La reina de Nueva York (Nothing Sacred, William Wellman, 1937)

El segundo y último trabajo de Wellman para Selznick fue esta película que algunos críticos etiquetan como screwball, otros como comedia negra o sátira social… Las etiquetas son lo de menos. Lo importante es que quizá sea la única comedia “pura” de Wellman lograda y de verdad memorable. Creo, sinceramente, que esto no es mérito suyo sino de la historia/guion de Ben Hecht, así que lo primero es aclarar el papel del genial escritor en la génesis de Nothing Sacred.

Ben Hecht presentó la historia, no está claro si a Selznick o a Wellman, a través de Robert Carson, coguionista de Ha nacido una estrella. En cualquier caso al productor le pareció una buena idea y una forma de reivindicarla capacidad de sus estudios para hacer comedia, publicitándose esta además como la primera gran obra del género en color. Sacó a Wellman de otros proyectos en los que ya andaba enfrascado y lo puso al servicio del magnífico script de Hecht que, la verdad, podría rodarse solo. Por su parte este no tardó mucho en discutir con Selznick y abandonar el proyecto. Con toda la razón del mundo se desesperó por al menos dos modificaciones impuestas en el texto final: que el director del periódico sería un señor medianamente honrado, para no enfadar a los amigos de la prensa; esto es un poco como cuando decía yo mismo que el angélico productor (Menjou) de Ha nacido una estrella era un tanto inverosímil, por decirlo con elegancia. Por otra parte Selznick exigió el final que ahora queda (desconozco la idea original) que es el más flojo y fácil que se pueda imaginar. 

Por otra parte, la idea de Hecht era repetir el tándem Lombard-Barrymore que tan bien funcionó en La comedia de la vida (Howard Hawks, 1934), pero el muy pragmático David O. no aceptó trabajar con John Barrymore por su edad y problemas de alcoholismo. Es curioso que este filme, producido un poco para seguir en la estela del gran éxito de A Star is Born, tuviera como primera decisión de alcance el prescindir de uno de los Norman Maine a quienes con tanto amor y sensibilidad homenajeaba aquella. Sic transit gloria mundi.

Puesto Wellman a la tarea, el rodaje como era habitual duró apenas seis semanas, cinco días menos de lo presupuestado, y por lo visto fue la mar de divertido por la afición compartida de Lombard y Wild Bill por las bromas pesadas, las groserías, las payasadas y el buen rollo en general entre ambos, sobre lo que luego volveré.

Nothing Sacred cuenta la historia de una chica aburrida de su pueblo, Hazel Flagg (Carole Lombard) que viaja a Nueva York con el periodista Wally Cook (Fredic March) para recibir toda clase de homenajes y parabienes de las gentes y autoridades de la gran ciudad. La razón es que Cook, para librarse de un castigo al que su Director le ha sometido, (que me guardo así como su causa, pues son de lo mejor de la película) ha leído que a Hazel le quedan solo unas semanas de vida debido a que se ha expuesto a una radiación excesiva. Con la idea de iniciar una historia lacrimógena que venda muchos periódicos contacta con ella y la invita a pasar sus últimos días en Nueva York. Hazel acepta pero ya a sabiendas de que no hay tal contaminación y de que está perfectamente sana. Como es de esperar ambos se enamoran y etcétera. 

Igual que en Front page/Luna nueva/En bandeja de plata, quizá la obra más conocida y versionada de Hecht, lo más interesante de la historia sea el profundo sarcasmo que atraviesa toda la trama sin que asome en ningún momento drama alguno ni se llegue a tratar con seriedad ni por un segundo los temas de fondo que se están desarrollando: la infame hipocresía de cada ser humano, que la diversión precede siempre a la compasión, que los medios de comunicación son pura basura moral y que la verdad y la mentira son dos nociones absolutamente vacías de contenido en el plano de los hechos reales. Por este motivo la encantadora pareja protagonista puede estar formada por los dos mayores falsarios de toda la trama, por eso hasta el tema del suicidio puede ser tratado con ridículo desdén sin que a nadie del público se le enarque una ceja. Qué genial llega a ser el cine cuando es capaz de mostrar lo más inmoral  y detestable de nosotros envuelto en un medio tan amoral y complaciente, como es la comedia alocada, que podemos comprender sin indignarnos y entender sin ofendernos. 

La pena es que, y esto ya es opinión personal, a Nothing Sacred le falta algo para alcanzar esa chispa de absoluta irrealidad consciente que por ejemplo las películas de Hawks mencionadas antes sí tienen. Esta película tiene muchas virtudes, pero no creo que sea extraordinaria, aunque tiene momentos muy especiales e inolvidables por su humor filoso. El arranque es desde luego lo mejor de todo el metraje. El motivo por el que Cook es enviado a las catacumbas del periódico, la escena de su estancia en esa suerte de infierno periodístico que es la redacción de necrológicas (lo que menos en serio se toma en esta película es la vida), el contacto con los lacónicos pobladores del pueblo de Hazel y los agasajos que esta recibe en la Gran Manzana… Todo este planteamiento creo que está a la altura de la mejor comedia, pero en el desarrollo y sobre todo el desenlace la chispa se apaga poco a poco y, aunque la diversión y las buenas ideas siguen hasta el final y la breve duración ayuda, algo se va diluyendo, y la culpa no es de unos actores fabulosos ni de las divertidas líneas de sus conversaciones. Esta vez creo que hay que culpar a Wellman. 

En Nothing Sacred, lamentablemente, no hay estilo alguno. Siguiendo la tradición de sus peores trabajos de cuando hacía siete películas al año, se ha limitado a colocar las cámaras y esperar que la magia de un guion maravilloso hiciera todo lo demás. Hay tres o cuatro ocurrencias creativas más o menos celebradas: un par de conversaciones que suceden detrás de una planta, la escena en el puerto y la conversación de “piernas” seguidas de un travelling moroso que evoca una evidente relación sexual… Y poco más. No sé si porque no lo consideró necesario epatado por la brillantez de Lombard o porque luego Selznick intervenía tanto en el montaje -de esto hay restos en algunos insertos extraños y algún plano general de recurso mantenido de forma absurda- que no merecía la pena ponerse estupendo… El caso es que hay poca chicha fílmica. Falta además esa energía y perfecto control del tempo de las conversaciones que tienen prácticamente todas sus películas, en especial aquellos apresurados programers de los 30, pero de nuevo no sabría a quien culpar de ello. El uso del Technicolor tengo la sensación de que, con sus pesados y complejos sistemas de grabación e iluminación, quizá contribuye de algún modo a esa cierta pesadez de la que hablo por limitar mucho el cambio de ángulos de toma… No sé, son especulaciones mías. En cualquier caso, la película tuvo razonable éxito y todo el mundo quedó contento con ella en el momento de su estreno, y es muy divertida a pesar de mis pegas pijoteras y, en fin, que hay que verla.

La comedia más triste

Otro motivo por el que personalmente no logro divertirme tanto con Nothing Sacred como con otras comedias de la época es porque no puedo verla sin rememorar la extensa entrevista a Wellman que ya he citado en otras ocasiones en la que dice que la única película suya que es capaz de volver a ver con satisfacción es La reina de Nueva York, porque en ella está Carole Lombard:

She was the only woman I’ve ever known who could say four-letter words and make it come out poetry. Carole Lombard. I can watch Nothing Sacred forever.

Creo que lo que siente y hace enternecerse a Wild Bill es otra versión más profunda y vívida, pues la conoció personalmente y fue amiga de la familia, de lo que un poco todos sentimos por Carole Lombard. Sus películas no se pueden ver como las demás. Irradiaba tanta alegría y vitalidad que, en mi caso, una pequeña rabia interior siempre me ocupa un pedacito del alma cuando la veo en pantalla. En ocasiones esa pena se diluye totalmente cuando el genio y la chispa de la altísima comedia me toman. En otras ocasiones, como en Nothing Sacred, esa melancolía no me abandona y me destiñe algo la película.

Dicen que su muerte sumió a Clark Gable en un estado de abatimiento y abandono que ya nunca superaría y que voló en su rapidísimo Duesenberg a toda velocidad por las carreteras de California, buscando una muerte tan absurda como la de la mujer que más y mejor quiso. Otros dicen que tras su muerte nunca más pudo conducirlo, pues a ella le encantaba recorrer junto a él las carreteras de California a toda velocidad. 

Más de Wild Bill en nuestro especial No soy tan duro: el cine de William A. Wellman

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4 comentarios sobre “La reina de Nueva York (Nothing Sacred, William Wellman, 1937)

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  1. Hola tocayo
    La primera comedia loca-como-la-vida en technicolor y, aún así, filmarla en menos tiempo del programado ya dice mucho de cuáles eran los objetivos principales.
    Se dice que las películas se hacen en el momento de elegir casting; contando con Lombard-March ya da igual los vegetales que plantes en plano.
    Un saludo, Manuel.

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