al marchar este al frente. Su pequeño cuñado, apasionado de los aviones,  desea por encima de todo tener uno de juguete, con hélice de resorte, como los que vuelan sus amigos.

Un día llega un vecino con la curiosa noticia de que en el noticiario de guerra del cine del pueblo de al lado han visto a su hijo. Anonadas por lo increíble de la coincidencia su madre y su mujer se plantean ir a verlo, pero como han de repartirse las tareas primero va la madre y, al día siguiente, Osumi. 

La anécdota, como he dicho antes, basta por sí sola para vertebrar todo el metraje, y buena parte de él consiste en las dos pequeñas epopeyas hacia el pueblo con su cine sin butacas, con todo el público en el suelo. El primer día va la abuela, y ve lo que ve (no lo desvelo) y vuelve y anima a ir a la esposa al día siguiente, que ve lo que ve. Las dos se paran en un puesto de aviones de juguete. Piensan en el niño.

Las dos se cruzan con soldados que maniobran y se forman en un acuartelamiento cercano, las dos mujeres tranquilizan al chaval, que en medio de todo esto se ha caído de un árbol por cogerle el avión al niño vecino pijo. Es solo una torcedura que le impedirá ir al cine, pero nada grave. 

Finalmente se descubre lo que yo no voy a descubrir, porque media hora merece ser gastada en ver esta joyita, y todo se resuelve, pero la guerra sigue.

Así es el cine de Naruse. Nada de lo que ocurre es estridente o definitivo, pero todo sigue adelante, y detrás de la ternura, la simpatía y la sensación de comunidad que emanan sus personajes, hay una corriente subterránea,  de la que acaso aflora lo anecdótico -el avioncito, los militares- que se lleva la felicidad y deja solo un limo negro de hado y amargura.

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